Sin bragas no hay miedo 24. Viuda Negra
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24. Viuda Negra

Tengo que reconocer que la pregunta de Ángel me ha dejado descolocada.

Puede que el muy capullo, en el fondo, sea un digno sucesor de Sandra.

O puede que sea la televisión la que los convierte en personas con ambición desmedida, en seres que desean lograr un objetivo sin importar las consecuencias y las desgracias que ocasionan en el camino.

Individuos que son capaces de hacer lo que sea.

Así debe ser quien haya matado a Sandra.

Pero ¿por qué? ¿Quién tendrá motivos y cuáles serán?

No tiene sentido. Cuando la ambición se desboca, con toda probabilidad, te relacionas con otras personas semejantes.

Quizá ese fue el error de Sandra, tener relaciones con alguien más ambicioso que ella.

¡Mira quién habla! Debería pensar ahora.

Conozco a pocas personas más ambiciosas que yo.

Al parecer, este es un defecto que se da con independencia de la clase social a la que uno pertenezca.

De otra forma, no tendría sentido que yo sea así, puesto que, hablando en sentido material, lo tengo todo.

Puede que exista una base genética, seguro que es así, eso lo justificaría en mi caso.

Aunque pensando de esta manera no me queda más remedio que rectificar.

Sí, conozco a otra persona más ambiciosa que yo o, al menos, la conocía: mi padre.

Sin embargo, tampoco es justo que siempre atribuyamos a nuestros progenitores las malas cualidades heredadas.

Mi padre podía tener muchos defectos, pero le gustaba pasar desapercibido.

Siempre me decía: «Hijo, en esta vida, para triunfar, hay que pasar desapercibido.

La base del éxito es que los demás no sean conscientes de que lo tienes».

Yo, en cambio, tengo una personalidad histriónica, no me siento cómodo cuando no soy el centro de atención.

Me gusta tener un comportamiento seductor y al mismo tiempo suelo dramatizar en exceso, teatralizar, todo ello con el objetivo de llamar la atención.

Eso es, para mí, triunfar: lograr la atención de todo el mundo.

Visto así, tampoco soy tan diferente de Sandra, quizá por eso congeniamos tan bien.

Así me he encontrado en el programa esta noche, cómodo, incluso siendo investigado como posible autor de un crimen, pero siendo el centro de atención.

Hasta que ese presentador novato me ha preguntado ante todo el público cómo me he sentido con la muerte de mi padre.

¿Qué sabrá él? Lástima no poder decir que claro que siento la muerte de mi padre, como cualquiera, pero lo que de verdad siento es que lo haya matado mi propia madre.

No sé cómo voy a poder mirarla a partir de ahora.

No tengo ni idea, ni tiempo para pensarlo en este momento.

Son casi las once de la noche, el programa ya habrá acabado. Mañana me enteraré de las posibles novedades, si las hubiese, ahora voy con prisa.

Estéfano me llamó ayer, ha recibido una llamada de Lidia.

Mi hermanastra tiene intención de mantener una reunión por si podemos llegar a un acuerdo que paralice la demanda.

Estoy seguro de que existe esa posibilidad, aunque el principal obstáculo para ello sea mi madre.

En verdad, Lidia tiene un derecho legítimo, nos guste o no.

Por otra parte, estoy deseando conocerla, si bien me duele mucho que sea en estas circunstancias.

Debería haber sido yo quien la localizase a ella antes.

Quizá entonces todo hubiese sido muy distinto.

Esto lo tendría que haber hecho hace mucho tiempo.

He avisado al subinspector Amat de la reunión.

Me ha dicho que tenía intención de hablar con ella, aunque no comprendo con qué finalidad.

A estas horas de la noche y con un descapotable rojo por la ciudad, es imposible pasar desapercibido.

Nunca lo he pretendido. No hace ya tiempo como para quitar la capota al coche, pero hoy me apetece sentir el frío de la noche en la cara.

Quiero llegar despejado a la reunión. Intento pensar qué puedo decirle a mi hermana.

No sé la sensación que me invadirá cuando la conozca.

En el fondo me encantaría tener una buena relación con ella.

Ya hemos perdido más de treinta años juntos.

Todo hubiese sido tan distinto. Podría haber formado parte de la familia.

Ella no tiene ninguna culpa de lo que ocurrió, es tan solo una víctima de las circunstancias, pero ¿quién no lo es?

Estoy llegando a nuestro edificio. La puerta del parking particular que tenemos en el sótano se abre tras accionar el mando y desciendo por la rampa.

Mi aparcamiento privado me espera junto al ascensor.

Salgo del coche y los mecanismos se accionan cerrando la capota y apagando las luces.

Miro el reloj, son las once y cuarto de la noche, todavía faltan quince minutos para comenzar la reunión.

El hecho de que se realice a estas horas me extraña, pero todo es insólito en este caso.

El subinspector Amat me ha enviado un WhatsApp.

Está esperando en la entrada del edificio.

