Sin cabos sueltos (Hostes 1) 10 #2
21%

10 #2

​ —¡TODOS AL SUELO! Y NO LEVANTEIS LAS CABEZAS.

—Les grité. Si esto era personal… tenía que acabarlo ya, no podía permitir más bajas.

Semi encogido y con la mano en el costado izquierdo, debido al fuerte dolor que aquejaban mis costillas, comprobé el cargador que me quedaba, siete u ocho balas, como mucho.

Decidí bajar al piso inferior. Tenía que salir de allí y no podía comprometer más vidas.

Si realmente era personal… quería saber quién estaba al otro lado y por qué.

​ —¿Dónde vas? —Era la hija de aquella mujer, la hija de la portuguesa.

​ Estaba abrazando a su madre, la cual estaba llorando desconsoladamente.

​ —Tengo que salir. No quiero que nadie más sufra daños, o peor, que muera sin saber por qué. —

​ —¿Nos vas a abandonar? —¿Como que si les iba a abandonar?

¿Esta chica me había idealizado como su salvador?

Me estaban fijando como la persona que iba a resolver esto.

La presión empezaba a sobrepasarme, mi cuerpo se agarrotaba, mi cerebro ya no era capaz de pensar o razonar a una velocidad adecuada.

La situación, en estos momentos, me comienza a desbordar.

​ —Mi madre y yo hicimos nuestro trabajo, lo que nos pediste. Te vi el más capaz de todos los que había en ese pasillo, allí abajo. No nos puedes abandonar ahora. —

​ —Yo… No os abandono. Yo no soy… solo quiero que no muera nadie más…

—Putos nervios. Son capaces de paralizarte cuando menos lo esperas y cuando más necesitas mantener la calma, pero también te espabilan si sabes dominarlos.

Ahora me estaban venciendo. Me dolía el costado, me comenzaba a doler la cabeza, me iba a estallar.

No podía pensar y, sin embargo, esta chica veía en mí a la única persona capaz para sacarlas vivas de allí.

​ La madre de la chica le decía algo al oído entre sollozos.

No tardó en traducirlo. —Mi madre dice que no te preocupes.

Que has hecho lo que has podido. Dice que…

—La madre seguía hablándola mientras ella hacía una traducción simultánea.

—…a nadie se le puede pedir que de su vida por los demás.

También dice que se te ve muy turbado y herido y que has…

hecho mucho más de lo que cualquier persona habría hecho.

También te da las gracias y que no te puede reprochar el que te quieras ir.

—La joven, por sus palabras, y al contrario que su madre, entendía que me reprochaba el que no las sacara de allí.

Estaba viendo a una mujer mayor asumir su muerte y la de su hija.

Resignándose, y lo peor de todo es que no me hacía a mí responsable, aunque pareciera, que todo esto, en parte, tenía que ver conmigo.

Esa mujer era todo un ejemplo de amor y compasión.

Como si de un bofetón se tratase, tomé inmediato control de mi cuerpo y mi mente.

​ —Dile a tu madre que por la mañana estaréis desayunando en casa. Os lo prometo. —

​ —Gracias, se lo diré. Por cierto, cuando nos pediste que cerrásemos todas las ventanas… ¿recuerdas? —

​ —Si, y os doy las gracias por ello. —

​ —Cuando estábamos cerrando todas las ventanas, incluidas las del hall…

encontré esto. Supuse que se te cayó. —Extendí el brazo y me quedé boquiabierto.

Todo en esa noche estaba siendo extremadamente raro.

Se trataba de una fotografía un tanto antigua.

Era mía, pero… no era mía. No era de mi propiedad, pero salía yo.

Solo salía yo, con mi antiguo uniforme. Reconocí que era la foto de la orla que nos hicieron para la graduación del curso de intervención, donde con convertimos en miembros del Grupo Operativo de Respuesta.

