23. Amor y venganza #2
—En realidad, él es el único que oyó decir las acusaciones sobre su propio hijo al señor Gris.
¿Es posible que él asesinase a su propio jefe, le intentase echar las culpas al hijo de este y luego se librase de la señora Ricci para no dejar pruebas?
—pregunta el comisario rascándose la cabeza—.
¿Pero por qué implicar en todo esto, con su acusación, también a la doctora Constante?
¿Qué demonios tiene que ver ella con todo esto si es un asunto familiar?
—Esa es otra historia, se la resumo. Al parecer, el señor Gris tuvo en su día una hija fuera de su matrimonio, fruto de una aventura con una joven del servicio de la casa.
La madre de la criatura era muy joven y la obligaron a que diese su hija en adopción.
La llevaron al orfanato de San Segundo y allí coincidió con la que ahora es la doctora Constante, que se crio en el mismo orfanato.
—La cara del comisario es un poema durante mi exposición—.
La existencia de esta hija se mantuvo siempre en el más absoluto secreto hasta que a la muerte del señor Gris, su hijo el doctor, encargó a Estéfano que buscase a la niña, pues al parecer desea conocer a la que al fin y al cabo es su hermanastra.
—¿Y la han localizado por fin?
—Más bien al contrario.
—¿Como que al contrario?
El comisario se levanta de la silla y pone las manos en la mesa acercándose a mi cara, se le nota un tanto desesperado ya.
—Ha sido la niña, ahora ya una mujer, claro, la que se ha puesto en contacto con la familia mediante una demanda de paternidad.
—¡Vaya con la huerfanita! ¿Y la doctora Constante? ¿Qué tiene que ver ella?
—Cuando Estéfano estaba buscando a la huérfana, averiguó lo del incendio, así como la última persona que estuvo con la fallecida.
Él ya tenía relación con la señora Ricci, habían hecho varios «trabajos» juntos y cuando esta le informó de su intención de entrevistar al doctor, junto con la doctora Alegría, urdió esa treta para que se investigara la muerte del señor Gris.
La doctora Alegría Constante fue una coincidencia colateral con la que se encontró para adornar más su estrategia.
—Bueno, a ver si le he entendido. —El comisario se sienta en su sillón y se echa hacia atrás mirando hacia el techo—.
Tenemos a la doctora, que es la última persona que en su momento estuvo con quien falleció en el incendio de San Segundo.
Fuese o no un asesinato, por los años transcurridos, el delito está prescrito.
Por otra parte, tenemos que al doctor lo acusan de envenenar a su padre, pero este ha sido incinerado, por lo que en cualquier caso no podemos demostrar nada.
La persona a quien comunicaron las sospechas de esos asesinatos ha sido asesinada, pero tenemos localizado a quién pasó la información a la presentadora de televisión.
En principio, el único que parece estar relacionado con los tres fallecidos es el señor Estéfano Robles. ¿No es así, subinspector?
—Así es, comisario. Aunque no es el único sospechoso.
Al margen de este y de los propios doctores acusados, tenemos a varias personas más, conocidos, compañeros de trabajo, en especial uno que ahora ha ocupado su puesto, así como varios ex.
La señora Ricci ha tenido una abundante vida sentimental y son varios los amantes despechados, en particular uno de ellos, que la estuvo acosando incluso la misma noche de la muerte.
En definitiva, que en estos momentos son muchos los frentes que tenemos abiertos en cuanto a posibles sospechosos.
—Pues le aconsejo, subinspector, que los vaya cerrando. El tiempo corre, tengo a todos mis superiores encima de mí. Me piden avances cada minuto. Hay personas importantes y famosas implicadas. Es necesario que demos una solución lo antes posible o esto se nos va a poner muy mal.
—Otra cosa que debe saber es que esta noche, en el programa que tenía la señora Ricci, va a debutar Ángel, justo el que hasta ahora era su reportero, como nuevo presentador.
—¿Y eso es relevante?
—Me temo que pueda serlo. Ángel es una de las personas que estuvo en la cena, la fatídica noche, podemos considerarlo uno de los sospechosos. Tiene un móvil. Deseaba el puesto de su jefa y con la muerte de esta lo ha conseguido.
—¿Y?
—Que esta noche el programa será un monográfico sobre la vida y muerte de Sandra Ricci.
Veo cómo se transforma la cara del comisario mientras se levanta y con ambos puños golpea su mesa.
—¡Maldita sea! ¿No tenemos suficiente mierda? Cuanto más la remuevan, más olor va a repartir. Estos desgraciados no saben qué hacer con tal de ganar audiencia y a nosotros mañana nos van a amargar la existencia.
—Lo siento comisario, creo que debía de saberlo.
—¡Fran! Sabes que te aprecio de verdad, ¿no?
—Claro, comisario.
—Pues entonces, ¡levanta tu culo y sal echando leches de aquí! ¡Quiero a ese puto asesino ya!
—¡Mamá! —le increpo—. En verdad eres terrible.
—¿Estabas ahí escondido oyendo todo, Dieguín?
