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—No se lo he dicho hasta ahora, y… —Se notaba que tampoco era plato de buen gusto el confesar ese secreto.
—Me disculpo por haberle puesto en peligro sin informarle, pero creímos que era necesario para evitar un mal mayor.
Me equivoqué. Pero como con todo, hay que mirar el lado positivo.
Usted salvó a mucha gente. —A la mente me venía el recuerdo de los que no pude salvar.
Fueron muchos más de los que hubiera querido.
—El presente. —Continuó. —Está recuperado, está libre de cualquier cargo.
En la reunión del Consejo de Defensa Nacional se habló de ese suceso, y Su Majestad quiso saber más.
Tras exponer los hechos, una parte de los presentes en la reunión, digamos…
se interesaron bastante en usted. Una parte quería crucificarle públicamente. Sacar rédito político. Otros… —
—Con todo respeto, General. —No pude callarme más.
—Ya me extrañó cuando se puso en contacto conmigo la primera vez.
Al igual que todo lo que ha estado haciendo por mí, me resultaba igual de extraño, pero no he dicho nada hasta ahora, sinceramente, por interés personal.
Necesitaba la recuperación, por mí y por mi familia.
Pero yo no soy militar. No hice la mili, no entiendo ni de gradaciones militares ni de protocolos suyos, y mucho menos de reuniones raras con a saber Dios que peces gordos.
Joder, si no sabía lo que era una reunión trimestral de una comisaría hasta hace un par de años, imagínese reuniones a un nivel más alto que no sean dos cervezas en el bar con el Inspector y subinspector de grupo.
Y por supuesto, no entiendo que un General del Ejercito se interesase en mí, cuando ningún comisario o superior mío lo ha hecho hasta ahora. —
—¡Mire que le gusta interrumpir! —Noté un tono disciplinado, firme, aunque afable al mismo tiempo, quizás…
condescendiente. —El Ministro del Interior me ha pedido que, como agradecimiento a sus servicios prestados a este país, le ofrezca que fije destino en la plantilla que sea de su agrado, sin necesidad de puntuación o cualquier otro requisito. —
¡Joder! Dije para mis adentros. La verdad que no esperaba nada de eso.
Nunca había esperado que este tipo de autoridades se preocupara por la tropa , como solían llamarnos despectivamente a los rasos.
Menos aún políticos, cuya inmensa mayoría, lo único que busca o les preocupa, es su bienestar público y, sobre todo, el privado.
Inocente de mí. La verdad es, que según me explicó a posteriori, el General “aconsejó” al ministro que, se me concediera la merecida condecoración y recompensa al efecto, o determinados periodistas, incómodos con el gobierno actual, tendrían conocimiento de ciertas licencias que se tomaba el Señor Ministro con sus secretarios en su despacho, así como que las redes sociales podrían comenzar a tener información de “no sé qué reuniones clandestinas” de su Excelentísima Señoría y determinados empresarios fuera de los círculos…
habituales. Además, quedaría bien delante del Rey el que pareciera que realmente se congratulaba de que un Policía Nacional hubiera realizado tan maña intervención.
—Su Majestad, el Rey. —Más sorpresas. —Me pidió, en privado, opinión sobre usted.
Quiere tener a su lado a los mejores. Tras escucharme, quiso que le ofreciera un puesto en su guardia personal.
Su Majestad y yo estudiamos juntos mientras él se estaba formando como jefe de todos los ejércitos en la Academia General Militar de Zaragoza.
A parte de la relación institucional, tenemos una buena amistad, y me dio esto para entregárselo, tanto si acepta su oferta como si no.
—El General introdujo la mano en el bolsillo derecho de su americana, cogió algo y extendiendo la misma mano sobre la mesa, colocando frente a mí una caja.
Era una caja pequeña, negra. Tenía una frase estampada.
Por España . En ese momento me quedé sorprendido.
Abrí lentamente la caja, casi con solemnidad, y cuando vi el interior, mi sorpresa fue a más.
Se trataba de la Cruz al Mérito Policial con distintivo rojo acunada sobre una tela sedosa de color champan.
Sobre la cruz, una nota manuscrita en la que se apreciaba perfectamente el sello de la casa real, y rezaba “ H. Navarro Grandes. Gracias por sus servicios a la Patria. Espero su pronta recuperación. Mis mejores deseos están con usted ”.
La firma era inconfundible. Un lettering perfecto en el que se podía leer “Felipe VI R.”
Bajando un poco más el tono, casi en un susurro, dijo —Por cierto, también me ha dicho que le gustaría conocerle en persona, así que vaya comprándose un traje.
Ya le diré la fecha. —Yo no salía de mi asombro.
Podía esperar cualquier cosa, pero no esto.
Me estaban condecorando con la máxima distinción policial posible mientras yo creía que me iban a iniciar algún procedimiento penal y tras enterarme que había sido objeto de una encerrona en la que habían puesto en peligro mi vida sin decirme nada.
Era un poco surrealista que todo aquello estuviera ocurriendo en una cafetería de un centro comercial, pero podía intuir los motivos de tanta discreción.
Los titulares de los medios de comunicación, únicamente dirían…
“ Policía Nacional condecorado por matar (o asesinar, dependiendo el noticiario y su inclinación política) a varias personas” o, “ escándalo en el Gobierno por supuestos tratos de favor a un asesino… ” y así todos esos tabloides y medios que solo buscan el sensacionalismo y no la verdad.
—Y mi propuesta, que tiene que ver con el futuro.
El tuyo y el mío. —Ya no me trataba de usted.
—Y esto, más que una propuesta, es una petición personal.
—No podía, ni soltar, ni para de mirar la pequeña caja, pero noté que su tono de voz cambiaba a un matiz más serio, si cabía, y grave.
Se intuía una petición que para el General era más importante que los ofrecimientos del ministro de turno, incluso más que la petición realizada por Su Alteza Real.
—General… disculpe que le interrumpa, otra vez.
—Vacile. —En estos momentos me está abrumando todo esto.
Yo pensaba que… mi destino iba a ser otro bastante más…
aciago. —Titubeaba en exceso. —Y usted me está dando menciones, medallas y propuestas que…
se escapan a mi control, incluso a mi rango. —