Sin cabos sueltos (Hostes 1) 6 #3
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​ —Lo más intrigante es que, tras buscar información de las identidades de esos… recomendadores, de esos… asesores, expertos, firmantes, de sus cartas de recomendación, no he encontrado nada sobre ellos. Sigo buscando, pero mientras tanto, hay que seguir tragando con él y su protegido. —

​ —¿Su protegido? Se refiere a Lucas. ¿Ese impresentable? —Un gesto de afirmación con la cabeza no me hizo preguntar más. —Hay otra cuestión que quería plantearle. Más que plantearle… pedirle consejo. —

​ —Cuéntame. —Dijo paternalmente.

​ Puse el dispositivo móvil estropeado, la memoria flash reventada y la nota que estaba escondida, detrás de la nevera de la habitación del hotel, sobre la mesa.

El General mostró su interés por el dispositivo y por la nota.

Abrió la nota y me miró. —Ese es mi número de teléfono. —Dije aludiendo a la nota.

​ —Eso me parecía. —

​ —Estaba en la habitación del crimen de esta mañana.

Escondido. El teléfono que tiene ahí, lo arrojaron por la ventana del noveno piso y contiene una fotografía de mi antigua unidad.

Y en los mensajes de WhatssApp, aparece nuevamente mi número de teléfono y mensajes donde se insta a que la víctima se pusiera en contacto conmigo.

—Castaño levantó la cabeza del dispositivo, el cual no soltaba.

—No incriminatorios, por supuesto. Pero aparecen.

Y esa memoria flash estaba unida al teléfono, pero, hasta que no vea lo que hay dentro, no puedo arriesgarme a entregarlo y exponerme más.

—El gesto de Castaño había cambiado. Se le notaba que estaba pensando en posibles opciones, no preocupado, pero si en guardia y tratando de asimilar toda la información recibida.

—Añada a esto la aparición de un teléfono móvil clonado. —

​ —¿Cómo que un móvil clonado? —

​ —Lucas, creo que, con la connivencia de Pastor, ha presentado a la unidad, un teléfono móvil, que he entregado a Martina para que lo analizara. Hemos descubierto que la clonación se hizo hace varios días. Esa información todavía no se ha hecho pública en el grupo, por supuesto. —

​ —¿Como dice que lo ha encontrado? —

​ —De casualidad. Bajo la rueda de un coche, o algo así. —

El gesto del General se tornó más oscuro y pensativo. —¿Necesitas algo? —Intuí que me estaba ofreciendo sus contactos y preguntando por mi próximo movimiento.

​ —De momento… no. Solo quiero mantenerle informado.

Por si acaso el Pastor y su mano derecha, meten mierda contra mí.

Cuando sepa algo más, se lo comunicaré. Tendré en cuenta lo que me ha contado sobre el…

—Y en la puerta del despacho resonaron tres golpes.

Súbitamente, con un acto reflejo, cual gato lanzando un zarpazo a un ratón, recogí lo que había sobre la mesa.

​ —General. Tenemos que irnos a Madrid. —El coronel Pastor abrió la puerta sin que Castaño le diera permiso. Claramente sabía que estaba reunido conmigo, y su intención era ver si averiguaba algo al interrumpirnos sin previo aviso.

​ —¡Espere fuera! Estoy reunido. Señor Navarro… acepto el plan de tiro y los ejercicios. Hablaré con el cuartel para pasarle copia. Puede retirarse. —

​ —A la orden. —El coronel Pastor se quedó parado en el umbral de la puerta. Me estaba atravesando con la mirada, pero sabía que no convenía contravenir una orden directa del General. Aun así, no pudo contener sus palabras.

​ —¿Esos planes, no me los tienes que entregar a mí? ¿Has saltado la cadena de mando, molestando al General, por unas jornadas de tiro? Te estas ganando un… —El tono amenazante iba in crescendo, pero no sabía que, al igual que él defendía a su acólito Lucas, el general Navarro estaba de mi parte.

​ —No sigas por ahí, Pastor. En caso de que considere que se ha saltado la cadena de mando, seré yo quien decida el castigo.

No quiero que insinúes nada, mucho menos cuando no tienes idea alguna de las órdenes que le he dado personalmente.

—El semblante Pastor cambió radicalmente.

Estupefacto, no se esperaba esa contestación.

—He sido yo el que le ha ordenado, personalmente, que quiero estar informado de los planes y ejercicios de tiro que haga la unidad.

Y le aconsejo… Coronel… que cuide mucho sus faltas de respeto a los subordinados, sino quiere tener un apercibimiento en su inmaculada hoja de servicios.

—La superioridad del general Castaño se hizo evidente.

Volvía a relucir esa autoridad y seguridad que siempre había desprendido, esta vez, dejando en ridículo al coronel Pastor.

Ahora, tendré que tener más cuidado si cabe con él. Otro monito herido en su orgullo.

​ Con resignación, Pastor contestó marcial. —Si, General. —

​ —Hasta Mañana, General. Le mantendré informado… de los planes de tiro. —Y abandoné el despacho.

​ —Hasta mañana, señor Navarro. —Había que reconocer que Castaño sabía mantener una buena tapadera.

Mientras bajaba por las escaleras, se oía un murmullo, irregular y cada vez más lejano, que provenía del despacho que acababa de abandonar.

Muy amortiguado, se intuía que el General le estaba leyendo la cartilla a su segundo.

Quizás salió a relucir el pequeño demonio infantil que todos llevamos dentro, pero el mío no paraba de decirme… “Que se joda”.