Sin cabos sueltos (Hostes 1) 12
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​ A las once y media llegué a la Loma del Silencio, las coordenadas que me indicó Artemisa.

Era un páramo inhóspito, yermo, un lugar con gran visibilidad y sin posibilidad de sorpresas, a unos pocos kilómetros de la ciudad.

Llegué media hora antes para observar la zona.

No tenía conocimiento de cómo era aquello y por protocolo, quizás más interiorizado que institucionalizado, era de escrupuloso cumplimiento el inspeccionar la zona antes de una incursión.

Mi experiencia personal y mi instinto, coincidían en que, si algo podía salir mal, saldría mal.

​ A las doce menos cinco, el sonido amortiguado de un motor tricilíndrico comenzaba a escucharse en el silencio imperturbable de aquel lugar.

Instantes más tarde, la luz de un único foco ponía silueta al sonido que, apenas dos minutos después, llegó hasta mi posición.

Paró la moto, y sin apearse de la misma, levantó la mentonera del casco.

​ —Estás demasiado expuesto. —

​ —¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado? —

​ —Creo que lo mismo que a ti. ¿Tú estás bien? —

​ —Si, pero casi no lo cuento. —

​ —Esta mierda… —Sacó dos dispositivos USB. —Es peor de lo que creía. Nunca hemos tratado con este tipo de delincuencia. —

​ —Que te ha pasado esta mañana. —

​ —Dos tipos estaban esperándome en el garaje del hotel donde cogí la habitación.

Los vi, nada más que salí del ascensor del garaje, porque cantaban un montón.

Vehículo de alta gama, con la ventanilla delantera bajada…

Eran dos tíos más grandes que Adán… —Un recuerdo fugaz apareció en nuestros pensamientos.

Un recuerdo que duró apenas un segundo. —En fin.

Sin darles opción a bajarse de su coche, subí en la moto, arranqué y salí de allí.

Casi me embisten con el coche, pero mi habilidad o la suerte jugó en mi favor.

A partir de ahí, disparos hasta que los dejé atrás. —

​ —¿Viste algo más? —

​ —Si te refieres a alguna matrícula, ropa, tatuaje o mierdas raras no. Hugo, yo estoy acostumbrada pelearme con ordenadores, era tu Operadora, no un activo de campo. —

​ —Cálmate ¿vale? Lo siento. Siento haberte puesto en esta situación. —

​ —Joder. Todavía estoy temblando. —Se bajó de la moto.

La abracé para tratar de calmarla. Era cierto.

Todavía estaba temblando. Es cierto que Alicia tenía los nervios de acero cuando se enfrentaba a cualquier crisis informática, o cuando operaba en el centro de mandos siendo mi Operadora en el Grupo Operativo.

Pero ella no estaba entrenada para estar bajo fuego enemigo.

​ —¿Mejor? —

​ —Gracias. No quiero perder el tiempo. —Y separándose ligeramente, pero sin soltarme del todo, le pregunté.

—Una pregunta, ¿qué has querido decir con lo de… algún tatuaje? —

Artemisa comenzó a explicar. —Hugo, he conseguido recomponer y desencriptar el dispositivo que me diste.

Es muy fuerte lo que hay en él. Tu periodista tenía informes, fotos, cuentas, y un huevo de cosas más de gente muy jodida.

Parece ser que hay una sociedad secreta, Orvis Norvus, Novo Orco Sortom…

o algo así. Matan a gente y no, no son simples sicarios.

Matan por encargo, rollo… mecánicos [49] .

Mueven mierda a niveles estratosféricos, speed, MDMA, derivados del fentanilo, Keta…

lo más normalito es la cocaína. Trafican con personas, Hugo, con personas tío.

Son unos hijos de puta nivel Pro. He visto algunas fotos…

no te lo puedes imaginar. Tienen una estructura piramidal de servilismo extremo, rollo secta. —

—¿Puede ser que mi periodista fuera a destapar toda la trama? —

—Tu periodista estaba metida hasta las putas cejas.

Parece que lo sabía todo de esa organización.

La imagen que me enviaste. El tatuaje. ¿Recuerdas?

Pertenece a la facción armada de la secta esa.

Son asesinos profesionales, limpiadores.

Los llaman “Misos”, como el dios Atlante de la Guerra y la muerte.

Su función es, la de eliminar a los objetivos designados por la cúpula, de las formas más imaginativas posibles, todas ellas siguiendo instrucciones concretas.

Tienen prohibido asesinar sin una orden directa.

No sé si los que venían a por mí la tenían o no.

Imagino que sí. Los tuyos… seguro. Y a juzgar por la cantidad de estrellas que tenía la foto que me enlazaste, a ti te enviaron a uno de sus cabecillas. —

—Pues está muerto. —

—Se que, de mí, no han podido sacar nada más allá de que estuve contigo por la noche, por eso me voy.

Ya tengo un vuelo para mañana a las seis de la tarde a Estados Unidos.

—El tema se estaba complicando, ahora solo veía peligro para mi familia, y tenía que ponerla a salvo.

En mi cabeza solo resonaba una vocecilla diciendo…

“si han ido a por ti y les has ganado la batalla, ahora ¿irán a por tu familia para ganar la guerra?”

—Dame un minuto. —Marqué en mi teléfono sobre el contacto de marcación rápida asignado al General. —¿Te llevarías a mi mujer y a mi hija contigo? —Alicia se quedó en shock. Acababa de llegar a la misma conclusión que yo. —Solo hasta que esto acabe. —

­—Por supuesto. —La llamada no tardó en ser contestada.

