12
-Veo que sigues siendo un líder nato. —Una figura tenía agarrada por el cuello a Anabel, con una pistola amartillada y apuntándole a la sien.
La silueta se escondía en la sombra y era un poco más alta que ella, pero se cubría perfectamente con su cuerpo.
No había posibilidad de disparo sin herir a nuestra compañera.
Ahora podía escuchar su voz claramente. Yo conocía esa voz.
Era muy familiar, pero… ¿de qué? Rafa y Velasco estaban uno a cada lado, apuntando al bulto que formaban el agresor y su rehén, pero ambos sabíamos que el disparo era inviable.
El soldado tenía toda la ventaja. Yo no dejaba de apuntar a su cabeza, pero el tiro era prácticamente imposible si no quería volarle la cabeza también a Anabel, y el soldado, parecía que también lo sabía.
—¿Estás bien? —Pregunté a Anabel mientras la miraba a los ojos buscando más información.
—Como se preocupa el jefe por ti ¿verdad? Tirad las armas y quitaos los chalecos. Ni son vuestros ni os los merecéis. —
—No. —Dijo Rafa.
—¡Mira! salió el valiente. —La voz cada vez rezumaba más odio, pero, esa voz…
El soldado apretó más la pistola contra la sien de Anabel y esta empezó a gritar. La amenaza era clara. —O tiráis las armas o… —
—¡VALE! Soltad las armas. —Con cara de estupefacción Rafa y Velasco bajaron las armas.
—Parece que no lo habéis entendido. Os lo voy a repetir una última vez. —Y un disparo estalló en su arma, impactando justo en medio de mis pies.
—Hacedlo ¡JODER! —Se quitaron los chalecos tras tirar sus armas al suelo.
Yo no lo hice. Continuaba apuntando a la figura a la sombra donde debería estar la cabeza.
Buscaba un movimiento, una milésima de segundo…
no me importaban los motivos, no me importaba quién fuera, no me importaba nada.
No podía permitir más muertes a mis espaldas.
—¿Y tú? venga baby, desnúdate para mí… —
—¡No! ¿Si me quito yo el chaleco y tiro mi arma, que te impide el matarnos a los cuatro e irte de rositas? —Le dije.
—Nada va a cambiar. ¡Nada! Pero por lo menos te veré vulnerable. —¿Baby? ¿Vulnerable? —¿Les has contado lo que paso? —
—Si. Ya lo saben. —
—Hugo… no me mientas. ¿Todo lo que pasó? ¿A cuántos más vas a dejar morir para seguir alimentando tu ego? —
—Les he contado lo que debían saber, pero ¿tú como sabes lo que ocurrió? y ¿Por qué este odio hacia mí? —
—¡CUENTASELO, TODO! —Esa rabia incontenida hizo que se adelantara un paso, suficiente para verle los ojos bajo el casco. Sin darse cuenta, dejo a Anabel ligeramente a su izquierda. Ese era el momento. Con uno de sus ojos claros en el centro de mi mira, me aseguré de que el seguro estaba quitado.
—Esto acaba ahora mismo. —Me susurré y apreté el gatillo de mi subfusil.
Nada. Nada de nada. Volví a apretarlo una, dos, tres veces y nada.
No se produjo el disparo. El soldado comenzó a reírse a carcajada limpia.
Volvió a parapetarse tras el cuerpo de Anabel y repitió en un tono más sosegado y serio, pero igual de inquisitivo.
—¡Que se lo cuentes! —No quedaba más remedio, así que comencé titubeante mientras bajaba mi arma, inútil, inservible, ¿Cómo era posible?
—Lo que os he contado antes… fue lo que ocurrió a groso modo. Los detalles de la misión… debéis entender que la intervención se complicó, en exceso. Hubo más variables de las que pudimos prever. —
—Si, variables… —Susurraba belicosa la silueta.
