Sin cabos sueltos (Hostes 1) 8 #2
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​ —SIERRA A LA ESPERA. TREINTA SEGUNDOS PARA PUNTO ALFA.

—Estaba entrando en la última rotonda. Una rotonda de dos kilómetros de circunferencia con un acceso a la autovía muy cerrado.

Prácticamente se trataba de una horquilla semiabierta que no se podía trazar a más de cuarenta kilómetros por hora.

Parecía mentira, pero me vino a la mente un recuerdo de mis dieciséis años.

Cuando los juegos on-line comenzaban sus andanzas y allí estábamos Javi, Víctor y yo.

Los tres mejores amigos del mundo, conectados vía internet, delante de nuestros ordenadores, cada uno de nosotros en nuestra casa, a ochocientos metros unos de los otros, y el juego Need for Speed M.W.

en las pantallas. Yo era el perseguidor y ellos dos eran los perseguidos.

Uno de ellos, en una jugada maestra y justo cuando estaba a punto de alcanzarlos, hizo un giro de trescientos sesenta grados, colocándose justamente detrás de mi Ford Interceptor [39] , y golpeándome, lo justo en la parte trasera de mi coche de policía, como para hacerme perder la dirección, dando un par de vueltas sobre mí mismo, y consiguiendo que perdiera toda mi velocidad.

Suficiente como para que me sacaran unos cuantos metros, no pudiera detenerles y ganaran la partida.

​ —Hugo, os oigo… ahora os veo, en la rotonda. —

​ —SIERRA, ENTRAMOS EN ZONA. PASANDO EL TERCER ABETO TIENES SCORPIO.

—Entré derrapando a ochenta kilómetros por hora en la curva de salida que daba acceso a la autovía.

Por suerte, no había apenas tráfico, por lo que…

¿por qué no? Tomé posición en los últimos cuatrocientos metros antes de llegar al punto donde había determinado que acabara todo.

Ahora podía ver perfectamente el sub azul.

Dos tíos, acercándose para conseguir línea de tiro.

Setecientos metros, paso el primer abeto que hay en el lateral de la autovía.

​ —SIERRA… —

​ — Dime. —Su ojo guía enfocaba el objetivo, distante.

Tenía que medir todas las variables. Viento, distancia, velocidad del objetivo, posibles interferencias, daños colaterales.

La mirada penetrante buscando la calma en la vorágine de aquella persecución.

La tensión palpable en el aire, como un preludio tenso antes de la sinfonía del disparo.

Inspiración paciente, exhalación tranquila.

Seiscientos metros, segundo abeto. En su cabeza, silencio.

​ Con el freno de mano tensado al máximo embragué a fondo, ligero volantazo a la izquierda y volantazo hacia la derecha, y el coche, como en una danza perfectamente coreografiada, redujo suficiente la velocidad, desplazó el punto de gravedad, y dejó que la inercia hiciera su trabajo.

Un giro de trescientos sesenta grados, para colocar el coche justamente detrás del sub.

Tercera marcha engranada, suelto el embrague y acelerador a fondo, ahora el perseguido se había convertido en perseguidor.

​ —Pero… que… —Val seguía la escena sin perder detalle.

Una mueca de sonrisa apareció en su perfecto rostro.

—Está loco. —No esperaba esa maniobra a esa velocidad.

Una maniobra que se solía hacer a treinta o cuarenta kilómetros por hora, a cien era una maniobra suicida. Quinientos metros, tercer abeto.

​ —¡SCORPIO! —

No se escuchó nada. No se sintió nada. Los vehículos que circulaban en la zona, únicamente vieron, como un sub de color azul aceleraba progresivamente, cambiando el carril de marcha sin señalizar la maniobra, de derecha a izquierda, atravesando la mediana, lanzándose el vehículo por los aires tras golpear, a ciento ochenta kilómetros por hora, contra el inicio del guardarraíl, y golpeando nuevamente el asfalto, unos cien metros más adelante, aterrizando con seis vueltas de campana en la mediana de la autovía.

Traté de seguir el accidente con mi coche, pero, cuando estaba llegando, la inmensa columna de humo que salía del vehículo invertido, era seguida por una gran explosión, incendiando todo durante unos segundos, en un radio de treinta metros, así como a sus ocupantes y dejando una escena en la que no iba a quedar nada servible.

