Sin cabos sueltos (Hostes 1) 8
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​ De pie, colocando la pernera en mi pierna derecha, me quedé ligeramente paralizado, miraba fijamente el chaleco.

Todavía tenía el parche de mi Grupo Operativo con una pequeña mancha roja en la esquina superior izquierda.

Era una mancha que no se quitaba. Era una mancha que me recordaba lo cruda que podía ser la vida y lo que acarrea liderar un equipo.

Era sangre de mi hermano. Era la sangre de Adán, que llevaba junto a mí y no quería olvidar.

Acababa de entrar nuevamente en un trance que me llevaba donde no quería ir.

​ —Hugo, deberíamos… ¡JODER! ¿Pero tú que tienes ahí? —Velasco echó una ojeada desde su taquilla a la mía. —¿Pero tú como cojones tienes todo eso? —Era la segunda vez que me sacaban de mi estado de hipnosis en pocos minutos.

​ —Si salimos de esta, a lo mejor te lo cuento.

—Era hora de volver a ponerme el uniforme que tantas alegrías y tantas penas me dio.

Me quité la camisa del uniforme de analista, nada práctica.

Mi torso desnudo reflejaba el mal año que había pasado y que, si bien estaba intentado recuperarse, todavía no se había vuelto a esculpir del todo.

Me embutí en la táctica, que todavía me quedaba un poco grande.

Coloqué la placa trasera del chaleco, cerré el velcro y le quité el parche que rezaba, en letras reflectantes, la palabra Policía.

Le coloqué uno muy similar, pero de baja visibilidad.

Coloqué la placa delantera, y me lo ajusté.

Me abroché el cinturón, asiéndome firmemente la pernera y cambié mi arma de la funda de uniforme a la pierna.

Abroché mi casco, enganché en el cinturón el IFAK y cerré la taquilla.

Comprobé que tenía bala en la recamara. Estaba preparado.

​ El oficial y yo nos dirigimos al cuarto de la limpieza.

Busqué desatascador de tuberías, botellas de amoniaco y todos los palos de fregona y escoba posibles.

Estos últimos se los llevo Velasco para bloquear las puertas de la planta baja.

No ofrecerían mucha resistencia, pero bloquearían lo suficiente sirviendo de alarma improvisada.

Yo seguía buscando materiales. Me fui a la pequeña cocina que teníamos, donde cogí botellas de plástico vacías, papel de aluminio, y unas cerillas.

En el baño, cogí un champú, orgánico, cabello graso y con aroma de azahar, no sé de quien sería.

Con todo ello, Victoria me enseñó a hacer unos buenos petardos con retardante para asustar a los Tangos, y si se te iba un poquito la mano con el amoníaco y el papel de aluminio…

tenías una onda expansiva bastante interesante. A Adán le encantaba.

​ Cuando volvía en dirección a las escaleras, y mientras pasaba frente a los vestuarios, cargado con todo el material, pude ver a dos de los tres personajes que fueron a por armas.

​ —¿Habéis encontrado algo útil? —Le dije a Ignacio.

​ —Para ti no… ¡JODER! Pero tú de donde has sacado…

—Se quedó mirándome con cara de deseo. De deseo matarte y quitarte lo que llevas puesto.

Ojalá lo hubiera intentado. Se miraba y se daba cuenta que estaba haciendo el ridículo pues ya no llevaba dos chalecos, llevaba tres y una cazadora.

No quiero ni imaginar lo incomodo que tenía que estar, sin contar con el calor que debía estar pasando. Ya le pondré las pilas después.

​ —Subid todo lo que tengáis arriba, y buscad algo de comida. Rápido. —

​ —¡QUE TÚ A MÍ NO ME DAS ÓRDENES! Te lo dije arriba y te lo vuelvo a repetir. —Me miró fijamente con una valentía fingida, y tras levantarme la voz para sentirse más poderoso cambió de tono, esta vez, un poco más amenazante e irreverente. —No creo que acabe la noche sin que te pegue un tiro. —

​ —Pero mira este. Tú, puto flipáo, de donde has…

—Juan Manuel, ante la valentía que da el efecto manada, quiso hacerse notar.

Esta vez no contaba con tres cosas. La primera, su protector no estaba ya que le habían pegado un tiro en la cabeza hacía unos minutos.

Dos, no era una situación normal y la violencia podía estar perfectamente justificada, máxime cuando me acaban de amenazar con acabar con mi vida.

Estaba claro que estos iban a pisotear a quien fuera necesario para no morir ellos, hacerse con más chalecos o más armas.

Y tres, me tenían hasta los huevos, Juanito, Jorgito y Jaimito.

Mientras seguían con su perorata, dejé la carga lentamente en el suelo.

Juan Manuel apenas se enteró de mis movimientos, únicamente lo hizo cuando desenfundé la HK con mi mano diestra y le puse la boca del cañón en la sien, cuando Ignacio, a escaso metro y medio, quiso moverse, se encontró con que, sobre su cuello poblado por una barba descuidada, tenía la hoja de un karambit negro y bastante afilado que le apretaba la nuez, sujeto por mi siniestra.

​ Con toda la serenidad que me daba la experiencia de haber estado en cientos de situaciones complicadas, dije…

—A vo sotros dos parece que os sobra lengua para hablar de mí.

—Hice una pausa dramática, ellos no daban crédito a como se había dado la vuelta la situación.

—Que sepáis que os faltan muchos huevos para ser como yo.

No sabéis ni quien soy ni lo que puedo hacer.

—Comencé a notar un hedor ácido y desagradable.

Juanma se había orinado encima. Me estaba cobrando todas las faltas de respeto y salidas de tono que durante meses había tenido que soportar mientras “Donald” cuidaba de sus “sobrinos”.

Ese puto peloteo a los jefes, con el que se creían superiores a todo el mundo, se acabó.

Esta había sido la gota que colmaba el vaso.

​ —¿Pero… que… haces… tío? —

​ Juan Manuel estaba empezando a sollozar.

Si amartillaba el arma, lloraría, se desmayaría o se cagaría.

La verdad, es que sería una buena apuesta el ver qué ocurriría.

—¡Sois unos pelotas, malos policías y malas personas!

Egoístas que son capaces de ponerse tres chalecos antibalas y dejar a compañeros suyos sin ninguno.

¿De qué os valen ahora los chalecos? —El nauseabundo olor era cada vez era más intenso.

El cerco oscurecido, en el tiro de su pantalón, indicaba que Ignacio también se había meado encima.

Perfecto, último giro de tuerca. Amartillé el arma de mi mano derecha, apreté contra el cuello la de mi mano izquierda.

Y en un tono muy suave, muy bajito, prácticamente un murmullo apenas perceptible, pero suficiente para que ambos me escuchasen, les dije, —no volváis a tocarme los cojones, nunca ¿habéis entendido?

—Con un gesto rápido de sus cabezas dejaron claro que lo habían entendido perfectamente.

Con la misma rapidez con que desenfundé y saqué el karambit de la parte trasera de mi cinturón, enfundé ambas armas, recogí la carga y salí del vestuario.

Juanma se derrumbó de rodillas, acongojado y meado.

Ignacio se dio la vuelta y comenzó a quitarse los chalecos, temblando ligeramente, con una mirada de reojo, sin perderme de vista hasta que abandoné la sala.

En el umbral, y antes de continuar, les volví a susurrar.

—Recoged todo, repartirlo con los de arriba.

—Y ya fuera, en el pasillo, les grité. —¡Y DAROS PRISA! —