8
A la mañana siguiente y, tras no dormir mucho, me fui casi directo al edificio de Hostes. Una única parada técnica, en mi cafetería favorita de los últimos días, donde preparaban el mejor te matcha latte con leche de vainilla que había probado en años.
—Buenos días Hugo. ¿Lo de siempre? —
—Aquí tienes. Por cierto, hoy tienes muy buena cara. ¿Has dormido bien? —
—Digamos que he dormido poco, pero… hacía años que no dormía tan tranquilo. Sin embargo, mucho me temo, que esa buena cara vaya a cambiar en media hora. Me voy a trabajar. —Soltamos una risotada sincronizada mientras me entregaba mi pedido.
—Bueno, pues que pases un buen día. Hasta mañana.
—Y mientras atendía al siguiente cliente con otra sonrisa, me despedía con la mano.
Cuando subí a mi coche, eché un vistazo al interior de la cafetería y volví a saludarle, pues continuaba haciendo gestos con la mano.
Pero no eran a modo de saludo, sino, como si quisiera indicar o señalar algo…
o a alguien. Apreté el botón de encendido del motor mientras calculaba los escasos centímetros que me distaban de los coches que habían aparcado pegados al mío.
Súbita e inesperadamente, un golpe estalló en la ventanilla delantera izquierda fracturando el cristal en mil pedazos.
Instintivamente eché mano a mi arma, pero, otro golpe, esta vez en el cristal delantero, estalló parte de la luna del vehículo, eliminando totalmente la visión hacia delante.
En ese instante, mil pensamientos aparecieron mi mente, varias opciones, pocas de ellas resolutivas, ya que, sin ver lo que había a mi alrededor, no podía disparar tan alegremente como hubiera querido.
Sin desenfundar el arma, y asiéndome firmemente al volante y a la palanca de cambio de marchas, necesitaba sacar el coche de la encerrona que estaba sufriendo.
Si aceleraba y golpeaba uno de los coches que tenía, tanto delante como detrás, había muchas probabilidades de que saltara el airbag y bloqueara el vehículo, por lo que estaría, totalmente, a merced de quien fuera esta amenaza.
Un brazo se coló por la ventanilla fragmentada propinándome un fuerte puñetazo, esta vez, fue el pómulo izquierdo el que sufrió un golpe inesperado.
Llevaba dos hostias, una de cada lado de la cara, en dos días, y ambas, sin verlas venir.
Me estaba dando cuenta de que tenía la guardia demasiado baja, y era preceptivo el activar el sexto sentido, ya que, si no lo hacía, más sorpresas me arruinarían los siguientes días.
Metí primera y pisé el acelerador hasta el fondo, sin soltar el embrague, pues necesitaba salir de allí a la mayor brevedad, sin tocar ninguno de los vehículos que me bloqueaban y con toda la potencia posible de mi coche.
Es una maniobra que, sinceramente, tenía muy interiorizada, pues la aprendí en el curso de conducción evasiva, de protección y seguridad que nos impartió el Cuerpo.
Solté el embrague de golpe y las ruedas, giradas totalmente hacia la derecha, derraparon sin piedad, traccionando apenas un segundo de spués, y ocasionando que el vehículo deslizase hacia una vía libre, consiguiendo que la mano que me tenía agarrado por el cuello se soltara y quedase atrás.
Aceleré unos metros más hasta que frené en seco, mientras miraba por el espejo retrovisor, para ver quién había intentado sacarme del coche.
Era una silueta que me resultaba familiar, pero en ese momento no tuve tiempo de ver mucho más pues, observaba cómo esa silueta se introducía en el coche que estaba aparcado justo detrás de donde se encontraba el mío.
Se trataba de un sub, azul oscuro, que aceleró implacablemente hacia donde yo me hallaba.
Sin pensarlo, yo también aceleré, comenzando una persecución en la que, esta vez, yo no era el perseguidor.
Trataba de callejear por las estrechas calles en las que me encontraba hasta llegar a una avenida, menos concurrida, más ancha, y que me sacase del centro de la ciudad.
No quería daños colaterales si tenía que defenderme de ese hijo de puta que me había agarrado por el cuello, a saber, con qué intención.
¿Robarme el coche? o ¿algo peor? Como buenamente pude, marqué en el teléfono el número de la central.
Tras dos tonos, una voz desconocida, contestó.
