Sin bragas no hay miedo 23. Amor y venganza #3
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23. Amor y venganza #3

—Lo hice por nosotros, por ti, por mí, incluso por él mismo.

Solo adelanté lo inevitable, lo que de todas formas pasaría un día u otro, estaba delicado y lo único que hice fue facilitarle el proceso.

Ahora estamos tú y yo solos, por eso debemos apoyarnos entre nosotros.

Ese policía nunca podrá probar nada, el cuerpo de tu padre se incineró.

Todo ha acabado y estamos a salvo. Nadie nos molestará más.

Podré pasar mis últimos años contigo y en paz.

Me duele lo que le oigo decir y me duele como lo dice, con esa convicción.

¿De verdad piensa que nos ha hecho un favor con actuar así?

Igual sí está senil en realidad. Nadie en su sano juicio puede hacer algo así.

En el fondo, me indigna que quede impune, pero tampoco la puedo denunciar.

Lo que sí puedo es hacerle daño, hacerle ver que no se ha salido con la suya y que el recuerdo de mi padre está para perseguirla.

—¿Eso es lo que piensas? No me lo creo. ¿Que todo está solucionado? —Asiente con la cabeza—. Entonces, ¿no sabes nada de la demanda que hemos recibido?

—¿Demanda? ¿Qué demanda?

—Una demanda de paternidad, de la hija de tu marido, de mi hermana.

La cara de mi madre se desencaja por completo.

—¿Cómo es posible? Se llegó a un acuerdo con aquella mujer, incluso tu padre le pagó una importante cantidad de dinero.

—¡Claro! Todo se arregla con dinero.

Me levanto del sofá y camino por el salón.

—En cualquier caso, se llegó a un acuerdo —insiste mi madre.

—A un acuerdo con la madre, nada que obligase a su hija que entonces era un bebé.

—Pero… ella no debía nunca saber que …

—Pues lo sabe, mamá, lo sabe. De alguna forma lo ha averiguado y desea reclamar lo que es suyo. Nada más.

—No podemos permitirlo, Diego, no hemos llegado hasta aquí para que ahora la hija de aquella zorra te despoje de lo que es tuyo. A mí ya me da igual, soy una anciana a la que le quedan pocos años de vida, pero por ti no lo pienso consentir. Hay que acabar con ella como sea.

—¡Mamá, por favor! ¡No digas ya más barbaridades! ¡No hagas nada! Estéfano y yo nos encargaremos del asunto. Intentaremos llegar a un acuerdo amistoso con ella y todo estará solucionado. Además, nos guste o no, es mi hermana y en el fondo deseo conocerla.

—Diego, Dieguín. —Me sujeta la cara con sus dos manos mientras se coloca a unos centímetros de mí mientras me habla—. No tienes ninguna hermana. Solo estamos tú y yo, ¿entiendes? Esa fulana no es tu hermana, solo es una aprovechada.

—No me llames nunca más así, por favor —le digo dándome la vuelta y marchándome.

Apenas puedo abrir los ojos. Me duele mucho la cabeza y me siento mareada.

La ventana de mi habitación está abierta, veo por la luz que entra a través de las cortinas que el día está acabando.

Esta mañana había madrugado, algo inusual en mí.

La noche anterior Ángel me había propuesto acudir al estudio a realizar una entrevista.

Su programa es en directo, pero la entrevista no lo sería.

Se emitirá a posteriori, grabada y corregida.

Era una oportunidad de oro para lavar mi nombre y eliminar toda sospecha sobre mi persona respecto a las mentiras que se han vertido estos días.

Pero no sé qué me ha pasado al ver a Fran con otra, con Esther, que además es una chica admirable.

Es algo habitual en mí, no soy bipolar ni mucho menos, pero sí tengo unos constantes cambios de humor.

Mi estado de ánimo sufre imprevisibles altibajos emocionales que me dificultan mucho la vida.

«Trastorno ciclotímico» se llama en verdad.

Lo cierto es que de repente todo se me ha venido abajo.

He vuelto a casa casi corriendo. Me hubiese gustado llorar de rabia o por pena de mí misma, por tener que ser así, por no saber controlarme, pero no puedo llorar, no sé.

Todo debería ser más fácil. He pasado una infancia singular, jodida, si no queremos ponerle eufemismos.

Aquella época acabó, por suerte. Ahora tengo mi carrera, tengo un futuro que no veía hace unos años.

Incluso así, sigo siendo la de siempre, una niña que se asusta con la oscuridad, una niña que ha aumentado sus miedos conforme crecía.

Sí, los gestiono de una u otra forma y no solo los gestiono, sino que, además, ayudo al resto a hacerlo.

¿Quién mejor que yo con todos los que sufro?

Mi mano toca algo asqueroso bajo las sábanas.

