24. Viuda Negra #2
Cuando Diego me ha cogido por el brazo y ha intentado meterme en el ascensor, he dudado por un instante.
Pensaba que podía ser capaz de entrar, pero enseguida he comprendido que era mejor dejarlo pasar.
Por otra parte, la excusa que le he dado ha quedado bastante creíble.
Aquí estoy bien, junto al conserje que se ha empeñado en darme conversación.
Me dice que termina su turno a las doce de la noche, por lo que está a punto de acabar.
Apenas han entrado y salido un par de personas a estas horas.
En el edificio no hay zonas residenciales, todo son oficinas, por lo que es muy raro que en este horario haya tránsito de gente.
—Creo que esa debe ser la visita que el doctor Gris está esperando.
Fuera, tras las cristaleras de la puerta, hay una figura que no acierto a ver bien por los reflejos de los cristales. El conserje le abre la puerta .
—Seguro —le digo yo—, a estas horas, ¿quién sino?
—¡Buenas noches! ¿La señorita Lidia? —le pregunta el conserje desde su mostrador. Ella asiente con la cabeza sin abrir la boca y sin acercarse—. Suba usted por el ascensor, la están esperando. Es el último piso, el veintiocho.
Solo de oír la palabra ascensor ya me pongo nervioso.
Quizá tenga que adoptar alguna medida, hacer algo, no sé qué, pero lejos de controlar mi claustrofobia parece que va a peor.
Es curioso cómo me puedo llegar a sentir, incluso sin estar en un sitio cerrado, tan solo con pensarlo.
Recuerdo entonces uno de los recursos que me dieron para superar esa sensación o cualquier otra que produzca ansiedad: la distracción.
Llevar el pensamiento a cualquier otro asunto, algo que me haga dejar de pensar, dejar de sentir y me haga ignorar el problema.
En este caso lo tengo fácil. Solo tengo que concentrarme en el motivo que me ha llevado a estar aquí ahora.
En esa figura que acaba de pasar por delante de mí y a la que no he podido ver la cara, la llevaba cubierta con un diminuto velo que le colgaba de una pequeña pamela.
Iba toda vestida de negro con un vestido largo y ajustado.
Muy ajustado, de forma que realzaba sus caderas y, por supuesto, su culo.
Eso sí me ha dado tiempo a verlo. Era imposible no hacerlo con esos movimientos sobre los largos tacones que llevaba puestos.
Con este tipo de mujeres es mejor no meterse, parecía una femme fatale, una viuda negra.
La mente de un policía funciona de una forma extraña.
Hay una parte importante de intuición, de algo que no es ciencia, que no se estudia.
Otra parte es asociación de ideas, una te lleva a otra.
Es una cualidad que tenemos oculta, pero que vamos desarrollando con el paso de los años de profesión.
En este momento noto cómo ese mecanismo se ha activado.
Algo en mi cabeza comienza a ver que la formación del puzle está cerca de completarse.
La viuda negra es una de las especies de arañas más fascinantes, no es agresiva, de hecho, es tímida y solitaria, aunque caníbal.
Apenas tiene vida social, salvo cuando se aparea.
Tras hacerlo suele comerse al macho, de ahí su nombre.
Saco mi pequeña libreta y leo una anotación en la que pone que Lidia tenía aracnofobia.
«Qué curioso —pienso—, tiene miedo a las arañas y a mí me recuerda a una viuda negra».
Las arañas y la niebla en mi cabeza se están disipando.
Una figura aparece entonces; es ese culo que me resulta familiar.
Y el olor, que ha quedado en toda la estancia, también lo recuerdo, ese olor a hierba recién cortada.
¡Maldita sea, no es hierba! ¡Es menta! Huele a menta.
La viuda negra que ha atravesado la entrada del edificio ha dejado un intenso olor a menta.
Saco mi móvil del bolsillo de la americana, consulto a mi Watson particular, es decir, a Google, y escribo: «arañas menta».
Mis temores se han confirmado. El puzle se ha resuelto.
Me levanto y voy corriendo hacia el ascensor.
El conserje se queda perplejo y solo acierta a preguntar qué ocurre.
No le contesto. Llego hasta la doble puerta del ascensor.
