Sin cabos sueltos (Hostes 1)
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—¡Joder! ¡Como cojones he acabado yo aquí! —
—¡Joder! ¡Pero qué hago yo aquí! —
Solo, en el despacho, sin más banda sonora que el ruido de las tuberías, los zumbidos de los aparatos eléctricos, y lo que parecía ser una familia de ratas, o eso espero, correteando por los falsos techos.
Las horas se hacen interminables. El hastío, la tediosidad, la monotonía que se sufre en este lugar roza lo lascivo.
Cualquiera que tuviese un poco de sangre en las venas no aguantaría aquí más de dos meses.
Esto acabaría como cualquier obra Shakespeariana, con los actores principales asesinados, envenenados o muertos, a elección del escritor.
Excepto, parece ser, para los funcionarios que trabajan aquí, en mi turno, mis nuevos compañeros.
—¡Y…, nos pagan por esto! —
—¡Este puesto está hecho para mí! —
—Mañana no vengo, le he dicho a “Micky” que tengo que… —
Se encontraban 5 salas más allá y, sinceramente, prefería la compañía de las ratas que correteaban por el techo que un minuto con cualquiera de ellos tres.
Los bauticé desde el principio como Juanito, Jorgito y Jaimito, los sobrinos del Pato Donald.
Siempre estaban juntos, llegaban juntos, tomaban café juntos, no sé si también dormían juntos, se iban antes de acabar el servicio juntos…
eran unos inútiles de tomo y lomo. Yo no me consideraba extremadamente listo, y el trabajo, aquí, tampoco era excesivamente difícil.
Vaya, no era nada difícil. Análisis de datos, estadísticas, memorándum, intercambios de información y mucha burocracia, automatizada, en esos ordenadores Pentium III de hace mil años que se repartían por los despachos del ed ificio.
El trabajo que yo sacaba en 20 minutos, ellos juntos, en una mesita, los tres en amor y compañía, tardaban 4 horas.
Darwin erró, no siempre la selección natural acierta.
No siempre los más hábiles sobreviven pues, si fuera así, ellos habrían sucumbido a la selección natural hace mucho tiempo.
—¡Joder! ¡Putos inútiles! Como echo de menos… —
A la mente me venían tiempos mejores. Otrora en los que mi equipo y yo éramos capaces de controlar masas de cientos de personas, hacer registros de alto riesgo o capturar al peor delincuente en las peores zonas del país, y fuera de él, pero eso es información clasificada. Y el pasado.
El ruido de la puerta principal se hizo protagonista del momento.
Una voz femenina, joven, dio los buenos días en la entrada a alguien que no devolvió el saludo.
Ese era el pistoletazo de salida para que comenzaran las carreras entre los tres figuras por ver quién llegaba primero a arrastrarse delante del jefe de turno. De “el Pato Donald”.
—Micky, ¿cómo estás? ¡Demonios!, como se nota que vas al gimnasio, ehhhh.
—Ignacio, para mí, “Juanito”. De estatura media y algo de sobrepeso, pelo graso y cara de pajillero salido.
En sus inicios sirvió en la Brigada de Seguridad ciudadana, patrullero de la unidad de atención al ciudadano, de una comisaría provincial…
creo que era de la zona sur de España. Con las capacidades que demostraba en cada intervención no tardaron en ofrecerle un puesto acorde con sus facultades y donde era bastante más “apto”.
Colocar expedientes y guardar pruebas en la sala de archivo de la comisaría.
—“Buenos días Micky. Ayer me estuve comiendo la cabeza con el problema que te da el ordenador, pero la reparación es sencilla. Mañana voy a tu casa y lo hacemos en un momento. Vamos a tomar un café y te cuento”.
—Antonio, para mí, “Jorgito”. Bajito y bastante más joven de lo que su cuerpo aparentaba.
Fumador empedernido y con el don de darle la razón a Dios y al Diablo en la misma sala, y lo peor de todo, que ambos se lo agradecieran.
Más falso que una moneda de madera, pseudo Policía de profesión y chapuzas por vocación, de los tres era el más espabilado, que no inteligente.
