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— Cinco meses antes —

​ ¿Qué pasaría conmigo ahora? Todo salió mal.

Bajo mi mando perdí a buenos policías, buenas personas, buenos amigos.

¿Por negligencia? ¿Por exceso de celo? o ¿por ego?

Quería demostrar que podíamos con todo, que éramos imparables.

¿Cómo fue posible que una simple variable, una simple corazonada, iba a influir en una táctica que llevábamos entrenada, aprendida, mecanizada? Pero todo salió mal.

Toda vez que terminó la catástrofe que fue aquel día, las palabras que salían de mis superiores eran:

—“Enhorabuena” por salvar una “situación especial” —

—“Buen trabajo agente.” —

—“Lamentamos mucho este desastre.” —

—“Usted no se preocupe por nada. Tiene todo nuestro apoyo.” —

Palabras y más palabras, vacías de significado. Vacías de propósitos. Únicamente, quedaban bien con una de las partes.

Una vez concluidos los informes escritos, grabaciones, diligencias judiciales y testificales, tras los funerales de mis hermanos, en los que eran exaltados como auténticos héroes caídos, y las vacías frases de consuelo por parte de las autoridades policiales, gubernamentales, incluso monárquicas, solo cabía hacer una cosa.

Esperar. Esperar a ver qué hacían conmigo, pues fueron semanas interminables.

Meses de, esperar una llamada en la que me comunicarían la imputación por los homicidios, imprudentes o no, de mis compañeros, que me expedientarían por negligencia grave al haber causado la incapacidad de mi unidad, de la expulsión del Cuerpo…

Eran días de incertidumbre. Yo me sentía como un zombi de esos que aparecían en las películas.

Deambulaba por la casa arrastrando los pies y con la mirada perdida en el suelo.

No hablaba, apenas comía, y cada vez que recordaba aquella noche me comenzaban las migrañas.

Yo nunca había tenido un triste dolor de cabeza, ahora tenía que tomar medicamentos prácticamente todos los días, cada seis u ocho horas, para aplacar las jaquecas y los sentimientos de angustia por las reviviscencias y pensamientos incontrolables de aquella noche.

Los recuerdos intrusivos y recurrentes eran cada vez más frecuentes.

En mi cabeza revivía lo ocurrido una y otra vez.

Los flashbacks me asaltaban cada noche y me martirizaba, pensando, que, si hubiera tomado una u otra decisión, el resultado hubiera sido bien diferente.

Ello me empujaba a distanciarme de todo el mundo.

Me sentía a años luz del resto de personas, incluida mi familia.

Mi maravillosa mujer tenía que sufrir mis problemas de memoria, mi ausencia total de emociones positivas, mi incapacidad para hacer un triste café expreso de cápsulas.

Joder ¿que por qué digo “maravillosa”? Porque sin ella, hoy no estaría aquí.

Estoy seguro que, incluso con mi estado de inutilidad premium, habría sido capaz de montar mi Glock 21 particular y acabar con esos dolores de cabeza.

Pero ella… ni un solo día la escuché un solo reproche, una mala contestación o una mala palabra.

Ni una sola mirada de reprobación en sus ojos.

Solo un:

—¡Aquí estoy, tranquilo, cuando quieras contarme lo que pasó… estaré aquí! —

No me pedía nada, no me obligaba a nada, pero estaba ahí. Para cuando yo quisiera hablar. Para cuando quisiera contarle lo ocurrido. Siempre tenía un abrazo, un beso, una caricia o una mirada. Mi salvavidas.

Siete meses de baja y un trastorno de estrés post traumático, diagnosticado por dos médicos de cabecera y el especialista de salud mental del mejor hospital clínico de Madrid, antes de la reincorporación.

Para mí, dos matasanos y un loquero para tratar de arreglarme el coco y convencer a la Inspectora Jefa que llevaba mi caso en Régimen Disciplinario de que, bastante había sufrido ya y que el castigo que me impusiera no iba a ser proporcional al dolor y culpa que pudiera estas sufriendo en ese momento.

El 1 de diciembre, a escondidas, pude oír a mi esposa y mi hija llorando en la habitación.

Fue la primera vez que tomé consciencia de lo que estaba sufriendo mi familia en silencio, y que me amaban tanto, que no me atosigaban en mi recuperación.

Algo tenía que hacer, por ellas. Tomé una decisión.

Utilicé las pocas fuerzas que tenía para ducharme, me afeité y pude ver mi cara en el espejo.

No me reconocía. Había perdido casi 15 kilos, apenas era la sombra de lo que era.

Me acerqué a la habitación, llamé suavemente con unos pequeños toquecitos en la puerta y ambas se giraron hacia ella.

—Cariño… lo… siento. —Laura, mi mujer, me miró atónita.

Me dirigí a mi pequeña princesa. —¡Papá ha vuelto, lo siento mucho mi vida!

—lágrimas de esperanza refulgían en los ojos de ambas.

—Vamos a comer algo fuera, invito yo. Por cierto…

¿Cómo no me habías dicho que estaba tan delgado?

Con lo alto y guapo que era y mira como estoy.

—Unas carcajadas, que hacía tiempo que no escuchaba, resonaron en mis oídos.

Me estaban devolviendo la vida, la ilusión.

Ya todo lo malo que pudiera pasar me daba igual.

Lo que más quería lo estaba perdiendo por mi actitud depresiva y egoísta.

Una situación que ya no dependía de mí, al contrario que mi mujer e hija.

Eran unas carcajadas de ilusión, de esperanza, de vida .

