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— En la actualidad —

​ Realmente, el lugar no era todo lo espléndido que me quiso hacer ver el General Castaño.

En su día, miembro de los boinas verdes del ejército de tierra español y posteriormente mando de estas.

Tras varias misiones, se especializó en inteligencia y antiterrorismo.

Años de lucha contra el terrorismo internacional convenció al Estado Mayor para crear una unidad de tratamiento de datos, con el fin de unificar, de una vez, las solicitudes de información entre todos los países, búsquedas internacionales, detenidos a nivel mundial, tráfico de vehículos…

o, por lo menos, así lo vendió él. No obstante, estaba claro que la información es poder.

Lo más impresionante es que aceptaran la creación de esta unidad.

—Suplimos las carencias del CNI. Esos arrogantes funcionarios.

Nosotros trabajaremos al margen de los políticos.

—decía siempre el General. Posteriormente averiguaría que el CNI estaba más centrado en la seguridad nacional y nosotros…

bueno, solo movíamos datos, peticiones de información, solicitudes…

de ahí extraíamos los datos importantes.

No de lo que preguntaban otros países, sino, de lo que iba intrínseco en la pregunta.

Interesante ¿verdad? Un auténtico coñazo para mí, pero por lo menos me permitía estar activo y a escasos sesenta minutos de mi casa.

La idea era buena, pero estaba claro que la financiación no era suficiente, al fin y al cabo, como en todo, si querías más financiación necesitabas dar los mejores resultados, y bueno, por lo que fuera, parecía que los once años que, supuestamente, llevaba esa organización trabajando, no había dado los resultados esperados.

Pero… ¿Qué resultados esperaban? ¿Qué querían encontrar?

Esa era una de las incógnitas que me asaltaban todos los días.

Mientras tanto, monotonía, aguantar lameculos y añorar mi antigua vida.

—¡Joder! Con lo bueno que yo era. —

Pero, en fin, había que avanzar y no se podía estar, cada minuto, mirando al pasado, había que mirar hacia adelante.

Así que ahí estaba yo. Portugal había preguntado por el paradero de varios ciudadanos de nacionalidad congoleña que, al parecer, tenían algo pendiente en Lisboa.

Pues muy bien, lo importante es saber quiénes son, dónde están, qué han hecho y si, por casualidad, entran en España, tenerlos localizados, pero, a los portugueses únicamente les diremos que no sabíamos nada, pero que les tendríamos informados en caso de alguna novedad.

Políticamente correctos, estratégicamente adelantados a ellos.

Así durante todo el día. Como dijo el General, eran, casi todas, preguntas absurdas del tipo…

¿Dónde están estos tíos? ¿dónde viven los otros?

¿Cuál era la dirección de una matrícula de coche?

… todavía no había llegado ninguna pregunta realmente interesante.

Bueno, realmente, una semana atrás, llegó una solicitud de Holanda en la que pedían la situación financiera en España de un estadounidense, un tal Philip Dunker o algo así.

Realmente no sabía quién era, pero debía ser alguien importante, porque en cuanto tuvieron noticias de la petición y comprobaron que tenía toda la información para enviarla, desapareció el mensaje, la información y la solicitud.

Cuando pregunté me dijeron que reasignaron las peticiones y esa había sido asignada a otro operador.

Casualmente descubrí que quien había enviado la respuesta a Holanda fue Juan Manuel.

La solicitud más compleja que había gestionado hasta la fecha y se llevaba el mérito el más tont o de todos.

Después de quince minutos de reunión con el jefecillo de servicio para pedirle explicaciones y decirle que el análisis de la información de ese tío lo estaba llevando yo, lo único que salió de su boca fue un…

—No te van a dar ninguna medalla por enviar un email, aquí somos un equipo, uno hace una cosa, otro hace otra, relájate, te van a pagar igual a fin de mes.

—Pero cuando le puse las cosas claras y le informé que iba a elevar este caso al General, pude ver como a Micky se le cerraba el culo, y en seguida, hizo todo lo posible para que no se supiera de su incompetencia, ni de la de sus palmeros, en las altas esferas.

Hice hincapié en que especialmente, Juan Manuel, enviara un correo dando explicaciones de quién había gestionado realmente ese correo.

Yo no quería medallas, pero tampoco quería que otorgaran, a un payaso, un mérito que no le correspondía, aunque realmente, el envío de un correo sea insignificante a nivel mundial.

¿O no? Llamó a Juanito, Jorgito y Jaimito y dio instrucciones para que nadie del departamento de análisis se entrometiera en las gestiones de otro analista.

Meras banalidades para demostrar que él mandaba allí.

El General tenía razón cuando dijo aquello de…

—“Algunos de tus compañeros son un poco…

cargantes…—Cargantes, si, por los cojones.

