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—JODER, AbrE LA PUTA PUERTA ¡VAMOS! —Le apremiaba Antonio.
Pero Juan, al ver que no se abría automáticamente, trató de abrirla por la fuerza.
Agarró el marco de la hoja derecha y tiró de él con todas sus fuerzas que, cierto era, que no eran muchas.
La puerta no cedía, por lo que volvió corriendo al coche.
Al ver que sus dos compañeros estaban disparando hacia el lugar donde yo trataba de protegerme, no dudo en avanzar unos metros colocándose en la parte posterior del coche y disparando una única ráfaga con su arma, su querido subfusil Z-70, la Z.
La tercera ley de Newton plantea que para toda acción se genera una reacción de igual intensidad en sentido opuesto.
Juanma oprimió el gatillo, generando un retroceso del fusil de tal magnitud que, sin darse cuenta, lo que fue el primer disparo hacia delante, hacia mí, fue transformándose en una ráfaga en la que cada disparo ascendía metro y medio en la distancia.
Uno de esos disparos acabo entrando por la base de su mandíbula, atravesando su cabeza y saliendo por un agujero de unos ocho centímetros por la parte superior de su cráneo, cayendo al suelo con un espasmo final.
Mientras, su dedo seguía presionando el gatillo y el arma daba cuenta de los últimos cartuchos del cargador, golpeando, el último proyectil, en la rueda trasera izquierda del vehículo de huida.
Cuando Juanito y Jorgito vieron esa suerte en su compañero, no dudaron en dar marcha atrás con el coche para coger distancia respecto de la puerta, no importándoles atropellar lo que quedaba de Jaimito, y acelerando nuevamente hacia la puerta, pasando por segunda vez por encima de su ex compañero, dejando el cuerpo prácticamente irreconocible.
A día de hoy, no sé por qué razón no realicé ningún disparo contra ellos, incluso después de que gastasen, lo que a mí me parecieron, varios cargadores contra mí.
Cierto es que me costaba respirar. El impacto en el costado había sido más fuerte de lo que recordaba.
El fuego directo, dirigido hacia donde estaba parapetado cesó.
Un golpe seco se produjo cuando el coche arremetió en la enorme puerta bloqueada del garaje, forzándola bruscamente tras impactar contra ella y saliendo a campo abierto.
Ahora tenía un problema menos, dos gilipollas escapando de aquí en un coche, pero habían creado otro, esos dos gilipollas acababan de abrir una brecha por la que podrían entrar los verdaderos enemigos.
Con un terrible dolor en el costado corrí como pude rumbo a la puerta exterior, donde pude ver incontables fogonazos en la oscuridad.
Armamento que no cesaba de disparar en dirección al coche huido y fulgores varios que dirigían su intención de disparo a la puerta fracturada, su interior y hacia mí.
Mi cerebro me frenó justo antes de salir al exterior, pues la idea principal era disparar hacia los fogonazos, hacia la oscuridad y tratar de darle un margen a los sobrinitos para que lograran su huida, pero…
¿y los francotiradores? Frené de golpe un par de metros antes del quicio de la puerta de doble hoja, ahora hoja y media porque una de ellas estaba ligeramente doblada.
Los francotiradores no disparan con una cadencia de varios destellos por segundo.
Normalmente suelen disparar una, dos veces como mucho cada quince segundos.
Rodilla a tierra, como marca el manual para tener más sensación de puntería, comencé a disparar con mi arma primaria hacia la noche, cuando…
una explosión donde hacía un segundo se encontraba el Seat León acelerando en dirección a la carretera, cegó a todo el mundo.
La cadencia de disparos ceso durante unos segundos en los que, tras ver la bola de fuego resultante, traté de cerrar la puerta.
Tenía que hacerlo. De repente, tras de mí, apareció una sombra.
No sé quién era al principio, pero cuando me quise dar cuenta, la sombra comenzó a disparar, de la oscuridad del interior del garaje a la confusión que reinaba ahora en el exterior.
Creo que alguna costilla estaba rota, pues me costaba enormemente respirar, así que, con las fuerzas de las que disponía, me centré en cerrar la puerta de la mejor manera posible. Rafa cerró la otra hoja.
—No sé cómo vamos a mantener la puerta cerrada. —Me dijo. Miramos lo que quedaba de Juan Manuel y noté un esbozo de sonrisa en Rafa. —Ha acabado como su pecera. —Nos miramos y se echó a reír. La verdad es que, para ser las circunstancias que eran, tuvo su gracia. Sin darme casi cuenta, susurré.
—Hostis mortuus vindictam non quaerit. —
—¿Que has dicho? —Uno de los mantras de una época pasada irrumpió como agua entre la roca.
—Nada ¡que ya sé cómo vamos a asegurarla!
—Recogí la botella con el preparado para deflagrar que tenía colocado en la otra puerta y lo colocamos de tal manera que, cuando se abriera cualquiera de las hojas la puerta exterior, se produjese una explosión, suficiente, como para avisarnos y ya de paso, para aturdir durante unos segundos a los que intentaran entrar.
Teníamos que reagruparnos y pensar en una salida.
—Espero que Anabel y Velasco hayan conseguido algo. —