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—Esta se la voy a enviar a la rubia de la cafetería, a ver si me la calzo. —
—¿Has visto a la buenorra de recepción? Esa sí que está para apretársela. —
—Menudo caramelito. Lo malo es que ya está Micky tras ella, jajajaja. —
—¡Mira niño, como si fuera un GEO, o los SWAT esos de las películas!
—Inútiles y temerarios, presumiendo de que tienen un arma entre las manos.
Puede ser que quieran compensar algún defecto o trauma sexual, no lo sé.
Esa fue la máxima descripción visual, elevada al máximo exponente, de aquella increíble reflexión de ingenio que expresó Albert Einstein, “Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.” Estoy convencidísimo de, que conoció a los antepasados de estas tres lumbreras.
—¿Como lo llevas? —Me pregunta el oficial.
Parece un hombrecillo agradable. Metro setenta y cinco de aspecto bonachón y mejillas siempre sonrojadas, ojos marrones, pelo escaso y revuelto, agradable, pero con carácter, serio en su trabajo, pero un cachondo cuando tenía que serlo y con quién quería serlo.
Al principio, no sabía cómo o por qué había acabado aquí, en este lugar, pero parecía que lo lleva bien.
Fernández, de nombre Velasco, joven para la edad que aparentaba, castigado por su segundo trabajo.
Hombre de campo, se dedicaba a ayudar a su familia con el cuidado del ganado.
Ahí está, el porqué estaba aquí. Antes lo hacía su padre, pero la edad no perdona, y en ese tipo de empresa menos.
Cuando acababa su jornada de trabajo en la unidad, se iba a reparar los vallados, herrar caballos o vigilar las reses de su padre.
Solo tenía un vicio, su familia. Esa era su verdadera pasión.
Bueno, y las cervecitas del viernes con sus amigos. Esas tampoco las perdonaba.
—Buenos días, jefe, ¿cómo está hoy? —Le digo.
—El jefe no sé, yo bien. —Terció. —Llevas ya unos meses aquí, deja de llamarme jefe. A mí no me gustan los lameculos. Para ti soy Fer, para esa panda de patanes que están ahí sí soy el jefe. —
—¿Para mí también? Pues no te pago las cervezas que te debo.
¡Qué te jodan! —Ahí estaba Millán, Rafael Millán.
Con una personalidad muy parecida a la de Fernando, pero con peor genio.
Metro ochenta de altura, dentadura perfecta, ojos castaños, como el pelo de su tupé y un cerebro prodigioso.
Se sabía, si no toda, casi toda la normativa de derecho penal y civil, informático de vocación y policía de profesión.
Para gente como él estaba hecho este trabajo.
Aptitudes le sobraban para ser, el analista de datos y oficial de enlace con otras policías, perfecto. Nada que ver con mis cualidades.
Los días pasaban y la monotonía no tenía fin en este lado del mundo.
Solo deseaba acabar mi turno e irme con mi preciosa mujer y mi amada hija.
Eran las únicas que, desde el “incidente”, no me habían abandonado, siempre alegres, intentando que me olvidara de todo, no cesaban hasta que me sacaban una sonrisa.
Mi vida, y el único motivo por el que todavía estoy aquí, en este mundo, en este trabajo que nada tiene que ver con lo que sé hacer, en este descampado, a kilómetros de la casa más cercana.
No preguntaban sobre mi trabajo. Mi mujer sabía perfectamente con quién se casó, y yo sé que, en su interior, sufre tanto o más que yo al verme relegado a un puesto meramente administrativo y desaprovechado.
Para ella era un regalo que todas las noches llegase a casa a cenar.
Antes eso no existía. No sabía si llegaría a cenar, o si dormiría en casa, o si al día siguiente estaría herido en un hospital, o peor.
La incertidumbre la llevaba por el camino de la amargura, pero se sabía feliz porque yo estaba feliz, o, al menos, eso era lo que me decía cada vez que salía por la puerta.
Aquí todos los días eran iguales. Llegaba al edificio que no parecía ni un bloque oficial de oficinas.
Aquello era una mezcla entre un palacete veraniego de Fernando III y el casoplón de la película The Haunted Mansion.
