Sin cabos sueltos (Hostes 1) 9
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​ Ignacio, Antonio y Juan Manuel estaban arriba, demasiado bien equipados, y armados, para lo que se esperaba de ellos, con un chaleco antibalas cada uno.

Me hicieron caso. El resto del material lo habían tirado en el centro de la habitación donde se encontraban el resto de trabajadores, que ya habían dado buena cuenta de todo ello.

Le indique a Velasco, ya que era el mando natural, que dispusiese a los que tuvieran chalecos y armas a cubrir las ventanas principales y, coincidimos los dos, en darle el material de los soldados a Rafa.

Era la opción lógica, protegería a Anabel y sería nuestro refuerzo en caso de necesitarlo.

Se formó un pequeño revuelo, pero en seguida quedo claro que, o trabajábamos todos o moriríamos todos.

Yo me encargué de los sobrinos. Con tono firme, contundente, pero sin alzar la voz les di unas pequeñas indicaciones:

​ —Vosotros tres, que sois los que más equipo y armas tenéis.

Vais a bajar y cubrir la puerta principal y la del garaje.

En la puerta del garaje he dejado una botella, la vais a ver.

Solo, y repito, solo si notáis que la puerta se está abriendo, disparáis a la botella.

¿Queda claro? —Ignacio fue el primero que contesto.

—Sí. —Antonio, con un aire de despotismo y de animadversión total, me miró.

Los otros dos ya le habían informado de lo que ocurrió en los vestuarios y con tono desafiante protestó.

—¡Sí, señor! —Y se dirigió a las escaleras.

Juanma ni siquiera hizo amago de contestar nada.

Estaba temblando como una gelatina. Todavía tenía orín en sus pantalones.

Ni para cambiárselos servía. Se pegó al culo de Antonio y salió de la habitación tras él.

​ Rafa estaba con los dos militares en una de las habitaciones esperando instrucciones.

Uno de los analistas se quedó con él. Se decidió separarlos e interrogarlos.

Nadie allí estaba especializado en interrogatorios, así que teníamos, por una parte, a personal que no sabía ninguna de las técnicas más básicas de investigación, y por otro, supuestos militares, o mercenarios, sin ninguna intención de colaborar con sus captores.

Urgía saber quiénes eran y sobre todo, que querían.

​ Mientras acompañaba a Anabel hasta su improvisado centro de control, Rafa comenzó a preguntar a uno de los soldados.

​ —¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de nosotros?

—Con la mano izquierda le quitó la mordaza a uno de ellos.

Sonriendo, el soldado, que, si bien todavía estaba medio noqueado, se intuía que no era la primera vez que se encontraba en una situación parecida, dijo entre susurros.

—No tenéis ninguna oportunidad. Los demonios del pasado no dejan heridos.

Solo… muerte. —Rafa tragó saliva. Estaba ligeramente desconcertado con lo que acababa de oír.

Salió de la habitación, se dirigió hacia donde estaba el otro soldado, y tras realizarle las mismas preguntas, solo recibió la misma respuesta.

Salió de la habitación y se dirigió a la sala de ordenadores.

​ Mientras Rafael jugaba con los rehenes, acompañe a Anabel para ver los monitores.

Efectivamente, era mucho más hermoso el atardecer que se emitía anteriormente que lo que estaba viendo ahora.

De las siete cámaras que funcionaban, una de las que enfocaban a la puerta principal había sufrido daños y apuntaba directamente al suelo.

Apenas medio metro de visión del frontal de la puerta.

El resto de cámaras parecía que estaba bien.

Intuía que no las habían destruido porque ellos mismos las estaban utilizando en nuestra contra.

​ —¿Esta es la del hall de entrada? —Pregunté.

​ —Si, es fija. Hay dos Domo, una en el lado trasero y otra en el garaje y las dos son exteriores.

—Dijo Anabel. Era resuelta, sabía lo que tenía que decir y cuando lo tenía que decir.

Inteligente, no entendía que la tuvieran como una simple secretaria de recepción, pero bueno, solo llevaba cinco días. Ascendería.

​ —Perfecto, vamos a comenzar distribuyendo los lados.

—Tomé un fragmento de papel y comencé a hacer un boceto del lugar.

—Desde la puerta principal a la derecha…

lado uno, lado dos, trasera lado tres, e izquierda lado cuatro, donde está el garaje.

Pon el hall en la pantalla superior. En el monitor arriba a la derecha la parte trasera, haz zoom que veamos lo que hay, y en esta…

—Marqué la pantalla superior izquierda. —…

la puerta del garaje, a ver que hay ahí.

—Al recolocar las ventanas, observé mi fotografía en un documento abierto en segundo plano, justo detrás de la ventana de control principal de cámaras.

Rápidamente, Anabel se dio cuenta, lo minimizo y luego me miró.

No sabía qué decir. Yo la miré a los ojos, grises, profundos, y antes de poder preguntarle nada dijo…

​ —Lo siento mucho, yo… no… me dijeron que buscara tu nombre, a ver que había de ti en los archivos, yo… —

​ —¿Quién te lo pidió? —Dudo un segundo, no sabía si decírmelo o no.

