Sin cabos sueltos (Hostes 1) 7
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​ ¿Qué era lo que estaba ocurriendo? En estos momentos, la persona con más rango en el edificio era Velasco, oficial.

El problema es que no tenía mucha experiencia en este tipo de situaciones.

Bueno, mucha no, ninguna. En el pasillo donde se encontraba todo el personal agazapado comenzamos un pequeño briefing, necesario para poner a todo el personal a salvo, o por lo menos, para que no murieran en los próximos minutos.

​ —Tenemos que hacer algo, hay que llamar a… alguien ahí fuera. Necesitamos que venga… la Guardia Civil, o mejor, el ejército. Hay que… —Velasco lo intentaba, pero no concretaba. Hablé con fingida autoridad pues no tenía mando alguno sobre nadie allí.

​ —Con todos los respetos, oficial, lo primero es ponernos a cubierto. Deberíamos de ir arriba, a alguna sala que no tuviera ventanas. Blindar las puertas, conseguir armas o algo para defendernos en caso de que entren, y necesitamos ponernos en contacto con el exterior. —

​ —Si, lo que he dicho. —Dijo Velasco.

​ —Hay que saber por qué está pasando esto. Quienes son y que cojones quieren. —Estaba tomando el control de forma indirecta y con la aquiescencia involuntaria de Velasco.

​ —¡Si! eso. —

​ —Rafa ¿cómo estás? ¿qué tal la cabeza? —La mirada se me desvió hacia la sangre que regaba su rostro.

​ —Mal, la siento como si me fuera a estallar. —Dijo, mientras se sujetaba la cabeza con ambas manos.

​ Los allí presentes, en el pasillo, y con visible nerviosismo, no nos quitaban ojo, pues ellos estaban sentados y nosotros estábamos en pie.

El ambiente era muy tenso, la gente estaba muy nerviosa, algunos continuaban sollozando por el miedo.

Había que hacer algo. Me acerqué al oído de Velasco y le susurré.

​ —Hay que decirle al personal lo que está ocurriendo, y decirles lo que tienen que hacer. Yo voy a buscar algo para bloquear puertas y ventanas. —

​ En ese momento, Ignacio se puso de pie, se adelantó por el pasillo, pues estaba en el fondo del mismo, junto a la puerta de acceso al garaje, con sus dos inseparables compañeros.

Intuía que estaban estudiando huir por allí, pero en cuanto me vio hablando en susurros con el oficial, desenfundó su arma reglamentaria y, a voz en grito, trató de imponerse en la escena.

​ —¡QUE COJONES ESTÁ PASANDO AQUI! —Inmediatamente después se unieron a la fiesta Antonio y Juan Manuel.

Ambos con una HK USP Compact en la mano, sus armas de dotación, y demostrando sus nefastas habilidades con ellas pues encararon las mismas al suelo, o, mejor dicho, a parte de los trabajadores del edificio.

Instintivamente agarré la empuñadura de la mía, por lo que pudiera ocurrir, y antes de que fuera necesario desenfundar, Velasco, el Oficial, se me adelantó.

​ —¡QUEREIS GUARDAR ESO? PATANES. VAIS A MATAR A ALGUIEN.

Y TÚ, JUANMA, SI NUNCA TIENES BALAS EN LA PISTOLA ¡DEJA DE HACER EL IMBECIL!

—Dejando en ridículo a “Jaimito”, que inmediatamente bajó el arma y la guardo torpemente en su funda, Velasco comenzó a ejercer como jefe accidental asumiendo el control y alzando el tono.

Con voz de mando, interpeló a los que estábamos allí.

—VEAMOS, COMO OS EXPLICO ESTO. ALGUIEN ESTÁ RODEANDO EL EDIFICIO.

NO SABEMOS QUIENES SON Y NO SABEMOS QUE QUIEREN.

HASTA QUE SEPAMOS MÁS SOLO PODEMOS ESPERAR ¿DE ACUERDO?

VAMOS A IR AGACHADOS HASTA EL PISO DE ARRIBA.

NOS REUNIREMOS EN EL SALÓN DE LA VIVIENDA QUE HAY A LA IZQUIERDA, EN LA PRIMERA PLANTA.

IMPORTANTE, NO OS ASOMEIS A LAS VENTANAS. —

​ Sabiendo que tenía todo el permiso para hablar, y aunque no lo tuviera, tenía que hacerlo, necesitaba hacer lo que sabía hacer, organizar a los activos.

​ —Velasco, con permiso. —

​ —Si, dale. —

​ —Necesito a alguien que baje las persianas de los despachos. Todas, no puede quedar ninguna sin bajar. Tenemos que dejarlos sin visual interior. Necesito a alguien que me acompañe al cuarto de la limpieza, y necesi… —

​ —¡QUIEN COJONES TE HA PUESTO A TI AL MANDO! —

​ —¡TU, CALLATE! DE MOMENTO HA EVITADO QUE LE PEGUEN UN TIRO A TRES PERSONAS, INCLUYENDOME A MI. QUE HAS HECHO TU, APARTE DE HACER EL INDIO CON UN ARMA SIN BALAS. —Sabía que Velasco tenía odio a Juan Manuel, y que mejor ocasión para dejarlo en evidencia que esa. Continué.

