Sin cabos sueltos (Hostes 1) 11
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​ Quería comunicarme con quien cojones fuera que estuviera haciendo esto.

Los trece cuerpos del garaje y los otros tantos del hall ofrecían armas, munición y chalecos para toda la gente que quedaba arriba.

Rafa no cedió la posición y dio buena cuenta de todo aquel que intentó entrar en el edificio por la puerta principal.

Velasco y yo, en la medida que pude, pues la herida de la pierna y las costillas fisuradas me imposibilitaban ligeramente, recogimos todo el material que Rafa subió rápidamente, al piso superior, para que se lo repartieran entre los analistas y el personal civil.

Todo excepto los cargadores, de los que dimos buena cuenta recargando nuestras armas y preparando los cargadores extras.

Rafa volvió tan rápido como pudo. Le acompañaba unos pasos por detrás Anabel, que suponía, ya estaría informada de lo ocurrido gracias a las cámaras y a algunas palabras cruzadas con Rafa.

​ —Pero ¿qué te ha pasado, estás bien? —Anabel, en seguida, me vio aquejado del costado, así como la más que evidente cojera.

​ —Si, tranquila, estoy bien, es solo… un rasguño. Como dicen en las películas… tendrías que ver a los otros. —Dije, sacando una sonrisa tensa a Rafa y Velasco.

​ —Menos mal. Bueno, yo voy a seguir, a ver si consigo comunicarme con el exterior. —Y volvió a subir al improvisado centro de control, sin preguntar nada más.

​ Tuve unos minutos y ayuda suficiente para poder taparme la herida con una venda hemostática y quitarme el torniquete.

No sangraba y eso era importante, pero necesitábamos ir a un hospital.

Velasco tenía una quemadura muy fea en una de las manos, la cual, tapamos con una venda para quemaduras y a Rafa le habían saltado esquirlas en el tiroteo, en la cara y el cuello, y si bien, el sangrado era mínimo, no cesaba, aunque se lo tapase con varios apósitos.

​ No me abandonaba la sensación de que, había algo raro, y conocido, en las tácticas y equipamiento de todos los soldados que habíamos abatido. —Qué raro. —Me dije, y el resto se me quedó mirando en mitad del hall principal.

​ —¿Raro? ¿Es que hay algo normal en lo que está pasando? —Dijo Rafa.

​ —Me refiero a… este equipamiento… la cantidad de soldados por equipo, las técnicas que utilizan para intentar entrar… mal ejecutadas, por cierto, y… los sierras, incluso los botiquines. Es todo igual… —

​ —Igual que ¿qué? —Se apresuró a interpelar Velasco.

​ —¿Sierras…? —Dijo Rafa.

​ —Los Sierras son los francotiradores. Hay cuatro, uno por lado.

Quienes han intentado entrar eran fuerzas preparadas, técnica y tácticamente como…

—puede que ya hubiese llegado la hora de dar explicaciones.

—En el garaje han entrado tres equipos completos y, por lo que veo…

aquí otros tres. Más los que intentaron entrar al principio, e imagino que…

el último soldado, mi excompañero, los comandaba. —

​ —¿Ex compañero? ¿Es que conoces a los que están haciendo esto? —

​ —Si. Bueno no. Bueno… a uno. Al que me ha clavado el cuchillo en la pierna. Veréis… es una larga historia con un final cata strófico que, os contaré un día si queréis, pero ahora no hay tiempo y… que ha derivado en que yo fuera destinado aquí. —

​ —Una pregunta… eso que nos dijiste antes… no sé qué de Troya…—

​ —Resúmela todo lo que puedas. A ver si así entendemos algo. —

​ —A ver… la historia es muy larga y os la voy a resumir mucho, así que, a lo mejor, se malinterpretan algunas cosas u otras no se entienden.

—Creí oír pasos en lo alto de la escalera…

cesaron. —Yo pertenecía a una unidad operativa de la Policía Nacional.

Por eso me resulta tan natural todo esto, pero, hubo un error en lo que iba a ser un registro cotidiano y murió gente.

Mucha gente, incluida gente de mi equipo. —

​ —¡Hostias, no sería aquello que ocurrió hace un año y pico! Joder ¿a eso le llamas tú, un error? Salió en televisión durante muchísimo tiempo. —Dijo Rafa.

​ —No hagáis caso de todo lo que dice la televisión.

—Seguí. —Una de las tácticas que mi equipo usaba era la denominada TROYA.

Una distracción, lo suficientemente importante, como para que el resto pudiésemos entrar en acción sin ser detectados.

Vamos, lo que han intentado hacer aquí, hace un rato.

No tengo explicación para todo lo demás ni…

para lo que está ocurriendo hoy aquí. —Parecía que la breve explicación fue suficiente, por el momento, pero una voz surgió desde lo alto de la escalera.

​ —¿Y qué hacía aquí uno de tus ex compañeros?

—El tono duro y seco de Anabel, desde la parte superior de las escaleras, no era el amilanado y dulce con el que comenzó la noche.

El detalle que menos me gustó fue, que no dejaba de empuñar una pistola, y que la apretaba con fuerza.

Si bien, cuando notó que fijé la vista en sus manos, inmediatamente escondió en su espalda el arma.

Pero continuaba apretando los puños. Puede que fuera por la tensión o porque intuía que no les estaba contando toda la verdad y ella se sentía engañada.

Sin esperar una contestación a su pregunta, subió nuevamente al piso superior, entrando en uno de los baños. Parecía totalmente decepcionada.

​ Tras un pequeño descanso, en el que aprovechamos para volver a cerrar lo mejor que pudimos las puertas, subimos a la sala donde habíamos colocado los monitores.