Era yo, delante de una bandera gigante de España. Pero…

​ —¿Dónde la encontraste? —

​ —Me llamó la atención porque no suele ser el sitio donde sueles trabajar. —

​ —Pero donde… —

​ —Fue en el hall, justo detrás del mostrador. Entre la mesa y la ventana… la primera mesa creo. —Esa era la mesa de…

​ Un fuerte estallido resonó en todo el edificio.

Se trataba de la trampa del garaje indicando que habían entrado.

Cuando estaba bajando a la planta inferior, pude escuchar el compresor funcionando.

Estaban intentando forzar la puerta principal.

Dos puertas de acceso, dos entradas, dos equipos.

Rafa y Velasco bajaron detrás de mí. Acto seguido, comenzaron a escucharse salvas de disparos contra las ventanas de la planta superior del edificio, lados 3 y 4.

Ambos frenaron en seco y se dieron la vuelta para volver a subir.

​ —¡Joder! —Me dije para mis adentros. Mi cerebro recordaba eso y mi cuerpo se puso en alerta máxima.

Cuando me di cuenta de lo que iba a ocurrir, estaba agarrando con ambas manos el subfusil y comprobando el cargador.

Fue inconscientemente. —¡NO SUBAIS! —Rafa y Velasco me miraron y frenaron el ascenso. —Es Troya. —

​ —PERO ¿QUE COJONES DICES? ESTAN DISPARANDO ARRIBA TAMBIÉN…

—Todas las pesadillas, los Déjà-vu, los malos recuerdos y pensamientos que rondaron mi cabeza durante el tiempo transcurrido desde el incidente hasta el día de hoy volvieron a aparecer, claros, dolorosos, incisivos, como cuando dicen que te estas muriendo y ves pasar tu vida en diapositivas durante dos segundos.

A mí, me ocurrió lo mismo, y en ese preciso momento, me di cuenta de una cosa que no quería creer.

​ —¡ES UN TROYA! UN ENGAÑO. Esta era una táctica que usaba mi antigua unidad cuando queríamos barrer un edificio con múltiples Tangos parapetados. —

​ —¿Tu antigua unidad? ¿Barrer? ¿Tangos? Hugo, de que cojones… —

​ Desperté de golpe. Esto era como montar en bici, no se olvida.

—¡PEGADOS A MÍ Y OJO CON LA BOCA DE FUEGO!

CUANDO SE AbrA LA PUERTA TENÉIS QUE TAPAROS OJOS Y OÍDOS.

METERÁN ATURDIDORAS. —Señalando a Velasco le dije —TU ERES brAVO-2 —Señalé a Rafa —brAVO-3, YO 1.

¿QUEDA CLARO? —Sabía que no les podía pedir mucho, pues ellos nunca habían estado en servicios tácticos y ni tan siquiera, en servicios de calle.

Pero tenían que espabilar, su vida y la de otros dependían de ello.

El minuto que nos podía dar el explosivo del garaje se estaba agotando.

Necesitaba que se enfocaran. —Mirad, voy a ser muy claro, y quiero que prestéis mucha atención, si no lo hacéis…

seguramente moriréis. —Ahora sí me prestaban atención, me miraron con cara de espanto y los ojos muy abiertos.

Quizás, la idea de morir no les gustaba demasiado, y eso sería lo que nos daría una oportunidad.

—Van a abrir la puerta. Cuando la abran tapaos ojos y oídos.

Oiréis tres detonaciones. Son las granadas cegadoras.

En cuanto escuchéis las explosiones abrid los ojos y disparáis a la puerta, a la altura de la cabeza, como si vuestras vidas dependieran de ello, y creedme, dependen de ello.

—Noté que am bos agarraban fuertemente sus armas.

—Bravo-3, en la puerta de este pasillo, Bravo-2, en la entrada del otro pasillo.

Yo voy al garaje. —Algo dentro de mí me pedía a gritos que no les dejase, ya que, probablemente no volviese a verlos.

—Suerte. —En sus entrañas, en su interior, en lo más profundo de su ser, no entendían cómo, porqué o de qué manera, pero detrás de esas caras de estupefacción, percibían que era consciente de lo que hacía, y esperaban que saliera bien.