Cargantes es una manera muy sutil de decir que son unos putos inútiles y unos trepas que viven de las rentas del trabajo de los demás.

El problema era que, en este caso, los tres sobrinos del pato Donald habían creado una especie de grupito intocable, y por más que se aprovechaban del trabajo de otros, nadie parecía decir nada.

La tarde del 15 de mayo, mientras me encontraba delante de mí increíblemente actualizado, potente y super silencioso ordenador…

es decir, del cacharro que parecía que iba a explotar en cualquier momento, atendiendo una solicitud de información de Noruega, aparecieron a mi lado Velasco y Rafael.

Solían estar bastante pendientes de mí, cada duda que tenía, ellos, no te nían reparos en explicármela.

Les agradaba ver a alguien con ganas de aprender, pero, sobre todo, a alguien que no le reía las gracias al jefecillo de turno.

He de reconocer que era, una brisa de aire fresco, poder tener conversaciones normales, o lo que para mí eran normales, con alguien allí, bueno, menos cuando comenzaban a hablar de temas agrícolas, cabezas de ganado, piensos, y similares.

Ahí mi cerebro desconectaba, y si me preguntaban algo, simplemente levantaba los hombros en plan…

no tengo ni puta idea de que me estáis hablando, pero será así.

Esa tarde nos tomamos un descanso, bajamos hasta la sala de cámaras, que al mismo tiempo ejercía de sala de descanso y cafetería y allí, mientras nos tomábamos un café, yo los escuchaba hablar.

—Estoy reparando las cercas de la finca donde tengo los caballos… —Los tubos de luz tintinearon durante unos microsegundos.

—¿Has hablado con Matías? el hijo de la concejal del ayuntamiento. Ese trabaja muy bien en el campo y te puede echar una mano. —

—¿Y por qué no te ofreces tú? —Los fluorescentes de la sala volvieron a tintinear, apenas durante un par de segundos.

Estaba centrado en sacarme un café cappuccino de la máquina vending de cafés que teníamos allí, tecla B56, cuando vieron que mi mirada distraída pasó de observar el vaso de café a los focos del techo.

—Esta mierda de instalación eléctrica… el día menos pensado salimos ardiendo. —Dijo Velasco.

—O se nos cae el edificio encima. —Dijo despreocupado Millán.

—No me cambies de tema ¿Por qué no vienes tú a echarme una mano? que somos compañeros tío. Así no me gasto la pasta y a ti con dos cervezas lo tengo apañado.

—Porqué son las fiestas de mi pueblo, y el lunes estaré todavía borracho, Jajajajaja. —

Los tres rompimos en carcajadas. La conversación discurría cada vez por caminos más irreverentes.

Creo que hacía mucho tiempo que no me reía tanto.

Lo notaba en las comisuras de la boca y las mejillas, que me tiraban de la piel, resistiéndose, como si dijeran: este gesto no es nuevo para nosotras, pero hace mucho tiempo que no lo hacíamos ¿cómo era?

Aquello era una sensación agradable, de relajación ¿de alegría?

¿Pudiera ser que el dicho tuviera razón y el tiempo acabara cerrando las heridas, por muy profundas que fueran? ¿Que el tiempo lo curase todo?

Diez minutos de risas que fueron reparadoras, hasta que algo llamó la atención de Rafael en los monitores.

Al principio no le dio ninguna importancia, pero una de las cámaras parecía que estaba captando algo.

Normalmente lo que se veía en esa cámara era una extensión yerma de tierra, con algún arbusto, y un muro casi al borde derecho del mismo, y en el lado izquierdo se veía, o intuía, a lo lejos, el edificio donde nos encontrábamos.

Siempre era lo mismo. Al atardecer, cuando un halo cobrizo bañaba los campos anexos al edificio, era el momento justo en que el software que manejaban las cámaras pasaba de visión diurna a visión nocturna.

Lo curioso era que, algo fuera de común se mostraba hoy.

Realmente tampoco podíamos saber que era, pues parecía una mancha negra a ras del suelo, a unos ciento cincuenta metros del edificio principal.

—¿Y eso…? Una vaca no es. —

—No ¿Puede ser un zorro? ¿Un lobo? incluso un jabalí que está hozando en la tierra. Puede ser cualquier cosa, por la posición… —Fernando y Rafa hacían sus apuestas, sus cábalas, intentando averiguar qué era esa mancha negra.

No se apreciaba bien, pero era algo que antes no estaba. Diría que… metro cincuenta aproximadamente de longitud, bastante más grande que un zorro, y esa no era una posición natural para un lobo. Un jabalí, cuando hocica en la tierra mueve la cabeza, mueve mucho la cabeza, y eso no se movía .

—Mirad, en la carretera. En la cámara siete. ¿Eso no parece… un coche? —