4 #2
El escenario estaba igual que en las imágenes que vimos en el cuartel, con la salvedad de, que había algo en el ambiente que te llegaba a sobrecoger.
No sabría decir el qué. En mis largos años de servicio, he llegado a ver muchos cadáveres, pero nunca había tenido que averiguar exactamente lo ocurrido.
Delante, la escena era de calma total, de paz, serenidad en una habitación que invitaba a la relajación, al descanso.
No había signos aparentes de pelea, de lucha, de violencia y, sin embargo, la llamada a recepción indicaba que se estaban escuchando golpes y ruidos.
Todo estaba impecablemente ordenado. La cama, con sus sábanas perfectamente estiradas, impolutas, ni una arruga, aquello parecía indicar que nadie se había apoyado, ni tan siquiera, levemente, en ella.
Finalmente, la vista no pudo por menos dirigirse al cuerpo que se encontraba en el sofá de la habitación.
—Qué pena. Estaba bien buena ¿verdad? —Lucas, desde el quicio de la puerta de la habitación soltó una de sus lindezas mientras desenvolvía una barrita de cereales.
Nadie le respondió. Ciertamente, si hubiera estado viva, hubiera atraído algún piropo fácil.
Se trataba de un cuerpo de mujer, metro noventa, delgada, pelo moreno, largo, su cara, con unos rasgos faciales muy atractivos y armoniosos, incluso algo exóticos y…
yo conocía esa cara. Me sonaba de algo. Era una cara conocida, familiar, si bien no se movía en mi círculo de amistades.
Joder, como fastidia cuando sabes que conoces a alguien, pero no la ubicas en ese momento.
No caía y, creo que no fui el único. Valeria estaba mirándola con la misma cara que yo, hasta que Roberto dijo.
—¡Hostias! ¡La del telediario! Me cago en la puta ¿cómo se llama? —
—Diana Martínez. Presentadora del noticiario con mayor audiencia de la televisión en estos momentos. —Dijo Elena desde la entrada.
—¡Eso es! —Asintió Rob.
Resoplé —Uff, me parece que lo de retrasar a la prensa y dejarla de lado va a ser misión imposible. —Dije en voz alta, aunque realmente, era un pensamiento generalizado.
Diana Martínez era una redactora y presentadora de noticiarios en televisión y radio.
A la descripción física anterior había que añadirle unos ojos almendrados y expresivos, ahora inertes, que transmitían empatía y daban credibilidad a cualquier noticia que comunicaba o publicaba. Por eso tenía tanto éxito.
Se encontraba sentada, en una posición erguida perfecta, espalda recta, piernas juntas dibujando una doblez natural exactamente igual que en sus apariciones en los medios de comunicación.
Lucía un vestido de noche negro, sofisticado, que realzaba su delgada pero firme silueta.
Elegante, con un escote en forma de V moderado que, si bien no mostraban sus atributos, los insinuaban, provocando el efecto de deseo que se pretendía.
La parte inferior del vestido acababa en una falda de tubo a la altura de las rodillas.
Calzaba unos zapatos de tacón de unos 13 centímetros de color negro y suela roja. Elena se acercó al cuerpo.
—Bueno, comencemos. —
Val y Roberto empezaron a fotografiar el escenario y a rebuscar en cajones, almohadas, y en su maleta.
—Abro la maleta. Está perfectamente ordenada.
Tiene la ropa impecablemente colocada, a excepción de unos pantalones jeans negros con los bolsillos hacia fuera y ligeramente mal doblado.
Parece que se los hubiera quitado rápido y tirado en la maleta.
—Dijo Valeria, que comenzó a teorizar. —Conspirando, quien diría que tenía algo en uno de los bolsillos, que se lo han llevado y han tirado los pantalones aquí dentro.
Luego han colocado la maleta en el interior del armario y aquí no ha pasado nada. —
—Eso es mucho conspirar, preciosa. Yo os diré lo que ha pasado, ya que esta es mi especialidad. Esta tía ha tenido una noche de fiesta, se ha pasado con la farlopa [29] y se ha quedado ahí tiesa. Suicidio o como mucho, muerte por sobredosis. —
—Aparentemente, no tiene nada en las fosas nasales.
—Dijo Elena que, hasta entonces, había sido la única que se había encargado del cadáver.
—Hugo, fotografía todo el cuerpo. —Realmente era una situación muy desagradable.
Fotografiar a una hermosa mujer en un terrible momento, famosa, con un vestido que poco dejaba a la imaginación, y muerta.
Elena se dio cuenta de mi sobrecogimiento.
—Se que es una situación muy violenta, la primera vez.
Pero necesito esas fotos. Piensa que está dormida, no muerta.
—Elena trató de relajar la empresa que me había encomendado.
—Joder, no sé qué es peor. Un voyeurista [30] o un fotógrafo necrófilo. Menos mal que sé que es por trabajo. —
—Hugo, sácale bien los pezones y luego me pasas las fotos. Jajajaja. —Puto Lucas.
—Voy a tener que hablar con el Coronel cuando regresemos al centro.
