Sin cabos sueltos (Hostes 1) 1
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​ En aquella habitación de hospital las horas pasaban muy lentamente.

Sí que es cierto que el General Castaño se estaba portando.

Había dado orden de que no faltara de nada en esa habitación.

Tenía noventa y ocho canales de televisión, cafetera para las visitas, y la comida…

bueno, eso era lo mismo que para el resto de humildes mortales, pero no estaba del todo mala.

La habitación, de unos veinte metros cuadrados, con paredes pintadas en tonos relajantes, beige y marrón suave, transmitía una sensación de calma y serenidad.

Dos camas copaban el cincuenta por ciento del espacio útil de la habitación, con unos colchones firmes, agradables y reconfortantes.

Una de ellas era para los acompañantes del paciente.

Realmente la utilizaba mi hija para descansar y relajarse jugando a la Nintendo Switch.

Mi mujer, que no se separaba de mí, estaba sentada siempre en un butacón, de color negro, no demasiado incómodo.

Bueno, imagino que no muy incómodo durante las primeras horas.

La luz natural se filtraba a través de las cortinas, iluminando delicadamente el espacio y creando una atmósfera cálida.

Para ser casi agosto, el calor se soportaba bastante bien.

El ventanal brindaba vistas panorámicas a un majestuoso bosque cercano.

Los árboles, frondosos en su inmensa mayoría, creaban una maravillosa sinfonía de texturas y colores verdes que se mezclaban con los destellos dorados del sol.

​ La recuperación física era más rápida de lo que esperaba.

Para ello, ayudaban años de una buena forma física, ejercicio diario y buena comida.

Buena comida no significaba comida saludable todos los días ¡que también!

Buena comida significaba que comíamos unas ensaladas de quínoa acompañado de unos costillares de ternera, o unas pizzas tamaño XXL con unas buenas cervezas cuando nos reuníamos en familia o entre compañeros.

​ Físicamente había mejorado bastante. Habían pasado ya un par de meses y las, finalmente, dos costillas rotas y una fisurada, habían sellado perfectamente.

No tenía apenas dolores, simplemente, una leve molestia, esporádica, que cada día que pasaba, era más tenue.

Imaginaba que era el típico dolor fantasma.

La típica sensación tras un trauma que padeces durante un tiempo después de haber sufrido un accidente.

Solo que, en mi caso, no fue ningún accidente.

El proyectil que frenó en seco en mi chaleco antibalas la noche del quince de mayo, en aquella emboscada perfectamente planificada por Victoria “Vicky”, mi compañera del Grupo Operativo de Respuesta, no se puede tildar de accidente.

Todo ello sin contar con los golpes de los combates cuerpo a cuerpo que recibí a posteriori.

​ La pierna era otra historia totalmente diferente que requirió un poco más de tiempo.

Eso estaba todavía en proceso de curación.

Quería pensar que ya estaba muy bien y, de hecho, hacía mis pinitos sin muletas cuando no me veía nadie.

Eso sí, si cualquiera de mis dos cuidadoras particulares, me veían tratando de apoyar la pierna, recibía inmediatamente una bronca como si fuera un niño pequeño que ha roto algo por no hacer caso a su madre.

Bueno, eso, o recibía un golpe con una pelota de goma espuma en la cabeza.

Mi hija tiene muy buena puntería. Ha salido a su padre.

​ En una de las dos trayectorias que tenía en la pierna izquierda, el cuchillo estuvo a escasos dos milímetros de tocar la arteria Femoral, lo cual habría sido fatal.

Esa fue la parte positiva. La negativa fue, que ese cuchillo estaba demasiado bien afilado.

De hecho, cortaba tan bien, que las fibras musculares del bíceps femoral quedaron bastante dañadas.

Es lo que ocurre cuando clavas y giras un SOG S37 [8] en un trozo de carne.

La segunda trayectoria fue ligeramente más limpia, entrar y salir.

Fue un corte limpio, aunque la cicatrización llevaba su tiempo.

Inmovilización de la pierna hasta que estuviera cerrada la puñalada y luego rehabilitación.

Ejercicios suaves de estiramiento y fortalecimiento, que no aguantaba, por la tediosidad de los mismos.

Estaba cansado de estar sentado y, por eso, iba haciendo la rehabilitación a mi ritmo.

Me levantaba he iba probando, apoyando, moviendo y poniendo peso poco a poco en la pierna izquierda.

Cada vez que podía, una o dos veces al día, me escapaba quince minutos, o media hora, al gimnasio de la sala de rehabilitación, y me subía a la bicicleta estática a pedalear.

No sé si sería bueno, pero sí lo parecía.

La herida estaba cerrando muy bien, y el miembro no había perdido demasiada musculatura ni movilidad.

​ “Que cosas tiene la vida. Un día estás con tus compañeros luchando contra el crimen en sus peores formas, y otro día estás tratando de que esos mismos compañeros no te maten”.

