22. Síndrome del orfanato #4
—¡Buenos días, inspector! —Una amable y anciana voz suena a mis espaldas—. Me alegra mucho conocerle, ya me ha dicho mi hijo que le ha tratado con mucha delicadeza y amabilidad.
—Lo mismo digo, señora. —«¡Qué cabrón es Diego!
», pienso. Le dice a su madre una ironía que sabe que me va a transmitir y me asciende como de costumbre el rango para recordarme que soy un simple subinspector—.
Encantado de conocerla, no todos los días puede conocer un simple policía a una dama de su alcurnia.
—Venga, sentémonos aquí, es mi lugar favorito. —Me lleva a la parte contraria del salón, alejado de los enormes sofás blancos, a dos mecedoras que se encuentran junto a una mesa baja al lado de los ventanales—. ¿Le han ofrecido algo para tomar, un té, café, zumo?
—Sí, gracias, no se preocupe, no deseo nada. Al fin y al cabo, estoy trabajando.
Me río un poco por quitar formalidad a la situación, me agobia tanto protocolo.
—¿Está usted casado, inspector? —Esta venerable anciana no parece de las que me va a dejar llevar la conversación.
—Sí, lo estoy.
—Y, ¿tiene hijos? —Lo dicho.
—Sí, dos niños, de nueve y doce años.
—¡Qué bien! A nosotros nos hubiese gustado tener más hijos.
No es que no estemos bien con Diego, ¡es estupendo!
Lo que ocurre es que siempre había criticado a las familias que tenían un solo hijo.
Me daba pena que un niño se criase solo en una casa y más en las casas que nosotros hemos vivido.
¡Tanta casa para tan poca familia! Me preocupaba que al ser hijo único fuese más dependiente, tuviese menos habilidades sociales, pero Diego es todo lo contrario. En el fondo ha salido a su padre.
—¿Qué relación tenía Diego con su padre? —Aprovecho que lo ha nombrado para intentar meter baza .
—¡Fenomenal! Eran carne y uña. Para mi marido no había nada más importante en el mundo y Diego nunca hacía nada que pudiese molestar a su padre.
Hacían una pareja magnífica —lo dice mirándome a los ojos con una sinceridad absoluta, pero no acabo de creérmelo—.
¿Y usted, inspector, qué relación tiene con sus padres?
—Ninguna, por desgracia ambos fallecieron ya.
—¡Oh! Lo siento mucho. Es importante criarse con unos padres.
Los niños son seres indefensos, necesitan de la protección y el cariño de sus padres durante muchos años.
El ser humano es la especie más dependiente de sus padres que existe en el mundo.
Al nacer biológicamente y cuando crecemos también, pues entonces necesitamos la aceptación de ellos para sentirnos bien con nosotros mismos, para no defraudar las esperanzas que pusieron en nosotros.
Los años de la infancia son muy importantes.
Si un niño tiene una mala infancia, es muy probable que tenga una mala vida.
Mi Diego ha tenido la mejor infancia que un niño puede tener, por eso tiene ahora esa adorable vida.
Solo le falta una esposa. No dejo de decírselo: «Diego, necesitas una mujer que ponga en orden tu vida».
Porque es muy buena persona, pero un poco desorganizado.
Tiene una edad en la que ya debería ir sentando la cabeza.
Además, yo ya soy muy mayor y necesito unos nietos que corran por esta casa.
Los niños son la alegría de la vida, inspector.
Seguro que usted lo entiende. Ha dicho que tenía hijos, ¿no ?
—Sí, dos, pero dígame, ¿tenía su esposo algún enemigo, alguien que pudiese desear su muerte?
—¡Por dios, inspector! ¡Cómo puede usted decir algo así!
Mi marido era una persona encantadora. Solo tenía amigos, hacía favores a todo el mundo.
Mucha gente le debía favores. —«También se los debían al padrino», pienso mientras me habla sin cesar—.
Nos conocimos muy jóvenes, casi éramos unos niños los dos.
Nuestras familias enseguida se dieron cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro.
Tuvieron mucho acierto tanto sus padres como los míos.
Ya no viven ninguno de ellos. ¡Qué lástima!
Mi padre era la persona más buena del mundo y mi madre…
adoraba a mi madre. Yo sí tengo hermanos, ¿sabe?
Cuatro. Uno de ellos ya murió, el pequeño, lo que es la vida.
Era el más joven y ha sido el primero en morir.
Hay que estar preparada para la muerte; esta viene sin avisar.
En ocasiones sí avisa, pero lo haga o no hay que estar preparada para aceptarla porque no nos queda más remedio.
A todas nos llega un día u otro. —Pienso que esta mujer ha practicado el buceo en su juventud, la veo que hace un mínimo inciso para respirar y aprovecho.
—Lo cierto es que nos han llegado noticias de que existe la posibilidad de que su esposo haya sido envenenado, ¿qué piensa usted de eso?
—Eso es imposible —me dice riendo—, mi esposo ya no acudía a comidas fuera de casa desde hacía tiempo.
Yo en persona superviso todo en la cocina.
Me encanta cocinar. Hace poco a mi hijo se le ocurrió regalarme una máquina de esas para cocinar.
¡Qué tontería más grande! Si tenemos un personal de cocina magnífico, ¿para qué íbamos a necesitar nosotros esa máquina?
No la usamos para nada. Mire, se la voy a regalar a usted, a lo mejor su mujer le saca más partido.
—No es necesario, de verdad — le digo un tanto abrumado.
—Inspector, ya soy muy mayor, he cumplido los ochenta.
Quiero vivir los años que me queden rodeada de nietos, como le digo.
Mi hijo dice que tengo gerontofobia; imagínese si me lo ha dicho veces que he conseguido aprenderme el nombre.
¿Y quién no tiene miedo a envejecer? Es lo peor que puede pasarte al margen de la propia muerte.
Y ambas cosas son inevitables. Comenzamos a morir el día en que nacemos.
Es decir, que usted ahora mismo se está muriendo, así que disfrute, disfrute lo que le queda.
—Prefiero pensar que estoy viviendo, más bien, si no le importa —le digo un poco cabreado porque, al final, consigue sacarme de mi línea de investigación con su verborrea.
—Como usted lo vea, viviendo o muriendo, es lo mismo.
El final va a ser el mismo. Lo único que debe hacer es aprovechar cada día como si fuese el último.
Bueno, de verdad que ha sido un placer charlar este rato con usted.
Por favor, vuelva otro día y continuemos nuestra conversación, me quedan muchas cosas que contarle.
Se ha levantado con estas últimas palabras y me ha tomado con suavidad por el brazo acompañándome a la calle.
—Será un placer —le digo con resignación por no haber logrado ningún avance .
Ya estoy abriendo la puerta del coche cuando el que parece una especie de mayordomo me indica que espere un instante. Entra a la casa y en un par de minutos sale con una caja grande.
—De parte de la señora, me dice que es un regalo para su familia.