Sin cabos sueltos (Hostes 1) 11 #3
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—Si mis cuentas no me fallan… coinciden con la posible visita de nuestros huéspedes del sótano a las Américas. —Suscribió Valeria.

​ —Hay que centrarse en ese impás de tiempo. —Apuntó la doctora.

​ —¿Justificó de alguna manera el por qué no publicó nada durante una semana?

Una chica así, con… imagino, decenas de patrocinadores por detrás, prácticamente obligada a difundir una foto o un video al día…

es muy raro que no publique durante una semana entera.

Ni tan siquiera una triste fotografía o un Reel.

—Val estaba en lo cierto y era una muy buena pregunta.

​ —Sí. Dijo algo de que había estado con una gripe bastante fuerte y no había tenido fuerzas ni para coger el teléfono. —Apuntó Dan.

​ —¿Qué hay de la última foto de las dos hermanas juntas? —Preguntó Rob.

​ —Se trata de una fotografía normal, con un par de filtros y aparentemente nada fuera de lo común.

Se encuentran en un Centro Comercial en Middletown.

Es un tranquilo y apacible pueblecito junto a Nueva York.

Están felices, comiéndose un cucurucho de helado.

La publicación tiene como descripción… —Dan amplió la fotografía en la pantalla central.

—Shopping with my lover sister. I love you, Thank you for be my light, #Ilovesister #Frozenexist #icebrain #Ineedyoudiana #Pappuabackery. —

—Un momento. Martina ¿puedes ampliarla un poco más?

—Martina tomó el relevo de Dan. Roberto había visto algo en lo que ninguno de nosotros había reparado.

Estábamos tan absortos en las dos chicas, que no nos dimos cuenta de, que en el fondo de la fotografía, aparecía un hombre al que no se le distinguía el rostro, pero sí mostraba algo reconocible.

En la parte interna de su brazo, un tatuaje, con una luna menguante y algo atravesándola de arriba hacia abajo. —¿Alguien cree en las casualidades? —

No pude por menos acercarme a Roberto y darle una buena palmada en el hombro.

—Joder. Que vista tienes. —Acababa de situar el cuerpo que teníamos en la morgue en el mismo lugar y a la misma hora en la que, nuestra fallecida del hotel y su hermana, estaban pasando un día de relax. Dan se disculpó por no ver ese detalle.

—Pues os puedo decir que, al día siguiente, Isabella comenzó la desconexión de una semana de sus redes sociales. —Continuó Dan. —Lo mismo, con tanto helado…­ —

—Algo pasó ese día. —Dijo Elena.

—Más bien… esa noche. Su última fotografía está subida a Instagram sombre las veintitrés horas, y en tik tok, hay un video de ella y Diana, coreografiando un baile en el patio de la casa que Isabella tiene en Middletown. —Contestó Martina .

—Rob… —Me giré para interpelarle, pero me levantó la mano derecha con el dedo índice estirado. Era increíble, me había leído el pensamiento.

—Samantha, ¿Cómo está mi agente federal favorita? —

—… algo ininteligible … —

—Si, y yo. Una pregunta, me urge bastante.

No sé si puedes hacerme otro favor… Ya sé que te debo una cena en “Chateau Mont Parnasse” —Todos mirábamos, y sobre todo escuchábamos a Roberto.

Se había convertido en una especie de Valeria con perilla, y su flirteo y coqueteo, vía telefónica, parecía ser que estaban resultando.

Nota mental… Debería de aprender a hacer lo mismo.

— …ininteligible… —Pero se intuían unas risas al otro lado del aparato.

—Por supuesto… con postre. —

— Ok, dime. —El acento, totalmente anglosajón. El tono y timbre de voz, dulce y suave como una brisa primaveral. Daba a entender que accedía a la solicitud de Rob.

—¿Recuerdas que estuve preguntando por una huella?

¿aquella que te envié? Puede que sea mi hombre.

Lo he ubicado en el poblado de Middletown y, me gustaría saber, si puede ser…

¿puedes acceder a los avisos o los casos que se produjeron allí entre siete días antes y quince días después del robo del coche? —

— ¿…concreto? —

—Si, pero no se la dirección. La posible víctima se apellida Martínez Nuñez. —

— … —

—Si, ella, bueno, realmente no tiene que… —

—…ininteligible… —

­—Vale, si tiene que ver con ella. Pero por favor. Es totalmente confidencial. —Entendía que, el contacto de Rob, había deducido que se trataba de la cantante Bell Martínez o alguien allegado.

— …ininteligible… —

—Es lo que pensaba. ¿Un día antes? —Roberto se giró hacia nosotros con una expresión de triunfo en el rostro.