— Servicio de… —
—ST-1, ME ESTAN ATACANDO, VEHÍCULO AZUL OSCURO, AL MENOS UN VARÓN EN SU INTERIOR. ESTOY TRATANDO DE SALIR DE LA CIUDAD POR LA CIRCUNVALACIÓN NORTE, PERO HAY MUCHO TRAFICO. —El manos libres del coche estaba en interlocución con el centro de Hostes.
— Estamos identificando llamadas a la policía local de dos personas realizando carreras ilegales por el centro de la ciudad.
Policía Nacional y Policía Local de Salamanca van para la zona.
—La unidad tenía, en su planta tercera, una sala donde se analizaban cientos de datos, incluidas las comisiones policiales de la zona.
Esa era, al mismo tiempo, la central de llamadas del cuartel, los cuales, al escuchar la llamada e identificar al interlocutor, rápidamente, comisionaron a la sala a los miembros de la unidad que se encontraban en el edificio.
Pequeños golpes secos se escuchaban en la parte trasera del vehículo. Sabía lo que era.
—NECESITO APOYO TÁCTICO ¡YA! ME ESTÁN DISPARANDO. ESTOY EN EL CENTRO, TRATARÉ DE DIRIGIRME EN DIRECCIÓN… —La visibilidad era extremadamente escasa debido al parabrisas fracturado. —…JODER, VOY EN DIRECCIÓN A LA ESTACIÓN DEL TREN, HAY MENOS TRÁFICO, VOY A TRATAR DE LLEGAR AL CUARTEL… —
— Hugo, que pasa, estamos Valeria y yo aquí. — Era la doctora Cruz, al teléfono.
—ELENA, DILE A VAL QUE SUBA A LA AZOTEA, NECESITO UN SIERRA PARA NEUTRALIZAR LA AMENAZA.
Espero llegar. —Val no necesitó escuchar más.
Cogió un equipo de transmisión de la sala y salió corriendo escaleras abajo, a la armería.
Cogió el M82 de uno de los maletines tácticos de color negro que se encontraba en la zona de armas largas junto con una caja de munición.
Subió a la azotea del edificio, con las pulsaciones como si hubiera corrido una maratón, pues no dejaba de haber bajado cuatro plantas corriendo, cargar con un arma que pesa catorce kilos y de casi metro y medio de longitud, y subir corriendo otras cinco plantas hasta la azotea.
Todo ello en un tiempo record de casi dos minutos.
A través de las callejuelas empedradas de Salamanca, el sub azul oscuro zigzagueaba tras de mi como si fuera mi sombra.
Pude distinguir dos bultos en su interior.
El retumbar de los disparos cortaba el sonido revolucionado del motor.
No les importaba que hubiera civiles ajenos a la acción alrededor, mucho menos les temblaba el pulso si aparecía algún vehículo policial.
Los disparos no cesaban, así como las embestidas contra mi coche.
El motor de mi Mazda, con sus ciento setenta y cinco caballos de potencia, que ahora se me hacían insuficientes, rugía con una cadencia impetuosa, acompañado por el chirrido de los neumáticos deslizándose sobre el pavimento.
La improvisada danza automovilística era una coreografía caótica, esquivando obstáculos urbanos como si fueran bailarines perfectamente entrenados e impostados en el show.
Las persecuciones a las que yo me había enfrentado, habían sido siempre al revés.
Yo era el perseguidor. Eso sí, sin disparos aleatorios y sin diana definida.
Val estaba posicionada, tumbada sobre la cornisa, en la esquina norte de la azotea.
La única parte del edificio que tenía visión directa a la autovía y su desvío hacia el cuartel.
En total, serían unos dos kilómetros, pero que, a esa distancia, parecían apenas un par de cientos de metros.
Su cuerpo, tenso como la cuerda de un arco.
El aliento, contenido en un susurro apenas perceptible.
La respiración, cuidadosamente controlada, se entrelazaba con la leve brisa que corría en aquella azotea.
La lección la tenía muy bien aprendida, y esta sería una buena práctica de tiro.
Estaba consiguiendo llegar a la salida de la ciudad, callejuela tras callejuela, rotonda tras rotonda, trataba de dejar ligeramente atrás a mi perseguidor, pero era, literalmente, imposible.
Si en una calle conseguía sacarle veinte metros, en la siguiente me recortaban veinticinco.
Jugaban con ventaja. Ellos no tenían nada que perder y no se regían por ninguna norma establecida, ética o moral.
Yo trataba de no golpear coches, aceras, y, sobre todo, que no se me cruzase nadie en los pasos de peatones o cruces en los que me saltaba los semáforos.
— Sierra en posición. Dime que quieres. —