​ —Rafael. Me dijo que buscase tu expediente. —

​ —¿Lo has leído? —

​ —No… bueno, un poco, por encima, casi nada. —

​ —¿Le has dicho algo a alguien? —

​ —No. Te lo juro. —

​ —Hazme un favor. —y cerrándolo le dije. —No has encontrado nada. —

​ —Sí… sí, por supuesto, tranquilo… no se lo diré a nadie, pero tampoco le digas a Rafael nada, sino, no volverá a confiar en mí. —

​ —Volvamos a los monitores. —Traté de no pensar en las consecuencias que acarrearía que se supiera el motivo verdadero de mi traslado justo en ese momento, y volviendo a mirar las pantallas, observé más detenidamente, pudiendo localizar en ellos a los cuatro Sierras, cubriendo los cuatro laterales del edificio.

Al fondo, más allá de la carretera principal, en el lado uno y a unos 200 metros, se podían intuir varios vehículos.

Un grupo, con otro vehículo, entre el lado 3 y el cuatro, justamente donde se encontraba la puerta de acceso de los garajes.

En ese momento, mi cuerpo entro en una especie de trance.

Exactamente igual que cuando, en los Briefings, el Subinspector nos daba toda la información y yo comenzaba a valorar las posibilidades.

Esta situación era similar. Acababa de recibir información de donde estaban los enemigos a neutralizar.

Comencé a hablar en voz baja y sin darme cuenta estaba analizando situaciones, porcentajes y posibilidades.

​ —Nos tienen rodeados, nosotros tenemos muy poca potencia de fuego, sin visión directa y sin tiro, no sabemos que buscan…

prioridad: salir de allí. Probabilidad… apenas un siete por ciento.

Nuestros coches, no son una opción. Yo los hubiera balizado o inutilizado para evitar fugas, pero…

—Alcé ligeramente la voz para que me escuchase Anabel.

—Amplía la cámara del garaje, por favor.

—Aparentemente la puerta exterior estaba intacta.

Pero habíamos estado demasiado tiempo sin cámaras.

Justo en ese momento pude ver a Antonio en el monitor del Hall, haciendo aspavientos con las manos, mientras sostenía dos pistolas, una en cada mano.

Por el lenguaje corporal que se apreciaba en el monitor, se intuía que estaba discutiendo con Ignacio y con Juan Manuel, tratando de convencerles para hacer algo…

pero ¿el qué? Ellos también portaban armas.

Juanma, como no, tenía la Z. Pensé en voz alta.

—No solo tengo que preocuparme de lo que tenemos fuera, sino que también tengo que preocuparme de estos tres payasos.

Que Dios nos coja confesados. —Velasco apareció en la sala de monitores, le puse al día.

Est aba sobrepasado por la situación, pero entendió que teníamos que hacer algo.

​ —Quizás deberíamos ponernos en contacto con ellos… —Señalaba con la mano hacia afuera. —…para saber que quieren ¿qué opinas? —

Yo no era muy ducho en negociaciones ya que, de eso, se solía encargar Vicky o alguno de los que se encontraba en el equipo de mando. —Si tú te ves capaz… podemos intentar hablar con ellos, pero las comunicaciones no funcionan, y no creo que salir con una banderita blanca sea buena idea. —

​ —¿Puedo decir algo? —Interrumpió Anabel.

​ —Si, claro ¿qué ocurre? —La respondí. Pero Rafael apareció deambulando, conmocionado, pensativo.

​ —¡HUGO! Ha ocurrido una cosa muy extraña. —

​ Me giré hacia la puerta de entrada por la cual hacía su aparición. Realmente traía mala cara. —¿Solo una cosa? ¿Qué ocurre? ¿Qué te han dicho los prisioneros? —

​ —Palabras textuales, pues los dos han coincidido, y ha sido lo único que han dicho. “ No tenéis ninguna oportunidad. Los demonios del pasado no dejan heridos, solo… muerte. ” —

​ No entendía nada. Mis demonios eran muy fuertes, pero era imposible que se refiriesen a ellos. —¿Que cojones querrán decir con eso? —Y tras unos segundos de silencio, y mientras continuaba mirando los monitores, Anabel dijo…

​ —Hugo… —

​ —Si, perdona, dime. —

​ —Verás. Los comunicadores funcionan con frecuencias de radio, algunas abiertas y otras codificadas ¿cierto? —

​ —Ya sé por dónde vas. —Le dije inmediatamente mientras volvía a clavar la vista en los monitores.

Estaba viendo algo que no me gustaba nada.

—¡Hazlo, coged los intercoms de los soldados!

y busca que puede ser tan importante como para que ocurra esto.

—Con las mismas, salí corriendo hacia el piso inferior, pero Anabel me detuvo en el quicio de la puerta con una voz.

​ —¡HUGO! —

​ Me giré rápido, pues me estaba urgiendo el bajar a la planta principal —¿Qué? —

​ —Lo siento mucho. —

​ —Menos mal que no habías leído casi nada ¿no? —Me volteé nuevamente y salí disparado hasta la planta baja. Esas disculpas no me servían de nada en ese momento.