Sin cabos sueltos (Hostes 1) 10
57%

10

​ Tras cuatro cafés dobles, un par de ibuprofenos y tres horas en las galerías de tiro, finalizamos las prácticas con material táctico.

Valeria asimiló perfectamente las implicaciones que conllevaban el uso de ese tipo de protocolos “no tan oficiales”, sabiendo que el fin último era acabar con todo lo que hubiera en el lugar para asegurar el éxito de la misión.

Le conté lo ocurrido hacía, casi ya, dos años, y ella se sinceró conmigo.

—Tengo que decirte que leí el archivo clasificado de lo ocurrido en aquel lugar.

Leí todas las declaraciones, y vi las grabaciones de vuestras cámaras.

En ese momento lo veía como una enorme cagada, dirigida por un ególatra, que antepuso sus pelotas antes que a su unidad.

—Fue la conclusión, exacta, a la que llegué yo en mis primeras sesiones de reajuste mental.

—Ahora, conociéndote, y habiendo escuchado de primera mano tu explicación, entiendo el motivo de lo que hiciste, por qué actuaste así, y cómo fue que, ese compañero tuyo, Adán creo que era, te siguió sin titubear. —

​ Sí, fue Adán. —Yo no busco acólitos que me sigan sin preguntar.

No quiero cabezas huecas a mi lado. Atocinados y aborregados que les digas que se tiren por un puente y salten sin saber qué es lo que hay al abajo.

He tenido la suerte de que las personas a las que les he dicho que salten de un puente sin mirar su profundidad, han visto con anterioridad que, si yo he tomado la decisión de tirarnos por ese puente, el primero que salta soy yo.

Y salto porque es la última posibilidad para evitar un mal mayor.

Eso es lo que quiero que entiendan los que conforman mi equipo.

No sois un grupo de funcionarios prescindibles e intercambiables como sois para la administración.

Sois puntos de un equipo, eslabones de una cadena que nos hace tan fuertes como el eslabón más débil.

Y sí. Por suerte o por desgracia, tomarme la justicia por mi mano al perder a un punto está en mi ADN y eso no se lo puedo enseñar a nadie ni exigir a ninguno de vosotros.

Pero debes de saber que, las decisiones que tomé en su día, las volvería a tomar hoy.

​ —Y yo lo espero. Aunque también espero que no sea necesario. —Dijo ella.

​ Una alarma en los teléfonos móviles interrumpía el periodo confesional e indicaba que subiéramos a la sala, pues Elena ya había finalizado las autopsias.

No obstante, y antes de reunirnos todos, recibí varias fotografías de las caras, los cuerpos y los tatuajes que presentaban los cadáveres.

Los que más me llamaron la atención, los más significativos, fueron los de sus muñecas.

Tenían sendos tatuajes, prácticamente iguales, salvo por un pequeño detalle.

Los dos tatuajes presentaban una luna en su fase de luna menguante atravesada de arriba hacia abajo por una daga.

La luna estaba escoltada por estrellas en rededor.

​ El estilo era el mismo, o muy similar, de ambos pictogramas, pero se diferenciaban el número de estrellas tatuadas.

El individuo con el que forcejeé tenía más estrellas que el que conducía el vehículo.

¿Querría eso decir que era el jefe de los dos?

Yo no era especialmente despabilado en ese tipo de detalles, pero Valeria observó lo mismo y llegó a la misma conclusión.

​ —Val. Por un casual. ¿No tendrás amigos en el servicio de inteligencia holandés? —

​ Sin dejar de mirar las fotografías en su móvil. —Creo que dejé por allí algún que otro contacto. ¿Quieres que haga un par de llamadas? —

​ —Solo a gente de extrema confianza. A poder ser. —

​ —Entonces solo una. Dame unos minutos.

—Y sin soltar el teléfono buscó un número en la agenda.

Segundos después, se alejó unos metros y comenzó a hablar, en un perfecto inglés, con alguien, al otro lado de la línea.

Yo, por mi parte, envié un mensaje cifrado, con un enlace de una cuenta en la nube y como archivo adjunto, la imagen del tatuaje, todo ello bajo el texto: “ Me esperaban - Material caliente - Sospechosos neutralizados - Nueva información”.

Un segundo más tarde apareció en la pantalla “ Mensaje enviado a X ”.

Tenía que enviarle esta nueva información a Artemisa por si le era de utilidad.

​ Valeria estuvo unos diez minutos hablando por el teléfono móvil.

De vez en cuando soltaba una risilla, intuía que, de coqueteo, al tiempo que hacía uso de una voz dulce y acaramelada, haciéndola parecer una chiquilla inocente y vulnerable.

