8 #2
Me detuve en la sala de monitores, todos seguían igual.
Un maravilloso y perfecto atardecer veraniego.
Todo era calma y tranquilidad, nada fuera de lo común.
—Nada, las cámaras son inútiles. —La grabación seguía repitiéndose.
—Ya no se molestan en actualizar el patrón de tiempo.
Solo quieren que veamos lo que ellos quieren.
—Me encontré hablando solo. —Creo que necesito azúcar.
—Me gire para ir a la máquina de comida prefabricada, snacks y bebidas.
La verdad era que, quedaban cuatro cosas.
Los zumos que había no me entusiasmaban mucho, así que decidí sacar un pseudo refresco de naranja de una marca rara, que no conocía, pero era de lo poco que quedaba.
La otra máquina tampoco era que estuviera muy boyante.
No había mucha variedad. —Tendrán que reponerla otra vez…
no hay cacahuetes… Que putada. —Mi mirada se dirigió sin querer al cuadro de conexiones y fusibles que estaba junto a las expendedoras.
La caja, de un color gris metálico, toda cubierta de polvo, tenía un par de folios fijados con celo, semi despegados.
—Para que limpiarlo ¿verdad? Si esto no se usa nunca.
—Podía perfectamente escribir con el dedo, sobre la tapa, “Hugo estuvo aquí”, y permanecería ahí eternamente.
Una risilla floja, al pensarlo, se dibujó en mi cara.
Pero de repente, algo llamo mi atención.
Parecía una pequeña huella. Alguien había tenido la misma idea de perpetuar su esencia en el lugar de por vida.
—Jajaja, pues yo también voy a poner la mía.
—Continuaba hablando solo. Quizás, era la manera que tenía de evadirme de la realidad que estaba sucediendo.
Nada más rozar la puerta, esta hizo ademan de abrirse.
Estaba floja, suelta, abierta, no estaba cerrada.
—Esta puerta debería estar cerrada con llave de cilindro.
—La abrí del todo y aparentemente, todo estaba correcto.
El router estaba encendido, conectado, los leds de conexión parpadeaban, pero nosotros no teníamos conexión en este momento.
Una pequeña muesca, en la parte inferior de la caja, rompía la integridad de la mism a.
A la altura del bulón de cierre inferior, similar a la que hubiera producido la punta de un destornillador.
—Que extraño. —Volví a cerrar la puerta y leí los papeles que se encontraban pegados en el exterior del cajón.
—¡Joder! —Mi mirada se perdía ahora entre la caja de telecomunicaciones y la máquina de comida, al igual que mis pensamientos.
Aquí no debe de entrar nadie que no… A parte de nosotros, aquí entró alguien…
la máquina de comidas estaba vacía, pero había que reponerla con…
—EL REPONEDOR VINO AYER. —A la carrera llegué al piso superior, busqué a Velasco, estaba en la torre que Anabel y Rafa habían elegido para montar su particular centro de mando.
—LAS MÁQUINAS DE COMIDA ESTAN VACIAS. —Les dije.
—¿Qué? —Dijeron ellos.
—Las máquinas están vacías. Ayer vino el reponedor. ¡No las ha cargado! —
—Yo también tengo hambre, pero creo que no es momento de… —
—¡EL REPONEDOR DEL VENDING DEL SÓTANO NO ERA EL VERDADERO REPONEDOR! ¡ÉL HA SIDO QUIEN HA HACKEADO A LAS CÁMARAS! —
—¿Qué? ¿Como estás tan seguro? A lo mejor el repartidor vino solo a… —
—Si ¿a ver lo limpias que estaban? O lo ricas que estaban las patatas fritas ¿no? —
—Vale el repartidor tiene acceso a las máquinas de patatas fritas. Pero ¿cómo ha hackeado las cámaras? —
—El cuadro de conexiones está justo pegado a las máquinas, y está apalancado, muy poco, casi no se ve, pero lo está.
