Sin cabos sueltos (Hostes 1) 7
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​ Entremeses, secreto ibérico a la barbacoa y tarta de la abuela.

Esa era la cena que teníamos prevista para esta noche.

La mesa puesta y mi hija terminando de hacer los deberes que debía llevar al colegio al día siguiente.

Sonó el timbre de la puerta principal y, de repente, afloraron muchos recuerdos pasados.

No había vuelto a ver a Artemisa desde aquella fatídica noche.

Paula, corriendo, me adelantó en el pasillo y abrió la puerta.

​ —Madrinaaaaaaaa. —

​ —Hola princesita. ¿Como estás? —Un abrazo fundió a las dos durante un largo rato. —Pero si estás más alta que tu madre… y más guapa que tu padre. Que ganas tenía de verte mi niña. —

​ —Hace muchísimo que no vienes a verme y tengo muchas cosas que contarte. —

​ —Benditos los ojos. —Laura, desde la cocina, se dirigía hasta la puerta principal para abrazar a la madrina de su hija. —No me lo creía. —

​ —Tengo unos días libres, pero luego me vuelvo a Estados Unidos. —

​ —¿Estas muy liada con los americanos? o con algún americano en concreto. —

​ —Ya te contaré cuando tu maridito se vaya a fregar los platos. —

​ —Tenemos lavavajillas, listilla. —Realmente, estaba feliz de verla.

Desde la intervención donde perdí a la mitad de mi equipo, no había podido hablar con ella.

Pude saber que, tras el incidente, Alicia se marchó a casa de su madre, estadounidense de nacimiento, y residente en el pueblo de Fairfax, en el estado de California, donde, al tener ella doble nacionalidad, y haber ejercido como agente de la ley en España, no tuvo problemas para entrar de dispatch [36] en el departamento de policía local.

No dudamos, y ambos nos dimos un fortísimo abrazo, con el que pareció que el tiempo no había pasado.

El cariño que sentíamos el uno por el otro no había desaparecido, aunque eso no tenía nada que ver con los posibles reproches que tuviéramos pendientes.

Mientras mi mujer e hija se dirigían a la sala de estar, Artemisa y yo seguíamos abrazados unos segundos más y, ella me susurró algo que necesitaba oír de su propia voz.

​ —Tú hiciste lo correcto. Que nadie, nunca, jamás, en tu vida, te diga que no lo hiciste.

Estábamos todos allí, yo lo vi. Hiciste lo que todos nosotros hubiéramos hecho, pero no pudimos.

—No quería, pero la emoción nos estaba superando.

Las lágrimas comenzaban a aflorar. —Ningún otro mando lo hubiera hecho mejor. Eres el mejor líder que he tenido. —

​ —Te estás ablandando desde que estás en los Estados Unidos. ¿No debería de ser al revés? —

​ —Puede. Pero negaré todo lo que acabo de decir ante cualquiera que pregunte. —

​ —Gracias. Lo necesitaba. Ahora… vamos a cenar. —

​ La cena fue amena y divertida. Mi hija abrumaba a su madrina, tratando de contarle todo lo que le había pasado durante, los casi, dos años que hacía que no la veía.

Alicia hacía lo propio con ella. Reímos, hablamos, comimos, y mientras yo recogía la mesa, Laura y ella se ponían al día.

Alicia era parte de mi equipo de mando en mi antigua unidad, pero desde el principio congeniamos muy bien, sobre todo con mi esposa, con la que compartían confidencias.

Se convirtió en otro miembro más de mi familia.

Alicia Rodríguez McKennie, nombre en clave, Artemisa, trabajaba para el Fairfax Police Department, pero en su tiempo libre, continuaba buscándose la vida en la Dark Web [37] y utilizando la información que conseguía para ayudar a los más desfavorecidos.

No llegaba a la altura de un Robin Hood tecnovirtual, pero poco le faltaba.

Metro setenta, 45 kilos de inteligencia overclockeada [38] y un don innato para todo lo que tuviera un chip informático, fue, sin duda, la mejor operadora de misión que había tenido hasta la fecha.

​ Después de vivir una hora de añorada sobremesa, mi hija finalmente cayó en el reino onírico, por lo que la cogí en brazos y la llevé a su cama. Tras el más cariñoso y paternal ósculo en su frente que pude darle, volví a la mesa.

​ —¿Volverás algún día? —Laura estaba haciéndole una pregunta de la que yo intuía la respuesta.

​ —Creo que no. Estoy muy bien allí. Me faltáis vosotros y mi ahijada, pero por lo demás… no tiene nada que ver con esto. Estoy muy feliz. —

​ —Bueno, sabes que aquí siempre tienes tu casa. —

​ —Lo sé. Gracias. Y, por cierto, tenéis una hija maravillosa. La he echado mucho de menos. —

​ —Y ella a ti. Bueno… ahora, os dejo solos, para que os pongáis al día. —

Una vez que nos quedamos solos, no tardó en soltar todo el rencor que tenía dentro y que llevaba un par de años consumiéndola.

