Sin cabos sueltos (Hostes 1) 6
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​ Estaba sentada en una de las tres mesas que había en recepción, tras la barra y la pecera.

Se asustó y dio un respingo, cuando vio a Velasco salir corriendo por el pasillo seguido de Rafael, pero, quizás por vergüenza, quizás por prudencia, no dijo nada.

Yo aparecí escasos dos segundos después y pude ver su cara de sobresalto e incertidumbre.

No entendía nada pues, allí nadie corría por los pasillos.

Era todo tranquilo, muy tranquilo, demasiado tranquilo.

​ —Anabel ¿verdad? —La dije, y salió de su estupor.

​ —Si, Señor. —Me respondió ella. Señor, una sonrisa apareció en mi boca.

Que bien sonaba, pero yo no tenía mando allí.

Me recordó levemente a cuando llegué otrora a mi primer destino en la Policía y a todo lo que se movía, por un pasillo o en un despacho, le decía “a sus órdenes” o “si jefe” tras cuadrarme.

Lo mismo me daba que fuera inspector, comisario, o que fuera la señora de la limpieza.

Había pasado ya mucho tiempo, pero, veía que las manías eran las mismas.

​ —No me digas Señor, que me haces sentir viejo. A mí me puedes tutear. —Intentaba mantener la calma, pues tenía muy presente la situación en la que estábamos.

​ —Gracias. Es que todavía no se… —

​ —Mira… perdona que te corte, pero es importante ¿Hay línea? —La apresuré.

​ —¿Línea? —

​ —Si. Línea, de teléfono, internet… línea ¿hay? —En otro momento hubiera estado encantado de hablar con ella, pero ahora no era el momento.

​ —Pues… no sé, un momento. —Descolgó el teléfono, me miró y negó con la cabeza mientras esperaba que sonara algún tono o señal.

Al mismo tiempo, movió un mouse y, mientras colgaba el teléfono, tecleaba algo en el ordenador.

La verdad es que se la veía bastante espabilada.

—Nada, ni teléfono ni internet. —De verdad ¿nadie más se había dado cuenta de que estamos incomunicados?

​ —¡Tu móvil! —Dije apremiando. —Perdón, tu móvil, mira a ver si tienes línea en tu móvil. —

​ Se dirigió hacia su bolso de mano. Lo tenía perfectamente colocado en el típico perchero metálico de cuatro lados y metro ochenta que preside todas las oficinas.

Me miraba extrañado y, sinceramente, lo entendía.

Tomó, con la mano derecha, su bolso tipo bandolera de PRADA y sacó un IPhone con su mano izquierda, se lo colocó en frente para desbloquearlo con el reconocimiento facial.

—Pues… no tengo cobertura, pero es que últimamente me da proble… —

​ —¿Ha venido alguien hoy o en estos últimos días que no trabajase aquí? ¿O que te diera mala impresión? —

​ —Emmm, en mi turno no. —Nada. Todo normal.

—Bueno, espera, el lunes… Si, el lunes, el hombre que trae las garrafas de agua.

Si a eso te refieres. —Normal. —Y ayer el reponedor de la expendedora de comida.

Le dije que pusiera unos cacahuetes y algún batido más sano, no solo el… —Más de lo mismo. Nada.

​ —Vale. No te preocupes. Intenta enviar un correo al General diciéndole que se ponga en contacto inmediatamente conmigo.

Dile que es muy urgente. Y, por favor, sigue intentándolo hasta que haya línea.

Es de extrema importancia. —Anabel se sentó inmediatamente y se puso a teclear.

La verdad es que sí que parecía eficiente, pero acostumbrado a lo que trabajaba allí…

cualquiera que entendiese una simple orden me parecía un lumbreras.

​ Salí corriendo hasta el otro pasillo, para dar alcance a Velasco y Rafa, pero cuando llegué a la puerta que permitía el acceso al pasillo opuesto del que veníamos, me frené en seco, di la vuelta y miré a Anabel. —Perdona, que se me ha… Gracias. —

​ Me miro asombrada, agradecida, ruborizada. Imaginaba, bueno, sabía por experiencia propia de cinco meses, que ahí, nadie o casi nadie agradecía nada.

​ —No tienes que darlas. —Respondió con lo que reconocí como un esbozo de sonrisa en su boca.

Cambié de dirección y me dirigí, a la carrera, hacia la puerta principal para cerrarla, pero recordé lo que había ocurrido minutos antes en el piso superior con Rafa.

Frené en seco. La puerta principal constaba de una doble puerta de doble hoja.

La primera, la exterior, era una puerta de madera de roble y color marrón topo, maciza y con un blindaje de cinco milímetros muy bien disimulado.

Siempre estaba cerrada, pero en estas fechas, con las temperaturas tan altas como estaban, el jefe de turno había ordenado que se dejara abierta.

Es para ventilar, decía. Viva la seguridad.

La segunda puerta, la interior, era de cristal, un acristalamiento amarillo semi transparente.

