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Había visto ese bloque de cristal un millón de veces mientras lo construían.
Tardaron un par de años, pero en los últimos tres meses se habían acelerado mucho las obras.
El primer día que accedí al interior quedé fascinado.
Un laberinto de tecnología y eficiencia energética, diseñado con precisión militar.
Cada habitación, despacho o sala estaba meticulosamente planteada y equipada para cumplir una función específica.
En el vestíbulo de recepción, un mostrador de vidrio oscuro me dio la bienvenida.
Los agentes de recepción, dos hombres y una mujer totalmente mimetizados con el entorno, para evitar que se colase alguien en el edificio que no perteneciera a la organización, vestían uniforme de una empresa de seguridad.
Evidentemente era ficticia, pues de la seguridad se encargaba el propio personal al mando del general Castaño, pero cumplían perfectamente su función disuasoria.
Eran jóvenes, muy jóvenes, incluso me podría aventurar a que estaban recién salidos de la academia militar.
—Buenos días caballero. ¿En qué puedo ayudarle?
—Un chico de metro noventa con rapado castrense, evidentemente era militar, que se encontraba detrás del mostrador, entre la puerta y unos tornos, me dio el alto más educado que me hubieran dado nunca.
Esa era la zona de seguridad, donde se ubicaban la recepción y las cámaras de seguridad perimetrales.
Esta vez sí funcionaban todas las cámaras.
Seis pantallas de unas cuarenta y cinco pulgadas, distribuidas en dos hileras, cada una con ocho ventanillas, hacían un total de cuarenta y ocho cámaras de seguridad. Nada que ver con mi anterior destino.
—Buenos días. El general Sebastián Castaño me está esperando. —
—Su nombre, por favor. —Noté que se tensó un poco, al igual que sus dos compañeros que inmediatamente giraron sus cabezas, dejando de vigilar los monitores y clavando sus ojos en mí.
—¡Que pasa chicos! —En un tono informal, dirigí mi mirada hacia ellos e hice un gesto de saludo con la mano.
Mostré el saludo más distendido que pude pues la realidad era que yo estaba tan tenso o más que ellos, por la situación, pues debía de ser la segunda o tercera persona que se presentaba allí por la puerta principal.
No sé qué les habrían dicho, pero, se ruborizaron y giraron inmediatamente la vista, nuevamente hacia los monitores, sin devolver el saludo.
—¡Vaaaleee! —Me resigné a decir. —Hugo Navarro. —
—Si, Señor Navarro, aquí tenemos sus credenciales.
—Me entregaron una tarjeta identificativa rectangular, de color blanco y azul.
Sin nombre, sin foto. Únicamente presentaba un escudo monocromo en azul celeste, apenas visible, que representaba la cabeza de un lince ibérico con cara de pocos amigos, superpuesto a un anagrama de seis letras, H.O.S.T.E.S .
Sobre esa impresión de tinta OVI [11] , y con una tipografía de imprenta, las siglas “ ST-1 ” y bajo esta, la palabra “ ACTIVO ”.
—Esta tarjeta la deberá llevar visible siempre que esté en el interior del edificio.
Necesito que coloque aquí sus huellas para poder ingresarlas en el sistema de acceso a las instalaciones.
En algunas zonas únicamente se le pedirá acceso con la tarjeta, en otras, necesitará tanto la tarjeta de acceso como su identificación biométrica.
—Observé como la recepcionista, también militar, que se encontraba allí, descolgaba el teléfono, marcaba unos números y acto seguido informaba de mi llegada.
—El Sr. Navarro está aquí. Ya sube. —Colgó el teléfono.
—El General le está esperando. —Una voz dulce, temblorosa, todo lo contrario, a la imagen que trataba de ofrecer, me autorizaba el paso por el torno.
Pude fijarme que su tarjeta de identidad, igual que la de sus otros dos compañeros, eran muy similares a la mía, con una diferencia, en la suya aparecía un “ ST-5 ”, no sabía por qué, pero en ese momento me daba igual.
La última recepcionista de la que me fie, no fue lo modosita e inocente que parecía ser y, casi me mata, así que, hasta que no conociese más a fondo al personal, no quería confianzas con nadie.
Pasé por el torno de acceso. Tarjeta y huella. —Joder, igual que el centro de análisis. —Dije sin pensar, en voz alta y sin darme cuenta. Quizás los ST-5 que se encontraban allí pensasen en ese momento… “otro tarado más”. Las cosas, por lo pronto, eran mejores que en aquel antiguo cuchitril.
El interior del edificio era una perfecta continuación del exterior. Tres plantas superiores y dos bajo tierra.
En las plantas baja y primera se hallaban las áreas de investigación y análisis de inteligencia.
Laboratorios modernos y bien equipados que albergaban personal científico y analistas.