Y la nota que dice: “CUIDADO AL AbrIR. LOS CODIGOS DEL ROUTER ESTÁN EN EL INTERIOR. IMPORTANTE QUE NO SE PIERDAN” es muy sutil.
Casi un jeroglífico diría yo. Habría que ser el puto Indiana Jones para descifrarlo ¿verdad? —
Velasco estaba ojiplático. —¡EL PUTO ANTUNEZ LO PUSO AHÍ! ¡Claro! No se fiaba de ninguno para que los guardasen, y para que no se le perdieran a él, dijo que el mejor sitio para guardarlos y que no se extraviaran era allí. —
—Si. Inteligencia supina elevada a la máxima potencia, ¡pedazo de subnormal!
—Estaba muerto, y dicen que, por superstición o por educación, de los muertos no se debe hablar mal.
Afortunadamente, yo no era supersticioso y la educación la entendía de otra manera.
Nunca me cayó bien. Me parecía un inútil simplón con mando. El tiempo me dio la razón.
Anabel seguía conectando cables. Rafael y ella se habían hecho con tres torres, seis monitores, varias regletas y cable, mucho cable de red.
Tenía otros dos ordenadores desmontados.
Aquello parecía un quirófano informático.
Estaba muy concentrada cuando conectó la última regleta y, con un leve destello, se iluminaron los seis monitores.
Un icono de carga se veía en ellos, los ventiladores de las torres comenzaron a trabajar. Aquello se ponía en marcha.
Rafa, que escuchó la conversación le dijo… —Anabel, si recuperamos el control del enrutador podríamos… —
—…Volver a tener control de las cámaras y, a lo mejor, volvemos a tener internet.
—Se dirigió ahora a Velasco y a mí. —Las señales inalámbricas y wifi no van a funcionar.
El inhibidor parece ser muy fuerte, solo tendremos señal por cable.
Intentaré conectar el teléfono e internet por la antigua fibra, pero si han cortado los cables… no habrá nada que hacer. —
—Las cámaras sería un buen comienzo y un puntazo.
Haz lo que puedas. —Esperaba tomar la delantera a los que nos tenían cercados de alguna manera y retomar el control de las cámaras sería un pequeño éxito.
Sin pensárselo dos veces, se sentó frente a los monitores y comenzó a trabajar.
Rafael vigilaba lo que aparecía en un par de monitores mientras Anabel tecleaba a una velocidad endemoniadamente rápida.
—He bloqueado las ventanas, como he podido, con los palos. ¿Qué me he perdido? —El Oficial acababa de subir de la planta principal. Tras explicarle lo que descubrí en el router principal, necesitaba continuar con la seguridad del edificio.
—Ayúdame Velasco, voy a hacer un par de explosivos.
—Pude ver en su cara un leve atisbo de miedo, pero no dijo nada y, a pies juntillas, me siguió a la planta baja otra vez, donde se colocó de rodillas junto a mí y comenzamos a mezclar y manipular los elementos que cogí del sótano.
—Hay que asegurar la puerta principal y la que da al garaje.
Los mangos de las escobas son una muy leve disuasión ya que si quieren entran, entrarán. —
—¿Tampoco me vas a explicar esto? —
—¿El qué? —Le dije.
Señalando con ambas manos, palmas hacia arriba, y cara de obviedad, señalaba las botellas del suelo.
—¡No! —Dije taxativamente.
—Pero… —Se merecía una explicación más que nadie, pero si le contaba todo, seguramente dejase de confiar en mí. Un precedente tan desastroso no era oportuno contarlo en una situación así.
—¡Vale! Digamos que he jugado mucho a la Xbox y he visto muchas películas de Jason Statham. —Me miró fijamente. Eso no era explicación. Más bien parecía una burla hacia su inteligencia. Con voz comprensiva le dije… —Se que es mucho pedir, pero solo… confía en mí. —