Un vitral en el que se intuía un antiguo emblema, harto descolorido, que a nivel de seguridad no aportaba nada, y estéticamente…

tampoco. Tenía que cerrar la puerta como fuera.

​ Mientras tanto, a unos cincuenta metros de allí, Velasco interrumpía la fiesta de cumpleaños de Micky.

Aquel despacho parecía una piscina de esas en las que juegan los niños.

Esas que están llenas de bolas de plástico y millones de colores.

Ese despacho estaba repleto de pelotas. Pero entre ellos, destacaban los tres sobrinos del pato Donald.

​ —Niño, te conservas de puta madre, no parece que tengas los cincuenta y cuatro que cumples. —

​ —Micky, Micky, mañana te traigo un par de peces, para que hagas tus pinitos en el maravilloso arte de los acuarios, jajaja, un regalazo. —

​ —Venga todos, otra vez, CUMPLEAÑOS FEEEEELIIIIIZZZZ, CUMPLE AAAA…—

​ Todo eran palmas y cánticos hasta que Velasco, como Oficial, interrumpió la celebración.

​ —Jefe, necesitamos que venga ¡ya! —El tono era apremiante, urgente, algo importante.

​ —Que pasa chavales, ¿otra sorpresita? ¿Me habéis traído las strippers que pedí?

Que estamos en el trabajo. —Estalló en una grotesca carcajada.

—Venga, descansad un poco y tomad un poco de tarta.

—Rafael apareció justo a la espalda del Oficial.

—Hostias, Rafa, que te ha pasado en la cara ¿te has cortado al afeitarte?

—Era el típico sentido del humor de alguien que se siente superior a todos.

Lo peor de todo era, que los besugos en rededor, respondieron con risas y carcajadas infinitas.

​ —Miguel, necesitamos que salgas ¡YA! —En un tono cortante y tajante, sin florituras, sin un atisbo de respeto o sumisión a un superior, Rafael le cortó la fiesta.

​ A Miguel no le gustaba que cuestionaran su autoridad delante de nadie y menos aún que lo dejasen en ridículo delante de los trabajadores o sus subordinados, como le gustaba llamarlos.

Pero había algo que le gustaba menos, mucho menos, y era que un funcionario inferior en grado, le diera órdenes a él, y si lo hacía en presencia de algún otro, se cabreaba e indignaba más.

Sabiendo que todos los allí presentes estaban con los cinco sentidos puestos en un presunto duelo de mandos, se levantó de su sillón de un salto, y a voz en grito, trató de darse a respetar.

—¡PERO QUE COJONES OS CREEIS! VINIENDO A DARME, A MI, ORDENES.

EN MI DESPACHO. Y DELANTE DE TODO EL MUNDO.

—Se sentía ofendido, retado. Apretó los puños, levantó el brazo derecho y, con su dedo índice, señaló indistintamente a ambos, situados en el —A MI NO ME TENEIS QUE DECIR LO QUE TENGO QUE HACER. ME VAIS A…—

​ El ruido que, posteriormente, hizo la bala al atravesar el cristal y dejar un círculo perfecto en el mismo, quedó totalmente amortiguado, debido al monólogo que se estaba marcando para deleite de todos los acólitos que allí se estaban.

El silbido posterior tampoco lo escucho, pero lo sintió.

Miguel cayó, con un agujero en medio de la cabeza, sobre la mesa de su despacho.

Los palmeros, que se encontraban en primera fila, fueron salpicados por una mezcla de sesada y sangre.

Con cara de terror, los tres sobrinitos no dejaban de mirar la escena, totalmente paralizados.

Comenzaron a estallar los primeros gritos de pavor por todo el despacho.

Velasco, todo lo raudo que le fue posible tras el shock inicial, apago las luces e indicó a todos que salieran del despacho.

Querían llevar a la gente al pasillo, donde no había ventanas, al igual que hicieron, minutos antes, ellos en el piso superior.

Involuntariamente, se hizo dueño de la situación, un caos totalmente descontrolado.

​ Ese tirador fue bastante más inteligente, o bastante más previsor. Dos disparos, uno para fracturar el cristal, el otro, con el vidrio corrupto, sin integridad, sin tensión, sin estructura, sin posibilidad de desviar el proyectil, certero, a la base del cráneo.

​ Entretanto, yo seguía en la entrada, pensando en cómo cerrar la puerta de acceso sin exponerme, cuando comencé a escuchar voces y gritos en la parte del pasillo al cual se habían dirigido Rafael y Velasco.

Entendía que ya le habrían dicho al jefe del turno lo que ocurría, que les habrían hecho caso y que la gente se había puesto un poco nerviosa.

Casi acierto. Dejé el tema de las puertas y me dirigí corriendo hasta la entrada del pasillo para ver que había decidido Miguel, cuando pude ver la cara de pavor que traía el personal.

Presentí que algo había ocurrido y mis neuronas, instintivamente, se pusieron a trabajar a mil por hora, aunque, si bien, con un poco de miedo, recordando lo ocurrido tiempo atrás.