Es muy amplio, muy luminoso, a nadie normal le daría ningún agobio subir en él.
Pero yo no soy normal, o sí, no lo sé, pero no soporto los ascensores, entrar en ellos es algo superior a mis fuerzas.
Me detengo unos instantes frente a la puerta .
El conserje sigue diciendo algo, pero no lo escucho.
No me queda más remedio que subir en el ascensor, por las escaleras tardaría demasiado. ¡Son veintiocho pisos! Puede que no haya en Madrid ningún otro piso más alto. ¡Mierda!
Entro y pulso la tecla del último piso. Las puertas se cierran y al mismo tiempo lo hacen mis fosas nasales.
No puedo respirar, la cabeza y el pecho parecen que vayan a estallar.
Intento pensar en otra cosa. El truco de la distracción.
Arañas, menta… El resultado de Google en mi consulta: «la menta es uno de los mejores revulsivos para las arañas».
No funciona, la distracción no surte efecto, no puedo más.
Le doy al stop y el ascensor se para. Estoy en el cuarto piso.
¡Será posible! Salgo del ascensor y me apoyo en la pared, me siento morir y solo he podido subir cuatro pisos, me quedan veinticuatro.
Intento respirar hondo, cierro los ojos.
Distracción. Recuerdo la sudadera que se encontró junto con los alicates, impregnada de aceite de menta.
Estoy algo más repuesto, así que inicio la subida hasta la planta veintiocho.
Comienzo corriendo, subiendo escalones de dos en dos, pero tras varios pisos mi ritmo se ralentiza.
Los escalones ya los subo de uno en uno.
He perdido algo de forma en los últimos meses o, mejor dicho, en los últimos años.
Recuerdo su cara el día de la muerte de Sandra.
Allí de pie, mirando el cadáver, sin expresar ningún sentimiento, sin llorar, como una niña de orfanato.
—Sí, Diego, yo misma —me contesta la figura salida del ascensor .
—¡No entiendo nada! —acierto a decir como única contestación, de pie frente a ella.
—¿Qué ocurre? ¿Se conocen? —pregunta Estéfano extrañado, pero no puedo contestar, mi cabeza está intentando buscar una explicación a todo esto.
—Ella es… Esther, la ayudante de Sandra.
—¿Cómo? —dice Estéfano—. Diego, ¿te encuentras bien? Lo mejor será que pasemos al despacho y ahí me lo explican todo, por favor.
Los tres caminamos y entramos en el despacho, aunque no nos sentamos.
—Me parece que me debes una explicación, Esther, o Lidia, o como te llames —le digo sin salir de mi asombro todavía.
—¿Una explicación? ¿Y cuántas me debes tú a mí? ¿Cuántas me debía tu padre? Me debéis mucho más que una explicación. ¡Destrozasteis mi vida! ¡La vida de mi madre! Murió sola, sin poder superar que le robaran a su hija.
—Perdone, Lidia, pero se hizo un trato con ella al que accedió por una importante cantidad de dinero —dice Estéfano en nuestra defensa.
—Usted, mejor cállese, no es más que otro perro faldero de la familia. No tiene voz ni voto en este asunto. Es entre ellos y yo.
Pero Estéfano se altera y levantando la voz se dirige hacia Esther:
—¿Qué se ha creído? Bajo ningún concepto voy a permitir que nos falte al respeto de esa …
—¡Que calle, le digo!
—¡Esther, por favor! ¿Por qué no nos tranquilizamos todos un poco? No hay nada que no podamos solucionar hablando. Seguro que llegaremos a un acuerdo.
—Ah, ¿sí? ¿Y a qué tipo de acuerdo quieres llegar? —dice ahora Esther dirigiendo su mirada hacia mí—. Es fácil, no necesitamos ningún acuerdo, solo quiero lo que por derecho me corresponde.
—Aquí no hay nada que te corresponda, querida.
Es una nueva voz que se oye desde la puerta del despacho, la reconozco al instante.
—¡Mamá! ¿Qué haces tú aquí? ¿Y de dónde has sacado esa pistola?
