5 #2
Mientras la doctora Cruz realizaba la autopsia del cuerpo, yo bajaba con Martina en dirección al laboratorio de informática.
Lucas salía nuevamente del despacho del Coronel Damián Pastor.
Parecía que le había cogido gustillo a estar allí, y tras, imagino, contarle lo ocurrido según su versión, salió del despacho con suma irreverencia, hablando por teléfono, y abandonando el edificio con cierta premura.
El coronel Pastor se encontraba detrás del ventanal de su despacho, observándome.
En ese momento sentí que su mirada inquisitiva me escudriñaba para intentar sacar algo con lo que poder llamarme la atención.
Vamos, básicamente, Lucas quería joderme y el Coronel iba a ayudarle.
Val trabajaba con Roberto y Dan, imaginaba que creando un perfil del asesino. Perfecto. Todos ocupados.
Una vez en el laboratorio, me costaba sacar el teléfono del bolsillo.
Según el General, había una mala hierba en el equipo, o no.
Y si la había podía ser cualquiera, incluida Martina.
Los nervios comenzaron a florecer, pensando en que, si recuperaba la información del dispositivo, podía tener mi número, y tendría que dar las explicaciones que todavía no podía dar.
Pero cuando me quise dar cuenta, Martina ya tenía el teléfono en su poder, y lo escudriñaba tras una gigantesca lupa de cuarenta aumentos.
—Ufff, madre mía. Menudo golpe. Pero… a lo mejor…
podemos hacer algo de magia. —Comenzó a sacar cables de un cajón, una batería externa y un juego de destornilladores.
—Mira, lo primero que tenemos que hacer es abrir y retirar la pantalla y la carcasa trasera, para dejar desnuda la placa, batería y memoria.
—Hablaba muy rápido y manejaba las herramientas todavía más.
—Ahora retiramos la batería, ya que podría estar dañada y explotar cuando la conectemos, y no queremos que explote ¿Verdad?
Nos chamuscaría las cejas. —Me miraba sonriendo, como esperando que le acompañase en la conversación, pero entre la tensión por mi posible implicación en el caso y ver la velocidad y perfección de su trabajo me estaba bloqueando.
Por un momento, un atisbo de pánico recorrió mi cuerpo.
—A lo mejor es preferible que no veamos lo que hay en el móvil. No siendo que… —Quería echarme atrás.
—Jefe, no creo que su mujer le esté poniendo los cuernos y tenga en su móvil las fotos del otro. Uy, perdón… no quería… —Sabía que lo había dicho sin mala intención.
—No, pero… —Cuando me quise dar cuenta, el dispositivo estaba reproduciéndose en una pantalla de ordenador, panorámica, de treinta y dos pulgadas.
—¡Voila! Ahí está. Perfecto. La memoria no está dañada y…
jefe… —Su mirada viró, desde el brillo del monitor del ordenador, hasta cruzarse con la mía.
Inmediatamente apagué el monitor, ya que sabía que Martina acababa de descubrir que el móvil no era de mi esposa, sino de la mujer asesinada.
Tenía que explicarle por qué no había dicho nada en la sala de reuniones en relación a cómo era posible que, estuviera en mi posesión, el teléfono de la víctima.
Martina continuaba mirándome, más nerv iosa que yo, si cabía, y esperando una respuesta. Mis neuronas aceleraron el paso.
—Lo siento, Martina, pero no podía decirlo delante de Lucas.
Me iba a pedir sus fotos con a saber Dios que intención, y no quería llegar a más por hoy contra él.
Te he mentido y lo siento, pero necesitaba tu ayuda.
Sinceramente, pensaba que no iba a poder recuperarse nada de esto y, si no había información, no aportaría nada el saber que el teléfono estaba en mi poder. —¿Habría funcionado?
—Jo, jefe. Para otra vez, dígamelo desde el principio.
El general Castaño confía en usted, y si usted me dice que guarde silencio, yo no preguntaré ni diré nada.
Confío en el General y confío en usted. —Ese comentario me pilló totalmente descolocado, pero bueno, tanto si era cierto, como una buena mentira, al menos, me daría algo de tiempo.
—Gracias. Pues… comencemos. —Volví a encender la pantalla pensando…
“que Dios nos coja confesados”. En la pantalla principal se veía una fotografía de Diana, junto a otra mujer, más joven, pero claramente emparentadas.
Seguramente su hermana menor. —Vamos a acceder al registro de llamadas y de mensajes, por favor. —
—Por supuesto. Me muero de ganas de ver que números tiene en su agenda. A ver si con un poco de suerte tiene el teléfono de algún macizorro famoso con un buen… Perdón. Hablaba mi subconsciente. —
—A ver si vas a ser tu peor que Lucas. —
—No, no, no. Lo siento. Habló mi otro yo. Aquí está la lista de llamadas recientes. —
Con tono cómplice le dije… —No te preocupes Martina.