Este tipo de reflexiones me rondaban la cabeza varias veces al día, pero claro estaba, todo esto era fruto de la terapia psicológica impartida por un profesional, o como yo las llamaba, más coloquialmente, sesiones de reajuste mental.

No sé por qué a Charo, la psicóloga del Hospital, le parecía que eso era sarcástico.

A mí me pareció más sarcástico cuando, en la primera sesión, me miró a los ojos y con gesto totalmente neutro, dijo:

​ —No consideres esto, únicamente, como una sesión médica para constatar que tus patologías físicas no influyen en la recuperación de tu psique.

Por tu naturaleza, tu subconsciente me tratará como una amenaza, bloquearás tus sentimientos, se cerrarán en banda y no querrás expresarte.

Tienes que ver este tiempo que vamos a pasar juntos como un periodo de descanso mental.

Yo lo defino como un viaje hacia nuestro yo interior con un copiloto profesional que nos ayuda a encontrar el camino hacia la felicidad y el equilibrio emocional.

—Continuó mirándome a los ojos, con sus gafas de montura redonda casi en la punta de la nariz, su pelo rubio cardado, un gesto serio en la faz, a la par que comprensivo, al tiempo que yo pensaba…

¿Y eso no es sarcasmo? Por suerte, el precioso paisaje que se veía a través de la ventana invitaba a la calma y a la introspección, lo que me ayudó bastante a aguantar esas terapias dialécticas conductuales, mindfulness y yo qué sé que más palabrotas técnicas, que más que relajarme, me ponían un poquito más de los nervios.

​ Tras realizarme evaluaciones cognitivas para medir mi memoria y atención, varias pruebas de personalidad para evaluar mis rasgos psicológicos, evaluaciones neuropsicológicas para medir mi función cerebral, una prueba de atención y concentración, cuatro escalas de depresión y ansiedad, para ver como evolucionaban mis niveles, y una prueba de inteligencia, que no me fue del todo mal, la doctora me dio el alta terapéutica, con lo que únicamente me tendría que centrar en la recuperación física.

​ A Charo le resultó gracioso cuando, tras finalizar todas las pruebas y exámenes, le pedí el test de satisfacción por la atención recibida.

​ —Tú me has evaluado durante dos meses, ahora me toca evaluarte a mí. —

​ Al final, o como dice ella, “al inicio de una nueva etapa sin determinar el nuevo fin que tendrá la historia”, no fue tan desagradable desahogarme. Si eso lo hubiera hecho un año atrás…

​ Durante los siguientes días, recibí el alta médica. Aunque mi mujer no me dejó solo ni un minuto, lo cierto es que estaría mejor en mi casa, la recuperación sería más agradable, y si necesitaba algo, ella estudió auxiliar de clínica, así que, como en casa, en ningún sitio.

​ Si bien es cierto que, durante todo este tiempo, no dejé de pensar en la llamada del General.

Ha pasado la prueba. ¿Qué querría decir con eso?

Mucha gente murió ese día de mayo. Mucha gente buena.

Rafa, Velasco, incluso la propia Vicky. No creo que eso formara parte de ninguna prueba.

Si hubiera sido así, sería aberrante. Hubiera sido un puto genocidio orquestado únicamente para poner a prueba a una persona, pero… ¿con que fin?

​ Una vez que salí del hospital y descansé en mi casa unos días, no tardé en sentirme mucho mejor.

Parecía que las heridas cicatrizaban más rápido.

Incluso habían desaparecido los dolores en el pecho y en el costado.

Estaba recuperando peso y masa muscular poco a poco, y mentalmente estaba en buenas condiciones, como decían los informes.

Pero para cerrar del todo esa etapa de mi vida, aunque me ayudaron mucho las charlas que tuve al respecto de lo ocurrido con Charo, la psicóloga, los monólogos interiores que tenía cada día reviviendo lo ocurrido y, sobre todo, el recordar cada día las últimas palabras de Vicky, fueron el punto y final.

Me perdonaba. Finalmente hizo lo correcto.

Me liberaba de un gran peso que yo creía que debía de llevar sombre mis hombros, en la famosa mochila que todos llevamos con nuestros problemas, traumas y los maravillosos…

“y si hubiera hecho…” que tanto nos cuesta quitarnos de encima.

​ No quería aburrir ni traumatizar a mi mujer contándole mis penas.

Bastante había tenido el último año, pero ella me insistía.

Quería saber lo ocurrido, y quería asegurarse, por ella misma, no por ningún papel que hubiera firmado alguien que realmente no me conocía, que la herida estaba cerrada, para siempre.

​ —Quiero que me cuentes lo que te pasa por ese melón que tienes por cabeza. No quiero que vuelvas a estar como un zombi por casa. —Me repetía cariñosa pero firme.