Le costaron unos segundos de leve bloqueo.

Necesitaba… a mi equipo, necesitaba a mis hermanos, necesitaba a mi antigua unidad…

mi cerebro estaba entrando en barrena. Tenía que sacar esos pensamientos de mi cabeza.

Ellos ya no estaban, estaba solo, en una situación de riesgo, inminente, y una de las variables de ese escenario se dirigía, de manera desbocada, hacia mí.

Mucha gente, descontrolada, una avalancha de personas que, recurriendo a sus instintos más primarios, atacar o huir , tratarían de salir de allí, al exterior, donde se encuentra, sin que ellos lo sepan, la amenaza principal, fuera la que fuese, pues mucha pinta de atacar no tenía ninguno.

Estaban en estado de histeria colectiva, psicología de manada.

Apartarme era una opción, la puerta continuaba abierta y yo solo no iba a poder pararlos, si salían al exterior, morirían indiscutiblemente, si me ponía en medio, me iban a aplastar y, probablemente, el que moriría, sería yo.

No podía hacer nada, o eso me decía la lógica, hasta que la imagen de Vicky y Adán apareció, como un flashback, en mis pensamientos, —tú puedes jefe.

—y la de mi hija junto a mi esposa —¡Vamos papi, a por ellos!

—…se acercaban… que rápido corre la gente, o que lento trabaja mi cerebro…

que hago, —Joder, cerebro. FUNCIONAAAA. —De repente…

—contención, bloquear, parar… —Eso es lo que tenía que hacer, distraerles y contener.

Sin darme cuenta, miré a ambos lados en busca de algo que pudiera ser de utilidad.

Cuadros, lámparas de pared, extintores… —Un extintor, eso es.

—Dije para mí. Cogí el extintor y miré a aquella oleada de personas que se dirigían hacia mí.

Extrañamente, se me asemejó a la típica oleada de zombis que se dirigen hacia el protagonista para devorarlo, en las series de pseudoterror que tanto furor hicieron hacía una década en televisión.

Quité la anilla al extintor y solté una descarga, suficiente para frenar al personal, si bien, se pusieron todavía más histéricos.

Al menos, frenaron todos. Tratando de alzar la voz por encima de sus gritos, indiqué que se quedasen quietos y se calmasen.

Cuando sus voces comenzaron a bajar el tono, Rafael, desde la otra punta del pasillo gritó.

​ —HUGO, HAN DISPARADO AQUI TAMBIÉN. HAN DADO A MIGUEL. EN TODA LA CABEZA. —Confirmé lo que más temía, estábamos cercados.

​ —TODOS AGACHADOS, AQUI NO HAY VENTANAS ¡ESPERAD AQUI!

VELASCO, RAFA, TENGO QUE CERRAR LA PUERTA.

—Aún con los gritos levemente atenuados, no dejaron de oírse llantos, protestas y voces de desesperación.

Me acordé de repente de Anabel. Ella estaba en frente de la puerta y no sabía nada.

Me giré para ver donde estaba. Había escuchado todo el alboroto y se estaba asomando por encima del mostrador, cuando dos proyectiles golpearon en el quicio del mismo, produciendo dos pequeños cráteres en el mármol.

—¡AGACHATE! —No sé si fue por mi grito o por los disparos, pero se tiró al suelo a tiempo, escondiéndose entre el mostrador y una de las mesas de recepción.

Si esos proyectiles hubieran ido apenas cuatro milímetros por encima, Anabel habría acabado muy mal su primera semana de trabajo.

Instintivamente eché mano a mi arma que tenía sujeta a la cintura y disparé un par de veces en dirección a la puerta.

No tenía ningún objetivo definido, no obstante, recibimos otros tres disparos, que acertaron a escasos 15 centímetros de mi bota.

Fuera quien fuese, estaba al otro lado. Ahora más que nunca, era imperiosa la necesidad de cerrarla, así que, contraviniendo todo protocolo táctico, salí corriendo desde la puerta del pasillo hasta la puerta de entrada.

Disparé varias veces más mientras corría, dándome el tiempo suficiente para poder, de una fuerte patada, cerrarla con un golpe seco de la madera.

Del otro lado, se escuchó una pequeña ráfaga de disparos contra la misma.

—JODER. —Un poco más lento y todas mis preocupaciones habrían acabado.

No podía arriesgarme tanto, esta vez han fallado por centímetros y un segundo.

​ La puerta, finalmente, estaba cerrada.

Era blindada, por lo que aguantaría algún que otro impacto más.

En mi mente comencé a buscar accesos, primero en planta baja, luego en la superior.

Necesitaba un plan, necesitaba un equipo, necesitaba armas, mi cerebro se estaba desempolvando.

Estaba funcionando como un operativo solitario, solo que esta vez, era yo el que tenía que evitar la incursión, era yo el que tenía que intentar que no entrasen en el edificio, era yo el que protegía “la bandera”, pero…

¿qué era y dónde estaba esa puta bandera?