23. Amor y venganza
—Hola cariño, justo acabo de terminar una visita y me disponía a recogerte cuando me ha llamado mi compañero Luis para decirme que el comisario quiere verme de inmediato.
No, claro que no puedo decirle que iré más tarde.
Sí, así es, a ti te lo puedo decir, pero a él no.
Ya sé que te hace mucha ilusión ir a ver la casa, tranquila que no vamos a dejar de hacerlo.
Esta tarde te prometo que vamos sin falta.
Además, te llevo un regalo, para que veas que me he acordado de ti.
No, no es un soborno, es un detalle para que me perdones por mis fallos.
¿Qué voy a hacer si el trabajo me requiere?
Investigo asesinatos, no vendo ropa, hay cosas que no pueden esperar.
Está bien, gracias por tu comprensión. Te quiero.
Apago el manos libres.
Lo cierto es que nunca cumplo mis promesas a Carmen.
Si ella supiese, esto en realidad es lo de menos.
Seguro que cuando vea la Thermo… no sé qué, el maldito robot de cocina, me lo tira a la cara.
En el fondo me viene bien retrasar la visita a la obra.
Mi cabeza parece indicarme, de una u otra forma, que puede que no sea la mejor idea cambiarnos de casa ahora.
Igual antes debemos solucionar otros asuntos en nuestra relación .
Voy de nuevo en el coche, otra vez camino a nuestra deprimente comisaría.
Con toda probabilidad, nada más entrar oiré la voz del comisario que me grita para que me presente en su despacho y no me libro de que otra vez me eche un rapapolvo.
Es la historia de siempre. Es la rutina de cualquier trabajo y eso que uno de los motivos por los que me dediqué a este era por no caer en la rutina.
Hay personas que se agobian y estresan con situaciones desconocidas que no pueden controlar, circunstancias que parecen peligrosas y que les preocupan o incluso les generan ansiedad.
A mí me ocurre justo lo contrario, me encanta que cada día sea diferente, que no sepa nunca con lo que voy a toparme a la vuelta de la esquina.
Por contra, lo que sí me agobia y me asusta es la rutina, caer en una monotonía que acabe con mi alegría de vivir.
Y no es que sea un aventurero, tampoco es eso, pero necesito una vida que no suponga hacer las cosas por mera inercia.
Mi mujer, Carmen, es justo lo contrario a mí, ella a lo que tiene pavor es al cambio.
Necesita unas costumbres fijas. Le gusta levantarse a la misma hora, sea laborable o no el día, desayunar lo mismo todas las mañanas, comer a la misma hora, con un menú que repite todas las semanas.
Es estructurada, ordenada y fiel. Sin duda, todo lo contrario a mí, por eso es tan paradójico que en este momento sea ella la que desee cambiar de casa.
Llego a la comisaría. Me asombro porque hay un aparcamiento libre, aunque la zona la tenemos reservada.
Giro la llave de contacto y apago el motor del coche.
Saco la llave e inspiro con fuerza para prepararme la entrevista con el comisario.
Salgo del coche y me dirijo hacia la puerta de la comisaría. Me cruzo con Luis.
—¡Vaya! Menos mal que has llegado por fin, pero ¿tú qué entiendes por inmediatamente?
—Estaba lejos de aquí, he pillado el coche en el momento que me has llamado.
—Pues corre, para variar hoy lleva un mal día. ¡Suerte!
Avanzo deprisa por la comisaría, no saludo a nadie, tampoco les extraña. Allí cada uno va a la suya. Hay días en los que todo es coña y alegría, suele coincidir con los días en los que no se encuentra allí el comisario, y otros que son todo lo contrario. Este es uno de esos días negros, seguro.
—Buenos días, comisario, ¿puedo pasar? —le digo tocando con suavidad en su puerta.
—¿A usted qué le parece, subinspector? —me dice gritando, como es habitual en él—. Llevo toda la mañana esperándole, ¿se puede saber dónde coño se había metido?
—Estaba en casa del doctor Gris, interrogando a su madre.
—¿Interrogando a la esposa viuda de una de las personas más poderosas de Madrid? ¿Acaso la considera sospechosa de alguno de los crímenes que está investigando? ¿Se ha vuelto loco o qué, subinspector?
—Deseaba comprobar si podía aportar algún dato a la investigación. Solo ha sido una cortés charla con la anciana y…
—¿Y el puñetazo que le propinó a su hijo fue igual de cortés? Porque, al parecer, si algo le sobra a usted es cortesía, aunque le falta inteligencia. ¿Cómo cojones puede traer a esta comisaría a las tantas de la mañana al doctor Gris y tratarlo, después de golpearlo, como si fuese un delincuente?
—Yo…
—¡Usted se calla! No entiende que con esa gente no se puede meter.
Y más no teniendo ninguna prueba que lo incrimine.
Debe comprender que esos tipos tan poderosos siempre se escapan de rositas.
