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— Un año antes —
-Tenemos un registro de alto riesgo. Al parecer son unas cinco personas, anti sistemas, organizados, violentos e irán puestos de farlopa hasta las orejas.
Hemos practicado, hemos preparado la entrada, sabemos hacerlo, tenemos más cabeza y más cojones que ellos.
Hay que entrar, reducir y asegurar las pruebas.
Encontrar la droga y el dinero, que no desaparezcan.
—En la sala de briefing de la unidad en la que nos encontrábamos los doce miembros de mi equipo, los tres de mando, el Inspector jefe y el Comisario, reinaba el silencio previo a una operación, excepto por las instrucciones que estaba brindando el jefe del dispositivo.
—Esta noche jugamos un partido importante, misión de capturar la Bandera, Nombre en clave…
“CAVE LUPUM”. Código de inicio “LIMA-CERO”.
Código para abortar misión “PAPA-DIEZ” ¿Alguna pregunta? —
El ambiente es tenso, pero nuestra pequeña familia sabe lidiar con estas intervenciones.
Una casa de campo, doce policías técnica y tácticamente preparados, cinco niñatos jugando a ser Pablo Emilio Escobar y dos mil metros cuadrados de casa y finca para operar.
¿Qué podía salir mal? Pues muchas cosas.
Cosas que no esperábamos. Cosas que nunca pensamos que ocurrieran.
Cosas para las que no estábamos preparados.
La noche, con su cielo astrífero en pleno apogeo, era de una belleza sin igual.
Nada que ver con la noche de la ciudad, donde únicamente puedes ver, como mucho, algún avión sobrevolando en un cielo totalmente negro.
Treinta y ocho grados Celsius en el ambiente, lo que hacía que unas gotitas de sudor comenzasen a aparecer en nuestras frentes, manos y cuerpos.
Delante de nosotros, un terreno basto, cercado, con una casa de dos plantas y tejado a dos aguas en el medio del mismo.
La verdad es que era una casa bastante bonita. Lo que había en el interior no tanto.
Nos disponíamos a comenzar cuando, a punto de entrar en el caserón, a Victoria, que se encontraba apostada con su equipo a unos cien metros, le recorrió un escalofrío por todo su cuerpo.
Algo la paralizó momentáneamente e hizo que se le erizara la piel.
El silencio del paraje únicamente fue roto por una transmisión.
—Tengo un mal presentimiento. —
—No gafes la fiesta brAVO-3, hoy he cenado fuerte y tengo ganas de fiesta. —Respondió Adán, sabiendo que los presentimientos de Vicky no había que tomarlos a la ligera.
—Cuéntame brAVO-3, que ocurre. —Dije.
—Puede que algo, puede que nada. Desde tu posición, ¿ves el lado dos? ventana superior derecha, la de las rejas rojas. —
—Negativo. —Contesté. Desde mi posición, lado uno, solo tenía acceso a la puerta principal del edificio.
—Veo dos tangos en la ventana, hay luz en la planta baja, habitaciones tres y cuatro, y hay una buhardilla que en los planos no aparecía. —
—¿Te estás rajando pequeña abubilla? —Pregunta por el equipo Adán.
—¡Bravo-2! —Recrimino a Adán.
—¡Perdón! ¿Te estas rajando brAVO-3? —
—No me rajo, lo sabes. Pero hay variables con las que no contábamos. —
El sentimiento de cautela comenzó a sobrevolar por encima de la inminente entrada, pero, la descarga de adrenalina antes de la lucha ahogaba cualquier reserva o sensación de aviso divino que pudiéramos recibir en contrario.
—Bravo-3, necesito confirmación para abortar. Dime ¿Ves algo más aparte de luces encendidas y una corazonada? Si hay PAPA-DIEZ es ahora. —
—… —
—¿Bravo-3? —
—…negativo. No veo nada, todo normal. —Muy a su pesar, realmente era lo que veía. Luces y sombras en una casa en medio de la nada.
—¡Bravo-2! ¿listos? —Adán miró a su equipo, Samu, Martín y Leo, que asintieron.
—Hostis mortuus vindictam non quaerit. [1] ¡Listos! —Como siempre, y con su misma frase motivadora previa a la acción, Adán confirmó que estaban listos.
—¡Bravo-3! ¿listos? —
Victoria estaba preocupada, pero, aun así, pidió confirmación de estado a sus tres puntos. Pulgares arriba, así que no tenía más remedio. —Listos. —
Desde el Puesto de Mando, una dulce voz, que conocía bastante bien, daba la señal de inicio de misión.
Alicia, nuestra operadora de intervención y mi visor.
Ya me salvó de algún que otro susto gracias a su excepcional manejo de los drones, a su gestión de cámaras de las zonas en las que interveníamos y, por supuesto, a sus increíbles conocimientos informáticos.
—¡Cabeza despejada y dedo en el gatillo! Nos vemos a la vuelta chicos. —
—Recibido Centro de mando. Comenzamos CAVE LUPUM.
Posiciones para la entrada. LIMA-CERO en diez…
—Tomamos posiciones rápidamente. —¡Concentración!
entramos en tres, dos, uno… —brAVO-2 se abalanzó contra la puerta que tenía asignada para la entrada, mientras yo golpeé con mi arie te la puerta principal.