Odio ese diminutivo, lo odio desde hace más de treinta años.
—¿Disfrutas haciendo creer a ese pobre policía que eres una vieja senil?
—Lo cierto es que sí, me encanta hacerme pasar por una vieja chocha.
La edad te otorga licencia para cualquier cosa.
Puedes decir las tonterías que quieras sin orden ni sentido, puedes quitar el filtro a las afirmaciones o negaciones sin que lleguen a insultar al prójimo.
La edad te permite cualquier cosa que quieras hacer o decir.
Alguna ventaja tenía que tener esta decrepitud, ¿o no?
—Tú no eres una vieja decrépita —le digo acercándome a darle un beso, al que ella responde con un abrazo.
—Entre nosotros tenemos que protegernos, cariño, nadie lo hará por nosotros.
—¿Qué quieres decir? ¿Acaso piensas que tuve algo que ver con la muerte de papá porque hay venido ese policía? ¿No irás a creer esas patrañas que dicen por televisión?
—Por supuesto que no, mi amor, nadie mejor que yo sabe que no tuviste nada que ver con eso. —Pero al decírmelo noto algo en su mirada, algo que me hace estremecer.
—¡Mamá! ¿Cómo que nadie mejor que tú? ¿Me lo puedes explicar?
—Nada, una madre conoce a su hijo mejor que nadie. Te conozco incluso mejor que tú mismo. Yo sé que eres especial, muy especial. —Sigue sin mirarme a los ojos mientras me habla.
—Yo también te conozco a ti, mamá, y sé que estás ocultando algo. ¿Acaso sabes tú algo sobre la muerte de papá?
No es necesario que me responda, tampoco hace falta ser psiquiatra, no necesito de ninguna carrera ni de ninguna investigación, su silencio, su gesto, me confirman de sobra mis sospechas.
Creo que en el fondo desea decírmelo, pero no sabe cómo.
Me siento en mitad del enorme sofá blanco.
El salón me parece más grande que nunca.
Las paredes se alejan de mí y yo soy cada vez más pequeño, todo lo demás va aumentando de tamaño y oscureciéndose.
Hasta que me encuentro solo y totalmente a oscuras.
No se oye nada, todo está en silencio. De repente oigo unas risas.
Soy yo con unos dos años. Ya corro con soltura, mi madre aparece detrás de mí.
Ella es la que provoca mis risas. Me alcanza, me hace cosquillas y mis risas aumentan.
Consigo soltarme de sus brazos y corro alejándome de ella.
Mi carrera acaba de golpe, pues he chocado contra algo, contra alguien, levanto la cabeza y veo el rostro de mi padre.
Está sonriendo, se agacha y me coge en brazos.
Él no me hace cosquillas, así que me relajo.
Se acerca a mi madre conmigo en brazos y le da un beso.
Ella nos abraza a los dos y todos reímos.
La imagen desaparece y se esfuma poco a poco.
La oscuridad va desapareciendo, me encuentro de nuevo sentado en el sofá del salón que ya parece haber recuperado su tamaño normal.
Mi madre se acerca y se sienta junto a mí.
Está secándose las lágrimas con un pequeño pañuelo con bordados de ganchillo.
Conozco ese pañuelo, lo hizo mi abuela, su madre.
Mi madre siempre lo lleva encima, es como una especie de amuleto para ella.
Nunca lo usa, pero le gusta llevarlo. Creo que es la primera vez que la veo utilizarlo.
—¿Sabes? Yo quería con locura a tu padre. —La miro, pero no puedo contestarle, los ojos se me llenan de lágrimas también—. Por eso he aguantado tanto, sus desprecios, sus infidelidades, hasta sus golpes. Pero todo tiene un límite. Todo, incluso la propia vida.
—¿Cómo lo hiciste? ¿Lo envenenaste como dicen ?
—No hizo falta, nunca me hubiese atrevido a tanto —lo dice con una pequeña sonrisa, imagino que por no seguir llorando—.
Como dijo Paracelso: «el veneno está en la dosis».
Tu padre era un fuera de serie para los negocios, al margen de eso, para todo lo demás era un auténtico desastre.
Nunca tenía el más mínimo detalle, no conocía las fechas de cumpleaños de nadie de nosotros, no preguntaba cómo te encontrabas si no te veía bien.
Ni siquiera se daba cuenta. Su única obsesión era el dinero.
Crematomanía se llama esa patología, obsesión por acumular dinero, riqueza o, en el caso de mi padre, sobre todo poder, en eso tengo que darle la razón a mi madre.
—¿De qué dosis hablas? —le digo intrigado controlando mi silencioso llanto.
—Como te digo, fuera de los negocios, tu padre era un desastre, sus secretarios debían ocuparse de todo.
La responsable de su medicación era yo. Tomaba unas diez pastillas cada día para sus problemas de salud.
Solo tuve que ir variando las mismas a mi antojo y sin ningún orden.
Yo se las daba de forma aleatoria y él sin mirar se las tragaba.
—¡Mamá! ¡¿Cómo pudiste?!