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Todos esos sentimientos y reflexiones se las contaba cuando estábamos a solas, para que mi hija no padeciese por lo ocurrido.
Verdaderamente me ayudó mil veces más que cualquier terapia o sesión de reajuste mental.
A mí, para superarlo, y a ella, para entender lo ocurrido y por lo que estaba pasando.
El verano lo había pasado recuperándome, descansando junto a mi familia y algunos amigos.
Las vistas quizás no eran tan hermosas e impresionantes como las de aquel bosque que se veía desde la ventana del hospital, pero esto era territorio conocido.
Mi casa. Mi castillo. Atrás quedaban todas las preocupaciones del trabajo.
Sabía que no iba a poder volver a formar parte de mi antiguo grupo operativo de la Policía Nacional.
Eso era historia. También intuía, que al centro de análisis de datos donde me reclutó el General Castaño, por primera vez, no iba a volver.
De hecho, no sabía si seguiría operativo o siquiera en activo.
Tampoco pregunté. En realidad, de mi futuro no había hablado en estos últimos meses.
El General, solo llamaba al principio, para preguntar por mi salud y por si necesitaba algo, pero cuando presentía que le iba a preguntar por el trabajo, rápidamente se despedía o cortaba la llamada.
Las comunicaciones no duraban más allá de minuto o minuto y medio.
Eso me ponía de los nervios, y cada día más.
Ni siquiera sabía que habría sido de Ángela y su madre, las dos limpiadoras portuguesas que demostraron sobradamente su valor en aquella fatídica noche.
No tenía informes de nada, no sabía nada más allá de que estaba vivo.
Solo miradas infinitas y silencios incómodos sobre ese tema.
A principios del mes de septiembre, como cada año, mi mujer, mi hija y yo nos fuimos a comprar todo el material escolar para el inicio del curso de la pequeña. Este año comenzaba secundaria, y estaba muy emocionada con la compra del material.
—Papá, necesito una mochila, pero ya no la quiero con muñequitos, que esas son de niño pequeño, y no quiero que se rían de mí. —
—No te preocupes, compramos una sin muñecos, pero no lo hagas por el qué dirán.
Si a ti te gustan, no hay porqué apartar totalmente los muñecos.
A mí, Mickey Mouse me vuelve loco. El problema lo tiene al que no le guste.
Y si te dicen algo que no te guste, me lo dices a mí, y ya me encargo yo.
Bueno, tu madre, que tiene más mala leche. —
—Oye… —Espetó Laura. Y todos rompimos en carcajadas.
De repente, en el teléfono comenzó a sonar “Crystallize”, de Lindsey Stirling.
Sabía quién era. Yo le había asignado esa melodía en honor a la primera vez escuché su voz por teléfono.
Tras un mes y medio sin saber nada, volvía a llamar.
¿Había llegado el momento? Sabía que estaba recuperado.
¿Qué querría? Lo estaba esperando, pero, aun así, un hormigueo me invadió por completo, ese cosquilleo me recorrió de pies a cabeza, provocándome un escalofrío y debí de exteriorizarlo más de lo que pensaba, pues Laura no tardó en preguntar. —¿Qué pasa? ¿Quién es, cariño? —
—Es él. —
Aun sabiendo quién iba a ser mi interlocutor, y aun habiendo hablado con él decenas de veces, estaba nervioso. Tras unos interminables 10 segundos, deslicé el dedo sobre la pantalla del teléfono hacia la derecha y sin apenas darme tiempo a dar las buenas tardes, una voz grave sonó por el altavoz.
—Me han informado que se está recuperando satisfactoriamente. —Debía contestar. Mostrarme firme, seguro de mí mismo.
—Buenos días para usted también, General. —
—Si. Creo que ya ha llegado la hora de hablar. Del pasado, su presente y nuestro futuro. —
—¿Nuestro Futuro? —Por una parte, esperaba algo así, pero por otra…
tenía un poco de, no temor, pero si respeto y cautela.
Yo seguía siendo un operativo válido. Lo sentía.
Mi naturaleza la tenía clara, al igual que mi familia.
Ellos sabían que no era, ni soy, un “ funcionario de despacho ”.
El problema lo tenía yo con ello. No quería darles más quebraderos de cabeza ni disgustos a los míos.
—Si. —Afirmó el General.
—Con el debido respeto, General. Lamento decirle que no es un buen momento. Estoy con mi familia en… —
—Si. —Interrumpió.
—Y creo que no es un tema tan banal como para tratarlo por teléfono. —No sabía si estaba poniéndome una excusa a mí mismo o estaba dándole un ultimátum para aclarar todo de una vez.
—Si. He de darle la razón. Por eso… —
La llamada se cortó inesperadamente. No dio tiempo a decir nada más, cuando, de repente, y al igual que ocurrió la primera vez que lo vi, una mano, por la espalda, me agarró por el hombro con fuerza, con autoridad y un cierto grado de respeto.
