23. Amor y venganza #4
La sigo por las anchas y frías escaleras de mármol.
A esa hora, sin nadie más que nosotras, se me antojaban descomunales.
Las barandillas de forja con un pasamanos de madera le daban un toque señorial al conjunto.
Un enorme hueco quedaba en medio de las escaleras, que formaban un cuadrado con sus tramos, para superar cada uno de los dos pisos que nos separaban de la planta baja.
En el centro del hueco, en el techo, una enorme lámpara de mil brazos alumbraba toda la escalera.
Ambas estamos bajando, ella delante y yo unos peldaños detrás. Vamos en silencio .
No sé en qué iría pensando la señora Úrsula. Tampoco recuerdo en qué podía ir pensando yo, pero seguro que ni en mis peores presentimientos imaginaba lo que estaba por ocurrir.
—Pasa, bonita —me dice señalando el interior de la cocina una vez abre la puerta.
Primero me llama por mi nombre y luego me dice bonita.
O no es la señora Úrsula o se ha tomado algo que les ha afectado a sus facultades mentales, o algo peor.
Para mí, entrar a la cocina es toda una aventura.
Es un lugar prohibido para nosotras. Es una sala enorme en la que hay multitud de fogones.
Las paredes están cubiertas de azulejos blancos con las juntas ennegrecidas.
Las pilas de aluminio están llenas de diversos cacharros que han dejado dentro para que se sequen.
Las paredes repletas de variados utensilios y ollas de todos los tamaños que se encuentran colgados.
En una de esas paredes cuelgan los delantales blancos de las cocineras.
Me llama la atención una estufa de butano que se encuentra encendida junto a la mesa.
Es como si aquella estufa nos estuviera esperando, pues a esas horas no debería haber nadie en las dependencias.
La cocina era una de las partes más alejadas de las habitaciones, en las que en ese momento de la noche todo el mundo se encontraba durmiendo.
Nunca había entrado allí, no lo teníamos permitido, como casi todo en el centro.
Ver aquella sala me fascina. Descubrir el lugar del que salen todos nuestros alimentos me parece increíble.
Pienso que a la mañana siguiente podré presumir de ello ante las demás chicas. Estoy muy equivocada.
—¿No habías entrado nunca aquí? —me dice al ver la sorpresa en mi cara.
—No, señora.
—¿Y qué te parece?
—Es enorme —le digo con la boca abierta.
—Sí, lo es, demasiado. En sus buenos años, cuando esto era un convento, había más monjas aquí que ahora niñas.
Además, las monjas a menudo daban de comer a los mendigos de toda la zona.
Ahora solo utilizamos una parte de la cocina, no necesitamos tanto espacio.
Estamos esperando un dinero, si nos llega, esta va ser la primera parte que renovemos del edificio.
Voy a hacer té. ¿Quieres uno o un vaso de leche con chocolate?
—La leche con chocolate, por favor. —Permanezco de pie junto a ella mientras comienza a preparar la leche y el té.
—Siéntate ahí, así estarás calentita. —Me señala una silla junto a la mesa y cerca de la estufa.
Me siento y continúo mirando por la toda la cocina.
Al dirigir la mirada hacia la señora Úrsula, la veo de espaldas.
Tiene un pelo lacio y medio canoso, recogido con una coleta despeinada.
Es gruesa y no muy alta. Lleva puesto una especie de uniforme de color oscuro, es una mezcla entre azafata y enfermera.
En cualquier caso, es horrible o, al menos, así le sienta a ella.
Siempre la he odiado desde el día en el que me metió en el sótano del patio la primera vez, pero, ahora, al verla preparando la leche se me asemeja a la abuela que nunca tuve, aunque no debe de ser tan mayor como parece.
Pienso que quizá todos tenemos dos caras, la buena y la mala.
En unas personas sale a la luz una de ellas y en otras ocurre justo al contrario.
Puede que estuviese descubriendo la parte buena de la señora Úrsula. ¡Qué equivocada estaba!
—Toma, aquí tienes tu leche con chocolate. ¡Espera! No bebas todavía, échate un poco de esta leche fría para mezclar, no te vayas a quemar.
—Gracias —le contesto y comienzo a beberme la leche con chocolate.
—Despacio, te vas a atragantar —me dice sentándose junto a mí—. Por lo visto tienes hambre esta noche. No te has comido los macarrones, ¿tampoco te gustan?
—Sí, sí me gustan, solo que el queso que les ponen hace un olor muy fuerte. Además, es que no me encontraba bien, estoy acatarrada.
—¡Pobre niña! Sin nadie que te cuide. Anda, ven aquí.
—Me estira del brazo, me lleva hacia ella, me sienta en sus rodillas y me acaricia el pelo—.
Hemos empezado con mal pie tú y yo. Lo mejor es que seas buena y me hagas siempre caso, así no tendremos problemas de ahora en adelante.
¿Crees que podrás ser obediente y cumplir las normas?
—Sí, señora —le digo temblando, no me gusta para nada estar sentada sobre sus rodillas.