Nada más que accedías al interior por la doble puerta, te recibía una pequeña mesilla en la que solía estar algún funcionario a modo de seguridad e información.
Cuando estaba, porque casi siempre estaba delante de la máquina del café, de cháchara, con algún otro funcionario.
Continuaba la visita turística, por recepción, con un cuadro de madera colgado en la pared y un escudo en el que se fusionaban el emblema del antiguo Cuerpo Nacional de Policía español y, lo que parecía, el de la Guardia Nacional Republicana Portuguesa, la GNR, descolorido, ajado y con una enorme y notoria marca de humedad, junto con unas banderas, desteñidas por el tiempo, de España, Portugal, Italia, Francia…
y la Europea, azul con su circulito de estrellas, las cuales, constataban que se trataba de un edificio gubernamental.
Justo enfrente de la entrada, un mostrador de unos quince metros, de mármol rojo, donde antiguamente se colocaban los funcionarios para recibir denuncias.
Hoy, vacío, salvo por una pecera de cien litros que ocupaba metro y medio del mismo y el cincuenta por ciento del tiempo efectivo de trabajo de Juan Manuel “Jaimito”.
Tras este mostrador, un par de mesas, utilizadas por algún recepcionista.
A ambos lados, sendos interminables pasillos con numerosos despachos y una puerta que llevaba, mediante unas escaleras a un piso inferior y otro superior.
En uno de los pasillos, en el fondo, había una puerta un poco más grande que llevaba al garaje, suficiente como para albergar unos quince vehículos, entre coches y motos, suficientes para los que trabajábamos allí por cada turno.
En la planta superior, dos viviendas gigantes y laberínticas totalmente abandonadas, excepto por las familias de insectos y roedores que, volaban y correteaban por el lugar.
En el sótano, dos habitaciones, los vestuarios, la sala de la caldera, semi inundada por filtraciones de agua y la garita de seguridad, con un sofá, una mesa, una silla, y un monitor con, lo que debían ser, dieciséis señales de cámaras de seguridad emitidas en directo.
La realidad es que solo funcionaban siete.
A nadie le importaba, ni siquiera a Miguel Antúnez “Micky”, el jefe del turno.
—Para qué quieres más cámaras, si aquí no se acercan ni las ratas. De que tienes miedo ¿de qué se te aparezca un fantasma por la noche? —
—JA, JA, JA, muy buena “Micky”. Este no sé qué se piensa que puede ocurrir aquí, si estamos nosotros para proteger “El Fuerte” ¿verdad, Micky?
JA, JA, JA. —Juan Manuel haciendo uso de su maravilloso don, reírse del personal para quedar él por encima del resto.
¡Payaso! Yo soy un halcón y tu un puto conejillo.
Si no te clavo las garras y te destrozo, no es porque no quiera o no pueda, es porque no tengo hambre.
Y más tarde o más temprano, te enterarás, imbécil.
Se calló de repente cuando me miró a la cara y vio mi rostro pétreo.
Supo que mi faz reflejaba una total animadversión hacia él, y que, si no hubiera estado Miguel en la sala, la conversación hubiera terminado de otra manera mucho más desagradable, sobre todo, para él.
El problema es… que muchas veces me pierde la boca…
—Si crees que un comentario de mierda como ese te hace mejor que yo estas muy equivocado. Vete a contar los peces de la pecera, corre, que es lo único que sabes hacer. —
Su amiguito me miro reprobándome el comentario, pero sinceramente, me dio igual.
Habían pasado ya unos meses desde mi llegada, y no pensaba aguantar una falta de respeto y profesionalidad más.
Había vivido demasiadas situaciones complejas como para saber que, una cámara estropeada, era un problema.
Yo mismo había anulado cámaras de seguridad para conseguir un acceso limpio, para mí y mi equipo, en incontables intervenciones, y si nadie allí veía que, en este caserón de mala muerte, donde se manejaba tanta información, era una infraestructura crítica con una seguridad de mierda, pues teníamos un grave problema, pero que encima, se lo tomasen a pitorreo… era una catástrofe anunciada.