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El Coronel tenía ganas de fiesta.
—Hugo, a mi despacho ¡Ya! —Su tono de enfado me lo hacía presagiar, así como que Lucas mostraba una actitud triunfal, que no ocultaba una enorme sonrisa.
—Dígame. —
—¡Dígame, Señor! No se le olviden las buenas formas.
¿Qué cojones pasa con la investigación? ¿Y qué cojones pasa con usted?
¿Ahora se dedica a hacer carreras ilegales por la ciudad?
Me ha llamado el Alcalde y el Subdelegado de Gobierno para pedirme explicaciones.
Dos muertos… Te estás jugando tu continuidad aquí, o algo peor. —
Yo me preguntaba si sería posible que se me hinchasen las pelotas, más si cabía, después de la mañana que había pasado.
Pues la respuesta era más fácil de lo que pensaba.
Sí, se podía. Cada vez tenía más claro que el Coronel hacía honor a su apellido y debía ser el pastor de la oveja negra.
Tenía que tener cuidado, pues si me veía como una amenaza, para él o para su perrito faldero, probablemente podría ocasionarme algún problema, pero tampoco iba a consentir que me amedrentara.
Al fin y al cabo, yo estaba allí, no por él ni para él, sino para otros menesteres mayores y con la aquiescencia del General.
Le miré fijamente palpando una tensión claramente existente.
—Con el debido respeto Coronel. No soy militar por lo que no le debo un saludo castrense.
Con un, buenos días, o un hola, dese con un canto en los dientes.
Si quiere saber algo de la investigación, pregunte a su perrito faldero, aunque…
por lo que se ve, le tiene bastante bien informado.
—En ese momento, trató de cerrar una carpeta con fotografías de la autopsia de Diana, así como de la habitación donde la asesinaron.
—Ah. Y, por cierto. Me encuentro bien, gracias por preguntar.
Los tipos que han tratado de matarme han acabado en dos mesitas metálicas en el piso de abajo.
No sé por qué, ni se quién les ha facilitado mis rutinas, pero eso a usted no le importa ¿verdad?
No se preocupe. Puede decirle al Alcalde y al Subdelegado de Gobierno que nos dejen hacer nuestro puto trabajo.
Mejor aún, dígales que pueden irse a tomar por… —
—Navarro ¿cómo se encuentra? Acabo de llegar. ¿Está usted bien? —El general Castaño, como siempre, muy oportunamente abrió la puerta del despacho del Coronel. Él no tenía por qué llamar.
—Si General, gracias. —Volví a mirar fijamente a los ojos al Coronel.
—Estaba dándole novedades al Coronel, que parece que estaba bastante preocupado por mi salud tras el incidente de esta mañana.
—El sonido que indicaba la recepción de un email en mi teléfono rompió el momento clímax que se estaba produciendo.
Miré la pantalla y un sobre junto con la letra “X” se iluminaba en ella.
—Ahora, si me disculpan, tengo que seguir trabajando.
Adiós. —Me giré hacia el General. —Señor, con su permiso. —
—Por supuesto Navarro. Y nuevamente, me alegro que se encuentre usted bien. Me gustaría recibir novedades cuando las tenga. —
—No se preocupe, señor. Será el primero en tenerlas.
—Enfaticé lo de señor pues quería darle otra pincelada al Coronel, otra gotita más en su vaso, a ver si conseguía que rebosase, perdía los nervios y cometía un error.
Si mis sospechas eran ciertas, en vez de una oveja negra en la unidad, había dos.
Alcancé mi despacho, cerré la puerta para no tener distracciones, y abrí el correo de Artemisa. Muy breve, rezaba lo siguiente.
“40,9894572; -5,6166909. 00:00. En silencio de radio. He tenido visita.”
Mi mano se tensó, hasta el punto, que notaba que me estaba haciendo daño por la presión contra el móvil.
“ He tenido visita ” ¿estaría bien? Que cojones estaba pasando.
Esto parecía mucho más que una investigación por homicidio.
Ningún asesino va a la caza de los que le quieren cazar a él.
En mi cabeza asaltó con más fuerza la última frase de aquel holandés.
Ellos no dejan cabos sueltos. Habían ido a por mí, y habían ido a por Artemisa.
¿Cómo sabían ellos de su existencia? Solo podía esperar a que llegara la hora, coger algo de armamento, por lo que pudiera pasar, e ir a su encuentro.
Tenía clara una cosa. Esta vez, no me iban a pillar desprevenido.
Ya en la sala de reuniones, el equipo, junto con Lucas, quién iba a exponer sus hallazgos, y el Coronel, que escudriñaba cualquier gesto fuera de lugar que pudiéramos hacer, comenzábamos la representación.