¡Un trozo de pizza! Acostarme medio borracha ha sido la solución a la falta de lágrimas.

El desastre actual de la cama es la consecuencia.

La suciedad es el detonante que necesito para levantarme de la cama.

Lanzo a un lado las sábanas y compruebo el desaguisado.

Casi media pizza se encuentra desparramada entre la cama y mi pijama.

Menos mal que era una cuatro quesos, al menos no hay tomate, champiñón y jamón york esparcido por todos los sitios.

Limpiar nunca me había gustado, ahora en cambio es una obsesión.

Es curioso, pero por una parte me ayuda a relajarme.

Mientras limpio me concentro en esa tarea manual y mi mente se para.

Nunca imaginé que sufrir misofobia podía ayudar a superar la ansiedad.

Parar la mente es necesario para alcanzar la felicidad o, mejor dicho, la paz mental, que es una sensación muy parecida a la felicidad.

Salgo de mi habitación con las sábanas y el pijama sucio en una mano y los restos de pizza en la otra.

Me dirijo al cesto de la ropa sucia y cuando voy a abrirlo pienso que mejor las meto a la lavadora directamente.

Así que antes abro como puedo la puerta del armario para acceder al cubo de basura que se encuentra en su interior, pero se me cae la pizza al suelo.

Tiro junto a ella las sábanas y el pijama y me siento encima desanimada.

Me quedo mirando la pizza. Ese revuelto de masa y queso me recuerda a una de las comidas que nos daban en el orfanato San Segundo: macarrones con queso.

No sé el tipo de queso que era, pero sí el fuerte olor a pies que desprendía.

Recuerdo que la última noche que pasamos allí cenamos eso.

Lo recuerdo porque el olor a queso era muy intenso y la mujer que nos atendió aquella noche en el albergue al que nos llevaron nos hizo lavarnos bien.

La pobre pensaba que nos olían los pies.

Muchas veces ha venido a mi cabeza la fatídica noche.

Toda la jornada había transcurrido con total normalidad.

Creo recordar que era jueves. Quizá por eso me gustan tanto los jueves.

Nos habíamos levantado como cualquier otro día, supongo.

En realidad, no me acuerdo de lo que pasó a lo largo de toda la mañana.

Imagino que fue un día común. Nos levantamos de la cama a la hora de costumbre y nos aseamos igual que cualquier día solíamos hacer antes del desayuno.

El autobús nos recogió y nos repartió por la ciudad en los distintos colegios a los que nos llevaban.

Pasábamos el tiempo en los colegios hasta la tarde, incluso comíamos en ellos, salvo los fines de semana, por supuesto.

La comida del colegio era mejor que la del orfanato.

Todo era mejor fuera que en el centro. Tras las clases de la tarde, el autobús pasaba de nuevo por nosotras y nos devolvía al centro.

Nos aseábamos un poco y nos daban una pequeña merienda.

Teníamos un rato libre entonces. Podíamos elegir entre quedarnos en el patio o ir al salón de juegos.

Los juegos de mesa que allí había eran muy antiguos, ninguno estaba completo, por lo que inventamos nuestros propios juegos.

La mayoría de ellos trataban sobre amores, desamores y escarceos con los chicos del colegio.

Nos lo contábamos unas a otras con el mayor de los sigilos para que las cuidadoras no nos pillasen hablando de estos temas.

Tras ese pequeño descanso, nos llevaban al estudio.

Una enorme sala en la que, durante casi dos horas, cada una en pupitres separados, debíamos hacer los deberes o estudiar la materia que cada día habíamos estado viendo en el colegio.

Un pequeño descanso de nuevo y era la hora de la cena.

Como digo, aquella noche la cena fue macarrones con queso.

Siempre he pensado que aquello era más un menú de comida que de cena, pero alguna cabeza con mayor inteligencia gastronómica que la mía había decidido que no era así.

Era habitual que de postre nos diesen carne de membrillo.

Incluso algunas tardes nos lo daban como merienda con un pequeño pedazo de pan.

Allí aborrecí la carne de membrillo. No la he vuelto a probar desde entonces.

Esa noche estaba castigada, como muchas otras.

La señora Úrsula me había pillado comiendo chocolate junto a mi cama cuando debía estar durmiendo.

Me había dejado sacar la almohada y el albornoz, por lo que deduje que el castigo iba a suponer pasar toda la noche en la escalera.

Recuerdo que alguien me despertó golpeando mi culo.

Era, como no, ella, mi verduga particular.

Y recuerdo el escalofrío que sentí cuando, para que la acompañase a la cocina, pronunció mi nombre.

Un presagio de que nada bueno iba a ocurrir.

—Anda, acompáñame a la cocina, Alegría. Será mejor que dejes aquí la almohada. Luego la recoges cuando vuelvas.

—Como usted diga, doña Úrsula.