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En el puesto de control improvisado en la planta superior, Rafa no había conseguido sacarles nada más que silencio y una amenaza a los soldados, unas palabras que no auguraban nada bueno.
Parecía que estaban muy bien adiestrados y tampoco es que Rafa fuera muy ducho en interrogatorios.
Por mi parte, yo tenía un fuerte dolor en el costado que me limitaba ligeramente la movilidad.
Cuando estuve un poco más relajado pude observar que no sangraba.
El disparo de Ignacio me había golpeado en el chaleco, no lo había atravesado, pero la energía del proyectil, antes de disiparse, fue lo suficientemente contundente como para fisurarme un par de costillas.
El dolor era bastante punzante, pero no incapacitante.
—Tenemos tres líneas abiertas, las he podido codificar en un par de equipos.
A mayores tenemos los dos walkies de los soldados.
Hay una frecuencia que tiene mucha actividad, la he codificado en el canal uno.
Hay otra en la que, al parecer, solo se comunican los jefes de los equipos, está en el canal dos.
Y una sin movimiento aparente, que he puesto en el tres.
No la ha usado nadie desde que la tenemos monitorizada. —
—Muchas gracias Anabel. —Había cumplido. —Quédate tú con uno. Los otros tres nos los repartiremos entre Velasco, Rafa y yo. ¿Has conseguido encontrar algo interesante en los archivos de los últimos meses? Se que has tenido poco tiempo, pero… —
—Nada, todos los expedientes son normales y no hay nada que destaque. —
—Recuerdo una petición de información de Holanda en relación a un americano. Desapareció de mi archivo y, según me dijeron, fue reasignada. Es lo único que se me ocurre que yo pueda conocer. —
—Si, lo he comprobado, y nada. —Contestó Anabel.
Su voz había tornado a una seguridad tal que parecía otra persona totalmente diferente a cuando la vi hacía un par de horas.
—Gracias. —Nos quedamos todos en silencio durante unos segundos que parecieron una eternidad.
Notaba mucha presión pues pude comprobar que los ojos de todos en aquella habitación me estaban atravesando.
—¿Y si les preguntamos que qué quieren? —Apostilló Rafa. El silencio prevaleció durante un par de segundo más.
—Hay que hablar con ellos y ver que cojones quieren.
Que paren esta masacre. —Velasco estaba en lo cierto, había que hablar con alguien.
Nos miramos todos y con un mismo gesto asentimos.
Cogí un transmisor y se lo ofrecí a Velasco.
Bastante le había pasado por encima en lo que llevábamos de noche y él seguía siendo el mando superior en ese momento. El primer paso debía darlo él.
Velasco cogió su equipo de transmisiones, lo colocó en el canal dos, quería hablar directamente con quien estuviera al mando allí y pulso el PTT [7] para transmitir.
—¿Hola? —Anabel, Rafa y yo nos miramos incrédulos.
Que profesionalidad, pensamos, entre una ironía tensa silenciada.
Nadie contestó. Velasco volvió a pulsar el PTT.
—¿Hay alguien ahí?… Somos los del interior.
Queremos hablar con quién esté al mando. —
Otro silencio eterno y, tras unos segundos, un chasquido resonó por el altavoz de los equipos.
—¿Quién eres? —Una voz distorsionada, no sabría decir si de hombre o de mujer, muy robótica y seca.
—Soy el Oficial al mando aquí dentro ¿quiénes sois vosotros? —
—… —Más silencio. Parecía que no esperaban que nos pusiéramos en contacto con ellos, pero nada más lejos de la realidad.
—No eres tú con quien quería hablar. Que se ponga el que ha capturado a mis dos hombres. —Era una voz robótica, pero no la típica voz del GPS.
Velasco dudó, pero continuó. —¡He sido yo! —Su voz, aunque firme, denotaba cierto nerviosismo. Cual jugador de póker que se juega un All-in sabiendo que no tiene una buena mano.
—… —Otro silencio en la radio.
—¿Hola? —Volvió a inquirir Velasco.
—Eres Velasco Fernández ¿Verdad? Oficial de Policía.
Destinado en este centro logístico desde hace catorce años.
Mujer: Mónica Gil, hijos: Andrés, Julio y Martina, o como dice ella…
Matina. Por cierto, no te olvides que tienes reunión con la profesora de Andrés el martes.
Tiene que estudiar más, sus notas son malísimas.
Y… por cierto… ¿tú cómo estás de tu hernia de disco? ¿L2—L3 verdad? —
Todos nos quedamos helados, ojipláticos, inmóviles, pero la cara de Velasco era de autentico terror. ¿Como era posible que supiera tanto de él? Pulsó el botón, pero de su boca no salió ni una sola palabra. Tras unos segundos lo soltó.
—Imagino que he acertado. Voy a seguir.
A ver si continúa mi buena racha. ¿Está contigo Millán?
Sois inseparables, así que imagino que sí.
Por cierto, mañana puede pasar por el taller, ya tienen la culata nueva.
Le van a dejar el BMW como si estuviera recién sacado del concesionario.
—Esta vez, fue la cara de Rafa la que se transformó, al igual que la de Velasco, en autentico terror.