—No tengo nada contra usted, señora —contesta Esther mientras saca, también, otra pistola de su bolso—. Al fin y al cabo, las dos hemos sido víctimas de la misma persona. Será mejor que guarde el arma, no será mi primera víctima si llega el caso.
—¿Cómo que no será tu primera víctima? ¿No habrás…? —Pero su silencio la delata—. ¿Cómo has podido? Era tu jefa y te apreciaba como a una hermana.
—Sandra no quería a nadie salvo a sí misma.
Y no me trataba tan bien como os hacía creer.
Cuando nos encontrábamos a solas estar con ella resultaba humillante.
Además, tampoco fue premeditado, sencillamente surgió la ocasión.
Pensé que podían cargarte con la culpa tras las acusaciones que momentos antes había vertido sobre ti.
Tenía los medios y la oportunidad y la aproveché.
Estéfano y yo nos miramos anonadados, estamos situados entre Esther y mi madre, ambas con las pistolas apuntándose.
—Eres una psicópata, Esther, necesitas ayuda.
Noto su mirada de odio, la que hasta entonces me había parecido una encantadora chica que, incluso había llegado a gustarme, se me antoja ahora como una despiadada asesina.
El hecho de haberla descubierto no hace más que empeorar la situación, ahora no puede dejar cabos sueltos, deja de apuntar a mi madre y pasa a apuntarme a mí con la pistola.
—Adiós, Diego, siento que no hayamos podido arreglarlo de otra forma.
Al tiempo que oigo varios disparos, noto un empujón que me hace rodar por el suelo.
Caigo con los ojos cerrados de forma instintiva.
Cuando los abro de nuevo, recorro con la mirada todo el despacho.
Encuentro a Estéfano en el suelo, sangrando en un hombro tras interponerse entre mi cuerpo y el disparo de Esther.
Veo a mi madre en pie con la pistola todavía apuntando y mirando el cuadro agujereado de mi padre.
Al parecer su disparo le ha dado a la imagen en plena frente.
Esther está en el suelo. Ella se ha llevado la peor parte, parece sufrir una herida grave.
Fran está en la puerta, es quien ha disparado a Esther.
Su disparo ha sido, sin duda, el más certero.
He llegado por fin a la planta veintiocho, exhausto tras subir a pie todos esos pisos.
Encuentro abierta la puerta a la entrada de la planta.
Me asomo y no veo a nadie. Es normal que la secretaria no esté a esa hora.
Hay una luz al fondo y oigo voces allí. Me acerco en silencio, puedo apreciar a una mujer de espaldas, parece estar apuntando con un arma.
Continúo acercándome con sigilo y desenfundo mi arma.
Es la madre del doctor Gris. «¿Qué demonios hace esa anciana senil con un arma?
», pienso. Va a lastimar a alguien. Entonces oigo la voz de Esther, de Lidia.
Me asomo y veo que apunta con una pistola.
La oigo confesar el crimen de Sandra, lo que yo ya había descubierto tras relacionar la sudadera con su olor y fobia a las arañas.
Estoy pensando la forma en la que puedo intervenir cuando la situación se precipita y suenan los disparos.
No me ha quedado más remedio que apretar el gatillo, intentar evitar que realice más disparos y minimizar así las bajas.
—¡Joder, joder, Esther! —Corro en su ayuda, tras un rápido vistazo al despacho y comprobar que es la única que se encuentra muy mal parada—. ¡Doctor, quítele el arma a su madre y corra a ayudarme! ¡Rápido!
Llego junto a ella. La herida parece mortal, sangra de forma abundante por el abdomen.
Retiro la pistola de su lado y le cojo la mano.
He disparado en varias ocasiones, pero nunca he matado a nadie.
Nunca. Hasta esa noche. Con una mano le sujeto la suya, mientras que con la otra pido ayuda con el móvil.
Están de camino, pero no van a llegar a tiempo.
Yo lo sé y ella lo sabe. Me mira y me aprieta la mano.
—¡Fran, no me dejes sola, por favor!
—No te preocupes, estoy aquí, ya vienen. Aguanta .
Pero ya no me oye, su vida se ha evaporado, su guerra en la tierra ha acabado.
Le cierro los ojos y con sorpresa veo que una lágrima se desliza por su mejilla. Por fin ha aprendido a llorar.