Todo lo que ocurrió posteriormente… no lo esperábamos. Nadie se lo esperó.
—¿QUÉ DEMONIOS HA SIDO ESO? ¡brAVO-1, brAVO-2!
—Dos explosiones simultáneas anunciaban que la entrada había sido sincronizada, pero también que, el plan iba a cambiar.
Había ocurrido un terrible desastre. Los estragos de las explosiones se podían ver desde el camión del Equipo de Mando, a unos mil quinientos metros del lugar.
Fuego de estructuras, mucho humo, y caos.
Los Pablitos Escobar de turno habían blindado con explosivos las entradas.
Trampas caseras y rústicas pero muy funcionales.
Lo malo, que se les fue la mano con las bombonas de butano.
No se dieron cuenta que una pequeña explosión en una puerta no era gran cosa, pero si a eso le añadías los vapores de las sustancias químicas con las que cortaban la droga, se convertía en una bomba de dimensiones descomunales.
—¿ALGUIEN AHI? brAVO-1, brAVO-2. —
Aturdido por la explosión, no puedo escuchar nada más allá del tinnitus, continuo, irritante e incluso doloroso que producían mis tímpanos tras la detonación a escasos metros.
Miro alrededor y, divina providencia, el marco de la puerta, estaba casi intacto.
Desvió la onda expansiva del estallido, lo suficiente, como para no reventarme por dentro, pero no lo suficiente como para casi noquearme.
La pared, eso sí, destrozada. Cientos de kilos de piedra, ladrillo y metal han salido despedidos a escasos centímetros de mí, suficiente para golpear con extrema virulencia al resto de mi equipo, los cuales, ya no podía sentir tras de mí.
Se me nubla la vista. Durante unos segundos, eternos, voy casi a tientas entre el humo para localizar a mis compañeros.
Habían caído desplomados en el suelo, sin poder reaccionar.
Entre los ripios de la pared creo ver la mano de Miguel, la puedo reconocer por el reloj.
La agarro y tiro para sacarlo de los escombros.
Noto su peso extremadamente liviano. Imagino que será por la adrenalina que me corre por todo el cuerpo en estos momentos y que hace multiplicar mi fuerza, pero no es así.
La realidad… es bien distinta. No soy esa madre de las leyendas urbanas que ve un coche sobre su hijo y es capaz de levantar el coche con una mano y con la otra sacarle de debajo del mismo.
La vista se va aclarando algo. —¡DIOS…! —No llevo a Miguel a rastras, sino, únicamente su brazo, con quemaduras por todo el miembro y desgarrado a la altura de donde debería estar la clavícula.
Lo suelto. Me derrumbo tras lo que queda de pared al observar que el resto está, visiblemente… aparentemente… muertos.
—br…VO-1, B…O-2, ¿…AHÍ? ¿…ALGUIEN…? —
Estática, ruido, y una voz a lo lejos.
Necesito pensar. Yo sigo vivo. Algo dentro de mí me dice que tengo que levantarme, me empuja, me obliga a seguir, y como por arte de magia, mis sentidos vuelven a tomar posesión de mi cuerpo.
El dolor es insoportable en este momento.
Un leve susurro se escapa entre mis labios. —Esto no es obra de tres niñatos. —
—¡DISPAROS EN LADO TRES, NO RESPONDEN INDICATIVOS brAVO, TENGO UN AGENTE HERIDO, EQUIPO DE MANDO ¡INSTRUCCIONES! —Vicky está en apuros, Adán, desaparecido y el equipo de mando no contesta. Tengo que hacer algo. Mi unidad, mi equipo, mi familia está en problemas.
—brAVO-3… —Toso. Me cuesta respirar. —AQUÍ 1, …
A CUBIERTO ¡VOY A POR brAVO-2! —Las piernas comienzan a responder, no es fácil correr con 30 kilos extra de equipo en condiciones normales, así pues, ahora, mucho menos, pero hay que hacerlo.
Llego a la esquina del lado 1, puedo ver a Adán intentando levantarse entre el humo y los escombros, junto con el resto de su equipo, que trata de hacer lo mismo, apoyándose unos sobre los otros, tratando de conseguir la verticalidad que ahora no tienen.
Están aturdidos, desorientados. La explosión de su lado les ha golpeado con fuerza.
Con mi G-36 al homb ro sigo el protocolo.
Protejo la zona y doy alcance al equipo.
—TENGO A brAVO-2, VAMOS A… —En ese momento, Samu cae al suelo con la cabeza reventada por un disparo.
Desde la ventana superior, una ráfaga del calibre 7,62 barre a escasos centímetros de nosotros.
No se ve a nadie, solo un destello continuado.
Leo cae al suelo entre gritos exasperados.
De la pierna le sale un fluido rojo espeso que indicaba que había recibido un disparo seccionando la femoral.
Le quedaban minutos. Martín acierta a levantar el escudo balístico mientras se tumba encima de Leo, instintivamente y al tiempo que, Adán y yo, levantamos nuestros fusiles de asalto y vaciamos los cargadores contra la ventana del piso superior, 60 cartuchos que salieron con una única dirección, la cabeza del puto tirador.