Sin cabos sueltos (Hostes 1) 5 #3
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º—Escucha Hugo… —Rafa relajó su tono y su expresión que había endurecido en los últimos minutos.

—Esto no es una película de Netflix, tío.

—Mientras Velasco seguía agachado, con rostro pensativo, pero escéptico, Rafael se levantó de golpe.

—¡Joder, esto es una chorrada! Una cosa es escaquearse del trabajo y otra jugar al escondite, jajajaja, y, además, hace años que no subía dos plantas corriendo y me va a dar un infar… —

​ En ese momento, un ruido de cristal fracturado silenció a Rafael de golpe tirándolo al suelo.

Una lluvia estruendosa proveniente de los cristales de la ventana nos cubrió, de golpe, realizando algunos cortes superficiales en la cara de Velasco.

Por las malas, ambos se dieron cuenta de que algo estaba pasando fuera.

Miré enseguida para atrás y pude ver que Rafael estaba en un semi estado de shock intentando incorporarse.

Instintivamente, y como si fuera empujado por un resorte, me abalancé sobre él, fuera del campo de visión que se pudiera tener, desde fuera, por la ventana.

—Callaos, y salid de aquí rápido y en silencio. —

​ —Pero… —

​ —¡Cállate la puta boca y sal de aquí! Arrástrate, sin hacer ruido. —

​ La noche estaba despejada y totalmente estrellada.

Aun así, la oscuridad era ya profunda, el calor del ambiente hacía exudar unas diminutas gotas que humedecían el cuerpo.

Esto me sonaba mucho y no me gustaba nada.

La cicatriz se había cerrado, pero la herida interna permanecía y amenazaba con reabrirse.

No podía ser. Tenía que mantener la calma, cabeza fría, esto sí lo sé hacer, y no voy a dudar, pero no puedo permitir que acabe como la última vez.

​ En la planta de arriba, de una de las dos puertas principales que daban acceso a las antiguas viviendas, salimos de la habitación hasta el rellano del primer piso.

Allí no había ventanas, tres paredes y una escalera de bajada.

Respiré tres veces profundamente. Y sin paños calientes, dije, —¡Nos atacan!

¿Qué puede haber aquí que sea tan importante? —

​ —Pero… ¿Qué cojones está pasando…? ¡casi me vuelan la puta cabeza! —Rafael, todavía en shock y entre susurros, estaba comenzando a recibir la posterior descarga de adrenalina. —CASI ME VUELAN LA… —

​ —LA MADRE QUE ME PARIÓ, HAY QUE DECIRSELO AL GENERAL!

—Velasco, con el teléfono en la mano, y marcación rápida, intentaba contactar con el General Castaño.

—¡JODER, NO HAY SEÑAL! —Lo que estaba pasando era más grave de lo que podía imaginar.

Una situación en la que se estuvieran utilizando inhibidores de señal telefónica, que se disparase a matar sin mediar palabra…

ahora sé qué es lo que era aquella silueta en el límite de las instalaciones Y que desapareció del monitor en un segundo.

No era ningún animal de cuatro patas, era un animal de dos, un francotirador.

Pero aquel monitor estaba dirigido al otro lado de la instalación, el lado opuesto del que había venido el disparo y aquello quería decir que, como mínimo, había dos francos apostados en dos lados.

Ahora faltaba saber si estábamos cercados por los cuatro flancos.

​ —¡Calmaos! —Vuelvo a repetir. —Vosotros lleváis aquí bastante más tiempo que yo. ¿Qué hay aquí que sea tan importante como para que vengan pegando tiros a por ello? —Hablé con toda la calma que podía intentando transmitírsela al resto.

​ —¿Que qué? NI PUTA IDEA, TIO, ME HAN DISPARADO, CASI ME MATAN. —Rafael ya no podía controlar ni los nervios ni la adrenalina. Era normal pues le habían disparado. No le podía pedir calma, pero necesitaba que bajase sus revoluciones.

​ —Tú lo has dicho, casi te matan, pero no lo han hecho, así que cálmate. El tío era bueno, y había contado con el desvío que iba a tomar la bala al romper la tensión de un cristal, pero no contaba con que había doble acristalamiento en la ventana. —

​ —¡PERO TU QUE DICES TIO! QUE CASI ME M… —

​ Rafael volvió a caer al suelo, esta vez debido a la inercia del puñetazo que tuve que darle para calmarlo.

Con un inquisidor dedo índice le advertí que se centrara, y que dejase de gritar.

Velasco me miraba, callado. En principio pensé que era por miedo a que le diera otro golpe como el que había propinado a su compañero, pero pude ver en sus ojos un atisbo de incertidumbre.

No por si le golpearía a él, sino porque no entendía como yo estaba tan calmado, al menos, exteriormente.

​ —¿Tú quién cojones eres? —Me espetó.

​ —Ahora no es buen momento. —

​ —¿Que ahora… que ahora no es un buen momento?

Sabemos que eres un puto novato en la unidad.

Un analista en prácticas, nos dijeron, que viene de la policía Nacional, rebotado.

Que tu aspecto, cuando llegaste, nos hacía especular con que podías estar enganchado a alguna droga o a la bebida, pero eso lo descartamos, porque si fuera algo de eso, no estarías analizando información sensible.

Los borrachos hablan y los adictos más. Eres espabilado y coges las cosas rápidamente, o al menos lo parece.

Reconoces la autoridad de tus superiores y, en principio, no discutes las órdenes.

​ —¿Has terminado ya de psicoanalizarme?

Pues buen trabajo. No has dado ni una, pero buen trabajo.

Ahora, con tu permiso, oficial, debemos bajar, cerrar todas las puertas y ventanas, tratar de ponernos en contacto con el exterior y ver que cojones quieren esos de ahí afuera.

—No le iba a contestar una mierda. De momento no.

Pero le quedó claro que, por lo menos, parecía que sabía lo que hacía

​ —¡Si… si, es lo que deberíamos hacer! —

​ —¿Miguel está en el edificio? —Pregunté.

​ —Creo que sí. —Contestó Velasco.

​ —Hay que informarle. Es el jefe de turno ahora mismo, aunque sea un inútil.

Hay que ver cuánta gente hay en el edificio y, sobre todo…

armas, cuantas armas tenemos y donde están.

Eso es importante pues, una vez que tengamos todo eso, deberíamos de comenzar a formar la defensa del edificio, tratar de contactar con el General Castaño o alguien ahí fuera, e informar de lo que está ocurriendo aquí. —