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Salí del hotel, respiré hondo y metí la mano en el bolsillo.
Necesitaba comprobar nuevamente lo que estaba escrito en aquel trozo de papel.
Quizás me equivoqué, me bailó algún número y realmente estaba haciendo una montaña de un grano de arena.
Lo comprobé tres veces, dígito a dígito.
—Es mi número de teléfono. —No me había equivocado.
Mi número de teléfono personal estaba escrito con tinta roja en ese papel.
Volví a guardarlo en el bolsillo del pantalón y con cierta consternación, me dirigí al edificio situado frente al hotel.
No resultó difícil acceder a la última planta.
El edificio era bastante antiguo y carecía de las modernas puertas de seguridad actuales.
Tampoco tenía ascensor, así que solo dejaba una opción que mi mente asociaba a una sola entrada y salida del lugar.
Cuando llegué al último rellano, sería una planta quinta, pude ver a un hombre, con un mono de trabajo tratando de abrir la puerta de acceso al tejado, al que primeramente identifiqué como un trabajador de mantenimiento.
—Buenos días caballero. Mire, soy poli…
—La parte derecha de la cara recibió un golpe seco, duro.
Un puño que parecía un puñetero martillo pilón.
De la inercia del golpe caí hacia atrás, con tan mala suerte que rodé media planta por las escaleras abajo.
Por encima mío saltó una sombra a la que conseguí agarrar por uno de sus pies.
El bulto cayó al suelo, y comenzó un forcejeo por tratar de controlar al adversario.
Noté nuevamente un golpe seco en el abdomen, al que respondí con un par de codazos y un uppercut [31] que no llegó con toda la potencia al destino.
Nuevamente, la maldita herida de la pierna se resentía.
Esta vez, las costillas, antaño dañadas, le acompañaban en el quejido.
Esa sombra que ahora forcejeaba conmigo se cubría muy bien, pegaba muy duro y aguantaba bien los golpes.
Consiguió levantarse y salió corriendo escaleras abajo como alma que llevaba el diablo.
No pude ver ningún rasgo de su cara ni característica destacable de ese tío.
Traté de levantarme, no sin mucho esfuerzo, instintivamente puse mi mano a el muslo derecho buscando mi arma en la pernera, que no llevaba.
Portaba una funda interior, oculta a la vista, que no me gustaba nada.
Conseguí sacar mi arma y traté ir detrás de él, pero, después del golpe en la cabeza y la mala caída, que me dejó levemente aturdido, bajar cuatro pisos a la carrera por unas escaleras bastante estrechas, o al menos, eso me parecía, no fue tarea fácil.
Al llegar a la calle, miré a ambos lados.
Nadie. Grité a los agentes que estaban en la acera de enfrente.
—¿Habéis visto a alguien salir de aquí corriendo, con un mono de trabajo azul? —
—Sí. Pero no corría, por lo menos este tramo de calle. Ha ido a la derecha, dirección Gran Vía. —
Salí corriendo en esa dirección durante un par de minutos.
Nada. Ese hijo de puta había desaparecido.
Estaba intentando acceder al tejado justamente cuando llegué yo, ¿con qué fin?
¿Pudiera ser que quisiera recuperar lo que tiró la víctima por la ventana?
—Joder. —He podido estar con el asesino y se me ha escapado.
—Inútil, Inútil, INÚTIIIIILLLL. —La rabia me empezaba a consumir, y lo estaba exteriorizando, pero la lógica me decía que debía de calmarme y volver al tejado.
Ese tío no logró subir a la azotea, y quería subir. Allí había algo importante.
Tras unos veinte minutos y una gran sesión de paciencia, dejando a un lado la rabia que sentía, conseguí acceder al tejado del edificio.
El acceso no fue fácil pues hubo que forzar un par de candados y dar explicaciones, verosímiles, a los vecinos que se acercaban a ver qué estaba haciendo en su edificio.
Allí encontré varios restos de lo que, a priori, parecía un teléfono móvil.
Estaba totalmente destruido debido al impacto.
La pantalla no encendía, incluso le faltaban varios pedazos de la misma.
Incorporado al dispositivo, en el puerto de carga, había una miniatura conectada que parecía un fragmento de una unidad flash de almacenamiento.
A escasos metros, entre un par de tejas rojas y lo que se apreciaba como restos de algún ave, de la que habría dado buena cuenta algún gato, destacaba una placa electrónica de color verde y una pequeña carcasa fracturada de color dorado.
Eso debía ser la parte faltante de la memoria USB.
Tomé varias fotografías, de todo, con mi teléfono móvil y lo recogí.
Me susurré a mí mismo —Espero que Martina pueda hacer algo con esto.
—Volví a bajar a la calle. Allí me estaba esperando todo el grupo.
Con cara de circunstancia, Val y Roberto observaban a Elena como esta estaba recriminando la actitud que había mostrado Lucas.
—¿Todo bien? —Pregunté. Noté la mirada despreciable de Lucas.
—Si, sheriff… Todo bien. —Dijo este, molesto, con tono de insubordinación.
Se subió en su coche, un BMW 330 azul que salió, como alma que lleva el diablo, en dirección al acuartelamiento.
Por nuestra parte, estábamos esperando a que llegara la furgoneta de transporte funerario para trasladar el cuerpo de la señorita Diana hasta el laboratorio.
Se había realizado una exhaustiva inspección en la habitación y allí ya no podíamos hacer nada más.
—¿Encontraste a la persona que buscabas? —El oficial de la Unidad de Intervención que custodiaba el hotel se interesó.
—No, pero gracias por la información compañero. —
—¿A qué persona se refiere? —Dijo Roberto.
—Sí, bueno, veréis… he de comentaros una cosilla. —
—¿Y qué te ha pasado en la cara? —Mientras Val me sujetaba la cara con sus manos, observando el golpe, se lo mostraba al tiempo a Elena, que se acercó a echar un vistazo.
El golpe que recibí en el pómulo derecho estaba comenzando a hincharse y tomando un tono rojo cereza.
Elena ya estaba sacando un par de guantes de látex del bolsillo de su gabardina para auscultarme.
—Tranquilizaos todos, os lo cuento luego, en la sala de reuniones.
A poder ser… sin Lucas. No me dejaría en buen lugar, y no estoy para aguantar sus gilipolleces.
—Elena no paraba de tocarme la cara con sus dedos, intentando localizar alguna fisura en los huesos cigomáticos y maxilares, extremo que en parte le agradecí, aunque notaba que se trataba de un puñetazo sin más repercusión.
Un puñetazo que me pilló con la guardia baja. No volverá a pasar, dije para mí.
—¿Encontraste algo allí arriba? —Se interesó Val.
—En el cuartel, Val. Os lo cuento allí. —