—Papi, ¿podemos ir a comer al Búrguer? —

—Mi vida, vamos al fin del mundo si me lo pidieras. —

Miré a los ojos de mi esposa, solo le pude decir una cosa mientras la miraba.

—Te quiero. —

Ella me respondió con un cálido beso en los labios y un dulce… —¡Bienvenido! —

Cuando abres los ojos y ves el dolor que generas en tus seres queridos o el ambiente que estas creando a tu alrededor, es tiempo de cambiar o desaparecer, y desaparecer no estaba en mi vocabulario, aunque lo hubiera olvidado por un tiempo.

Nunca lo hice antes, cuando vivía para otros, y mucho menos lo iba a hacer ahora que vivo para los míos.

Tenía dudas, claro que sí, pero recordé algo que leí una vez.

“No hay hombre más estúpido que aquel que no alberga dudas”.

Mientras esperaba la resolución final de mi expediente, volví a mis rutinas de ejercicio físico, mental y disciplina férrea de cualquier vida familiar.

Llevar a la niña al colegio, realizar las tareas domésticas, comidas, tiempo con mi esposa, recordar fórmulas matemáticas para explicárselas a Paula, mi pequeña princesa, reuniones con profesores, gimnasio, hacer la compra…

Mi vida volvía a tener sentido. Me sentía cada día más fuerte y mis sentidos volvían a tomar posesión de mi cuerpo con fuerza, cada día más.

Debe ser que hay algo, alguien, una fuerza superior incomprensible para mí, que actúa acorde a cómo te sientes, karma…

destino… Dios… porque mientras miraba a mi hija jugar en el parque…

“Carol of the Bells”, interpretada por Lindsey Stirling, sonaba como tono de llamada en mi teléfono móvil.

—¿Hugo Navarro Grandes? —Una voz grave, con tono serio, firme y que denotaba autoridad, me buscaba al otro lado de la línea, y, por experiencia, cuando te llaman por tu nombre completo… no suele ser buena señal.

—¿Quién es? —pregunto yo con firmeza .

—Digamos que soy un colega suyo que quiere ayudarle. De momento, no necesita saber más. Llevamos tiempo observando su trayectoria y nos preguntábamos… —

—Mire, menos preguntar. Si es una broma no tiene ni puta gracia. Si es periodista no le voy a decir nada, y si es… —

—Sr. Navarro, acabo de hablar con la responsable de su expediente disciplinario.

Parecía algo personal cuando me ha dicho que iban a acusarle de desobediencia grave con consecuencia de muerte, quería echarlo del cuerpo a toda costa.

—Joder, como sabia… —Lo ha archivado a mi orden. También he hablado con su unidad… —

—Disculpe, pero… ¿esto que es? —No entendía nada. Como era posible que una falta muy grave con consecuencia de varias muertes sea archivado y borrado de mi expediente personal, y, solo con decirle a esa hija de Satanás, que lo archive. ¿Este tío ha conseguido cerrarlo? O es una broma o…

¡Ruego no me interrumpa Señor Navarro! —Con voz todavía más grave continuó.

—Le decía que he hablado con su unidad, o…

con lo que queda de ella. Sus superiores no lo dicen públicamente, pero extraoficialmente, no solo no le culpan a usted, sino que me han informado que, de no ser por usted, la catástrofe ocurrida hace unos meses hubiera sido mucho peor.

Fue usted un héroe, señor Navarro. Sus compañeros me han dicho exactamente lo mismo.

Con la única persona con la que no he podido hablar hasta la fecha ha sido con su compañera, Victoria Fuentes. —

—¡Ya! A mí tampoco me coge el teléfono. —Sabía que me culpaba por la muerte de Adán. No me lo dijo, pero, se lo note en los ojos cuando apareció por el rellano de una escalera, únicamente iluminada por las llamas. Aquella noche perdí para siempre a Adán y a Vicky.

—Voy a ser claro, Señor Navarro. A su unidad no puede volver.

Es el pequeño precio que tiene que pagar para que, este gobierno pútrido de comunistas que tenemos, no le crucifiquen públicamente y lo expongan como un asesino de okupas.

Si quiere seguir luchando contra criminales, le ofrezco un puesto.

La lucha será a… otro nivel, no al que está usted acostumbrado.

Está sobre cualificado para él y ese será el castigo, pero estará relativamente cerca de su familia.

Se encargará de mover y analizar datos e información concernientes a varios países.

Es un trabajo aburrido, monótono, y poco agradecido.

A veces pensará que es mejor abandonar, incluso encontrará a alguno de sus compañeros… digamos… un tanto… cargantes. —

—Yo no soy bueno en trabajo de oficina, señor… —Todavía no sabía con quién estaba hablando.

—Aprenderá. Es información demasiado sensible como para que la maneje cualquiera, y usted ha demostrado que tiene dos valores muy difíciles de encontrar, vocación y lealtad.

En este caso, le pido lealtad para con su país, manejando y analizando información de la cual, el noventa y nueve coma nueve por ciento de esa información, es irrelevante, pero, cuando llegue el cero coma cero uno por ciento importante, necesito gente como usted. —

—Necesito unos días. Tengo que pensarlo. —

La señal del teléfono se había cortado ¡qué raro!

¿Quién sería este tío? ¿sería verdad lo del expediente?

¿Como sabía mi número de teléfono? ¿Sería una broma?

¿Qué trabajo mueve tanta información? Mientras duraron los dos segundos en los que me hacía esas preguntas, noté una mano en mi hombro —Tiene tres días Señor Navarro.

Setenta y dos horas ¡Ah! Y bonita melodía de móvil.

La señorita Stirling tiene muy buenas composiciones. —y tal como vino se fue.