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Toc”, “Toc”, “Toc”. Tres golpecitos en la puerta del despacho me sobresaltaron mientras estaba teniendo una conversación con la puñetera impresora, que no quería funcionar.
Me golpeé la rodilla al girarme hacia la puerta para ver quien llamaba.
Un calambre me paralizó la rodilla y me hizo cojear, graciosamente, durante unos segundos.
La pierna se resintió, pues fue donde tenía los dos recuerdos de mi anterior puesto, en forma de cicatrices de once centímetros, casi formando una x perfecta.
Pude escuchar una risita floja junto a la puerta.
—Perdón —Era la doctora Elena Cruz. —Venía a ver cómo te iba, pero veo que la impresora te está ganando la batalla. —
—Una batalla. No la guerra doctora, …de momento. —Volví a mirar la impresora, nada. Parecía que se estaba riendo de mí. —¿Puedo ayudarla en algo? —
—Puede ser ¿me permite pasar? —
—Disculpe, por supuesto, pase. Quiere… —Me puse a mirar por todas partes en el despacho como si supiera lo que estaba buscando. Finalmente, me di por vencido. —Mire doctora… —
—Llámame Elena, Hugo. —
—De acuerdo, Elena, es la primera vez en mi vida que tengo un despacho para mí.
Como mucho, había tenido un mini cubo con un ordenador.
Yo no soy personal de oficina, ni de despachos, ni estas historias.
No he estudiado para ascensos, ni mucho menos para liderar ni enseñar nada.
—Me estaba poniendo en evidencia sin darme cuenta.
—No sé siquiera si es correcto que te ofrezca algo para tomar, y ni siquiera sé si tengo algo en el despacho… —
—Hugo, cálmate. Aquí casi todos somos gente normal.
Yo hasta hace una semana estaba trabajando en Roma, en la SCO [21] .
Compartía despacho con otros diecisiete investigadores, tres analistas forenses y personal de prácticas, y ahora estoy como tú.
Supuestamente al frente de esto, junto contigo, y teniendo bajo nuestras órdenes a otras cinco personas, supuestamente brillantes en sus respectivos campos. —
Mi cerebro comenzó un monólogo para sí mismo.
“Claro, normal, trabajando para grupos punteros de investigación en sus respectivos países. Normales dice…” —Pero Elena.
Yo no soy brillante en nada. Pertenecía al G.O.R.
, hacíamos intervenciones de envergadura entre pequeña y mediana.
Para todo lo demás están otros grupos, otras unidades… GEO, GOES… —
—Si te han elegido a ti, por algo será. He leído tu historial. —
—¿Has leído mi historial? —Joder, no sabía que mi expediente era público.
—Por supuesto. Bueno… parte, había otra parte clasificada, pero tú y yo tenemos todos los historiales del resto de la unidad.
Ventajas de ser ST-1. —Sonrió sutilmente, mostrando su perfecta dentadura.
—Una copia en el ordenador y otra en el archivo físico, junto a tu archienemiga, la impresora.
Y te diré algo. Puede, y digo puede, que no destaques en temas…
como dice s tú… intelectuales. Pero tú has estado en más situaciones de tensión que todos nosotros juntos, sobre todo en este último año y medio.
—Tensión, dice. Mi cara de sorpresa lo dijo todo, no tuve que hablar.
—¡Sí! incluso he indagado más y he solicitado los informes de esos dos “sucesos clasificados”, y te digo una cosa.
Si es cierto todo lo que pone sobre el papel, no querría a ningún otro a mi lado en una eventualidad como las pasadas. —
—Pero… ¿No acababas de decir que esa parte estaba clasificada? —
—Descubrirás que, aquí hay muy buenos informáticos.
—Yo no sabía que decir. Solo sé que, dijo lo que tenía que decir, y acertó, pues las dudas que tenía desaparecieron y la seguridad en mí mismo volvió a aparecer.
Puñetera psicología. —Muchas gracias. Elena, tengo que hacerme a esto, y te preguntaré millones de cosas que no entienda, y si te parece, cuando no estés muy ocupada, me gustaría que me dieses alguna pincelada de lo que haces. —
—Absolutamente. Mi despacho es este. El que está junto al tuyo. Y lo mismo digo. Yo no he disparado nunca, ni siquiera en una videoconsola. Soy… ¿cómo lo dijiste? ¿Una mona? —
—No, dije que hasta los monos saben disparar. —Una risotada conjunta acompaño el momento. —Pero eso tiene fácil solución, luego voy a bajar a ver la galería de tiro. ¿Si quieres venir? También tengo que ver los laboratorios y toda esa zona. Aunque solo sea por saber dónde están. —
—Para eso… yo puedo ser tu guía. Me pidieron informes para ver como lo podían organizar. —
—Joder, a mí no me pidieron informes para construir nada.
—Y volví a romper la tranquilidad del despacho con otra sonora carcajada, que acompañó nuevamente doctora.
