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Ese gesto, dio tiempo suficiente para que Martín dejase el escudo en el suelo, cargase a Leo a sus espaldas y saliera de la zona de fuego.
Más tarde sabríamos que el torniquete que le colocó en la pierna y los intentos de taponar la herida habrían sido insuficientes.
Nuestro más veterano compañero entró en shock por la pérdida masiva de sangre y falleció en menos de cinco minutos tras aquel disparo.
Adán y yo estábamos en el umbral de lo que quedaba de puerta.
Nos entendimos solo con una simple mirada, ya era personal.
Nadie tocaba a uno de los nuestros. Todos salíamos, todos volvíamos.
Esta vez no iba a ser posible. Pude haber parado a Adán.
Quitarle las intenciones. Él pudo hacer lo mismo conmigo, pero yo también quería venganza.
Quizás… si no lo hubiera hecho… Quizás… Fue una mala decisión.
—brAVO-3, VAMOS A ENTRAR, DIRIGETE AL LADO UNO Y ¡QUE NO SALGA NADIE! —
—¡NEGATIVO, TENGO FUEGO DIRECTO! —Victoria estaba sometida a fuego directo desde la buhardilla que no estaba en los planos. Esa que le dio mala espina desde el principio.
—RECIBIDO, INICIAMOS TROYA, REPITO, ¡CODIGO TROYA! —
Todos sabíamos lo que significaba eso.
Desvío de atención y brecha. Inmediatamente comenzamos a escuchar el sonido tan característico del Scorpion y del H&K G-36 del brAVO-3 repiqueteando contra las paredes del edificio.
Pudimos sentir varios estallidos y sus inmediatos destellos.
Eran un par de granadas cegadoras. Esa era nuestra distracción.
Momento de entrar. Momento de romper. Adán y yo entramos como si estuviéramos en un COD [2] o similar, pero con una gran salvedad.
Aquello no era un videojuego en el que tuviéramos segundas oportunidades. Pero era personal.
—¡AGENTE CAIDO! —Vicky informaba que quedaban dos, no podíamos seguir arriesgando a nadie más del equipo.
Había que darse prisa. Con paso firme, y, entre el humo y los escombros, despejábamos todas las habitaciones de la planta baja.
Rápidos, certeros, fluidos, quirúrgicos.
Nos habían herido de muerte. Habían roto las reglas de las intervenciones policiales.
Habían traspasado la línea. Una línea roja.
El uso de la fuerza letal estaba totalmente justificado, y si no lo estaba, lo estaría.
Uno, dos, tres, así hasta siete tangos cayeron en la planta baja.
Estaban atrincherados entre dos habitaciones y una cocina donde manipulaban y mezclaban la droga.
De ahí venían los vapores. Imbéciles. Vapores inflamables y tóxicos en una zona cerrada, sin ventilación, donde la más mínima chispa haría saltar toda la puta casa por los aires, y solo se les ocurre colocar explosivos en las puertas.
Genios de los cojones. No podían mezclar jarabe para la tos y alcohol para vendérselos a los niñatos de papá en un bar de mierda.
Adán estaba preparado para subir, situado en las escaleras, parapetado tras el primer pilar de la misma.
Hace amago de sacar dos granadas aturdidoras.
Rápidamente le detengo. Le susurro. —Troya no acepta dos caballos, Bravo-3 es el único.
Nosotros iniciamos 300. —Trescientos significaba que, se iba a neutralizar todo lo que se moviese, a costa incluso de nuestra propia vida.
Estaban preocupados por disparar a los maderos [3] de fuera.
No se preocupaban de nada más, pues, para eso estaban sus socios de la planta inferior.
No teníamos respuesta del Equipo de Mando, ni sabíamos que ocurría fuera. Solo sabíamos que Vicky estaba sometida a fuego enemigo y quería que eso parase, así que, con mi mano izquierda hice la señal de avanzar. Maldita fue la hora en la que lo hice. En binomio subimos por las escaleras.
—Nadie. —Yo me adelanté por la derecha, habitación abierta, tres masas de carne disparando a diestro y siniestro por una única ventana.
Cabeza, cabeza, torso y cabeza, tres menos, habitación limpia.