Estaba vacía. Anabel salía ahora de uno de los cuartos de baño, con los ojos enrojecidos.

No la culpo pues la noche estaba siendo muy dura para todos.

En los monitores, un cumulo de números y letras desfilaban en varias ventanas de alguna aplicación que yo no conocía.

​ —Estoy buscando una clave para hackear el inhibidor. Tiene encriptación militar y es bastante difícil, así no puedo enviar ninguna señal al exterior. —Dijo Anabel mientras se sonaba la nariz con un pañuelo de papel.

​ —Genial Anabel. —Trate de animarla tras lo ocurrido en las escaleras. —¿Te… encuentras bien? —

​ —Cansada. —

​ —Si, pero está siendo durillo. —Había que aliviar algo de tensión del ambiente.

​ —Sí, un día normal de oficina. Jejeje. —Dijo Velasco.

​ —Bueno, a ver que hay en las cámaras. —No se veía nada. Nadie. El humo había desaparecido. —¿Están emitiendo de verdad? o ¿lo han vuelto a clonar? —

​ —No… eso debería ser en directo. —Indicó Anabel. El equipo de transmisiones emitió un chasquido, pero no se oyó nada.

​ —… —

​ Velasco iba a hablar cuando le interrumpí.

—Déjame a mí. Vamos a darle la vuelta a la tortilla.

—Cogí el intercom. —Aquí Tango-1, porque…

imagino que soy Tango-1. Verás, te explico la situación…

Todos tus Bravos están neutralizados. Te estas quedando sin opciones mientras tú me estas facilitando armas y munición. Ahora ¿Como quieres proceder? —

​ —… —

​ —¿Hola? —

​ —… —Más silencio.

​ —Mira, no sé quién eres, ni qué quieres de mí. Bueno, sí. Parece ser que quieres verme muerto, pero, aquí hay mucha gente que no tiene culpa de nada. Déjala ir. —

​ —… —

​ —Pues… parece que te has quedado mudo, así que nada, gracias por todo el arsenal que me has facilitado. Si quieres algo… aquí estaré. —

​ Tras unos minutos de tranquilidad, mirando los monitores sin que ocurriera nada, todo el mundo comenzó a caer en un sopor digno del mismísimo Morfeo.

El cansancio, el hambre y los niveles bajos de adrenalina, que habían estado en su máximo esplendor minutos antes, comenzaban a ser un problema.

Cada uno hacía algo para no caer derrotado.

Anabel daba vueltas a la mesa de los monitores para desestresarse.

Angela, la hija de la limpiadora portuguesa, nos examinaba las heridas, pues dijo que estaba estudiando enfermería y, Velasco, fue a preguntar a los analistas si necesitaban algo.

​ Rafa, mientras observaba los monitores, dijo —No sé, demasiada calma. —

​ —Voy a asomarme por la ventana, a ver si veo… —se ofreció Anabel.

​ —¡NO! Te pueden disparar y… no quiero más heridos, o peor, muertos, en mi conciencia. —

​ —OK, pues voy a bajar a la sala de seguridad, a ver si veo algo raro en las conexiones.

Ahora subo. —Volvió a tomar la pistola que había dejado en la mesa y se la guardó en la parte posterior de la cintura.

Bajó con cuidado por las escaleras hasta el sótano, donde estaban los monitores principales, las máquinas expendedoras de comida y los vestuarios.

Entendía que necesitaba estar sola unos minutos, aunque no fuera lo más recomendable.

​ Una paz relativa comenzó a relajar, en demasía, el ambiente.

Velasco dijo que echaba de menos una buena cerveza fresquita y Rafa le seguía el juego.

Yo me reía. Era como si durante unos minutos nada hubiera pasado, pero vi en sus caras, que querían preguntar más cosas de lo ocurrido.

Se contuvieron y yo se lo agradecí. Cuando más distendidos estábamos, ya que Velasco comenzó a explicar cómo en las fiestas de su pueblo, una octogenaria “pasada de tintos”, trató de meterle mano, el intercomunicador volvió a crepitar.

​ —Estás ahí… ¿Hugo? —La voz metálica ya no lo era tanto.

​ —Si. Te vuelvo a preguntar ¿quién eres? —

​ —… —

​ —¿Hola? —

​ —… ​ —

​ —Sigues cuidando muy mal de tus compañeros.

—La voz ahora parecía más beligerante, más rabiosa y con mucha más ira.

Ya no parecía un robot con una voz neutra y vacía de sentimientos.

Me acababa de decir que había cuidado mal de mis compañeros.

De súbito, un sentimiento, una sensación de que algo malo iba a pasar se apoderó de mí.

Miré a mi alrededor. Llevábamos veinte minutos de relax y Anabel no había vuelto.

Salté de la silla, la pierna me ardía, las costillas apenas me dejaban coger una bocanada completa de aire.

Perdí el equilibrio al apoyar la pierna herida en la tarima.

Providencial fue la intervención de Rafa, a mi lado, que me sujetó, evitando que besase el suelo.

Cogí el subfusil y volví a apretarme el chaleco antibalas todo lo que pude.

Los allí presentes no entendían ese sobresalto.

​ —Anabel. —Les dije a Rafa y Velasco mientras los miraba a los ojos.

​ —Joder. —Dijeron, al tiempo que cogían ellos sus respectivas armas y bajaban a la carrera tras de mí. Vigilando en cada esquina y aunque, en los monitores, no se veía nada fuera de lo normal, llegamos sin resuello al sótano. Lo que ocurrió después… no lo pude imaginar ni en mis peores pesadillas.