—No contábamos con las bajas que iban a causar las explosiones cuando realizamos la entrada. —
—Sigue. —
—Aun así, decidimos… —
—¡DECIDISTE! ¡TÚ SOLO! ¡TÚ DECIDISTE! —La silueta ya no apuntaba a Anabel.
Me apuntaba a mí, directo a la cabeza. El pulso era perfecto.
La histeria momentánea de la sombra me desconcertó, pero su pulso era más firme, si cabía, que el mío.
La silueta estaba muy decidida a que se contase todo lo ocurrido.
—Vale, vale… decidí ¿Está bien? Decidí continuar con la intervención.
Mi equipo cayó. Salí corriendo hacia el lugar donde estaba el indicativo Bravo-2, uno de los activos también había caído.
Cuando nos quisimos dar cuenta, comenzaron a dispararnos desde el piso superior e hirieron de muerte a otro.
—¿A quién? ¡DILO! ¡HONRA, POR LO MENOS, SU MEMORIA! —
—LEO. Hirieron a Leo en la pierna. Era el binomio del soldado que maté antes en el garaje. —Anabel se quebró. Rompió a llorar y la mano de la silueta que la asía por el cuello me pareció, por un fugaz segundo, que aflojaba ligeramente la presión.
—¡Continúa! —La voz, que se escuchaba ahora más aguda en persona, continuaba teniendo un aire furioso, hostil, venenoso, vengativo, rabioso, pero, extremadamente familiar.
—Decidimos entrar y acabar con todo lo que hubiera en esa casa. Aquello ya no era una acción policial. Era una vendetta personal. —
Entre dolorosos susurros. —Decidiste, decidiste, decidiste ¡DECIDISTEEEEEE! ¡NO DECIDIMOS NADA! ¡LO DECIDISTE TU SOLO! Sigue. —
—Finalmente, Bravo—2 fue abatido y, mi mejor amigo y hermano, fue asesinado.
—Tras varios segundos en silencio, en los que la silueta, claramente, no me quitaba ojo, proseguí.
—En el expediente que pidió Rafa a Anabel lo explica todo, está en el ordenador.
Es un informe bastante más completo, pero…
—Rafa levantó la mano derecha con su dedo índice estirado, solicitando permiso para hablar.
—Espera… ¿Que expediente? —
Me giré hacia él. —Anabel me dijo que tú le pediste que buscara mi expediente. De hecho, lo tenía abierto en una de las pantallas y yo le pedí que no lo hiciera público de momento. Que quería ser yo el que os diese las explicaciones necesarias. —
—Hugo… Yo no he pedido ningún expediente a Anabel.
—Los tres nos quedamos en silencio y nuestra mirada se dirigió inmediatamente hacia Anabel.
La presión del arma sobre su cabeza ceso y la mano sobre su cuello se laxó hasta convertirse en una leve caricia.
Una sonrisa lateral apareció en la boca de Anabel, que adelantó su mano derecha desde la espalda empuñando una Glock 19 realizando dos disparos, uno a mi derecha y otro a mi izquierda.
Apenas dos segundos después, dos golpes tras de mí indicaban que mis dos acompañantes habían sido alcanzados.
Me giré y traté de taponar las heridas. Rafa estaba herido de muerte, pues la bala le había golpeado justo en el pecho y atravesado el corazón.
Lo indicaba la ingente cantidad de sangre que emanaba de su torso.
Velasco, había tenido más suerte. Un a herida en el costado, que le provocaba esputos sanguinolentos por la boca.
Parecía importante, pero no sabía de su posible gravedad.
Me volví hacia Anabel. No daba crédito a lo que estaba viendo.
—Pero… ¿qué…? ¡Te han disparado! ¡Casi te matan…! ¡Nos estabas ayudando! Recuperaste las cámaras y… las comunicaciones… —Con una risa que ya no disimulaba.
—He de decir que eres más difícil de matar de lo que me creía.
Si, me han disparado. Gajes del oficio. Las cámaras…
tenías que confiar en mí, y las comunicaciones…
bueno, mi “amigo” tenía que hablar contigo.