—No lo negáis, así que vamos a seguir, que esto me está pareciendo muy divertido.
La chica nueva de recepción, Ana, imagino que ha sido la que ha desbloqueado la frecuencia.
No me extraña, para sacar la carrera de informática a la primera hay que ser extremadamente inteligente.
—Anabel se sentó de golpe en la silla. —Augusto, Ángel, Lucia, Luisa, y compañía estarán asustados.
Haced el favor y decidles que no se preocupen.
Que se tumben en el suelo, y respiren hondo.
Con ellos no va nada. —¿Como podía ser que supiera todo eso?
—¡Ah! Por cierto, los pilotos de rally que salieron…
esos pelotas e inútiles… nunca se abandona el barco.
Aunque se hunda. —No me gustaba por donde estaba discurriendo su discursito.
—Las ratas son las primeras en salir y… bueno, alguien tenía que castigarlas.
Eso no es compañerismo… —Su voz, aunque robótica, me resultaba…
no sé, la había escuchado antes. No por el tono, ni por el timbre, sino, por lo que decía.
—No podemos esperar que Dios haga todo… ¿Verdad…
Hugo? —El rictus de mi cara cambió, de un aire de incredulidad a estupefacción.
Como sabía que yo estaba allí, escuchando.
Y ese tono con que lo ha dicho… y lo que ha dicho…
¿Quién era? Esas expresiones… Le arrebaté de un manotazo el equipo de transmisiones a Velasco.
—¿Quién coño eres? —Mi tono serio, firme, sin dudas, sin titubeos. Teníamos que dejar de ser la presa.
—Buenas noches Hugo, la educación nunca se ha de perder.
Me extraña que no hayas hablado de primeras conmigo, conociendo tu historial, aunque, precisamente, conociendo tu historial…
parece que dejas a los demás hacer el trabajo difícil, caiga quien caiga.
—Quería gritarle, pero tenía que mantener la calma.
Respiré hondo. —¿Quién eres y que quieres? —
—Es una pena que no lo sepas, pero con lo inteligente que eres, seguro que lo adivinas. Te voy a dar unos minutos para que pienses. —Un chasquido indicó que la comunicación había terminado, por el momento.
La tensión que flotaba en el ambiente era palpable, tangible y tan real que nos mantenía a todos en silencio.
Ninguno de los allí presentes dábamos crédito a lo que había pasado.
Teníamos mucho que digerir y no había tiempo.
Lo sabía todo de nosotros, sabía que yo estaría escuchando y…
lo de las ratas y el barco… caiga quien caiga…
¿cómo era posible…? Cuando me quise dar cuenta, todos me estaban mirando, otra vez.
—¿Qué? —
—Te conoce. —Rafa y Velasco hablaron al unísono. —Ese hijo de puta te conoce. —Ambos me estaba señalando.
—¡Nos conoce a todos! —Dijo Anabel.
—¡Eres tú! —Espetó Rafa. —Lo que busca, lo que quieren… lo que era tan importante como para asaltar esto. ¡ERES TÚ! —
—¿Pero qué cojones dices, Rafa? Sabe todo de todos. —Espeté.
—¡PERO TÚ NO LO HAS NOTADO, TÍO… ES PERSONAL… TE CONOCE…! ¿Quién cojones eres? —
—Yo… —
De repente, los monitores comenzaron a clarear, a mostrar como si una especie de repentina niebla envolviese los alrededores del edificio.
—¡Están usando humo! —Susurré.
Volvió a sonar el chasquido en el intercomunicador. —¿Ya has adivinado quién soy? —Se desató una risa siniestra que duró unos segundos. —Por cierto, imagino que contaras con vigías para que te informen de los movimientos de tus Ta… enemigos. —
Velasco ya no aguantaba más, me agarró por el chaleco a la altura del cuello.
—¿QUE QUIÉN ERES? —Tenía más fuerza de la que aparentaba, por la tensión del momento o porque quería saber de una vez todo lo que había estado evitando contarle desde que empezó todo esto.
Mientras tanto, cuatro ínfimos destellos se pudieron divisar en las cámaras antes de que la niebla hiciera desaparecer todo el exterior.
No dio tiempo a decir nada más, pues unos gritos estallaban en las habitaciones contiguas.
Cuatro funcionarios cayeron al suelo. Los cuatro que estaban vigilando desde las ventanas por si el enemigo realizaba algún movimiento.
Joder, era un mensaje, un mensaje directo, y aunque no quisiera reconocerlo, todo apuntaba a mí.
¿Como sabía que iba a tener cuatro vigías?
Miré a Velasco, después a Rafa, luego a Anabel, y volví a mirar a Velasco, al que, con voz queda, le dije…
—Luego. —Empuñé mis armas y encaré, corriendo, hacia la habitación de los gritos.
Los analistas y personal que allí se encontraba estaban muy exaltados.
Todos menos cuatro. Esos se hallaban tirados en el suelo, con sendas heridas de proyectil en diversas zonas de su cuerpo, pero todas de pecho para arriba.
Un despropósito de suerte para cuatro trabajadores que no habían causado ningún mal.