23. Amor y venganza #5
Me levanto de nuevo, tengo los pies llenos de mugre por haber pisado la pizza.
Me los miro y veo mi parte más salvaje. Pienso que hasta las hienas son hermosas cuando son pequeñas, mientras que yo de pequeña ya era un monstruo.
Me duele mucho la cabeza, entre la resaca y los recuerdos vividos me va a estallar.
Recojo los trozos de pizza del suelo, me limpio los pies con papel de cocina y después paso la fregona.
Intento recuperar un pulso cardíaco normal, tranquilizarme y respirar con normalidad.
Todo sucedió hace mucho tiempo. Era tan solo una niña asustada.
No había forma de que pudiese hacer nada para evitarlo.
Y, además, aquella mujer tuvo lo que se merecía.
Mi vida cambió desde aquel día. El nuevo orfanato no tenía nada que ver con el de San Segundo.
Las llamas tuvieron un efecto purificador para todas nosotras.
En el nuevo centro vivimos de otra forma.
Todo era más nuevo, más natural, más normal.
Teníamos chicos como compañeros. Las dependencias eran más modernas.
Había cuidadores de ambos sexos, todos ellos mucho más jóvenes y simpáticos que los que tuvimos antes.
Y lo que parecía increíble, cuando tenía ya quince años, cuando había perdido toda esperanza, ocurrió el milagro, unos padres vinieron a por mí.
En los orfanatos la probabilidad de ser adoptados disminuye de forma exponencial conforme una cumple años.
A partir de siete años es más difícil, con quince es imposible.
Mis padres de acogida, que acabó en adopción, eran, mejor dicho, son, pues todavía viven, Bartolo y Mercedes.
Ya eran mayores entonces, de esto hace más de veinte años.
Habían tenido una hija que murió a los diez años tras una larga enfermedad.
Sabían que no podían sustituirla y no querían criar de nuevo a un bebé, de ahí que deseaban una niña ya de cierta edad.
La que más o menos tendría en ese momento su hija en caso de no haber fallecido.
Bartolo era bedel en la universidad, quizá por eso, a pesar de no ser buena estudiante, acabé realizando una carrera.
A base de visitar con él las instalaciones, terminó gustándome aquel ambiente.
Sin duda, la mejor decisión que he tomado hasta la fecha.
No tenía claro qué estudiar Pensé que la psicología me ayudaría a lograr que la gente tuviera una mejor estabilidad emocional, justo la que a mí siempre me ha faltado.
Como siempre digo, para ser feliz, para tener estabilidad emocional, hay que pensar lo justo.
Y yo pienso demasiado. ¿Cómo no voy a hacerlo?
Me viene a la cabeza el doctor Gris con estas ideas tan negativas.
Al recordar a Diego, pienso en el programa de televisión.
Miro la hora en el reloj de pared de la cocina y veo que solo faltan cinco minutos para las nueve y media.
Hoy debuta Ángel y se hablará de la muerte de Sandra.
No quiero dejar de verlo, así que voy hacia la televisión y la enciendo.
Están haciendo anuncios. La dejo encendida y me preparo un sándwich de jamón y queso, lo acompaño con una Coca-Cola, no deseo más vino.
Antes de acabar de preparar la minicena escucho la melodía del programa, cómo no reconocerla tras haber participado en el mismo.
Me dirijo hacia la televisión y me siento en el sofá.
Tengo una mesa baja allí, dejo el plato con el sándwich y el bote de Coca-Cola sin vaso junto a él.
Me reclino en el sofá y subo el volumen.
El ballet con el que suele comenzar el programa termina su baile y la música cesa.
Aparece entonces Ángel. Va mucho más elegante que cuando hacía las entrevistas en la calle.
Lleva una chaqueta dorada y brillante con unas solapas negras, una camisa blanca con pajarita y, en la parte inferior, un pantalón negro.
Los zapatos no se le ven porque está en plano medio en ese momento.
Lo primero que pienso al verlo es que se ha excedido un poco en el vestuario para mi gusto.
Lleva una indumentaria más bien apropiada para una Nochevieja.
«¡Bienvenidos a todas y a todos esta noche tan especial!
