13
Un golpe seco en el silencio posterior al disparo indicaba que un cuerpo había caído al suelo.
Yo no pude oírlo apenas con el agudo pitido que tenía en ese momento en mis oídos, pero sí pude notar el retumbar del golpe en el suelo.
¿Serían así lo segundos siguientes tras la muerte?
Dos disparos más estallaron en la habitación.
¿Qué cojones era lo que estaba pasando? Abrí los ojos y pude ver a Victoria, con su arma, humeando por la boca del cañón, apuntando a mi izquierda, donde antes se encontraba Velasco.
Miraba a su derecha, allí estaba el cuerpo de Anabel, inerte, en el suelo, con un disparo justo en la cabeza.
Inmediatamente supe la suerte que debió correr Velasco que, con su sacrificio, me había proporcionado unos segundos muy valiosos.
Aún con su herida, mortal de necesidad, reunió las fuerzas suficientes para asestar un disparo a su asesina.
Victoria me miró y nuestras miradas se cruzaron. Ahora, era uno contra uno.
Sin perder un instante, me abalancé contra Vicky, que no dudó en volver a encañonarme, pero pude bloquear con mis manos su Glock.
Un truco que es visualmente poco espectacular, pero es muy rápido y sobre todo útil.
Cualquier pistola queda bloqueada para el disparo si la corredera se mueve unos milímetros hacia atrás.
Con mi mano izquierda agarré sus manos, con la derecha desplacé la corredera.
El arma me seguía apuntando a mí, esta vez al pecho.
Un órdago que podía costar una vida. Pero funcionó.
No hubo detonación. Volvimos a cruzar miradas.
—Y ahora ¿qué hacemos? —La dije. No quería acabar con ella, pero tampoco quería morir yo.
—Tengo que matarte. Es la única manera de que Adán descanse en paz. —
—Es la única manera de que tú creas que va a descansar en Paz. Murió. Supéralo como lo tuve que hacer yo. —
—¿Tú lo has superado? —Un hilo de desesperación se intuía ahora en su voz.
Volvió la rabia, el odio, y desapareció todo ápice de esperanza.
—Te costó poco olvidarle ¡ERA TU HERMANO!
—Un nuevo forcejeo continuó a sus reproches.
Golpes en la cara, en los costados… por supuesto, ella aprovechaba a golpearme en mi pierna herida.
Sabía que, cada vez que recibía un golpe ahí o en el costado, perdía la poca fuerza que me quedaba. Volví a bloquearla con un mataleón.
—Yo no le he olvidado. Todos los días rezo por él y por el resto que perdió la vida aquel día.
—Un mar de lágrimas le recorrían las mejillas.
Vicky estaba fuerte, muy fuerte, y yo débil, extremadamente débil.
Se veía que había estado entrenando y llevaba mucho tiempo preparándose y esperando este momento.
El momento en que cerrara el circulo. Entre sollozos, dijo.
—Solo me importaba él. Y lo vas a pagar.
—Después de eso, viví el segundo momento más duro de toda mi vida.
El primero fue perder a mi equipo y sobre todo a mi punto, Bravo—2, Adán.
Yo mantenía a Victoria sujeta por el cuello, inmovilizada.
Pero ella era buena. Muy buena. Me golpeó nuevamente en mi pierna, herida y, cuando amagué a soltarla, tuvo un segundo en el que sacó un cuchillo de la parte trasera de su cinturón, que agarró con la mano derecha, su mano fuerte, y lo levantó para asestarme la cuchillada definitiva.
No le dio tiempo. Se detuvo en seco en el momento que recibió mi Karambit en su pecho.
Fue rápido, un acto reflejo. Una puñalada que nunca quise ejecutar.
Sostuve su brazo, el cuchillo cayó al suelo. Con mi otro brazo agarré su cuerpo. No iba a permitir que el cuerpo de mi hermana cayera al suelo. El amor mata, y en este caso, como Caín y Abel, la guerra entre hermanos terminó con la muerte de uno de ellos.
—Lo siento. Lo siento mucho. —Ahora las lágrimas asomaban en mis ojos. También en los suyos.
—… —Silencio.
—Lo siento, lo siento… —Había intentado matarme, pero mi desconsuelo no tenía parangón en ese momento.
Tras la lucha, la rabia, el odio, apareció un atisbo de humanidad en su rostro.
Entendió lo que había ocurrido, y vio el dolor real que sentía.
Me pidió, con un leve gesto, que cogiera el intercom y se lo acercase.