—Dio un paso al frente. —Por cierto ¿Nunca te dijeron que no dejaras tus armas sin supervisión?
Te pueden cambiar el cargador por uno vacío. —
—Se lo dijeron el primer día de curso de Grupo Operativo, pero parece que se le ha olvidado.
Como muchas otras cosas. —Había sido ella, mientras estábamos frente a los monitores, me había cambiado el cargador y no me había enterado.
Por mi culpa acaban de asesinar a Rafael y herido a Velasco.
Y la sombra, ya no hablaba con tono hostil, simplemente, no mostraba ningún tipo de sentimiento alguno.
—No entiendo nada. Pero que os he hecho yo…
—Anabel se acercó a un palmo de mí, me besó en la boca lascivamente, de una manera que yo no compartía.
—Eso por mantenerme con vida. —Se llevó un dedo a la boca, silenciándose.
—No se lo digas a tu mujer a ver si se va a enfadar.
—Acto seguido, me regaló un puñetazo en las costillas, justamente donde las tenía fisuradas, ahora rotas, acuciando el dolor, ya de por sí, insoportable.
Permanecí rígido, en pie. —Mi hermano estaría orgulloso de ti. —
—¿Tu… hermano? Pero ¿quién eres…? ¿quiénes sois?
—La silueta avanzó un par de pasos, hacia la luz que irradiaba uno de los pocos focos que aún funcionaban, para dejarse ver.
La voz que resonó en su última frase acompañaba su último paso, mostrando, esta vez, su figura completa.
Y yo conocía ese cuer po, y ahora sí, esa voz.
El soldado se quitó el casco. Esos ojos…
esa figura que se intuía debajo del chaleco…
Sus ojos vidriosos se iluminaron cuando supo que adiviné quién era.
—¡NO! ¡TU NO! No puede ser. —Finalmente se deshizo del verdugo que le tapaba la cara y ocultaba su melena morena.
—Pero… ¿por qué…? —Ya no tenía más fuerzas.
Caí de rodillas con las manos en el suelo.
Ahora, el dolor era más psicológico que físico.
La herida que, durante meses parecía cerrada y que amenazaba con abrirse, se desgarro del todo de la manera más salvaje y dolorosa posible.
En esa sala de monitores, llena de polvo y suciedad, con las paredes grises de una pintura que otrora se lucía blanca, ahí estaba yo.
En compañía de Rafa, muerto, Velasco, herido de gravedad, Anabel, con mirada perturbadora y una sonrisa de oreja a oreja al verme postrado en el suelo, y Victoria, mi Victoria, mi Vicky, mi familia, mi hermana, con un odio demencial que rozaba la psicopatía y un único objetivo, verme sufrir hasta morir. Pero… ¿por qué?
—Cuando me arrebataste a Adán, me arrebataste mi única razón de vivir.
Mi única razón para existir. Cuando aquella noche subí las escaleras, sabía que algo malo había ocurrido, pero deseaba que…
si tenía que caer alguno, hubieses sido tú.
—Se notaba que estaba rota de dolor, y cada palabra que salía de su boca le rompía más el alma, si es que todavía le quedaba algo de alma en su interior.
—Ese trescientos fue un viaje a la muerte para todos, con una gran diferencia entre los que vivimos esa orden.
Que tú vives, yo estoy muriendo y el hombre al que amaba está muerto. —
—Yo no sabía que tú y Adán… —
—¡TU DECIDISTE ENTRAR! Pudiste abortar la misión, pero… DECIDISTE ENTRAR. —
—Y me arrepiento de la decisión todos y cada uno de los días que pasan. —
—Nuestra vida estaba en tus manos. —La mano que sujetaba el arma perdió su rigidez por un segundo. —Estaba esperando el momento adecuado para decirle que le quería. Pero tú… ¡TÚ TENIAS QUE VELAR POR NOSOTROS, POR TODOS! —
—Y lo hacía. No fui yo quien le disparó. Yo maté al que le asesinó. —
—¡NO TENÍAS QUE HABER ENTRADO! Te lo dije, desde el principio.