​ —…y necesito a dos más que busquen algo con lo que podamos defendernos en caso de que entren. Todo lo que haya. Cualquier tipo de arma. —

​ —YO, ANTONIO Y JUANMA VAMOS A BUSCAR LAS ARMAS. —Se dice

Antonio, Juanma y yo, pedazo de zoquete ignorante. Y con las mismas, y sin dar opción alguna a réplica, salieron a la carrera, hacia las escaleras que bajaban a las habitaciones de la planta inferior.

​ —¿Yo puedo ir contigo? —Reconocí esa vocecita entre el grupo, era Anabel.

Me acerqué a ella y en voz baja, casi un susurro, le indiqué.

—Para ti tengo otra misión más importante.

Quiero que cojas todo el equipo que necesites, que alguien te ayude.

Necesito que subas a una de las torres del edificio, y trates de hacer

todo lo posible para comunicarnos con el exterior. —

​ —Pero yo no sé, soy nueva… no sé si podré. —Titubeó.

​ —Si supiera que no puedes no te lo hubiera pedido.

Creí entender que te gustaban los ordenadores ¿verdad?

pues haz todo lo posible. Nuestra vida… la de todos, depende de ti y de que puedas conseguirnos una conexión exterior, así que…

sin presión. —Traté de suavizar la petición mostrando una sonrisa de corazón.

​ —Lo… intentaré, pero arriba no hay conexión, necesitaré un montón de cable hasta… —

​ —Anabel… ¡lo que necesites! —Requerí la atención de Rafael, al que le seguían sangrando las heridas.

—Rafa, tu llevas aquí más tiempo que nosotros.

Se que estás herido así que no te quiero, de primeras, en primera línea.

Además, también controlas algo de informática, así que aquí abajo no haces nada.

¿Puedes ayudar a Anabel en lo que necesite? —

​ —Solo tiene que pedirlo. ¿Que necesitas? —

​ —Ni que decir tiene que es prioritario que contactemos con alguien en el exterior ¿de acuerdo? —

​ —Ok. —Asintieron los dos al unísono, y acto seguido, se dirigieron hacia el despacho de Miguel. Allí se encontraba guardado el material informático más actualizado del edificio.

​ —¡Rafa! —Le detuve. Me acerqué a él y en un susurro, al oído, le dije —Carga el arma y estate preparado.

Puede que tengamos problemas aquí dentro.

Protege a Anabel. Necesitamos esas conexiones.

Que nadie… —Hice hincapié en el nadie. —…

nadie trate de evitarlo. Y procurad recuperar la imagen de las cámaras.

Decidme cualquier cosa que necesitéis. —Pulgar arriba y, t ras asentir, volvió corriendo con Anabel.

Nuevamente, me dirigí al personal que permanecía sentado en el corredor.

—Algunos tienen que bloquear las ventanas del piso superior, intentad mirar por las ventanas, disimuladamente, y que no os vean.

Que no os pase lo mismo que le ha pasado a Miguel, y si hay algún cambio o veis algo raro, informadme a mi o a Velasco. —

​ Dos mujeres, tan iguales que me parecía estar viendo doble, se levantaron del suelo.

Una de ellas levantó las dos manos. —Desculpe, nós tratamos das janelas e podemos dizer—lhe onde esta tudo por aqui.

—Vestían un delantal amarillo, por lo que deduje que se trataban de las mujeres que ejercían de limpiadoras del edificio, y por el idioma… portuguesas.

​ —Lo siento, pero no… falo… uff. ¿Hay alguien que me pueda traducir, por favor? —Una de ellas, la más joven, se prestó a la traducción.

​ —Discúlpenos, es mi madre y solo habla portugués.

—Bajo el tono de voz y comenzó a reprocharle algo, pero le dio igual.

La mujer más mayor impuso su carácter y veteranía y no le quedó más remedio que traducir.

—Verá, mi madre dice que nosotras nos encargamos de bajar las persianas de la planta baja.

También me dice que, aquí tiene la llave del cuarto de la limpieza.

Está en la planta de abajo, junto al de las cámaras. —

​ —Muchas gracias. —Me acerqué y me alargó la mano con la llave.

​ —Boa sorte. —

​ —Gracias. —Noté un apretón en la mano casi maternal, como si estuviera deseándome realmente buena suerte. —Por favor, tengan mucho cuidado, y cuando terminen, suban arriba y protéjanse. No se asomen a las ventanas. —

​ Todos los “valientes” salieron corriendo al piso superior, a excepción de las dos mujeres, que se separaron.

Cada una a un pasillo, y comenzaron, uno a uno, a entrar en los despachos, apagar las luces y bajar las persianas.

Realmente, daba que pensar. Que unas civiles tomen esa responsabilidad, frente a supuestos funcionarios…

cualificados y que debían estar preparados para determinadas situaciones…

era digno de mención. La vida siempre tiene la capacidad de sorprendernos, incluso, cuando crees que la primera impresión es la que cuenta.

La realidad es que la verdadera naturaleza de las personas se revela con el tiempo.

​ —Hugo, que vamos a hacer. —Todos estaban haciendo algo, unos más que otros. Velasco seguía a mi lado. El único que permanecía de pie en ese momento, en el pasillo, parado, sin hacer nada, era yo. Me tomé un minuto, cerré los ojos, respiré…

​ —Ahora te lo explico. —Salimos corriendo hacia el sótano, al cuarto de la limpieza. —Vamos a trabajar. —

​ —¿Qué? —No entendía nada.

​ —Nosotros… vamos a proteger la bandera. —