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Levantó a mano, tratando de golpearme la cara. La bestia quería dar su último zarpazo. Pero no le quedaban fuerzas. Mi cara tornó de rabia a estupor. En su muñeca se descifraba un tatuaje que ya había visto antes.
—Fuiste tú el de la escalera ¿verdad? ¿QUÉ QUERÍAS? —
Estaba viendo en su rostro como la vida se le apagaba a pasos agigantados, aunque el trataba de enmascararlo y, lo peor de todo era, que seguía sin respuestas.
—¿QUE ES ESTE TATUAJE? ¿PARA QUIÉN TRABAJAS? —
Inconscientemente, o puede que no tan inconscientemente, volví a regalarle un par de puñetazos en la cara.
Por rabia, por impotencia, no lo sabía, pero, lo que si sabía era, que tampoco me aportó ninguna alegría ni paz interior.
No me hizo más feliz, no apaciguó mi furia, no cambió nada en mí.
Sin embargo, mientras se reía, la frustración sí se apoderaba, aún más, de mí.
Realmente no sabía si era frustración o la adrenalina que hacía su trabajo independientemente de lo que yo le dijera, pero cuanto más fuerte se reía, con más fuerza le zarandeaba yo.
Por dentro sabía que, si el tío este no quería decir nada, no iba a decirlo, y, los dos sabíamos que no le quedaba mucho de vida tras el disparo de Val y nuestra refriega.
De pronto, calló. Cesó su risa, clavó sus ojos en mí, agarró mis muñecas con sus manos con tal fuerza que incluso, bajo el efecto de inmunidad al dolor que proporcionaba la adrenalina, hacía daño, y en ese momento, justamente, en ese preciso momento en el que parecía que el mismísimo Satanás le había poseído, exhaló sus últimas palabras con un acento duro, germano tal vez, nórdico, norteño o similar que no sabría descifrar.
Me heló la sangre. Pero la última frase… su última frase… fue…
—¿Quierres saber quién soy? Soy un fantasssma.
Jajaja. Esa puta tuvo su merrrrecido, y tú, super polizei…
—La mirada de un último deseo de venganza apareció en sus ojos.
Era una mirada fija, serena, dura, pétrea.
Era la mirada de un demonio salido de las cuevas del tártaro sabiéndose que el exorcismo final le devolverá a las profundas entrañas del mismísimo infierno. —Ze laten geen losse eindjes achter. —
Pero… ¿Qué cojones acababa de decir? No sabía que significaba lo que me acababa de espetar, pero sonaba a amenaza velada.
Me suelto una mano de su asir y me dispongo a golpearle nuevamente en la cara, pero me doy cuenta de la cantidad de sangre que hay bajo su cuerpo.
No dijo más. No hizo más. Ya no suponía ningún peligro, ni para mí, ni para nadie.
Su respiración acompasó al latido de su corazón, deteniéndose sin posibilidad de reanimación.
Las conclusiones a las que estaba llegando me hacían palpitar la sien.
Hacía mucho tiempo que no volvía a sentir el demonio que se había apoderado de mi cuerpo.
Había vuelto a matar. En defensa propia y con ayuda de mi equipo, sí, pero matar.
La adrenalina estaba finalizando su trabajo, ahora sabía lo que venía.
La fase de resistencia daba paso a la de agotamiento.
Caí rendido junto al cuerpo del copiloto justo en el momento en el que Rob y el resto del equipo se presentaron en la carretera, haciéndose cargo de todo.
No podía moverme. Tirado en el césped de la mediana de la autovía, parecía que, en vez de uno, allí se encontraran dos cadáveres.
Elena saltó ágilmente el guardarraíl y llegó hasta donde estaba mi cuerpo inmóvil, literalmente, exhausto.
Rápidamente, tomó mi muñeca derecha para comprobar mi pulso y acercó su cara a la mía para sentir mi respiración.
El olor a jazmín, del perfume sobre su piel, me dio la paz momentánea, necesaria y suficiente, para reunir ese uno por ciento de energía y, en un susurro sin apenas aliento, decirle…
—Hueles muy bien, pero me estás aplastando las costillas con tu pierna.
—Me estaba clavando la rodilla en las costillas al estar tan próxima a mí.
Sobresaltada, aunque visiblemente aliviada, me golpeó en el pecho.
—¡La próxima vez que nos des un susto así, la que te mata soy yo! —
—¡Y la que te remata después yo! —Val se unió a la fiesta.
—Necesito un té y en media hora como nuevo.
—Dije para liberar un poco la tensión, pero en mi cabeza seguían resonando las últimas palabras del copiloto.
—Por cierto ¿tienes tu móvil por ahí? —Tosí un par de veces debido, entre otras cosas, a que el viento cambiaba de dirección y comenzaba a atraer, hacia donde nos encontrábamos, los vapores del accidente.
—Si, toma. ¿Para qué lo quieres? —
—Abre la grabadora, por favor. —La aplicación de grabación estaba en marcha, y con una voz, todo lo clara que pude, traté de reproducir la última frase del copiloto. Elena y Val me miraban como si estuviera loco.
—Te has dado fuerte, pero para olvidarte de hablar español… —
—Luego os lo cuento… necesito ese té. —Traté de incorporarme. Me dolía todo el cuerpo. —Y quizás… una aspirina… o algo más fuerte. —