​ —¿A ti que cojones te pasa por la cabeza? Ni una llamada, ni un mensaje, nada. No he sabido de ti durante un montón de tiempo. No sé qué cojones te pasó. Después del incidente no te preocupaste ni por mí, ni por tu equipo… —

​ —¡Eso no te lo voy a permitir! Cargué yo solo con toda la responsabilidad, traté de contactar con toda la unidad, y nadie me respondía, ni a las llamadas, ni a los mensajes, ni nada.

Asumí la responsabilidad judicial, asumí la responsabilidad disciplinaria, exculpé a toda la unidad, incluida a ti, e incluso hice cosas de dudosa legalidad para que las familias de los fallecidos cobrasen una buena pensión. —

​ —Me acosaron a preguntas, Hugo. Quisieron arruinar mi carrera.

Estuvieron buscando en todos nuestros mensajes.

Querían encontrar algo para exponernos públicamente, ante la sociedad, como un grupo corrupto, de extrema derecha.

Querían insinuar que lo que realmente queríamos era robar la droga para venderla nosotros.

Fuimos carnaza política. Mis padres fueron marcados en el pueblo como los padres de una policía corrupta.

Se tuvieron que ir de allí a Estados Unidos.

Prácticamente, al otro lado del mundo, y aunque me exculparon, el estigma y la duda continuaban sobre mí y mi familia. —

​ —Lo sé. Te repito que yo fui la cabeza de turco. Por suerte… no pudieron obviar las evidencias. —

​ —Luego se supo la verdad, sí. Pero yo me tuve que ir a tomar por culo de España con mis padres. ¿Lo entiendes? Lejos de todo lo que conocía, lejos de mi ahijada, lejos de… ti. Lo pasé muy mal, Hugo. —

​ —Y lo siento mucho, Alicia. Lo siento de verdad.

—Necesitábamos respirar un poco y relajarnos.

Había mucha tensión acumulada. —Tras un par de meses de intentar comunicarme con el resto del equipo, tuve que poner tierra de por medio, como se suele decir, para no perjudicaros.

Decidí que el único responsable de aquella fatídica intervención fui yo.

Y vive dios que me costó mucho tiempo darme cuenta de lo contrario. Pero esa… es otra historia. —

​ —… —Alicia no sabía que decir. Hasta que finalmente se resignó. —¿Para qué querías que viniera? —

​ —No quería molestarte, pero no tenía a nadie más en quién poder confiar. Verás, estoy en una unidad de investigación un tanto… especial. —

​ —¿Ahora eres investigador? —Su mirada se erguía incrédula.

​ —No, pero es una larga historia. Digamos que estoy trabajando para encontrar un topo, pero mientras tanto, lidero un equipo de investigación… —

Una carcajada sarcástica emanó de lo más profundo de su ser.

—Tu. Trabajando de asuntos internos. —Su voz se tornó más dura, y su semblante mucho más serio.

—Después de lo que has pasado, y de lo que nos han hecho pasar esos hijos de puta.

¿Ahora trabajas en asuntos internos? ¿Eres un puto chivato?

Vete a la mierda. —Se levantó de la silla bruscamente.

​ —No soy de asuntos internos. Joder. Necesito que confíes en mí. No tiene nada que ver con eso. —

​ —Pues te estás explicando como el culo. —

​ —Por favor, siéntate. Te lo explicaré todo. —

​ Diez minutos tardé en explicarle, muy por encima, todo lo ocurrido en los últimos 2 años, hasta que se volvió a sentar. —Y eso ¿qué tiene que ver conmigo? —

​ —Como he dicho, eres la única persona en la que puedo confiar. —

​ —¡Claro! y que tiene los conocimientos necesarios ¿Verdad? —

​ —También. Pero necesito tu consejo. Sabes que siempre he valorado mucho tu opinión. —Puse sobre la mesa dos memorias USB. Una nueva, reluciente, con las siglas ST-1 serigrafiadas y otro, de dimensiones mucho menores, sin carcasa, y aparentemente destrozado.

​ —¿Quieres que te pase las fotos que tienes guardadas, del USB reventado al nuevo? No me jodas, hasta el becario más tonto sabe hacerlo. —La miré, serio.

​ —Uno es una copia de los archivos de un teléfono móvil, arrojado por la ventana de la habitación en la que mataron a mi víctima.

En ella hay una foto nuestra, y mensajes que…

creo que hablan de mí. El otro, el reventado, estaba junto al móvil.