No cabía duda de que estaba utilizando sus armas para obtener la información que necesitábamos.

Cuando finalizó la conversación se dio la vuelta, me miró, como esperando algún chascarrillo.

Solo levanté las manos, con las palmas hacia ella, apreté los labios y negué con la cabeza, expresando que no tenía nada que objetar.

Ella esbozó lo que parecía una mueca de sonrisa.

—Le he enviado a mi contacto las dos fotografías faciales. Me ha preguntado que en qué estaba metida, y le he dicho que han aparecido muertos en el río. Que tenían rasgos del norte y se me ha ocurrido comprobar mi teoría para… “ganarme algún punto con mis jefes”. —

—¿Y ha colado? —

—Digamos que, al ser una chica inocente que intenta ganarse un buen puesto en la organización… —

—Ya. —Esbocé una sonrisa. Val tenía muchas cosas, pero lo que menos tenía era inocencia. —¿Y bien? —

—Verás. Hace años les seguían la pista a unos niñatos, que se fliparon con series de narcos y querían ser los nuevos “Hijos de la Anarquía”.

Matones de medio pelo, con sus Harley Davidson, afincados en Ámsterdam, y con su cuartel general en el centro del Barrio Rojo.

Ellos mismos se hacían llamar los “ Scharlaken Schaduwen ” o “ Los Sombra Escarlata ”.

Muy de Netflix a mi parecer, pero bueno.

Cuando quisieron ampliar su negocio hacia el norte de los Países Bajos, desaparecieron. —

​ —Ok, dos preguntas… primera, unos narcos que les gusta saberse los matones de la zona, bien, pero… ¿Qué tiene que ver eso con nuestro caso? Y dos ¿Desaparecieron? ¿De la noche a la mañana? —

​ —¿Quién desapareció? —Elena bajaba a la galería de tiro, donde sabía, estábamos haciendo tiempo hasta que ella finalizase.

​ —¿Ya acabaste? —Dije.

​ —Si, eran dos autopsias fáciles. Uno murió por traumatismo severo…

vaya, por el golpe en el accidente. Y el otro por pérdida masiva de sangre.

Básicamente, el disparo que recibió sentenció su destino.

—La manera en la que la doctora Cruz resumió los dos informes forenses me resultó graciosa, teniendo en cuenta la meticulosidad con la que solía describir sus expedientes.

—Y bien… ¿Quién desapareció? —Val contestó sin demora, como si estuviera dando novedades a un superior.

Realmente era lo que estaba haciendo, pero de manera informal .

—Respondiendo a tu pregunta… —Señalaba a Elena.

—Un grupo en auge, en Ámsterdam, dedicado al tráfico de drogas y algún que otro ajuste de cuentas.

Respondiendo ahora a tu primera pregunta…

—Se giró hacia mí. —La tuya es más compleja.

Verás, mi informante me ha dicho que ese grupo se dedicaba a temas de menudeo de drogas por la zona sur de Ámsterdam.

Lo justito para sobrevivir sin dar un palo al agua.

Hasta que llegó un nuevo gallo que se hizo con el corral.

Se cargó al chico que se erigía como el líder del grupo, y amenazó con hacer lo mismo al que no le obedeciese.

Por supuesto, de todo esto no hay pruebas y son solo…

meras conjeturas que no llegarían a ningún lado en cualquier tribunal. —

​ —Por lo que ese nuevo gallo decidió ampliar su negocio, imagino. —Interrumpí. Ese era uno de mis peores defectos.

​ —¡Exacto! —Continuó Val. —Pasó de ser el jefe de unos simples críos que se dedicaban al menudeo de droga a querer hacerse con el control de la seguridad del Barrio Rojo y todos sus burdeles.

Extorsionaban a los dueños de los locales hasta que no tenían más opción que aceptar sus condiciones.

Golpeaban y abusaban de las chicas, algunas casi hasta la muerte.

Evidentemente, de eso tampoco hay pruebas físicas ni periciales que pudieran aportarse en ningún tribunal, por lo que, a excepción de algún que otro video porno en la web, no había ningún testimonio para ir contra ellos.

Te puedes imaginar lo que suponía, para unos niñatos de entre quince y veinticinco años, tener todo el alcohol, drogas y sexo gratis que querían, como querían y cuando querían. —

​ —Se creyeron imparables. —Volví a interrumpir.

​ —Nuevamente has acertado. Hasta que quisieron dar un paso más.

Quisieron pasar de “solo vender droga” a hacerse con todo el entramado de producción y distribución.

