Sin cabos sueltos (Hostes 1) 8 #3
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​ Nos pusimos manos a la obra. Ya teníamos todo preparado y solo faltaba un detonador.

Una manera de que el explosivo se activara cuando alguien abriera las puertas.

En ese momento, desde el piso superior se escuchó un grito —¡AGACHAOS!

—Nos quedamos petrificados, con dos bombas caseras entre las manos, cuando comenzamos a escuchar las primeras salvas.

Sin pensarlo, nos tiramos en el suelo y tratamos de arrastrarnos fuera del hall principal.

Cientos de proyectiles comenzaron a golpear las paredes y a atravesar los enormes ventanales ocultos tras unos enormes vinilos que emulaban un bosque y unos cervatillos que tenían los cristales filmados.

Esos cristales no eran blindados, ni mucho menos, y las persianas, que habían bajado las dos mujeres portuguesas, lo único que hacían, era bloquear la visión del interior.

El acuario del mostrador estalló en mil pedazos, desperdigando cristales, agua y peces por todo el suelo del hall.

Se jodió el pasatiempo de Jaimito. Ese era un movimiento temerario.

Quieren matar todo lo que haya vivo en la planta baja.

Tras unos segundos, que parecieron una eternidad, descendió la cadencia de los disparos hasta detenerse.

Rafael se asomó por la escalera y grito.

​ —¿ESTAIS VIVOS? ¡ACABAN DE APARECER UN MONTÓN DE TIOS DE NEGRO, SE HAN PARADO A 20 METROS Y HAN COMENZADO A DISPARAR! SE VEN DESDE LA VENTANA. —

​ El plan para las botellas había cambiado, no iban a proteger las entradas. Algo estaba ocurriendo fuera. Estaban preparando una entrada, estaba seguro. —¿VEIS DESDE ARRIBA POR DONDE VIENEN? —

​ —ESPERA… —Contestó Rafa. —DICE ANABEL QUE HAY DOS, PEGADOS JUNTO A LA PUERTA PRINCIPAL. QUE TIENEN UN… ¿QUE? …VALE. QUE ESTAN CON UNA ESPECIE DE MAQUINA GIGANTE Y ALGO EN LAS MANOS. —

​ Miro a Velasco muy fijamente. —Van a intentar reventar la puerta.

¡Enciende las cerillas! —Era un buen momento para saber si lo que teníamos entre manos funcionaría.

Busqué algo que pudiera arder y encontré unos panfletos informativos que hablaban de los posibles riesgos laborales que pueden tener los funcionarios públicos.

“JA, JA, seguro que esto no viene”, pensé.

Los enrollé e introduje dentro de una de las botellas y se los acerqué a Velasco para que los prendiera con las cerillas.

Otra ráfaga de disparos comenzaba a golpear el edificio.

​ —En cuanto te lo diga, abres la puerta principal. —

​ —¿Estás loco? —Dijo Velasco.

​ Estaban intentando mitigar el ruido del compresor con las ráfagas de balas que golpeaban contra la pared y estallaban los cristales.

Distraer la atención. —Abre, YA. —El oficial dudó un instante, pero al ver que el fuego estaba llegando a la parte superior de la botella, la abrió durante un segundo.

Tiempo más que suficiente para que me diera opción a soltar la botella junto al compresor.

Tras unos segundos de incertidumbre el repique que producían los proyectiles cesó, y una explosión retumbó en el exterior haciendo vibrar levemente la puerta.

​ —¡AbrE OTRA VEZ! —

​ —¿Qué cojones…? ¿Para qué? —

​ —¡Para cazar! —El oficial, ni en sus peores pesadillas, se esperaba nada de lo que estaba ocurriendo.

Ya tenía cierto recelo, y miraba con el ceño fruncido cuando hablaba, pero cuando dije lo de la caza…

sus ojos se miraron como tuvieran delante a un psicópata.

No obstante, no le di tiempo para pensar.

—YA. —Nuevamente se abrió la puerta y allí estaban, tirados en el suelo, retorciéndose, dos individuos con uniforme táctico de color negro, casco, chaleco antibalas, verdugo en su cabeza para tapar su rostro, subfusiles MZ—300 y sendas Glock en sus fundas.

Continuaban las descargas, pero estábamos parapetados con el compresor que habían estado utilizando.

Un aparato blanco y rojo de una altura de un metro por metro y medio de largo.

Los arrastramos al interior, por los pies, y les retiramos las armas.

Cuando se dieron cuenta de lo que ocurría, intentaron desenfundar sus Glock´s, pero no las encontraron.

Al tiempo, se vieron tirados en el suelo del interior del edificio al que querían acceder, con un fuerte dolor de cabeza y encañonados con sus propias pistolas.

Cerramos nuevamente la puerta principal, bloqueándola con todo lo que pudimos.

Bancos, mesas… Los engri lletamos, no opusieron mucha resistencia pues todavía estaban bastante aturdidos, y los subimos a la planta superior, a una de esas habitaciones que llevaban vacías cuarenta años.

Eran soldados, sí, pero estaban nerviosos y todavía noqueados.

Les quitamos las ropas y desconectamos sus transmisores, por si los activaban a distancia.

Velasco tardó un poco, pero finalmente, entendió a lo que me refería con lo de cazar.

Le quitó los cascos y parte de su equipo.

A excepción del chaleco antibalas, el resto era mejor que mi equipo actual.

Era equipo de última generación. Casco con visor nocturno, varios cargadores para sendas armas…

la caza había sido productiva. Ahora tocaba saber quiénes eran y que cojones querían de nosotros.

​ —Perdonad, tenemos buenas noticias. —Anabel entró en la habitación y vio a los dos hombres semidesnudos. No se inmutó. Desconozco si por la situación de estrés o porque no era la primera vez que veía a dos hombres juntos y en paños menores. Rafa entró detrás.

​ —Joder, Velasco ¿ya estás con tus juegos raros? Como te gusta tener hombres desnudos a tus pies, Jajajaja. —

​ —Envidioso. —El humor era bueno, y en este tipo de circunstancias más. Era sanador, curativo, como un soplo de aire fresco.

​ —Dime. —Le inquirí a Anabel. Los soldados la miraban, trataban de levantarse, pero Rafa los volvió a sentar de un empujón.

Con los dos pulgares hacia arriba dijo —Monitores On—line.

—Perfecto, por fin algo sale bien. —Pero…

—Mierda, siempre hay un pero. —Pero lo que se ve…

no es tan bonito como el atardecer que se veía antes. —