Sin bragas no hay miedo 25. Lágrimas
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25. Lágrimas

—Tengo que reconocer que fue una sorpresa recibir tu llamada, Diego.

—Lo siento, si no te venía bien…

—No, no es eso, todo lo contrario. Me encanta que hayas llamado y que pongas tu confianza en mí, solo que nunca lo hubiese pensado: el famoso doctor Gris acude a la consulta de la modesta doctora Constante. ¿Imaginas los titulares que le habría dado Sandra a esto en su programa?

—Pobre Sandra, a ella debemos agradecerle que nos hayamos conocido.

—Algo bueno ha hecho por lo menos al final —le digo sonriendo.

—Todo esto me ha superado. La muerte de mi padre, la de Sandra, la de Esther, que resultó ser Lidia. ¿Te das cuenta de que he perdido a mi hermana el mismo día que la conocí? No puede ser más dramático.

—Llevaba más de veinte años sin verla, desde que me hacía la vida imposible en el orfanato, pero no podía identificar nada de aquella niña en su rostro. ¡Jamás la hubiese reconocido!

—No sé qué pudo vivir ella allí dentro, pero, en todo caso, se había transformado en un monstruo. No dudó en asesinar a Sandra sin un propósito claro. Era una verdadera psicópata, incapaz de sentir empatía por nadie.

—A todas nos afectó la vida allí dentro. Las secuelas físicas son más aparentes, pero son las mentales las que pueden causar mayor daño —le digo a Diego cogiendo su mano. Ambos nos encontramos sentados en el sofá.

—Ojalá las personas con enfermedades mentales tuviesen la comprensión y ayuda que muchas veces tienen aquellas que sufren problemas físicos.

—Para eso estamos nosotros, ¿no? Somos profesionales en la materia —le digo riendo, pues en el fondo pienso que puede que seamos los que más ayuda necesitemos.

—Sí, claro —me contesta y me agarra la mano con más fuerza—. ¿Qué he hecho mal? ¿Tengo la culpa de lo que ha ocurrido?

—¿Y no has pensado en qué has hecho bien?

No te martirices con esos pensamientos. En el fondo solo vivimos, que no es poco.

Venimos al mundo con una serie de emociones primarias, luego vamos desarrollando otras.

Unas mejores y otras peores. Unas nos ayudan a avanzar y otras nos frenan.

Todas ellas configuran nuestra personalidad y nuestra forma de obrar.

—Me escucha atento con nuestras manos cogidas—.

Emitimos juicios morales condicionados, de esta forma, contra nosotros mismos muchas veces.

Eso nos puede producir un sentimiento de culpa.

Pero hemos de aceptar que cometemos errores, nunca seremos perfectos y no podemos atormentarnos por ello .

—¿Y cómo lo soluciono?

—En ocasiones, es sencillo, basta con pedir perdón para reparar el daño. Otras veces no es tan simple.

Miro sus ojos azulados y veo lágrimas en ellos.

¡Qué suerte tiene! Puede llorar. Debe ser liberador.

Pero, por otra parte, me enternece ver llorar a ese muchachote de metro ochenta y cinco, con su melena negra, con su dinero, su posición y tan tierno a la vez.

Así que no puedo evitar soltar su mano y pasarle las mías por detrás de su cabeza.

Lo acerco hacia mí. Lo beso. Tiernamente.

En los labios, en la nariz, en los ojos.

Él los cierra y se deja hacer. Noto que se relaja.

Lo dejo y me planto frente a él, que continúa sentado.

Comienzo a desnudarme. Me quito la camisa blanca que llevo y la dejo caer al suelo.

Bajo la misma llevo un sugerente sujetador que también me quito.

Mis firmes pechos quedan al descubierto.

Los contempla como si nunca hubiese visto nada igual.

Me gusta sentirme deseada y el fuego de la pasión se enciende más en mi interior.

Me quito las zapatillas y las pequeñas calcetas que llevo.

Solo me queda puesta una falda corta de color negro.

Me la quito también. Veo su cara de sorpresa.

Imagino que esperaba encontrarse con unas braguitas, pero no están.

Hoy es uno de esos días… Todas mis armas quedan al descubierto, estoy totalmente desnuda y ahora me dispongo a desnudarlo. Coloco mis manos sobre su camisa.

—Por favor, Alegría, no me arranques todos los botones como la última vez —me dice riendo al tiempo que le quita solemnidad al momento; al fin y al cabo, es algo muy natural lo que estamos a punto de hacer .

—Solo si tú prometes no manchar el sofá —le contesto riendo también.

Nos abrazamos mientras pienso que quizá esto pueda ser el principio de algo.

Nunca sabemos cuándo y dónde encontraremos a nuestra media naranja, ni siquiera sabemos si en verdad existe nuestra pareja ideal.

Y si así es, puede que esté a tres mil kilómetros de nosotros en otro país.