—¿Sabes que eres muy guapa? Ya estás convirtiéndote en una mujercita.
No recordaba esas palabras. Mis recuerdos de aquella noche acababan en el tazón de leche con chocolate.
Sabía que había algo más, pero mi mente ha ocultado para siempre el recuerdo de lo que ocurrió.
O al menos lo había hecho hasta ese momento.
Me pongo en pie de un salto. Mi corazón palpita de forma descontrolada.
Mi cabeza quiere seguir hurgando en mi memoria, pero me resisto.
Recojo la pizza del suelo y la echo al cubo de basura.
Las sábanas y el pijama sucio los introduzco en la lavadora.
No sé ni qué programa de lavado pongo, pero le doy al botón y se pone en marcha.
El ruido de la lavadora parece tranquilizarme un poco, pero entonces resbalo sobre los restos de pizza del suelo.
Caigo de culo y me quedo de nuevo sentada en el suelo.
No me he hecho daño, pero mis recuerdos reaparecen de nuevo sin que lo pueda evitar.
—Una mujercita muy atractiva.
Mientras la señora Úrsula me ha dicho esas palabras, sus manos se han deslizado bajo la camiseta de mi pijama.
—Señora… —intento hablar, pero estoy paralizada, ella pellizca mis incipientes pezones.
—Ya comienzan a salirte las tetitas. Las tendrás que cuidar, yo te explicaré cómo, no te preocupes.
Intento bajarme de sus piernas ante el aumento de intensidad de sus pellizcos, pero me sujeta con su brazo izquierdo mientras con el otro, de un tirón, me quita los pantalones del pijama.
—¡Por favor! —intento gritar, pero con la mano me abraza la cara tapándome la boca y con el otro brazo me quita las bragas con el mismo movimiento que ha hecho con el pantalón.
—No seas tonta, no te voy a hacer nada. Seguro que te gusta, esto no es malo. Solo son caricias porque te quiero mucho y te voy a cuidar. —Su mano izquierda me sigue tapando la boca y la derecha va subiendo por mis piernas desnudas—. Si te portas bien, tendrás todo el chocolate que quieras.
Su mano ya ha llegado hasta la parte superior de mis piernas, intento mantenerlas cerradas, pero es más fuerte que yo.
Por fin consigue meter los dedos de su mano en mi sexo.
Me produce dolor, pero el miedo es mayor que cualquier dolor.
En la boca noto los dedos de la otra mano con un asqueroso olor y sabor a lejía.
Aprovecho que los ha introducido para morder con todas mis fuerzas.
Me suelta a causa del mordisco, solo unos instantes.
Lo suficiente para que pueda alcanzar la taza de chocolate que se encuentra en la mesa.
Se la estampo con rapidez en la cara. Ella reacciona levantándose de un salto de la silla, mientras yo caigo al frío suelo.
Grita de rabia y dolor y resbala con el chocolate de la taza que ha caído al suelo.
Su pesado cuerpo cae contra la estufa, que se vuelca.
Su cabeza golpea en la encimera de la cocina.
Veo sangre, chocolate y ¡fuego! Su falda se ha prendido al quedar junto a la estufa.
Me levanto aturdida y cojo mis pantalones y mis bragas; estas se encuentran manchadas de chocolate, por lo que las vuelvo a tirar al suelo.
Observo que el fuego ha alcanzado también los delantales que cuelgan sobre la pared.
En cuestión de segundos se extiende rápidamente por gran parte de la cocina.
Tengo los pantalones del pijama todavía en la mano, estoy desnuda de cintura para abajo y voy descalza.
Veo a la señora Úrsula en el suelo, muerta.
Tiene ya toda la espalda en llamas. Me doy la vuelta para salir corriendo y entonces oigo…
—¡Alegría! ¡Ayúdame !
Pero ya es tarde, si en mi corazón había una pizca de piedad, también ardió esa noche. Me quedo allí de pie, frente a ella, observando cómo su cuerpo está siendo devorado por las llamas. En ese momento solo puedo hacer una cosa: sonreír.
Estoy cansada de decirle a mis pacientes que nuestra mente tiende a olvidar los recuerdos dolorosos, pero que solo podremos superar determinadas situaciones cuando desbloqueamos esos recuerdos y los dejamos salir.
Lo cierto es que no olvidamos, solo bloqueamos, el recuerdo siempre está ahí.
Nuestro inconsciente nos ayuda evitando traer a nuestro pensamiento una y otra vez esos momentos traumáticos.
No es más que un mecanismo de protección.
Llegados a una edad en la que podemos entender las situaciones que nos atormentaban en nuestra infancia, es mejor recuperar esos recuerdos, comprenderlos y analizarlos para poder superar nuestros miedos actuales.
O al menos esa es la teoría. En la práctica he descubierto que en verdad soy una asesina, por acción u omisión, pero una asesina, al fin y al cabo.
Así que no. No me encuentro mejor por haber desbloqueado mis recuerdos.