Me estuvo comentando durante unos minutos donde se encontraban los informes, manuales y demás archivos en las carpetas compartidas de los servidores informáticos que aparecían en el escritorio de mi ordenador.
Más tarde se dirigió hacia la puerta del despacho, donde un cartel en la misma rezaba “ST-1”.
—Por cierto, comprueba el cable de conexión.
Han estado colocando muebles hasta ayer y…
es posible que se haya aflojado. —Lo comprobé.
Que tonto, estaba casi suelto. Lo conecté y la impresora comenzó a escupir impresiones.
—El noventa por ciento de las ocasiones, la explicación más sencilla es la correcta. —
—Exacto, eso era. Gracias. —Y la doctora cerró la puerta suavemente abandonando el despacho.
Durante todo el día estuve haciéndome al lugar.
Visité todas y cada una de las salas y departamentos del edificio.
Bajé a los laboratorios, donde la doctora Cruz me estuvo explicando el funcionamiento de todos y cada uno de los aparatos que descansaban sobre las mesas.
Igualmente me explicó la diferencia, sutil, pero súper importante, entre la nevera de las muestras, y la nevera donde los técnicos de investigación dejaban sus almuerzos.
Como nota personal, la nevera de muestras tiene un vinilo circular oscuro, con tres triángulos invertidos entrelazados, como un enigma de advertencia.
Cada uno de esos triángulos indicaba un aspecto diferente del peligro biológico, a saber, infeccioso, toxigénico y dañino.
Vamos. Que en esa nevera no convenía meter tu sándwich de atún ni tu refresco favorito sino querías ingerir algo más que proteínas y vitaminas.
Cuando llegamos a la galería de tiro, ciertamente me asombré bastante, aunque realmente, viendo el resto de instalaciones, estas tenían que estar a la altura.
Y lo estaban. Joder si lo estaban. Una puerta de acceso blindada y protegida por acceso mediante tarjeta daban la bienvenida a la sala que ejercía de armero, donde se encontraban todas las armas de dotación de la Policía Nacional, Guardia Civil y ejército, incluso algunas que, si bien se utilizaban en las unidades especiales, parecían futuristas, como la Kriss Vector 9mm, o el FN P90.
Una doble galería de tiro. La primera, tras una puerta metálica azul oscuro, con un cartel que rezaba: “ Prohibido acceder con munición real. ” Se trataba de una sala cuadrada, con pantallas de unas cuatrocientas sesenta pulgadas cada una.
Era una sala de realidad aumentada en la que, las prácticas de tiro, se hacían con armamento simulado.
La verdad, nunca me han gustado esas salas ya que no reflejan la realidad de un enfrentamiento armado, pero, sin embargo, podían valer para simular como sería el estar frente a una posible situación de disparo, o incluso para emular, mediante planos digitales, edificios y lugares de interés.
La segunda sala, para mí, la de verdad. Con una puerta metálica de color rojo y las clásicas señales de precaución: acceso con gafas, acceso con cascos y peligro.
Era una sala de unos ciento cincuenta metros de largo, con ocho calles de dos metros cada una.
Ahí estaban los parapetos, de fibra y madera, había también algún que otro elemento simulando mobiliario urbano, coches, y al fondo del todo, unas siluetas con automatismo de giro.
Esa era la más similar a las galerías donde yo me había entrenado, donde había perfeccionado mis habilidades de tiro.
Estaba claro que la distancia efectiva de disparo de casi cualquier pistola actual, ya sea una Glock 19, HK USP Compact o la Sig Sauer P226, son entre veinticinco y cincuenta metros, dependiendo ya de muchos factores.
La de un subfusil, como puede ser el HK G36, de dotación en las fuerzas de seguridad españolas, ronda entre los cuatrocientos y seiscientos metros.
Pero para nuestras prácticas serían suficientes los ciento cincuenta metros.
La doctora se sintió un poco sobrecogida cuando accedió a la segunda sala.
—Uff, es la primera vez que entro aquí.
—Hacía cuatro días que entró por primera vez en el edificio, pero únicamente se había centrado en la parte de los laboratorios y su despacho.
El olor del lugar era el de una sala estéril, en la que nunca se había disparado un solo proyectil.
Yo entré después que ella. Con dos pares de gafas y de cascos.
Le entregué uno de cada y volví a salir.
Saqué del armero una pistola que conocía bien, pues era mi arma reglamentaria, y una caja de munición del calibre 9mm.
La HK USP Compact carga 13 proyectiles y es un arma muy sencilla para iniciarse, por lo que me pareció la más apropiada para que la doctora realizara su primera práctica de tiro.
He de decir que, si bien mostraba bastante respeto cuando vio el arma, algo que no es malo, entendió su manejo perfectamente, y se predispuso bastante bien para realizar la tirada.
Siendo justo he de decir que se le dio igual de bien que si yo me hubiera puesto a manipular cualquier fibra en un microscopio electrónico.