O que viviese hace cuatrocientos años o incluso que todavía no haya nacido.

Quizá dentro de poco un algoritmo nos indique la persona idónea con la que compartir nuestra vida, pero mientras tanto, en ocasiones, una relación comienza y sin saber muy bien cómo, sin que lo tengamos previsto, continúa. ¿Quién sabe?

Einstein dijo que el tiempo es relativo.

Estoy seguro de que se equivocaba. El tiempo es el que es, ocurre lo mismo con la realidad de las cosas o situaciones.

Lo que cambia es la percepción que tenemos sobre él.

Transcurre de manera distinta en función de la actividad que estemos realizando.

Por lo demás, siempre me ha parecido que el día que se inventó el fax todo se aceleró de alguna forma.

Ya hace dos años que cerramos el caso de Sandra Ricci. Hace tres meses que no tengo ninguna relación sexual al margen de mi matrimonio y hace un mes que hice el amor con Carmen. Confío en que seamos capaces de arreglar lo nuestro. Ambos lo estamos poniendo todo de nuestra parte.

La nueva casa en Parla nos la entregaron hace seis meses.

Es, como dirían mis hijos, una pasada. Ciento cincuenta metros en dos plantas.

En la de abajo, un salón y una cocina unidos, por supuesto, como le gusta a ella, y en la parte de arriba las habitaciones.

Tenemos una preciosa zona común ajardinada con una piscina.

Los vecinos estamos debatiendo si en un espacio que ha quedado libre merece la pena construir una pista de pádel.

Somos diez viviendas adosadas las que compartimos las zonas comunes.

A mis hijos les costó un poco dejar su antigua vivienda, pero ahora están contentos e ilusionados.

Les encanta traer amigos para que disfruten con ellos en casa.

Carmen ha podido hacer por fin realidad su sueño: dejar la ciudad, estar en una zona tranquila, en una casa que se ha diseñado a su gusto.

Y yo estoy deseando poder volver a vivir con ellos algún día.

Hace seis meses que vivo solo. Desde que nos entregaron la nueva casa.

He tenido que recuperar una vieja vivienda de mis padres.

Los números no nos daban la posibilidad de pagar la nueva hipoteca y seguir manteniendo el alquiler previo.

Volver a ese pequeño piso de mis padres me ha permitido, de alguna forma, reencontrarme con mi niñez.

Mi cuarto estaba casi como lo dejé cuando entré en la policía y tuve que marcharme fuera a mi primer destino.

Ya no he vuelto a vivir aquí hasta ahora.

Pronto iniciamos nuestra vida juntos, Carmen y yo.

Tengo un hermano, unos años mayor. Él se marchó de casa poco después de mí.

Vive en Francia y no lo veo mucho. Tras fallecer nuestros padres decidimos no vender la vivienda.

Así podría tener un sitio donde hospedarse cuando viniese a España.

Mira por dónde, he sido yo el que ha acabado utilizándola.

La sinceridad tiene un precio, pero por fin me parece que estoy empezando a hacer lo correcto.

Al menos ya no sufro el peso de los remordimientos. Me encuentro bien sin esa carga.

Es en momentos como este, al mirarme en el espejo, cuando sufro una tendencia a tener todo este tipo de pensamientos.

Ver mi cara reflejada en el espejo me conecta inevitablemente con pensar en el transcurso del tiempo, será al comprobar cómo me hago mayor y ver el efecto devastador del paso de los años en mi rostro.

Luego, con mi mente policíaca, mi capacidad de relacionar ideas, una cosa me lleva a la otra.

Estoy ajustándome la corbata ahora. Nunca llevo corbata cuando trabajo, pero hoy es domingo.

Hace dos días recibí unos correos: Alegría y Diego se casan.

Hace mucho tiempo que no los veo. Sabía que habían comenzado a salir.

Estuvieron viniendo juntos a la comisaría cuando estábamos cerrando el caso.

Lo cierto es que hacen buena pareja. Aunque no esperaba que se casaran y mucho menos que me invitaran a la boda.

He recibido invitaciones por separado. Ella me cita en los juzgados de la calle Poeta Joan Maragall, aquí en Madrid, y él lo hace en la finca familiar dos horas más tarde.

Imagino que se casarán en el juzgado y luego harán la celebración en la espectacular casa.

Tengo pensado ir a la ceremonia, no creo que vaya a la fiesta. No estoy para fiestas en este momento.

Salgo de casa hecho un pincel. Una lástima que desentone con mi viejo coche.

El Opel Zafira ya ha sobrepasado con mucho los trescientos mil kilómetros, pero con la situación que tengo va a tener que durar muchos más.

Aún arranca a la primera, pero una vez en marcha parece que voy dentro de una cacharrería, multitud de sonidos provenientes de diversas partes del vehículo me acompañan durante el viaje.

Hay que ver siempre la parte positiva de las cosas, así no hace falta que encienda la radio, que por otra parte no funciona.