—Se le ve contento, muy suelto en el escenario, como si llevara haciéndolo toda la vida, se nota que lo estaba deseando—.
Lo primero que quiero hacer es enviar desde aquí mi pésame a los familiares de Sandra, la habitual presentadora de este programa hasta la fecha.
Como imagino que todos ustedes ya sabrán, falleció hace unos días a causa de un desafortunado incidente.
Esta noche será especial. Un programa dedicado íntegramente a ella, al recuerdo de su persona y sus trabajos.
¿Qué mejor forma de homenajearla que desde su propio programa de televisión?
Toda una vida dedicada a transmitir la información a un público que la adoraba. Comencemos ya con este vídeo».
En la pantalla de la televisión comienza a verse un vídeo en el que aparece una niña que juega en el campo con un grupo de niñas.
Es una niña gordita con una larga melena pelirroja.
Juegan y ríen, pero no se oyen las conversaciones, pues el vídeo está acompañado de una tierna música de fondo.
Tras el vídeo se comienzan a alternar distintas fotos de Sandra.
En las primeras aparece como un bebé al que sus padres están bañando.
Las imágenes transcurren mientras que Sandra aparece algo más mayor en cada toma, creciendo con el transcurso del tiempo.
No podía faltar la típica foto de ella vestida con el traje de comunión.
Otra jugando al fútbol como chica adelantada a su época.
Riendo con amigas. El día de su graduación.
En un viaje a Mallorca. En otro en Roma.
Muchas y variadas fotos de las que se desprende el transcurrir de una vida mucho más feliz de la que probablemente tuvo en realidad.
No podemos ver en todas estas imágenes ningún mal momento de los que nos acompañan de forma inevitable en nuestra vida.
Tras unos minutos de vídeo, la vemos ya con su pelo corto y rubio.
Aparece en escenas junto a distintos personajes famosos a los que ha entrevistado.
Mucho más delgada y esbelta que de niña.
En realidad, supo evolucionar bien respecto a su aspecto físico con el paso de los años.
Acaba el reportaje con un primer plano de ella sonriendo.
Reconozco el momento, fue cuando acabó el programa al que asistí, de hecho, aunque distorsionada por el enfoque se me puede ver al fondo sentada.
«¡Muy emocionante! Sin duda, una gran mujer, una gran profesional y una gran vida que continuaremos analizando.
Pero tenemos ahora con nosotros a una de las últimas personas que pudo estar con ella hasta minutos antes de su fallecimiento: el doctor en Psiquiatría, Diego Gris.
—Se oyen de nuevo los ensayados aplausos del público, sobre todo del femenino—.
Muchas gracias por acudir a nuestro programa, doctor».
«Gracias a ustedes por invitarme a venir».
Me sorprendo, ya que no esperaba verlo en el programa, Ángel me dijo que su intención no era sacarnos en directo.
«Al parecer a usted le unía una especial relación con la señora Ricci, además de la estrictamente profesional, según tengo entendido».
«Se podría decir que éramos amigos» .
Diego no parece muy cómodo con la pregunta. Al parecer, Ángel va a seguir con la misma táctica que Sandra: no desvelar con anterioridad las preguntas que va a realizar a los invitados.
«¿Tan solo amigos?».
«¿Qué quiere decir? No lo entiendo».
Si la intención de Ángel es poner nervioso a Diego para aumentar la audiencia se equivoca, es imposible ganar una discusión contra él.
«Nada, lo que deseo saber es qué ha supuesto la inesperada y extraña muerte de Sandra para usted, que minutos antes estaba con ella. —Ha tenido que cambiar el sentido de la pregunta para no quedar en entredicho».
«Bueno, la vida en sí. —Noto que Diego saca su parte oscura y distante para contestar con su habitual tono—.
No es más que una lucha continua contra la muerte, en la que puedes ganar muchas batallas, pero siempre se pierde la guerra.
A unos les toca antes y a otros después, Sandra ha perdido su guerra.
La vida es así. La muerte es así. Solo si toleramos la muerte como algo natural e inevitable, podremos disfrutar de la vida».