—…he venido a hablar con usted en persona. —La sensación repentina de que alguien invadiera mi espacio personal sin darme cuenta me sobresaltó. —Por cierto, ha cambiado el tono de llamada por otra composición de la señorita Stirling… Me gusta. —
Afortunadamente, ya habíamos comprado casi todo el material escolar que necesitaba mi hija para afrontar el curso, por lo que, ambas, madre e hija, se fueron a visitar a mis suegros, los cuales vivían cerca de allí, dándome esa privacidad laboral que en estos momentos no quería ¿O sí?
Me dirigí a la cafetería del centro comercial.
Allí me estaba esperando, sentado en una mesa doble, el General Castaño.
Con un traje civil de corte impecable, removiendo con sumo cuidado, ayudado con una cucharilla metálica, una taza de café, observaba el entorno con una mezcla de calma y seguridad.
En la barra de la cafetería pedí un descafeinado de sobre, leche templada, e indiqué la mesa en la que me iba a sentar.
El General Sebastián Castaño Ibáñez, militar descendiente de una familia con larga tradición castrense.
Cincuenta y cinco años, metro noventa y ocho de estatura y una complexión física más propia de un activo operativo que de un General de despacho.
El cabello, como no podía ser de otro modo, perfectamente rasurado al estilo militar, con bastantes canas, por herencia o por experiencia, lo desconozco, aunque intuyo que por lo segundo.
Mirada firme y penetrante que reflejaba su seguridad y determinación, su principal objetivo en la vida era servir y proteger a su país de todo tipo de enemigos.
Tras prestar servicio durante muchos años en los grupos de operaciones especiales del ejército de tierra, los GOE, mal llamados boinas verdes españoles, realizaba operaciones tácticas y estratégicas en situaciones complejas y de alto riesgo.
Su especialidad era la infiltración, reconocimiento y rescate.
No era, como ya he dicho, un general de despacho.
Ascendió por méritos propios y fue reconocido con varias menciones y medallas por ello, entre ellas, la Gran Cruz Laureada de San Fernando, máxima condecoración militar que existe en España.
Al acercarme, me saludó con un fuerte apretón de manos, firme, y una sonrisa amable.
—Veo que ya no necesita apoyo para andar. —
—Afortunadamente no. —
—Lamento haberle arruinado el día de compras. —La camarera dispuso mi café en la mesa.
—Gracias. —Le dije a la camarera, pero mis ojos seguían fijos en el hombre que tenía enfrente.
—No se preocupe, General. Estábamos terminando.
—Pude ver en su cara que la falsa modestia que le demostré no se la creía mucho.
Le agradecí que lo disimulara, pues entendía que no sería plato de buen gusto para nadie que le estropeasen los planes familiares para conversar acerca de trabajo.
—Bien, como le dije por teléfono, quiero hablarle del pasado, presente y futuro. —
Bueno, llegó el momento, a ver qué sorpresa me encuentro.
¿Me jubilarán?, ¿Me juzgarán penalmente?
, ¿Me juzgarán mediáticamente? o algo peor.
El corazón, que hasta ahora había aguantado estoicamente todas estas incertidumbres, comenzaba a desbocarse.
El hormigueo, ahora correteaba más incesantemente por mis manos y por mis pies, subiendo por el cuello, secándome la boca.
Lo bueno era que el General era muy directo y el hormigueo y la incertidumbre no duraría mucho.
—El pasado: El incidente que ocurrió con su ex equipo está superado.
La investigación se cerró y usted fue exculpado.
Eso ya se lo dije en cierta ocasión. Pero parece que el pasado se resiste a abandonarle y que le persiguen las situaciones, digamos…
un tanto peculiares. Lo ocurrido en el edificio de análisis de datos hace unos meses no fue ningún accidente.
Disponíamos de cierta información relativa a que alguien quería cobrarse venganza por lo ocurrido año y medio atrás, en aquel caserón donde perdió a parte de su unidad.
Por eso le envié al centro de análisis, un lugar alejado donde, por una parte, usted se iría reenganchando al servicio activo, y por otra, cuando llegara la hora de actuar, minimizaríamos las bajas civiles y estaríamos preparados para repeler la agresión.
—Mi cara era la de un perfecto jugador de póker.
—Nos equivocamos. El problema fue que se adelantaron en el tiempo.
La fortuna hizo que usted estuviera allí. —
Intentaba permanecer sereno y trataba de mantener la compostura.
Me habían usado como cebo sin yo saberlo.
Cuando lo dejó caer en el hospital, mi cuerpo no estaba para demasiados sobresaltos, y quizás no me quise enterar, pero ahora ya lo sabía.
Cada vez que intentaba sacar el tema, él lo cortaba en seco.
Me hervía la sangre, pero por el momento, tenía que mantener la compostura, necesitaba ver que más sorpresas me tenía escondidas.