No iba a poder saber quién, ni por qué, habían intentado matarme .

Aparqué a escasos metros de la deflagración. Nada. Aparentemente todo estaba destruido.

Mientras estaba contemplando la escena, una sensación equivalente a la que sientes cuando un niño te tira un puñado de arena sobre los pies, interrumpía el hedor a carne quemada y neumático calcinado. Me giré. Un cuerpo cayó contra mí.

​ Desde la azotea, a través de una mira telescópica, Val había seguido toda la escena y había podido ver que, en una de esas vueltas de campana que dio el sub, lo que parecía un objeto bastante contundente, salió disparado del coche por uno de sus laterales.

Ahora tenía la mirada fija en el vehículo.

Desde esa distancia no había duda. Era imposible que con ese golpe hubiera algo con vida en su interior, y si lo estaba, estaría demasiado malherido.

Trató de localizarme a través de la mira.

Podía ver un pequeño muñeco observando un grueso de hierro y fuego.

Pero vio algo más, algo de lo que no pude percatarme mientras se producía el accidente.

Y menos mal que lo hizo. Ahora estaba centrando su mira en un hombre, cojeaba levemente, se acercaba hacia mí, semi encorvado.

Buscaba algo que portaba bajo su camiseta.

Lo encontró y elevaba la mano hacia mí. No dudó.

El disparo, certero, atravesó el cuerpo, consiguiendo que soltase aquello que acababa de empuñar.

El proyectil prosiguió su trayectoria, golpeando en la carretera, deshaciéndose en mil pedazos y despegando pequeños trozos de asfalto del firme.

El cuerpo atravesado por la bala era el del copiloto.

Ese era el bulto que salió despedido del coche mientras daba las vueltas de campana.

La arenisca del asfalto, proyectada contra mis piernas, hizo que mirase tras de mí, justo en el momento en el que, el cuerpo de noventa kilos y metro ochenta del copiloto, me caía encima.

Rápidamente traté de ganar la posición en el suelo, colocándome sobre él y apoyando mi arma sobre su cabeza.

De un golpe seco con su palma izquierda en mi muñeca logró que soltase mi HK y esta saliera disparada unos metros, lejos de la acción.

Era imposible que, tras el accidente, su vuelo camicace a través del cristal y un disparo contra él, no hicieran mella en ese cuerpo.

Ambos lanzábamos golpes que impactaban en el rostro y en el costado del otro.

Tas un par de minutos que me parecieron interminables, conseguí golpearle en un par de puntos, justo debajo de la base del cráneo y de la herida de bala que tenía en el omoplato izquierdo y que sangraba abundantemente.

Su aspecto en ese momento distaba mucho de lo que imaginaba, había tenido hace un par de horas.

La cara totalmente erosionada y manchada, con una mezcla de asfalto y líquido elemental.

Sus ropajes, rasgados y quemados. Un fluido rojo vivo saliendo de su hombro a borbotones.

Quedó tendido en el suelo el tiempo justo como para alejarme un par de metros y recuperar mi arma, pero, cuando la tenía en la mano, la mole de noventa kilos se abalanzó nuevamente sobre mí.

Esta vez, aunque me cogió por sorpresa, logré asestarle un golpe con la culata del arma, por lo que cayó de espaldas.

La bestia herida, aunque moribunda, seguía siendo muy peligrosa.

Encañoné entre su ceja partida y su ojo derecho, y una ira indescriptible se apodero de mis sentidos.

​ —¿QUIÉN COJONES SOIS? ¿QUÉ QUERÉIS DE MÍ? —

​ Riendo, de una manera alarmantemente terrorífica, y que salía de lo más profundo de su alma, junto con unos cuantos esputos de sangre que hacían todavía más gore la escena, estaba consiguiendo nublarme el juicio.

Levanté el arma apuntando a todos los puntos cardinales que podía abarcar desde esa, nada cómoda, posición, observando que no había ninguna otra sorpresa, al menos, en unos cuantos metros a la redonda.

Guardé el arma a mi espalda, y con las dos manos libres, agarré por la pechera de la camiseta al copiloto que no paraba de reír.

​ —¿DE QUE COÑO TE RIES? ¿QUIÉN ERES?… ¿QUÉ QUEREIS DE MI? —