—¿General, sigue en pie lo de poner en cuarentena a mi familia? —

—No preguntes, que necesitas. —

—Necesito un avión con capacidad y combustible para ir al otro lado del mundo si fuera preciso, que nadie pregunte quién va en él, ni a donde va, al menos, hasta que llegue a destino.

Mañana en persona le doy los detalles, pero necesito que salga ya.

Bajo riesgo inminente de ataque. —Tras soltarle la petición al general, tres segundos de silencio, tenso, que se hicieron eternos.

— Ve a Hostes con el paquete. Yo estaré allí, esperándote. Salimos en T menos sesenta. ¿Te dará tiempo? —

—Si general. Grac… —

— Eso cuando acabe la misión. —Y el teléfono indicó que se cortó la comunicación.

Si todo salía bien, le deberé la vida al General.

Había aceptado algo que a priori era imposible.

Cuando me dijo que dispondría de medios que hasta ahora no había podido imaginar, creía que se estaba tirando un órdago para que trabajase con él.

—¿Dónde tienes tus cosas? —dije inquisitivamente a Alicia. Ahora llevaba yo la intervención. Y era una intervención de custodia de la bandera.

—Aquí. Todo lo demás es prescindible. —Llevaba encima una mochila negra ligeramente abultada.

—¿Tienes pasaporte? —Todo esto lo decía mientras me dirigía hacia el coche.

—Sí, lo tengo todo. ¿Pero de que va todo esto? —

—Os voy a poner a salvo. A ellos no les pude proteger, pero a vosotras sí. —En mi cabeza aparecían los cuerpos de Adán, Vicky y del resto de mi ex unidad .

—¿A ellos? —

—Eres mi familia, quieras o no. Y voy a hacer todo lo posible para que salgas de aquí ya mismo.

—Pero… —La fragilidad en sus palabras era algo nuevo para mí.

—Necesito pedirte otro favor, que no sé cómo te lo voy a compensar o, si voy a poder pagarte por ello.

—Se me tensionó todo el cuerpo. Los nervios afloraban y la inseguridad se apoderaba de mí.

Me temblaba levemente la voz. No me gustaba pedir favores, pero esta iba a ser una excepción.

—¿Cuidarás de ellas si me pasa algo? Allí, contigo, estarán a salvo. —

—Eso te pone en la picota. —

—Si esto se va a repetir, y por lo que has dicho que hay en esa memoria, es muy posible…

necesito emplear toda mi concentración en parales los pies, y no en si mi familia estará bien.

¿Harás eso por mí? —Mientras esperaba una respuesta, volví a desbloquear mi móvil.

Envié un mensaje, cifrado, a Elena, Valeria, Roberto y Martina.

“HOSTES URGENTE. ST-1. CÓDIGO ALFA. HOSTES URGENTE.”

—Espero que llegue el mensaje. —

—Mensaje… ¿a quién? —Sin esperar más, llamé a mi mujer.

—Cariño. No te asustes. Todo está bien. Pero coge todo lo que necesites para unas vacaciones para ti y la niña. Os vais en avión. —

—Pero ¿qué pasa Hugo, estás bien? —

—Todo bien, de verdad, ahora te lo explico, pero, prepara una maleta para ti y otra para Paula.

No abras a nadie, en quince minutos estoy allí.

—Mientras hablaba con mi esposa, mi mirada estaba fija en los ojos de Alicia.

Continuaba esperando la confirmación de Alicia a mi petición, cuando esta me arrebató el teléfono de las manos.

—Laura, soy Ali, no te preocupes que está todo bien y haz lo que te dice Hugo. Os venís conmigo. Daros prisa, ahora os lo explico todo. —Y cortó la llamada. Los pelos se me pusieron de punta. Tenía millones de sentimientos encontrados.

—Muchas gracias. —

Doce minutos más tarde llegamos en los dos vehículos, yo en mi coche y Alicia en su moto, hasta el garaje de mi casa donde me estaban esperando mi mujer e hija.

La niña se echó a los brazos de su madrina, muy alegre, sin percatarse de la premura de la situación.

Mientras, yo trataba de explicarle a Laura, sin muchos detalles, lo ocurrido, ya que, del incidente ocurrido por la mañana, ella no sabía nada.

—Necesito que os vayáis unos días, hasta que controle la situación y sepa que no corréis peligro. Vais a estar con Alicia, en casa de sus padres, en Estados Unidos. Solo serán unos días. Podéis tomarlo como unas vacaciones. —

—Pero ¿en qué estás metido? —

—No lo sé, pero necesito eliminar de la ecuación posibles… —

—Siempre estás eliminando riesgos, variables e historias y tratando de mirar más allá de lo que está pasando. —

—Cariño. Necesito anticiparme a lo que pueda pasar. No os voy a perder, y, si hay tan solo un cero coma cero uno, por ciento, de que os pueda ocurrir algo, he de impedirlo. —

—Vale. —Paula salió corriendo a abrazarme.

—Papá ¿por qué no puedes venir con nosotros? —

—Mi niña, porque papá se tiene que quedar a detener a los malos, sino ¿quién va a hacerlo? —

—La madrina me ha dicho que nos vamos de viaje, a Estados Unidos, y tú siempre has querido viajar allí.