Sentía disparos en las habitaciones situadas a la izquierda de la escalera, un golpeteo limpio, con una cadencia rápida y constante.
Adán estaba dando cuenta de quien estuviera en esas habitaciones.
Treinta segundos después únicamente se escuchaba el crepitar del fuego.
—Bravo-2, informa! —
—Aquí Bravo-2 ¡Izquierda limpia! —
—Bravo-1 ¡Derecha limpia! FIN DE TROYA, REPITO, ¡FIN DE TROYA! SALIMOS, Bravo-3, ¡situación! —
—… —
—Bravo-3 ¡informe! —
—… —Silencio de radio.
Los nervios, que hacía escasos segundos habían cesado, vuelven a aparecer. El control de los brazos y las piernas comienza a quedar a merced, nuevamente, de la adrenalina.
—¡brAVO-3! —Grito desesperadamente, con el deseo de que alguien me conteste, ya sea porque me ha escuchado hablar por el equipo de transmisiones, o porque ha escuchado mi voz en grito. De repente, algo se escuchó por el auricular.
—¡AR…A! ¡…DADO…! ¡…! ¡…IBA, UN …GO!… —
—¿QUÉ? ¡REPITA brAVO-3! NO SE ENTIENDE…
—A veces, la tecnología simplemente falla.
A veces, un mal día, solo es un mal día.
Eso me lo diría meses más tarde mi terapeuta.
En ese momento, un soplo de aire me golpeó en la cara, un siseo casi imperceptible silbó en mi oído.
Un ruido sordo estalló en el rellano de la escalera, y un golpe seco contra el suelo tras de mí.
—¡ARRIBA! ¡UN TANGO ARRIBA! ¡CUIDADO! ¡NO TENGO TIRO! —
Ya era tarde. Únicamente me dio tiempo a desenfundar mi USP y disparar a la oscuridad de un agujero en el techo por donde se vislumbraba un destello, como el que deja una mira telescópica de cualquier rifle de caza.
Dos, tres, siete, trece disparos, ya no había más en el cargador.
La corredera quedó atrasada, y un hilo danzarín de humo blanco salía del extremo de mi cañón.
Salí corriendo para comprobar la buhardilla, la puta buhardilla, esa maldita buhardilla.
Solo un cuerpo destrozado por trece impactos se encontraba en ese agujero, la buhardilla que, no aparecía en los planos.
Me giré, y, horrorizado, averigüé qué había sido el golpe seco que escuché tras de mí.
Pude ver el cuerpo de Adán, mi compañero, mi amigo, mi hermano, muerto, inerte en el suelo, con un agujero donde debería estar su ojo derecho.
Sabiendo que no había nada que hacer, únicamente podía mirarlo, no podía apartar mi mirada de esa terrible escena.
Rabia, ira, desesperación, impotencia, culpabilidad, millones de sentimientos, y ninguno positivo, comenzaban a golpearme internamente.
Noté que una lágrima fría y húmeda me recorría la mejilla.
Solo podía pensar en su hijo, en su mujer y en que todo aquello, aquel desastre, era culpa mía.
Una decisión visceral, nada lógica, tomada desde el corazón y no desde la cabeza, había resultado fatal.
Dos minutos más tarde, en el mismo lugar, y sin poder dejar de sufrir, por dentro, la muerte de Adán, oigo una consecución de pasos acelerados que aparecen en escena.
Salgo del estado de coma en el que me había abducido.
Victoria se frenó de golpe al observar tan horrenda escena.
Me giré para bloquearle la dantesca imagen, momento en que noté un viso de acusación en sus ojos, pero, no dijo nada.
No volvió a decirme nada. Únicamente pudo llorar.
No pude soportarlo. De mis ojos, brotó un torrente de lágrimas que arrastraban el hollín y la suciedad que había dejado el humo del lugar en mi cara.
Diez minutos después, pudimos restablecer las comunicaciones con el centro de control.
Finalizamos oficialmente la intervención, indicando al Equipo de Mando que vinieran a recogernos.
Esa sería la última vez que viera a todos los miembros de la Unidad, a mis doce caballeros templarios y, sobre todo, a mis tres puntos, la que fue mi familia policial, la que daba sentido a la palabra hermandad.