Nadie, excepto la doctora y yo, teníamos conocimiento de la información que había conseguido Valeria.
Quise que Lucas fuera el primero en exponer sus descubrimientos, supervisados, sin que él lo supiera, por Rob y Val.
Según él, era evidente que expusiera él el primero, ya que era, a su criterio, el que tenía más experiencia.
Que ingenuo. El ego, la vanidad y el narcisismo son unos enemigos muy poderosos.
—Muy bien, chavales, y por supuesto… señoritas.
—Continuaba mostrando su misoginia y no ocultaba su mirada, extremada y asquerosamente lúbrica, hacia Valeria.
—He conseguido identificar, mediante mis contactos, a estos dos tipos.
Bu eno, realmente a uno, pero con ese he conseguido descubrir la identidad del otro.
Se llaman Anton Koopman y Hendrik De Johng.
Ciudadanos del honorable reino de Holanda.
Trabajaban para un grupo de narcotraficantes que pasaban cocaína por el puerto de Amberes, en Bélgica.
He tenido que pedir unos cuantos favores para conseguir esta información.
—Mientras se daba autobombo, no dejaba de mirar a Val.
—Soy un tío con muchos recursos, ya me entiendes. —
—¿Algo más? —
—Tranqui, doctora. Ahora viene lo mejor.
Tenían un encargo para entregar cien kilos de nieve a alguien que iba a estar en Salamanca, durante la reunión de mandatarios.
La policía estaría preocupada de que no se produjese ningún ataque terrorista antes que de un par de camellos.
Pero nadie sabía quién iba a ser el recepcionista de la entrega.
Parece que el plan iba sobre ruedas hasta que les dieron un vuelco.
Recibieron un chivatazo, que el jefe de esos pobres desgraciados que les atacaron vivía por la zona en la que vive nuestro excelentísimo líder.
—Tranquilo, el solo la está cagando. —Al verle por allí, imagino que pensarían que había sido él.
Le estuvieron siguiendo varios días, hasta que hoy decidieron recuperar su mercancía.
El vehículo, por supuesto, robado en Poitier, Francia, y con las placas dobladas [45] .
—Me bastaba con ver que Roberto no ponía muy buena cara a medida que Lucas soltaba su speech.
Una vez que finalizó, el Coronel se acercó a Lucas, intuyo que para darle instrucciones, para que le informara posteriormente de lo que se hablara allí.
—Buen trabajo Lucas, pero la próxima vez, modere las formas. —Sacó su teléfono móvil y salió hacia su despacho. ¿Lo habría hecho bien su sacristán?
—Valeria y Roberto no han obtenido ningún resultado, y la doctora Cruz ha determinado las causas de las muertes, y ha trazado un mapa gástrico de sus últimas veinticuatro horas, que no nos lleva a ningún lugar.
No obstante, gracias por vuestro trabajo.
—Me adelanté a decir. No quería que Lucas, ni por ende, el Coronel, supieran nuestra verdad.
Lo cierto fue que tomó desprevenidos a los demás, pero, nada más mirarlos, entendieron mi gesto y siguieron el juego, la doctora asintió e hizo un gesto con las manos de lamento.
—Si, bueno, yo no tengo tantos contactos como Lucas, así que únicamente he podido verificar lo del coche robado. Buen trabajo Lucas. —Rob estuvo un poco sobreactuado, pero el ego se nutre de halagos, y el de Lucas tenía mucha hambre.
—Yo tampoco tengo nada. —Val fue mucho más seca, pero no desentonó con su carácter habitual. Faltaba que Daniel y Martina no dieran información de más.
—Bueno, de momento queda claro que se trataba de dos maricas que hacían de dealers [46] para alguien en Bruselas y alrededores. Así que creo que deberíamos pasarles esta información, que están fiambres, a quien corresponda y que nos lo agradezcan.
—Bien dicho Lucas. ¿Te quieres encargar tú?
Si posteriormente viene alguna felicitación de los compañeros de Bélgica, es posible que venga a tu nombre.
—Un poquito de miel para el oso, que entró a devorarla con los ojos cerrados.
Estaba conforme, ya que la ilusión de que su plan, o puede que el de alguien más, hubiera salido a las mil maravillas.
El resto del equipo ya tenía una respuesta válida y continuarían investigado la muerte de Diana, sin la variable de los holandeses.
—Por supuesto jefe. —En ese momento no creo que se estuviera interpretando, en ningún lugar del planeta, una representación teatral tan quimérica como la que estaba teniendo lugar en esa sala de reuniones, digna de un Oscar de La Academia.
Martina insinuó que no había encontrado nada digno de reseñar.