Con una voz angelical, su voz real, la que tuvo siempre, pero con las pocas fuerzas que le quedaban y mucho esfuerzo, dijo por el equipo te transmisión.
—Fin de… misión… Nos retir…amos. —Quería matarme, pero su último gesto fue levantar el cerco que tenía sobre el edificio y darnos una oportunidad.
Salvarnos la vida. Sabía quién había ganado la batalla.
Ella, ahora, se podría reunir con su verdadero amor, y mi hermano de armas, Adán. Leal hasta el final.
—Gracias Vicky. Ahora descansa hermana. Reúnete con Adán, y pídele disculpas de mi parte. —
—Gra…cias. —La estocada fue certera.
—Os lloraré todos los días de mi vida. Adiós. —El adiós final no lo escuchó. Sentí una punzada letal en mi corazón. No física, pero suficiente como saber que otro pedazo de mí alma había muerto. Victoria quiso matarme, pero ella no merecía morir. Caí al suelo, derrumbado.
Cuando me recompuse, pude escuchar unos pasos descendiendo por las escaleras.
Me espabilé un poco y cogí mi arma, apunté, torpe pero directamente, a la puerta.
No sabía si había balas, no sabía quién era ni que había al otro lado de la puerta.
Mi único objetivo en ese momento era seguir con vida, que la muerte de Vicky no hubiera sido en vano.
Poder llegar a mi casa y abrazar a mi mujer y a mi hija.
Explicarles todo lo sucedido, tanto el día del incidente, como lo ocurrido hoy.
Necesitaba descansar en mi casa, necesitaba descansar finalmente en paz.
—¿Hugo? —Reconocía la voz. —Hugo ¿estás aquí? Fuera ya no hay nadie. Los coches se han ido. Un montón de luces… —Un grito pavoroso se apoderó del silencio de la sala, esa voz acababa de descubrir el triste escenario que en ese cuarto se acababa de producir. Bajé el arma y pregunté.
—Tu madre y tú ¿estáis bien? —No escuché ninguna contestación.
Me desplomé nuevamente en el suelo, perdiendo el conocimiento.
La pérdida de sangre por la herida de la pierna y el insufrible dolor de las costillas rotas me venció, sumiéndome en un sueño reconfortante en el reino de Morfeo que duró una eternidad.
Lo siguiente que recordé fue, una cama de hospital, blanca, con un olor aséptico, y al lado, en una butaca de color azul celeste, adormilada, agarrando mi mano, Laura, mi mujer. Se espabiló nada más que sintió el movimiento de mi mano. Tenía la mirada triste, apesadumbrada, preocupada.
—¿Cómo estás? —
Asentí con la cabeza, tratando de emitir una falsa sensación de que todo estaba bien. No tenía fuerzas para hablar. Pero pregunté.
—¿Paula? —
—En casa, esperándote para jugar al fútbol. —Y una sonrisa apareció en su rostro, pero los ojos continuaban mostrando tristeza. Retornaban los fantasmas del pasado. No quería que volviera a transformarme en un zombi, ese muerto en vida que deambulaba por los pasillos de la casa.
—Laura. —Mis pensamientos estaban con Vicky, con Adán.
Entendía perfectamente lo que había ocurrido.
Si alguien hubiera enviado a la persona a la que amaba a morir, yo mismo me hubiera convertido en su parca particular.
Pero eso había pasado ya. Miraba desde la cama a mi esposa mientras en mi cabeza trataba de argumentar un sentimiento, un…
estate tranquila mi vida, estoy aquí, estoy vivo, y no me importa lo que ocurra a partir de ahora, solo quiero estar junto a ti.
—Dime. —
En ese momento, en mi teléfono móvil volvió a sonar la canción Carol of the Bells .
Quise rechazar la llamada. No tenía fuerzas para nada más que no fuera abrazar a mi mujer, pero, con la poca movilidad de que disponía, erré y acepté la llamada activando el manos libres.
Una voz conocida irrumpió desde el otro lado del auricular no dando opción a réplica.
—¡Buen trabajo Sr. Navarro! Ahora, recupérese.
Hablaremos pronto. ¡Ha pasado la prueba!
—Y con las mismas, cortó la comunicación.
No entendía nada, únicamente entendí que mi mujer no dejaba de agarrarme la mano.
Sabía que nunca lo haría, nunca dejaría de agarrar mi mano.
Dos palabras salieron de mi boca y finalmente volví a caer en un largo sueño reparador.
—Te quiero. —