Luego miramos su agenda. —Un respiro en ese mar de nervios y mentiras que ya estaban durando bastantes minutos.
Mi número no aparecía por ningún lado. —Perfecto.
—Algo me llamó la atención. Podía ser algo o no ser nada.
—Mira, desde hace dos días no tiene ninguna llamada respondida, pero, tiene dieciséis ll amadas recibidas de un mismo número.
Una tal… Bell, todas sin responder, excepto una, y la única llamada que ha respondido desde entonces fue a las 00:23, de un tal…
¿Judas? ¡vaya nombre! con una duración de treinta y cinco segundos. —
—Ese número puede ser importante. Vamos a anotarlo y sacar todos los datos del receptor para empezar a establecer una cronología. —
—Así se habla jefe. —
—Martina, no me vuelvas a llamar jefe. Por favor. —
—Perdón. A ver… de ese contacto tiene un par de llamadas, pero de hace una semana. Las dos de entrada. Un segundo… Nada. El número es de prepago y está apagado desde anoche. —
—¿Tiene algún mensaje? —
—Mmmm, un segundo… tiene mil ciento veintidós mensajes, pero de esa noche ninguno. —
—Mírale el WhatsApp. —
—Puff… El triple de mensajes. Necesito un minuto.
—Mientras Martina trasteaba en su aplicación de mensajería, yo me preguntaba cómo iba a exponer a Elena y al resto del equipo este hallazgo.
Acariciaba la memoria flash que estuvo conectada al teléfono y que guardaba en mi bolsillo, pensando en cómo explicar también su existencia, mi posesión, y su lugar en este puzzle, cuando ocurrió lo que más temía.
En ese momento, la pared del laboratorio, de color blanco impoluto, tenía más color que mi cara.
Acababa de aparecer una fotografía, a pantalla completa, que reconocí perfectamente.
La explanada del patio delantero de mi antigua comisaría de Policía Nacional.
Justo delante, dos furgonetas y en el medio un camión, todos ellos serigrafiados con los emblemas y escudos de la Policía Nacional.
Delante de todos los vehículos, diecisiete agentes con uniforme de trabajo.
Tres equipos tácticos más un equipo de mando.
Era mi antiguo equipo, al completo. Ya está.
Ya salí a la palestra. Que cojones pinta mi foto, mi teléfono y yo en todo este asunto.
—Este chat es enorme. Es de Bell, la de las llamadas y…
doy por supuesto que es su hermana, a tenor del contenido de ciertos mensajes.
Tiene doscientos y pico ítems sin leer, pero, en los últimos mensajes que están leídos, Diana le dice que todo lo tiene bien atado y a buen recaudo en mi corazón.
O están en plan superlove al estilo Frozen o parece que están hablando en clave.
¿Mi corazón?, No creo que lo lleve metido realmente en su corazón.
Incluso mientan a alguien del que hablaron hace tiempo y que la podría ayudar.
Un amigo de una amiga o algo así. —¿Se estarían refiriendo a mí?
¿Quién era esa amiga? ¿Cómo estaba esa foto ahí?
¿Y quién había podido darle mi teléfono?
No conozco ni a la fallecida ni a su hermana, pero tiene que haber un enlace que nos conociese a ambos. —¿Dice algo más? —
—Nada. Lo típico de hermanas. Repito, o están hablando en clave o… No dicen nada más relevante hasta el momento en el que ya figuran los mensajes sin leer. —
—Vale, dame un momento… que busqué en internet…
—Cogí mi móvil y en la barra de búsqueda del navegador escribí, hermana de Diana Martínez Nuñez.
Búsquedas sencillas que son las que arrojan los mejores resultados, me dije para mí.
En unos pocos segundos, la pantalla se llenó de fotografías de la hermana de Diana, Isabella Martínez Nuñez.
Una mujer de unos veinticinco años, morena, de pelo largo, tez simétrica y con un parecido abismal a su hermana.
—Joder, diría que es su doble, pero con unos años menos.
—Era la chica que aparecía en la foto de fondo del teléfono junto a Diana.
Ya podíamos ponerles cara a los mensajes.
Tras acceder al primer enlace, la web que apareció era un compendio de fotografías de estudio y posados de Isabella.
—Vale, aquí está. Bella Martínez, hermana de la presentadora de informativos españoles, Diana Martínez, logra hacerse con su primer galardón en la alfombra de los premios Grammy Latinos celebrada en…
bla, bla, bla… Tras varios años lanzando su carrera de cantante en Estados Unidos…
bla, bla, bla… tiene previsto acudir al concierto de Los Cuarenta Principales que este año se celebra en la ciudad de Valladolid, en España…
Bueno, luego sigo. ¿Y los que están sin leer? —