Sin cabos sueltos (Hostes 1) 1 #4
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​ —¡Señor Navarro! Hugo. Si me permites, mi madre tenía un dicho.

¡ Yo creía, yo pensaba y yo imaginaba son hijas de Doña ignorancia y de Don Tiempo Perdido !

—Tuve que tomar un sorbo de mi café para digerir todo aquello.

Mi acompañante quiso darle una vuelta de tuerca a la conversación y finalizar su monólogo cuanto antes para que yo tuviera todas las variables y pudiera tomar una decisión.

—Mi petición es la siguiente. Necesito tus habilidades, tu instinto y tu capacidad de liderazgo.

Esas tres cosas que te han valido el respeto de todos los que conocemos tu historial profesional, incluido, el mandamás.

—Hizo una seña con el dedo dirigiéndolo hacia la medalla.

—Te pido tu tiempo y tu esfuerzo para ayudar a capturar a los peores criminales que asolan este país.

Tendrás todos los medios de los que quieras disponer.

Tendrás un equipo a tu cargo. Y tendrás mi gratitud eterna, y eso no lo digo como simple retórica.

A partir de ahora, en presencia de todos seguiré siendo tu superior, en petit comité puedes pedirme lo que necesites.

—Mi cara reflejaba un asombro exorbitado.

Traté de disimularlo tomando otro sorbo de café.

Pero ni siquiera tuve esos cinco segundos de respiro.

Continuó. —Esa será la parte fácil. Tu misión a largo plazo.

Tu trabajo a corto plazo y el más importante.

Creo que hay alguien que no reúne, por decirlo de un modo sutil, la suficiente integridad y rectitud que se necesita para estar en ese lugar.

Hugo, te lo pido a ti porque has demostrado sobradamente tus valores.

Darías tu vida por personas que no conoces de nada, o por compañeros no tan…

respetables. Ya lo has hecho antes ¿Recuerdas cuando trataste de salvar a esos perros traidores que quisieron matarte en el garaje del edificio de análisis hace unos meses?

eso no lo hace cualquiera. Necesito que identifiques posibles… fallos en la unidad.

​ —¿Ovejas negras? —Mi mente se enredaba en una danza caótica de pensamientos, como las hojas llevadas por el viento en un frenesí desbocado de ráfagas otoñales.

Cada posible consecuencia de tomar una decisión colisionaba frontalmente con otra, como olas que se baten en un mar embravecido y mi cabeza era el barco que luchaba por mantener el equilibrio en medio de la tormenta.

Necesitaba en estos momentos el consejo de mi mujer, siempre me había sabido guiar por el buen camino sin imponerme ninguna condición.

Mi cabeza buscaba una senda clara, un camino de baldosas amarillas.

Mi corazón se estremecía, presintiendo la importancia de la elección que me aguardaba.

Finalmente, el General Castaño orquestó el discurso melódico del honor y la familia, y esa canción, por desgracia, era mi favorita.

—¡Hugo! Hay gente horrible en el mundo, y aquí en España, el número de ese tipo de gente está creciendo a un nivel exponencial.

Tenemos gente para lidiar con todo eso. Tus compañeros de la Policía Nacional y los agentes de la Guardia Civil se encargan de eso.

Tú te encargarás de los que están un peldaño por encima.

Tú y tu equipo. Y cuanto mejor hagas tu trabajo, más seguras estarán nuestras familias.

No te pido que salves a todo un mundo. Te pido que aportes tu granito de arena para que Laura y Paula vivan en un mundo un poco más seguro.

—Me terminé la taza de café de un sorbo.

Joder, había que reconocer que, el General, tenía una labia espectacular.

Como pocos. Con cada frase tejía una red de persuasión, que te llevaba hacia su realidad.

—Ahora, te dejo para que lo pienses. Espero que no te demores mucho.

Se que elijas lo que elijas será una buena elección, para ti, para tu familia y para España.

Tienes mi número en tu teléfono móvil. Espero tu llamada. —

​ La realidad es que la cabeza me pedía una cosa, las entrañas otra y el corazón otra diferente.

Lo malo es que tenía tres opciones que nunca habría imaginado tener.

La buena es que minutos antes, mi mujer me dijo que hiciera lo que quisiera, que ella me seguiría al fin del mundo, y que, si me daba un par de opciones a escoger, escogiera la que me dictara el corazón.

Me levanté apenas un par de segundos después que él.

​ —Tiene usted un problema muy grave, General. —Se estaba marchando hacia la barra para pagar las consumiciones cuando frenó en seco y se giró, mirándome con cierto asombro, expectación, y por qué no decirlo, esperanza.

​ —¿Perdón? —

​ —Le decía que tiene usted un problema muy grave, General. Y me gustaría ver como lo resuelve. —Esta vez era yo quién le había cogido por sorpresa. Su mirada tornó a estupefacción. —Me gustaría ver cómo le da la noticia a su amigo Felipe de que acepto su propuesta, General, y no la de él. —

​ Y un esbozo de sonrisa que denotaba cierta admiración y honor, coraje y camaradería, determinación, se reflejó en su rostro. Una sonrisa y una mirada de respeto.

​ He de decir que, desde que mantuve la conversación con el General en el centro comercial, mi humor había mejorado bastante.

Ese miedo que trataba de esconder en relación a mi posible suerte, desapareció, por lo que toda mi atención se centró finalmente en mi verdadera familia, consiguiendo que los siguientes días, hasta mi incorporación, pasasen entre risas y celebraciones.

​ Apenas dos semanas más tarde de haber tenido la reunión informal con el General, recibí un teléfono móvil en el que únicamente había un número grabado.

​ — Este será su nuevo terminal, aquí recibirá los avisos desde el cuartel.

Puede utilizarlo también de manera particular si quiere.

Está cifrado. Si necesita contactar conmigo, mi contacto está memorizado en primera posición .

—Me dijo. Fui notificado del lugar donde debía presentarme para iniciar mi nueva etapa, en otra unidad, con otros compañeros.

¿Cómo llevaría el tener que trabajar de nuevo con otras personas?

sería una incógnita. ¿Llegaría a formar una nueva familia policial como la que tuve en mi antigua unidad del G.O.R.

[9] ? Lo dudaba mucho. Había creado una especie de coraza interna para no dejar que nadie se acercara lo suficiente como para volver a tener ese tipo de sentimientos por nadie.

Lo bueno, que volvía a asumir gente a mi mando.

Lo mejor, que la sede de la unidad estaba a las afueras de una ciudad excepcionalmente bella, con historia, con mucha historia, mi ciudad. Salamanca.