—Elena estaba indignada y muy cabreada. Por mi parte, me dirigí hacia la puerta, con la intención de darle una buena hostia a Lucas por sus palabras, esta vez había cruzado una línea roja que nunca se debe sobrepasar, pero Val se me adelantó.
No sabía que una mujer con sus características podía noquear así a alguien.
Lucas soltó un gañido y cayó al suelo, durante unos segundos no fue capaz de saber dónde estaba.
Lo bueno fue que no soltó ningún exabrupto más fuera de lugar en varias horas.
Tomé la cámara de fotos, la conexión wi-fi estaba activada, así que cada foto que sacara le llegaría automáticamente a Martina a su tablet.
Comencé a fotografiar lo que me parecía importante.
Ciertamente, Diana tenía una belleza que, incluso fallecida, era muy difícil que desapareciera, si bien su expresión era una mezcla entre tristeza y… podía ser… ¿dolor?
La doctora Cruz comenzó a mirarla por debajo de la ropa para buscar algún hematoma o signo de violencia.
Yo me di la vuelta y pedí a Val que, en caso de que Elena necesitara ayuda, fuera ella la que le echara una mano.
Roberto seguía mirando el armario. Yo, por mi parte, me acordé de un libro que me pasó Valeria.
“El análisis de casos forenses mostrados en el cine”.
En un capítulo de ese libro, analizaban las posibles maneras que tenían las víctimas de comunicarse con la policía, o con otras personas, incluso después de fallecidas, dejando determinados signos, símbolos, vestigios o incluso enigmas en demasía elaborados, teniendo en cuenta el poco tiempo que tenían las víctimas entre sus supuestas emboscadas y forcejeos con el asesino hasta su muerte.
No sé el motivo por el cual me acordé de ese libro, e incluso, quizás, me imaginé estando en una de esas películas, thriller de cine negro, por lo que comencé a mirar analíticamente la escena, o por lo menos, todo lo analíticamente que yo sabía.
Todo estaba perfectamente ordenado. ¿Por dónde podía empezar?
Si Val y Roberto estaban revisando las pertenencias de la víctima.
Decidí comenzar por los bajos de la cama.
Nada. Continué por el interior del armario, nada.
Seguí por el escritorio, más de lo mismo, nada.
No quería molestar a Valeria y a Elena en el sofá, así que metí la mano, con el guante de látex, por detrás del cajón del escritorio ya que por ahí suelen deslizarse papeles y quedarse olvidados, nada.
Agachándome, abrí la pequeña puerta de la nevera y comencé a inspeccionar su interior.
Observé cuidadosamente cada rincón, en busca de cualquier objeto fuera de lugar.
Más nada. Todas las botellitas del minibar estaban en su sitio, o al menos, eso parecía.
Los zumos, cacahuetes, las dos cervezas tamaño mini, y las dos botellitas de Johnny Walker Black Label.
Retiré levemente la nevera, pude escuchar un pequeño golpe, muy leve, casi imperceptible.
Pensé que ya había roto o tirado algo e imaginé que eran los cables, pero no fue así.
Algo se había desplazado y había caído de canto entre la nevera y la pared del mueble.
Al deslizar un poco más la nevera, conseguí el espacio necesario para introducir la mano en la parte trasera, aferrando con los dedos un trozo de papel, perfectamente doblado, el cual estaba encajado en el hueco.
Sin darle importancia desdoblé el papel.
—Pero que cojones… —Bisbiseé sin darme cuenta.
No me estaba mirando nadie, pero sí me escuchó la doctora.
—¿Has encontrado algo? —
—No, lo siento… es que… se me ha roto el guante.
—Doblé el papel en el puño, como si no hubiera encontrado nada y lo guardé en el bolsillo del pantalón con toda la naturalidad que pude.
Retiré del todo la nevera para comprobar que solo quedaban las pelusas.
Nada más. Volví a colocar la nevera, me inco rporé y miré a través de la ventana.
Necesitaba aire. Ese no era mi hábitat. Desde el ventanal se disponía hacia delante una espectacular y privilegiada vista de la Catedral de Salamanca.
Relajante a la par que misteriosa. Entonces, aún desconcertado por el hallazgo de aquel trozo de papel, me asaltó un déjà vu.
Una imagen que creía haber visto de esa ventana con anterioridad y, que había sido hacía una hora, en la sala de reuniones del centro, en un vídeo que se estaba emitiendo en directo.
—¿Quién ha cerrado la ventana? —Pregunté.
—¿Cómo? —Dijeron al unísono los allí presentes.
—La ventana estaba abatida cuando entró Lucas grabando. En el vídeo se ve que las cortinas bailaban con la brisa matinal. Ahora no se mueven y está cerrada. —Cogí el teléfono y llamé a Martina.
—¡Dime! —
—Hola, Martina, necesito que me confirmes una cosa. No sé si es posible, si necesitas que te envíe una petición por correo electrónico o… bueno, podrías ver el vídeo que estaba emitiendo Lucas en directo. —