Sin cabos sueltos (Hostes 1) 4 #3
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​ —Espera… ya, lo tengo delante, que necesitas. —

​ —Joder, que rápida. —Tengo que empezar a controlarme y no decir en voz alta lo primero que pienso.

​ —¿Es un cumplido? Muchas gracias. —

​ —De nada. Confírmame como está la ventana. ¿Abierta o Cerrada? —

​ —Espera… que busco el fotograma más nítido… Parece que está cerrada. —

​ —Joder, juraría que la he visto abierta. —

​ —Y… tienes razón, pero no en el vídeo, sino en una de las fotos de la camarera del piso.

​ —¿Cómo? —

​ —En las fotografías que se le retiraron y que iba a vender a los periódicos, se puede observar la ventana abatida, y las cortinas… dan la impresión que se están moviendo, no tienen una caída natural de un tejido normal.

​ —Gracias. —Colgué, y volví a mirar por la ventana.

¿Quién había abierto la ventana? ¿Quién la había cerrado después?

Y, sobre todo ¿Por qué? Inspeccioné el cristal sin quitarme de la cabeza la nota que había encontrado.

No tenía ninguna huella, estaba pulcro, impoluto, ni una mísera marca de suciedad.

Eché un vistazo a través de la ventana. Aquello estaba demasiado alto, solo se veía un skyline matutino de la ciudad y las furgonetas de policía abajo, en la calle.

El edificio más próximo, justo enfrente, se encontraba a unos quince metros de distancia y unos doce metros más abajo que el nivel en el que nos encontrábamos.

​ —¿Qué es eso? —

​ Roberto se acercó. —¿El qué? —

​ —En ese tejado —Roberto se asomó al cristal para mirar donde le indicaba.

Traté de abrir la ventana. No se podía, pues era abatible.

Apenas permitía unos quince o veinte centímetros de abertura por la parte superior.

No llegaba a la parte alta de la ventana, así que busqué un lugar donde poder subirme o apoyarme.

La habitación, rectangular, estaba muy bien distribuida, pero, había algo que no cuadraba.

El sofá se ubicaba en el centro de la habitación, muy cerca de la cama, y bajo la ventana no había nada para sentarse.

—¿Será posible? —En silencio, salí de la habitación, pasando por encima de Lucas, quien permanecía sentado en el suelo tras la caricia de Val.

La puerta de la habitación contigua estaba entreabierta.

Cuando despejaron el piso completo, las personas que dormitaban en el resto de habitaciones tuvieron que salir casi a la carrera.

​ —Como me imaginaba. —El sofá no se encontraba en el mismo sitio que en la otra habitación. Volví a la 912, cogí la silla del escritorio y la coloqué debajo de la ventana. Al subirme, encontré otro problema para poder comprobar mi teoría.

​ —Valeria ¿puedes ayudarme? —

​ —¿Qué necesitas? —

​ —Súbete aquí y saca el brazo por la ventana. —Subió a la silla y sacó el brazo por la parte superior de la ventana.

​ —¿Podrías tirar algo hasta el edificio de en frente? —

​ —Puede ser. No se puede hacer mucha fuerza, así que depende de lo que sea que quieres que tire.

​ —Algo del tamaño de un teléfono móvil. —

​ —Si, creo que sí podría. —Dijo Val.

​ —Ok, si me disculpáis… necesito airearme un poco. Os dejo a los profesionales aquí. Yo voy a comprobar… algo. —

​ —Vale, pero dame un minuto. A ver. Necesito hipótesis, teorías. —Elena había acabado de examinar superficialmente el cuerpo. No podía decir más hasta que no hiciera la autopsia. Pero quería saber cuál era nuestra opinión de lo ocurrido allí, pues la de Lucas ya la conocía.

​ —Puede ser que Lucas tenga razón. Suicidio, infarto, no hay signos de violencia. —Dijo Roberto.

​ —No estoy de acuerdo contigo. Y creo que Hugo tiene una hipótesis más plausible. Pero a mí no me parece un suicidio. —Dijo Val.

​ —Hugo, cuéntanos. ¿Qué opinas? —Solicitó la doctora.

Esa nota me había puesto los pelos de punta y todos mis sentidos en alerta máxima.

Tenía que medir mucho mis palabras a partir de ahora hasta que supiera el motivo, un ¿por qué?

; un ¿Cómo podía ser posible aquello?; una respuesta a la pregunta ¿Qué demonios hacía mi número de teléfono escrito en un trozo de papel, escondido en una habitación de hotel, donde había aparecido una presentadora de noticias muerta?

—A ver. Puede ser una gilipollez lo que voy a decir, pero… ¿Por qué iba a venir la señorita Martínez desde Madrid hasta Salamanca para suicidarse en la novena planta del mejor hotel de la ciudad? —

​ —Primera pregunta sin respuesta, vamos a por la segunda. —Elena me estaba poniendo a prueba. Ella sabía algo que no había compartido todavía con los que estábamos allí.

​ —Pues sigo, en la habitación todo está excesivamente limpio.