Hablaba más alto para que pudiéramos escucharlo.

—Entonces, hubo una llamada al 911 de Middletown ¡Ahá!

de la vecina que vive frente a su casa. Informó de un vehículo merodeando por la zona ¡Ok!

Y no conocía ese coche… ¡Ahá! Con dos hombres blancos, fuertes…

Oye Samy, ¿puedes enviarme el parte que confeccionó la unidad que atendió el aviso?

— …Perignon. —

Rob volvió a girarse y en un susurro dijo.

—Samantha, en cuanto me concedan vacaciones.

No lo dudes. —Entendimos que necesitaba un minuto de intimidad para despedirse tras conseguir aquella información.

En el correo de la unidad apareció un email con un archivo adjunto, en inglés, que, tras un par de toques en la pantalla de su tablet, Martina tradujo sin problemas.

Roberto se unió pasados un par de minutos.

Nadie le dijo nada ya que su cara, como si hubiera ganado la lotería, mostraba que acababa de cerrar un buen negocio con una compañera al otro lado del charco.

Martina comenzó a interpretar el parte de intervención de la patrulla.

—El informe no arroja mucha luz al caso, pero sí informa que, la vecina de Isabella, llevaba observando a un vehículo, Ford Bronco Raptor de color negro, con dos hombres…

dice textualmente… “parecían vikingos”, a los que no conocía de vista ni de vivir por la zona.

Le llamó la atención, también, la matrícula, que era de Nueva York.

Dice también que esa noche, tras oír un ruido muy fuerte, parecía de motor, ese mismo coche, atravesó la calle a toda velocidad.

Que la patrulla no localiza nada extraño ni a nadie con ese vehículo por las inmediaciones. —

—El informe es del día en el que Bell cesó su actividad en las redes sociales. —

—¿A cuántos kilómetros de distancia está Middletown de Nueva York? —Preguntó la doctora. Martina tardó segundo y medio en contestar pues ya había hecho los cálculos.

—A casi dos horas del aeropuerto JFK de Nueva York, dos horas y media con tráfico. Y de ahí hasta donde apareció el coche robado, otra media hora. —

—Joder, yo creía que iba a estar más lejos. ¿Es plausible una teoría de secuestro? —Pregunté. Algo se estaba cocinando en las cabezas de los componentes del equipo pues todo apuntaba a una misma conclusión.

—A ver, todo sugiere que algo pasó en esa semana con Isabella.

Creo que la hermana se puso a investigar lo ocurrido, encontró algo más gordo de lo que ella esperaba y, que eso que halló, fue lo que la mató.

Pero… ¿el qué? —Valeria dio su versión y, a grosso modo, era perfectamente válida, pues daba pie a que las preguntas que se habían hecho hasta ahora tuvieran una respuesta, que, si bien podían ser inciertas, en este momento, no eran imposibles.

—¿Qué pasa aquí? ¿Dónde está Lucas? —El coronel Pastor había visto desde su despacho que había movimiento en la sala, pero que su informante no estaba para poder ponerle al día.

—Lucas está haciendo lo que mejor sabe hacer. Poniendo al día a… —Elena me cortó.

—A nuestros homólogos de Bélgica, para que den de baja en sus archivos a los dos finados. —La sutileza de la doctora era inversamente proporcional a mi paciencia con Lucas y su guardaespaldas.

—Señorita Cruz, en cuanto acabe, pónganle al día. —Una última mirada asesina cruzó toda la estancia antes de que se diera la vuelta y volviese a su despacho.

—Mirad. Creo que Lucas y el Coronel están jugando un partido paralelo. —Dan había llegado a la misma conclusión que llegué yo. Lo bueno era, que Dan se trataba de nuestro experto en perfiles, y creo que había calado perfectamente, tanto al Coronel como a Lucas.

—Yo también lo creo. Tenemos que acabar con este caso cuanto antes para que deje de preguntar.

Más tarde nos centraremos en ellos dos. —El equipo estaba de acuerdo, incluida la doctora, quien, casi siempre, demostraba ser la políticamente más correcta.

Miré el reloj, se aproximaba la hora en la que había quedado con Artemisa.

—Ahora me tengo que ir. Mañana estaré aquí a primera hora.

Tenemos que ahondar en lo ocurrido en la semana que Isabella no estuvo disponible. —

Según abandonaba la sala de reuniones, observaba al Coronel, siempre pegado a su teléfono, hablando, mientras no quitaba ojo a lo que el equipo estaba haciendo.

Hasta en un par de ocasiones le pillé observándome.

No le di más importancia. Yo por mi parte, subí a darle novedades al General.

Le puse al día de nuestras teorías y me fui en busca del lugar donde me había citado Alicia.