Pero NO… —El odio retornó a sus palabras.
—El gran Hugo tenía que demostrar que a cojones no nos ganan los malos ¿Verdad?
¿Ha merecido la pena? —La escena era de máxima tensión, pues dijese lo que dijese, estaba claramente en desventaja.
Era mi familia y no tenía ni idea de que sentían el uno por el otro.
No conocía ni siquiera a la hermana de Adán.
Me estaba dando cuenta de que no era tan buen hermano como yo pensaba.
Mucho menos, un buen líder de equipo. Las dos mujeres con nada que perder estaban encañonando a la cabeza al hombre que causó la muerte al ser más querido para ellas.
—En cuanto le comenté a Martín lo que quería hacer, en una de nuestras sesiones de terapia, no dudó en apuntarse.
Habías matado a Leo que era como su padre.
—Había tardado más de un año en convencerme de que yo no había sido el culpable de lo ocurrido.
Y no lo fui. Fueron, los putos Emilios Escobar de turno, los que apretaron el gatillo.
Los que nos mataron a todos aquella noche.
—Yo también he pasado mi penitencia. Adán era mi hermano, igual que tú y durante meses estuve castigándome por cada decisión que tomé ese día.
Laura, mi mujer y una de tus mejores amigas ¿la recuerdas?
y Paula, mi hija, jugabas con ella en la playa y te la llevabas de tiendas cuando íbamos de vacaciones juntos.
Ellas han pagado mi penitencia. Ellas han tenido que aguantarme muerto en vida, sin ayuda, porque todos os olvidasteis de mí y me disteis de lado. —
—No las metas a ellas. Ellas no tienen nada que ver aquí. Has hecho mucho daño a mucha gente y por eso debes pagar. Tu penitencia no está completa. Hasta que no dejes de existir no estaré en paz. —
—¿Y Anabel? ¿Qué la he hecho a ella? —
—Como te ha dicho, Adán era su hermano. Tú se lo quitaste. Ah. y Martín, era su chico. Igual que me lo quitaste a mí, hoy se lo has quitado a ella. —
—Realmente fueron cuatro polvos. Pero tenía que acabar de convencerlo para vengar a mi hermano y a su amigo. —
Victoria empuñó nuevamente su arma y la dirigió hacia mi cabeza, entre los dos ojos.
Había mucha rabia e infinita ira, pero también pude ver un atisbo de pena en su mirada.
Una pequeña y solitaria lágrima apareció en sus ojos.
No era lo mismo enviar soldados matar a alguien que hacerlo uno, en persona, y con tantos sentimientos de por medio.
La mano le temblaba. Algo que nunca vi que le ocurriera cuando tenía un objetivo en el punto de mira.
Anabel, sin embargo, no apartaba su mirada de odio, de rabia.
—Te quiero Hugo, pero tengo que hacerlo.
—Era presa fácil pues me encontraba en el suelo, totalmente derrotado.
Incluso después de tanto tiempo, sentía a Victoria como mi hermana menor.
La quería y no entendía por qué no se quiso comunicar conmigo después de aquella fatídica noche.
Ahora ya lo sé. Quizás tenga razón y mi penitencia fuera insuficiente.
Quizás tengo que pagar un poco más por lo que hice.
Quizás, deba terminar todo, aquí y ahora.
—Vicky, no hagas pagar a mi mujer y a mi hija por mis errores. —
—No lo haré, ellas no tienen culpa ninguna. —
—Júramelo. —
—Te lo juro. —
—Gracias. —Levanté la cabeza y cerré los ojos. La cabeza siempre alta, como me habían enseñado, como había vivido todos los días al lado de Vicky y Adán.
—Lo siento. —Sollozó ella.
Y un disparo resonó en toda la sala, después… silencio.