«¿De verdad es usted así, doctor? ¿Tan poco le afecta la muerte de Sandra, siendo esta su amiga? ¿Tan poco le afecta la muerte de cualquier ser humano? —le pregunta Ángel un tanto indignado por la contestación».
«¿Quién dice que no me afecta? Por supuesto que lo hace y más siendo tan prematura, solo que no dramatizo como otros.
Es un hecho natural y hay que aceptarlo como tal.
En el mundo occidental no se lleva bien este tema, nos aferramos a la vida de forma inútil e insana, lo que nos hace llevar muy mal los duelos.
Si usted viaja y sale de nuestro entorno habitual, observará que existen muchas culturas en el mundo en las que se acepta la muerte como algo natural.
Nacemos, crecemos y morimos. Para estas culturas morir es algo tan normal como crecer».
Se echa el pelo de su melena hacia atrás, como diciendo ahí queda eso, pero Ángel no está dispuesto a dejarlo escapar de rositas.
«¿En serio, doctor, quiere hacernos creer que para usted es algo tan magnífico ese acontecimiento? ¿Me puede decir si se sintió así cuando falleció su padre?».
El semblante de Diego cambia por unos instantes, sin duda le ha afectado la pregunta, aunque se recompone de inmediato.
«Si no le importa, no he venido aquí a hablar de ese tema, que queda dentro de mi ámbito privado. Con gusto le responderé a cualquier otra pregunta sobre la señora Ricci».
De nuevo, se echa el cabello hacia atrás y respira en profundidad.
«Por supuesto, doctor. La noche en que falleció mi predecesora, usted acudió a este programa.
El tema entonces eran los miedos que atenazan a nuestra sociedad, si se debe o se puede vivir con ellos o si hay forma de desterrarlos de una vez por todas.
Tuvimos ocasión de escuchar diversas opiniones de entrevistas realizadas en la calle y al final cada uno llegó a sus conclusiones».
«Así es, hay opiniones para todos los gustos, pero lo cierto es que el miedo, todos los miedos, es algo compartido por todos los seres humanos, es una emoción básica y primaria que se encuentra en todas las culturas.
Bien entendido es una madre que nos protege.
Es algo normal, siempre que existan circunstancias que lo justifiquen.
Nos mantiene alerta frente a posibles amenazas, el problema viene… »
«Perdone que le interrumpa, doctor, pero no deseaba preguntarle por ese tema, que ya tuvo su momento.
Lo que me interesa ahora es la cena que tuvo lugar tras el programa.
En ella, la señora Ricci los acusó tanto a la doctora Alegría como a usted de ser partícipes de sendos homicidios.
—La cara de Diego se torna más seria, si cabe—.
Concretamente a usted lo acusó de tener algo que ver en la muerte de su padre.
Este hecho es algo que ya ha trascendido estos días al público.
¿Qué tiene que decir usted al respecto?».
«No existe ningún fundamento que acredite semejante acusación.
De la misma forma, minutos antes, en su programa se había hecho creer al público que había fallecido un famoso actor de cine, Adrián Rúa.
Luego resultó ser un montaje televisivo, al no explicar que se trataba de un fragmento de su última película.
Estoy seguro de que tanto con mi caso como con el de la doctora Constante ha sucedido algo semejante.
Al parecer, Sandra Ricci, al margen de que la consideraba mi amiga, era una persona con pocos escrúpulos a la hora de buscar un aumento de la audiencia.
Encaja a la perfección en este tipo de programas de televisión».
«Gracias, Diego» pienso, parece que le has devuelto la pulla a Ángel .
«Dejamos un momento al doctor para ir hasta la casa de los padres de Sandra…».
Apago la televisión. Ya está bien por hoy.
No me apetece ver a unos padres destrozados por la muerte de su hija.
¿Con qué propósito se animan a salir en televisión en momentos así?
Lo triste es que al final Sandra tenía razón.
No sé cómo averiguó la verdad ni quién le facilitó la información, pero lo cierto es que soy una asesina.
Espero que no ocurra lo mismo con la acusación vertida sobre Diego.
La buena noticia es que nadie podrá demostrar nada de lo que aquella noche sucedió.
Nadie lo sabrá nunca, excepto yo, que tendré que aprender a vivir con ello.