Incluso pillándoles infraganti, aun así, consiguen librarse en la mayoría de las ocasiones.
Las leyes están hechas para que las interpreten los abogados y los jueces, y la interpretación es libre, cada uno tiene la suya.
Su labor es encontrar pruebas, ¿me oye subinspector?
, ¡pruebas! Y sin pruebas no se puede detener a nadie.
—Parece que por fin cesa un poco, aunque solo sea para tomar aire, pero no, continúa—: ¡Seis meses!
Me quedan menos de seis meses para jubilarme.
¿Sabe qué significa eso? —Me pone la palma de la mano frente a la cara para que no conteste—.
Significa que en poco tiempo podré estar paseando por la montaña, por la playa o por donde cojones me apetezca sin tener que preocuparme más por toda esta mierda.
Eso es a lo único que yo le tengo miedo en la vida, a no tener una buena jubilación, porque para eso he estado luchando contra todos estos delincuentes, encerrándolos por una puerta para que al poco salgan por la otra y vuelvan a delinquir.
Así llevo casi cuarenta años. Me lo he ganado por todo el tiempo que llevo en esta cloaca.
Y no pienso permitir que cuando estoy a punto de lograrlo, venga ningún mierdecilla y me lo joda.
Así que, en lo sucesivo, quiero conocer cada paso que dé.
No vuelva a detener a nadie más sin pruebas.
Y mucho menos si se trata de alguien que nos puede hundir en la miseria solo con descolgar el teléfono.
—Ahora sí parece que baja un poco la respiración y me indica con la mano que tome asiento—.
Y bien, dígame, ¿cómo llevamos la investigación? ¿Que hemos avanzado?
—Mi intención, como le dije, es dar con el culpable del homicidio de la señora Ricci.
Los otros dos homicidios me interesan en la medida que nos puedan aportar pruebas.
Siempre he pensado que de alguna forma pueden estar relacionados, pero por el momento no he encontrado esa relación.
He averiguado quién fue la persona que falleció en el incendio del orfanato de San Segundo.
—¿De quién se trata? —me pregunta intrigado el comisario.
—Era una de las cuidadoras del orfanato, una tal señora Úrsula.
—¿Y esto qué supone? ¿Qué nos aporta al caso?
—De momento nada, pero lo curioso es que al parecer la última persona que vio con vida a esta mujer fue una niña. Una niña que en la actualidad es la doctora Constante, a la que la señora Ricci acusó junto con el doctor Gris de haber cometido los respectivos homicidios.
—¿Y sobre el asunto del doctor Gris qué sabemos?
Parece que por fin he captado la atención del comisario, que ha vuelto a tener un ritmo de respiración normal.
—Si la primera muerte nos aporta poca información, esta lo hace aún menos.
No parece existir ninguna prueba de que el señor Gris fuese asesinado.
Tan solo tenemos la declaración que le hizo el propio señor Gris al director de su compañía, el señor Robles.
Momentos antes de fallecer, cuando Estéfano lo estaba auxiliando.
Se encontraban en una reunión en las oficinas de la empresa, el señor Gris le dijo a este que pensaba que alguien lo estaba envenenando.
—¿Sabemos de quién se puede tratar?
—Pues podría ser su propio hijo, pero es imposible comprobarlo —le digo al comisario con cara de resignación.
—¡Explíquese, Amat!
—Cuando el señor Gris le confesó a Estéfano, instantes antes de morir, que alguien le estaba envenenando, no dio ningún nombre, pero dijo unas palabras.
—Me callo y miro a los ojos del comisario, lo hago por darle un poco de interés al tema, pero su mirada me insta a continuar sin más dilación—.
Dijo: «cría cuervos», imaginamos que es una alusión clara a su hijo.
—Así que dijo: «cría cuervos». ¡Ya! ¡Ni se le ocurra a usted, subinspector, detenerlo en base a esas palabras! El fiscal le iba a poner a caldo.
—No se preocupe por eso, comisario. Además, el cuerpo del señor Gris fue incinerado, por lo que en cualquier caso tampoco podríamos demostrar que falleció a causa del veneno.
En su partida de defunción consta parada cardiorrespiratoria.
Era una persona mayor, con antecedentes cardíacos, por lo que no precisó de autopsia alguna.
Me temo que si de verdad su hijo fue quien lo asesinó, jamás lo podremos demostrar .
—Eso es, en esta ocasión estamos de acuerdo. Lo mejor será olvidar a esa familia y centrarnos en otros sospechosos.
—Es que hay algo más que me impide olvidarme de ellos.
Los ojos del comisario se abren atentos.
—Pues continúe y deje de hacerse el interesante, que ya le he dado más tiempo del que se merece.
—La persona que le pasó la información a la señora Ricci fue el propio señor Robles, el CEO de las empresas del señor Gris. No tuvo problemas en acusar al mayor accionista de la empresa, según él, con el propósito de que se sepa la verdad.