Aminoraban costes de intermediarios, reducían fisuras entre su personal, evitaban posibles chivatazos, y aumentaban todos los beneficios pues todo era para ellos.

Ahí fue cuando su líder, podemos decir… que hizo una OPA hostil [42] a los dueños de los astilleros del norte de Holanda, los puertos de Den Helder y Hoorn.

Con una pequeña salvedad, y es que, los pobres dueños de los negocios que afincaban en esos pequeños puertos, en vez de recibir dinero por su colaboración, recibían palizas.

Algunos incluso fallecieron o desaparecieron en muy extrañas circunstancias, que todavía, hoy en día, la policía no ha logrado esclarecer. Evidentemente… —

​ —Evidentemente, nada les apuntaba como autores de los hechos.

Pero… Ahora viene un, pero ¿No? Si no, no tiene sentido que desaparecieran ya que estaban prosperando demasiado.

—Elena no hablaba, seguía con atención lo que Val estaba relatando.

A veces me miraba con cierto asombro, ya que a mí no me sorprendía ese tipo de modus operandi, pero ella…

sus muertos no le contaban estas historias, solo conocía su final.

​ —Estaban tan centrados en la policía y en no dejar nada que les pudiera incriminar en sus trabajitos, que no se preocuparon por las consecuencias que podía tener, para ellos, el arrebatarles esos dos puertos “insignificantes” a alguien más peligroso.

​ —¿Quién? —Elena preguntó, a la espera de una respuesta que sorprendiera tanto como cualquier giro de guion, en la película que estás viendo tranquilamente en tu sofá, un sábado en la tarde.

​ —Ahí está el tema. Nadie lo sabe. Al crecer tanto su organización, pasó de ser un caso más, de reyertas esporádicas y simple menudeo de droga, en las comisarías de Ámsterdam, a una investigación más seria de la Inteligencia Holandesa.

La sorpresa para estos últimos fue que, de la noche a la mañana, la organización desapareció.

De los treinta y cuatro integrantes conocidos por la inteligencia, treinta y tres fueron encontrados en el fondo del Mar de Frisia, al norte del país, con un bloque de cien kilos de hormigón atado a los pies de cada uno.

Esos treinta y tres fueron los que, alguna vez, estuvieron fichados por las autoridades neerlandesas.

Los cuerpos, se encontraron, gracias a un niño de 13 años que estaba dando un paseo en bicicleta por la playa, en la isla de Oosterend, y descubrió un torso en la orilla.

De ahí en adelante, rellenad los huecos. —

​ —La policía recibió la llamada, identificaron el cuerpo, buscaron la otra parte por los alrededores… guardia costera, buzos, y ¡Sorpresa! El Ejercito de Terracota [43] subacuático. —Eran los pasos lógicos. Val y Elena esbozaron una leve sonrisa.

​ —Ejército de Terracota, muy ingenioso y a la vez sutil. Intuyo que aquello provocó un shock, más severo, que encontrar unas estatuas de arcilla. —

​ —¿Y el que quedaba? ¿El treinta y cuatro? —Elena sentía una necesidad natural de rellenar las lagunas que tuviera cualquier historia, como buena analista, y ese posible superviviente era un detalle pendiente al unir los puntos de la historia en su cabeza, y por qué no decirlo, en la mía también.

​ —El último, y adivinad… exlíder de los “ Scarlet Shadows ”, y que suena mucho mejor en inglés que en holandés.

—Esas interjecciones las solía hacer yo.

Quizás lo había hecho para que no la volviese a interrumpir.

—Como decía, el superviviente del ejército de terracota.

¿No lo adivináis? Los tres hemos pasado un buen rato con él, aunque la que más lo ha aprovechado has sido tú.

—Dirigió su mirada a la doctora Cruz, que se quedó ligeramente desconcertada.

—Yo le he pegado un tiro. Hugo ha tenido dos buenas refriegas con él, y tú le has visto totalmente desnudo hace un rato. —Lejos de sonrojarse, Elena sentenció.

​ —Aquellos murieron ahogados en agua salada, y este ahogado por la sangre de sus pulmones. En fin, ¡Quam fortuita sunt vitae eventa! [44] —Y girándose, sin apenas inmutarse, comenzó la subida hasta la sala de reuniones.

​ —La verdad que sí. —Y Val la siguió a escasos metros.

​ —Pero, un momento… Que ha querido decir con eso. Ahora me hablan en latín. Al final voy a tener que estudiar idiomas… pero ¿cuál? ¿holandés? ¿latín? En fin… —Sin respuesta, y abandonado a la resignación, las seguí hasta la sala de reuniones.