Y no digo limpio de… limpieza, sino, de que todo parece…

escenografiado, impostado, parece una puesta en escena.

Por ejemplo… —Me estaba moviendo por la habitación como si algo me impulsara a gesticular cualquier cosa que saliera por mi boca.

—…la cama está perfectamente hecha, pero las camareras de piso no la hacen así.

No tendrían tiempo de hacer todas las camas de este edificio a tiempo si colocasen las sábanas, las mantas y el nórdico de esta forma.

La maleta, está excelentemente bien organizada.

Parece una suerte de origami, un aprovechamiento del espacio de la maleta perfecto, excepto por un pantalón, que parece haber sido usado.

Sin embargo… hay más ropa usada en la maleta, y no está tan mal colocada.

El sofá, no está en su sitio. Su lugar es bajo la ventana, al igual que en la habitación 913, e imagino que en la 911 estará igual.

Este sofá está fuera de lugar, pero muy hábilmente colocado, donde no destaca su desplazamiento.

Frente a la televisión, junto a la cama.

Yo nunca pondría un sofá ahí. Más, la ventana, estaba abierta cuando se sacó la primera foto, sobre las siete y media de la mañana, supuestamente nadie ha tocado nada, y cuando vimos el video de Lucas, ya estaba cerrada.

Y si no me equivoco, alguien ha intentado tirar, desde esta habitación, algo hasta aquel tejado.

Y ya, como teoría conspiratoria final, sería la hostia que, si realmente han tirado algo, sea lo que se encontraba en los pantalones que estaban revueltos en la maleta, con el propósito de que el asesino…

—Se me pegó lo de simular unas comillas con las manos —…

no lo encontrase. —Esto último, no debí decirlo, y me arrepentí al segundo de soltarlo por la boca.

Puede que lo que haya en el tejado, allí enfrente, sea el móvil de Diana.

No está en la habitación y es imposible que no tuviera teléfono.

Una reportera de noticias de prestigio… sin móvil…

​ —Pues te puedo decir que vas por buen camino, y tus teorías conspirativas, coinciden con las marcas que tiene nuestra finada en el brazo derecho.

Es la misma que se acaba de hacer Val en su brazo al poner a prueba tu teoría.

—Val mostró su brazo derecho, sin darse cuenta de la marca que se había producido, y Elena mostró la señal de presión que, muy levemente, se notaba en el brazo de Diana.

Era una huella longitudinal, recta, de unos ocho centímetros.

Coincidente con la presión del brazo contra el borde superior de la ventana.

—Para determinar la causa de la muerte tengo que llevármela a la mesa del laboratorio.

Voy a llamar para que trasladen el cuerpo.

Y… tercera y última pregunta para determinar que no fue un suicidio. Venga, a ver si tenemos un ganador. —

​ —¿Por qué lanzaría algo por la ventana? ¿Quién cerró la ventana si estaba muerta cuando todavía estaba abierta? —Dijo Val.

​ —¿Cuál fue el propósito de este asesinato? —Dijo Roberto.

​ —¿Quién tiene los cojones, o está suficientemente loco, como para matar a una presentadora de televisión en un hotel blindado por la policía?

¿Quién tiene la sangre fría para disponer a un muerto de esta manera y montar un escenario cuyo objetivo sea tal que la policía determine que es un suicidio?

Y sobre todo ¿Que buscaban con esto? —No me gustaba tener preguntas a las que no podía responder.

​ —Esas son más de una última pregunta, y tenemos que darles respuestas a todas ellas. Pero, sobre todo ¿Por qué matarla? —

​ —Bueno, voy a despejarme. Puede que me acerque a ver si hay algo en el tejado.

Cuando acabéis nos vemos abajo. —Bajé por la escalera.

Estaba acostumbrado a subir y bajar por las escaleras en mis intervenciones.

Nunca se sabía si habría algo digno de reseñar en ellas.

Recuerdo que, en cierta ocasión, nos comisionaron para detener a un hombre que había intentado matar a su madre con unas tijeras de costura.

Varios compañeros subieron por el ascensor, ya que se trataba de un cuarto piso.

Tres miembros de mi ex unidad y yo, sabiendo de las posibles vicisitudes de este tipo de intervenciones, decidimos subir por las escaleras.

En el segundo piso, agazapado, con las tijeras en las manos, encontré al tío que apuñaló a su madre.

Estaba bajando del cuarto piso a la carrera y, al verse acorralado, se escondió en la oscuridad que proporcionaba el rellano.

No contaba con que mi equipo y yo subíamos por las escaleras.

El autor del apuñalamiento fue detenido.

Ese es uno de los muchos ejemplos que exponía cuando me preguntaban el motivo de por qué no subía o bajaba por el ascensor en mis intervenciones.

​ Mientras llegaba al hall del hotel, iba pensando en las preguntas que, tanto Val como Rob, habían estado planteando.

Ninguna tenía sentido, al menos para mí.

Pero yo nunca me había tenido que enfrentar a este tipo de situaciones, las mías no requerían tantas preguntas.

Pero, sobre todo, pensaba en la nota manuscrita que encontré.