—Micky, Micky, Micky ¿a qué no sabes con quién estuve anoche?
Con un amigo de Charli, “El Campero”, ese que quiere ser torero ¿sabes quién?
me ha regalado unas entradas… —Juan Manuel, o “Juanma” como le gustaba que le llamasen, para mí era “Jaimito”.
Alto, delgado, con escasez de pelo en la coronilla cual tonsura de fraile, y con cara de pánfilo.
El más insultantemente pelota de los tres.
Un personaje que no sabía hacer nada, ni tenía intención de aprender.
Su única motivación para estar allí era limpiar y decorar la pecera que se encontraba en recepción.
Podía pasarse allí horas hablando con los peces mientras el resto del personal trabajaba.
Nula personalidad e ínfimo carácter, pero que le había ido bien en la empresa haciendo uso de una excesiva lisonjería.
Lo que toda la vida se ha conocido como “El lameculos del jefe”, un pelota elevado a la máxima expresión.
Y ahí venía, el supervisor, Antonio Miguel Antúnez Camacho, o Micky, para los amigos.
Aparecía por la puerta encantado de conocerse.
Se sentía como si fuera el hombre más poderoso del mundo mientras caminaba por ese largo pasillo rodeado de su escolta particular.
De unos cincuenta y tres años, pero vistiendo como si fuera un trapero de moda, daba vergüenza como se dejaba adular por el personal.
Bajito, panzón y con una coleta ochentera en su hueca cabeza, tenía que suplir su falta de atractivo con exceso de gimnasio mal invertido y la típica barba hípster de moda a comienzos del año 2010.
Era la típica persona que no asumía que había dejado de tener 18 años hace treinta y cinco.
Como todo aquel que se siente jefecillo, le gusta tener su harén de pelotas alrededor.
Y como todo jefecillo, no soporta a los que no le dan coba.
—Buenos días Hugo, ¿Qué haces? —
Me levanto de mi silla, aunque no se lo merece, por deferencia y, quizás, por costumbre más que por respeto, contesté. —¡A sus órdenes, buenos días! Estoy analizando los datos que enviaron ayer a ultim… —
—¿Pero ya estás trabajando? Si todavía no son las ocho de la mañana. —Yo me acostaba, muchos días, a las ocho de la mañana en mi anterior destino ¡Payaso! —Si. Los Carabinieri italianos necesitan la información a la mayor brevedad para… —
—Si, si, si, lo de siempre. Bueno, pues cuando acabes mira los emails y revisas el análisis que envió la Secretaría de Estado respecto de la venta de cocaína por latinos en el Distrito de Parla. —Se gira hacia sus subalternos —¡Me voy a tomar un café! ¿Alguno quiere venir? —
Me cago en tu puta madre, papanatas. Seguro que no sabes ni dónde está Parla. Llévate a tu corrala de mamelucos a tomar café, a ver quién te lo paga esta vez.
—¡Joder! ¿Por qué…? —
—Vosotros dos ¿venís a tomar café? —En los despachos contiguos se encontraban Fernández y Millán, oficial y Policía respectivamente.
Pasaban de regalarle los oídos al jefe y, por lo que tenía entendido, eran los más “normales” de este lugar.
Trabajaban bien, se reciclaban cada vez que salía alguna nueva norma, regla o instrucción para estar al día, tenían un sistema de trabajo que funcionaba, pero ello implicaba trabajar, no plantarse delante de una pecera tres horas y que los demás hicieran el trabajo.
—No, gracias. —Dijo Fernández.
—No. —Espeto Millán.
Aparentemente, todavía hay esperanza en este lugar, aunque el trabajo siga siendo una mierda.
Mi opinión, un lugar como este no tendría que estar gestionado por policías, sino por personal administrativo del estado.
La policía está para otras cosas, no para pasarse ocho horas sentado en una silla tecleando delante de un ordenador.
La policía está para hacer lo que tiene que hacer, proteger y servir, no teclear y bostezar.
—Joder, piensa en tu familia. —