En el tejado del edificio, al otro lado de la calle donde se cometió el asesinato.

No sé lo que tiene y ni siquiera sé si se puede acceder a lo que tiene.

Pero visto lo primero, no sé si puedo mostrar a mi unidad lo que haya en el segundo. —

​ Nada más oír lo que le dije, sacó una tablet de su mochila, y la colocó sobre la mesa.

Rebuscó en el interior de uno de los compartimentos de esta y sacó un hub, el cual conectó a la tablet.

Tomó la memoria USB que contenía la copia del teléfono móvil, y mientras tecleaba con su mano izquierda en una pantalla negra un galimatías ininteligible, con la derecha conectaba el dispositivo.

​ —¿De quién era el teléfono? —

​ —¿No lo sabes? ¿Pues vaya mierda de Hacker? —

​ Estaba concentrada y parecía que no había escuchado mi comentario, pero no tardó en que su orgullo demostrase su potencial.

—Hostias. La presentadora del informativo.

—Ya sabía de quien era el teléfono. Tenía abierta una aplicación que emulaba la app original de mensajería y en la cual, aparecían todos los mensajes.

Había conseguido, incluso, los metadatos de la fotografía en cuestión.

—Esta foto la tomó Jesús. Aquel chaval de prácticas que llegó a comisaría y tenía miedo de salir de patrulla.

El que solo quería estar en oficina. ¿Lo recuerdas? —

​ —Sí, pero la pregunta es ¿Que cojones hace esta foto en el móvil, en ese contexto de mensajes, y en un homicidio? —

​ Alicia leía los mensajes a una velocidad de vértigo.

—Se refieren a ti como, “ la ayuda ”, en caso de que las cosas se tuerzan.

Remiten a tu número de teléfono. La fuente principal es desconocida, la secundaria es la tal…

Bell, su hermana. Podría seguir tirando del hilo, a ver si puedo sacar la fuente principal. —

​ —La fuente principal… ya te la digo yo. Vicky. —La cara de sorpresa inundó su rostro.

​ —¿Vicky? ¿nuestra Vicky? —

​ —Creo que sí. Es la única Victoria que conozco que disponía de esa foto y de mi número de teléfono. —

​ —Y ¿por qué no se ofreció ella a ayudarla si tan amigas eran? —

​ —Ni idea. —

Inmediatamente conectó el segundo pendrive.

—No va. —Lo desconectó, sacó unas gafas de aumento de su mochila, se las colocó, y se acercó el dispositivo a la cara.

Lo miraba detalladamente. —Necesito un soldador de precisión, un comprobador de tensión, y un par de cosas más.

Aquí no puedo hacer nada. Solo puedo decirte que es una memoria de seguridad aumentada, con cifrado de serie de 512 bits. Muy complicado de hackear. —

​ —Joder. ¿Y eso lo sabes por…? —

​ —Porque hay un pantallazo entre las fotos del móvil que he podido ver, de una compra en Amazon.com, y en esa compra hay una memoria USB flash de alta seguridad para dispositivos móviles de 1TB de capacidad y cifrado 512 bits por el módico precio de 1.

769,99 euros. No cuesta tanto mirar unas fotos.

—Nuevamente, dejaba claro que sus capacidades en ese campo eran muy superiores a las mías.

—Me voy. Mañana te envío un enlace para descargarte todo lo que haya dentro.

No sé qué tienes que ver tú con esto. Pero no me gusta. —

​ —¿Por qué tanta seguridad para una memoria? Diana era periodista, y ese cifrado estaba a la altura de una gran corporación, o para guardar secretos importantes, cuentas bancarias… —Mi cerebro se hacía demasiadas preguntas sin respuesta.

​ —Mañana lo sabremos. Ten, quédate tu pendrive. El reventado me lo llevo. —

​ —Espero verte pronto Alicia. —

​ —Yo también. Ojalá las cosas fueran diferentes. Cuida muy bien de mi ahijada, si le pasa algo, te mato yo. —

​ —Por supuesto. —

​ —Y cuida de Laura. Es maravillosa. Al fin y al cabo. Nunca tuviste dudas. —

​ —No. —Un silencio incomodo se hizo de repente. —

​ Después de guardar todo el material, y tomarnos la última taza de café con un trozo de tarta, nos despedimos, no sin que antes, Laura le rogase nuevamente a Alicia que fuera a visitarles más a menudo.

​ —Tengo una idea mejor. ¿Por qué no vais vosotros a Estados Unidos a visitarme? Dejaré que venga también tu marido. —

​ —No me lo digas dos veces. —

​ —Queda dicho. Os espero por allí. —

—Gracias por todo. Hasta mañana. —La dije. Y tras un fuerte abrazo nos despedimos.