Subo en el ascensor hasta el vestíbulo y salgo a la calle a recibirlo.

—¡Hola, subinspector! Me alegra volver a verlo.

—Lo mismo digo, doctor. Quería pedirle disculpas por el tratamiento que le he dispensado hasta la fecha. Como sabe, Sandra era especial para mí y puede que no haya tenido un comportamiento adecuado con usted. Lo siento.

—No se preocupe, Fran, todos estamos igual.

Ya hablaremos con más tranquilidad. Ahora, si me acompaña, vamos subiendo antes de que llegue Lidia.

—Tomo del brazo al subinspector para que me acompañe al ascensor, pero su cuerpo se queda rígido con la mirada al frente, no le veo buena cara—. ¿Qué le ocurre? ¿Se encuentra bien?

—Sí, no es nada. Solo que he pensado que este puede ser un encuentro muy emotivo para ustedes.

No me parece apropiado estar presente. Creo que es mejor que espere aquí.

Me sentaré en aquellos sillones. —Señala unos sillones que se encuentran apoyados en la pared junto al mostrador en el que se ubica el conserje del edificio, que en ese momento nos levanta la mano saludando—.

Cuando acaben y salga de nuevo por aquí hablaré con ella, además, solo la necesito un momento .

—Está bien, como prefiera. Nos vemos luego —me despido y voy hacia el ascensor, no sin antes advertir al conserje de la visita que esperamos, dadas las altas horas de la noche.

Estoy subiendo a la planta veintiocho, el ascensor apenas tarda unos instantes en llegar.

Siempre me ha llamado la atención lo rápido, silencioso y suave que es este ascensor.

Busco la marca entre los diversos carteles que hay en sus paredes, pero no la encuentro.

Pienso que la discreción es otra cualidad de esa desconocida marca de ascensores.

La parada es igual de suave que el arranque y el trayecto.

Salgo directo al recibidor de nuestras oficinas.

La chica que allí se encuentra normalmente ya no está.

Ningún turno cubre el puesto a esta hora.

Voy directo al despacho de Estéfano. Abro y paso sin llamar.

—¡Hola de nuevo, Diego! Nos estamos viendo mucho estos días.

—Espero que sea para bien —le contesto—. ¿Tenemos algo que hablar antes de que llegue esta chica? —le digo mirando la foto de mi padre que se encuentra encima de la mesa del despacho, presidiendo como si de un crucifijo se tratase.

—Creo que en principio solo debemos escucharla.

Me pidió que en esta primera reunión estuviésemos solos, sin abogados.

Me pareció adecuado, lo cierto es que en ocasiones suele ser más fácil llegar a acuerdos sin ellos.

Con tal de ganarse su sueldo pueden llegar a ser más intransigentes que los propios interesados.

—Se dirige hacia un mueble bar que está a la derecha de su mesa—. ¿Quieres tomar algo ?

—No, gracias —le contesto mientras me voy hacia el otro lado a mirar por la ventana—. La ciudad es preciosa vista desde aquí arriba. Parece mentira que tras cada pequeño punto de luz haya personas y familias enteras con una vida ajena a nosotros. No está bien lo que mi padre hizo, Estéfano.

—Es mejor no juzgarlo. Hay que entender los sucesos en el momento en que se producen. Cuando analizamos los hechos desde otro momento o lugar quedan distorsionados.

—Lo mires como lo mires, engañó a su familia, separó a una madre de su hija y dejó sola y desamparadas a ambas.

—En realidad, se preocupó de proporcionar una cantidad de dinero para que…

—¡Otra vez el dinero! ¡No todo es cuestión de dinero! —le digo levantando la voz.

—Diego, el dinero es muy importante. Uno lo sabe sobre todo cuando no lo tiene.

El sonido del teléfono nos corta la discusión. Estéfano lo descuelga.

—Sí, perfecto, pues que vaya subiendo, por favor. Ya está aquí —me dice Estéfano—. Creo que será mejor que vayamos a recibirla a la salida del ascensor.

Ha transcurrido apenas un momento. Mi pulso se acelera ante la llegada de mi hermana, o hermanastra, como queramos llamarla.

Tengo sentimientos contrapuestos. Por una parte, unos tremendos remordimientos, un gran sentimiento de culpabilidad.

Por otra parte, alegría por conocer a una hermana.

También me invade una especial curiosidad por ver cómo será.

¿ Qué aspecto tendrá? ¿Será alta, atractiva, se parecerá a mi padre, a mí?

¿Será simpática, soberbia, vergonzosa? Y por último, tengo, cómo no, miedo.

A no saber cómo afrontar esta situación.

La neofobia es el miedo a lo nuevo, a que esta sensación me desborde y no sepa gestionarla.

En cualquier caso, pronto voy a salir de dudas.

El ascensor ha llegado y la puerta se abre.

—¡Buenas noches! —nos dice la persona que sale del ascensor.

—¿Tú? —Es lo único que acierto a decir.