Sumergidos todos ellos entre ordenadores de última generación, impresoras 3D, microscopios, espectrofotómetros, cromatógrafos de gases, espectroscopios, y un sinfín de artilugios más.
También se localizaban en esa planta un par de salas de reuniones.
En el segundo nivel se encontraba el corazón estratégico del centro y los despachos del coronel Damián Pastor, jefe operativo directo de la unidad, una sala hermética de reuniones, unos aseos y una sala enorme.
Esa sala tenía en su puerta un cartel con la palabra HOSTES en grande.
Estaba a su vez dividida en varios despachos más pequeños y una sala de reuniones.
En la tercera planta se localizaba el despacho del general Castaño y una sala llena de pantallas gigantes, hileras de ordenadores e información en tiempo real de múltiples sectores tales como valores de la bolsa, gráficos de velas de varias criptomonedas, tráfico aéreo, tráfico marítimo…
demasiado postureo de gráficas y mediciones para mí.
Las dos plantas subterráneas albergaban las instalaciones de entrenamiento y tiro, unos pabellones inmensos en los que poder gastar toda la munición que se quisiera y poder entrenar tácticas y técnicas de combate.
Los pasillos eran oscuros y contrastaban totalmente con las plantas superiores.
Para acceder de una planta a otra se podía utilizar una escalera doble o tomar un ascensor con capacidad para unas ocho personas.
En estas plantas también se encontraban el polvorín, la sala de armamento y la sala de material.
También había, en el sótano uno, un garaje de dimensiones más que suficientes para todos los trabajadores del lugar, que complementaba al parking exterior.
Tras varios minutos estudiándome el plano que del edificio que se ubicaba en la entrada, accedí al ascensor con la tarjeta identificativa que me asignaron y, una vez en su interior, pulsé el número asignado a la tercera planta.
Las puertas se cerraron y en su interior sonaba música relajante, como las que se escuchan en los ascensores de los centros comerciales.
Cuando llegué al tercer piso, las puertas se abrieron y allí me estaba esperando el general Castaño.
Mi nuevo trabajo me esperaba, y la tapadera comenzaba.
Tras un largo y fuerte apretón de manos me preguntó.
—¿Dónde has dejado el coche? —Tras varios minutos de charla, el mismo general me indicó que tenía asignada una plaza en el garaje interior y que hablase con seguridad para que me concretaran el número.
Acto seguido, y sin más dilación, volvimos a entrar en el ascensor y bajamos hasta la segunda planta.
Salimos al hall y el General se dirigió directamente al despacho del coronel Pastor.
Estuvieron hablando unos segundos, mientras observaba como los gestos del Coronel mostraban una ligera objeción a algo que le comentaba el General.
—Aquí ya hay mucho mando para mí. —Murmuré en un tono que me pareció inaudible para cualquiera que estuviera a menos de 10 centímetros de mí, o eso pensaba.
—Sí, la verdad que sí. —Dijo otra voz en un susurro casi imperceptible.
Se encontraba a mi derecha, junto a una dracena [12] , con un café en la mano.
Varón, de unos 27 años, con aspecto muy joven, diría incluso que aparentaba bastantes menos.
No ayudaban sus pintas de cerebrito friki.
De estatura media, pelo oscuro, revuelto y gafas de montura metálicas con un perfil azul eléctrico, podía parecer una mezcla entre un Geek [13] y un Otaku [14] , si bien su mirada sí que denotaba bastante inteligencia.
—Tú eres Hugo ¿verdad? —
—¿Como lo sabes? —
—Fácil, vienes con el General, y tienes la apariencia y todas las características de ser un…
—Y levantando ambas manos hizo el gesto más millennial que conocía.
Con los dedos índices y medio hizo unas orejas de conejo contrayéndose, simulando unas comillas.
—…hombre de acción y, bueno, nos dijeron que hoy venía uno nuevo que se llamaba Hugo.
Tú eres nuevo, así que las probabilidades de acertar eran bastante altas. —
—Pues encantado ¿Y tú eres? —Le tendí la mano. El la estrechó, pero con una fuerza inusual para un hombre con esa imagen exterior.
—Soy Daniel García, pero todo el mundo aquí, me conocen como Dan. —
—¡Daniel! Entra a la sala y avisa a los demás, vamos a comenzar. —El general Castaño salió del despacho acompañado por el Coronel.
—Si, señor. —Hizo una leve inclinación hacia mi oído y susurró. —Todos menos el General. —Y se fue sonriendo en dirección a la sala donde marcada con la palabra “HOSTES” en su puerta.
—Hugo, te presento al coronel Damián Pastor. Es el supervisor de tu nueva unidad. Cualquier cosa que necesites, duda, petición… a él. ¿Está claro? —
—Si, señor. —Estaba más que claro. Este era mi superior directo sobre el papel. Pero a efectos prácticos, mi línea directa con el General tenía prioridad.