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—Mira, perdona, pero no entiendo nada.
—Velasco, que estaba allí, de pie, estaba totalmente perdido.
Rafa se acercó a los monitores, pero no dijo nada más.
Anabel se puso a teclear, había encontrado un acceso al router, suficiente como para duplicar la señal de las cámaras.
No podíamos moverlas o anularlas, pues se enterarían que habíamos vuelto a tomar su control.
Quedaba conseguir acceso a internet para poder enviar alguna señal al exterior y ahora encontrar la frecuencia principal de los comunicadores de esos tipos.
Quizás tuvieran alguna otra frecuencia libre de inhibición que pudiéramos utilizar.
En esa empresa debía estar ahora, centrada Anabel, mientras trataba de explicárselo al Oficial y a Rafa.
Éste le dio uno de los equipos, que conectó a uno de los pc's que quedaba libre. De uno de sus bolsillos, Anabel sacó varias unidades USB portátiles. Parecían muy infantiles, pues tenían formas diversas. Un balón de baloncesto, la cara de un payaso, un perrito caliente, una cámara fotográfica… Probó con un par de ellas hasta que dió con la correcta. —Cuando estudié informática, un amigo me paso este programa para rastrear frecuencias de radio. Las utilizábamos para ver que hacía la policía municipal de Madrid. —Velasco la miró inquisitiva —Eran trabajos universitarios, sin malicia, de verdad. —Inició el programa, con el equipo de comunicaciones activo y conectado a uno de los pc’s Frankenstein de la habitación.
Tras unos minutos, el FrecuenKillV.X7 emitió un pitido y mostró un listado con una serie de números en rojo.
Eran frecuencias, solo había tres en verde.
—¿Qué quiere decir eso? —Dijo Velasco.
—Tenemos tres frecuencias sin inhibición.
Voy a abrirlas con el programa y a monitorizar su actividad.
—De repente, un fuerte golpe retumbó a lo lejos.
Algo ocurría, y los monitores, a los que, en estos momentos, no prestaban ningún tipo de atención, lo estaban retransmitiendo en directo.
Hugo estaba en el garaje, con una rodilla en el suelo, disparando con el MZ—300 que le quito a uno de los soldados, en dirección al exterior.
La puerta de acceso del garaje había desaparecido.
En otro monitor, se veía un vehículo dirigiéndose a toda velocidad en dirección a la carretera, hasta que segundos después, se oyó una fuerte explosión.
En el monitor se vio un destello cegador, cuando la cámara volvió a enfocar, una bola de fuego se erigía donde antes aceleraba un coche.
Hugo estaba tratando de bloquear nuevamente la puerta exterior mientras continuaba disparando con una mano.
En ese momento apareció Rafael junto a él, que ya no estaba en la sala de monitores.
Comenzó a disparar también con su pistola mientras ayudaba a cerrar la puerta.
Todo se había precipitado y cada vez había menos tiempo.
Cuando llegué al piso de abajo, pude observar tres siluetas en la puerta que conectaba interiormente con el garaje.
Corrí hacia ellas, atravesando el hall principal, chapoteando, con cada paso, en el estanque que había dejado el acuario reventado por los disparos.
Puede escuchar una voz en aquella pequeña reunión.
Era Antonio, que estaba tratando de convencer a los otros dos compadres para que abrir la puerta del garaje y escapar de allí con uno de los coches.
—Saldremos de aquí a toda velocidad y que los jodan a todos.
—Inmediatamente, a la mente me vino el dicho marinero de que las ratas son las primeras que abandonan el barco cuando se hunde , y aquí estaban las de este barco.
El problema principal no era que se fueran.
La verdad era que esos tres personajes no aportaban ninguna solución, sino que más bien, eran un problema.
Lo que si iba a ser un problema era que, si salían, abrían una brecha en nuestro, aparentemente, punto más vulnerable del edificio.
—¡NO SALGAIS! Os van a matar nada más que arranquéis el coche. —Les grité desde el otro lado del corredor. Una de las siluetas desapareció tras la puerta.
—¡CALLATE, HIJO DE PUTA! AQUI YA NO HAY MANDOS.
NO OBEDECEMOS ÓRDENES. ¿TU QUIERES JUGAR A SER EL MEJOR POLICÍA DEL MUNDO?
¿UN HÉROE? ¡PERFECTO! PERO NOSOTROS NO VAMOS A MORIR POR NADIE, Y MUCHO MENOS POR GILIPOLLAS COMO TÚ.
—Antonio estaba desatado. No me dio tiempo a explicarles las consecuencias que podía tener aquella aventura suicida, cuando unas luces intermitentes iluminaron el interior del garaje, tras la puerta de madera reforzada que daba acceso a los vehículos.
—¡MI COCHE ES EL MÁS RAPIDO, VAMOS! —Escuché a Ignacio gritar tras la pequeña puerta.
Inmediatamente, Antonio desapareció detrás de Juan Manuel.
Corrieron hasta la plaza veintisiete, junto a una de las columnas centrales del garaje y subieron al coche.
Era un Seat León, de color rojo, tuneado, con un alerón sobredimensionado y un tubo de escape sobredimensionado, de todo, menos silencioso, que petardeaba con cada revolución del motor mientras esperaba que los otros dos ocupantes subieran.
Corrí tras ellos cuando, sin darme cuenta, me desplacé unos pasos hacia atrás.
Sentí un dolor agudo en el abdomen, y arena goleándome en la cara.
Me estaban disparando y me habían dado en el costado.
Casi sin respiración, comencé a notar una fuerte tensión en el cuello, y un pitido sordo estalló en mis oídos, debido, todo ello, a la presión del impacto en mi chaleco.
La columna de hormigón en la que me estaba protegiendo estallaba con cada golpe de proyectil y sus restos estaban esparciéndose por el suelo.
Alguno de los proyectiles incluso atravesaba la esquina de la columna, impactando algunos restos en mi cara.
Cuando pude analizar la situación, conseguí ver que Ignacio estaba disparando con su pistola desde la ventanilla del conductor.
El muy bastardo cumplió lo que dijo. Finalmente me disparó, y acertó.
Por fortuna, llevaba el chaleco. Una vez que se subieron todos al vehículo, fueron el copiloto y el acompañante de atrás los que comenzaron a dispararme, esta vez, con menos acierto.
El vehículo dio un potente acelerón que duró escasos veinte metros, hasta que llegaron a la puerta de salida del garaje.
Con el vehículo parado, el conductor inició nuevamente su tanda de disparos.
Estaba claro que no les importaba derrochar munición, toda la que habían podido robar, contra mí.
Torpes, probablemente la hubieran necesitado tras abrir a puerta.
—¡QUE COJONES HACEIS, EL ENEMIGO ESTÁ FUERA!
—Metralla y más arenisca descargaba cerca de mí.
Me dolía el costado izquierdo, y mucho. No quería mirar.
Se habían desquitado por la humillación sufrida en los vestuarios.
Juan Manuel salió de la parte trasera del vehículo e intentó abrir la puerta exterior.
Era una puerta de doble hoja automática, de unos cuatro metros de longitud.
Cargaba con la Z en la mano izquierda y el dedo acariciando el gatillo.
Que resultado más predecible. La seguridad con las armas era algo desconocido para los sobrinitos y no tardó en hacerse tangible tal imprudencia.
Golpeó, con la otra mano, el botón de apertura de la puerta, pero esta apenas se abrió unos centímetros para quedar bloqueada.