22. Síndrome del orfanato #3
Nada allí dentro me hace recordar a Sandra.
Parece que nunca hubiese estado en aquel lugar.
Hace solo unos días que falta, pero les ha dado tiempo a modificar el camerino por completo.
Han pintado y cambiado el mobiliario. El precioso tocador que Sandra tenía al fondo del camerino ha desaparecido, en su lugar hay una mesa de despacho.
El enorme espejo ha sido sustituido por uno pequeño sobre la mesa.
También han colocado un cuadro de un paisaje que no identifico.
Los burros, con multitud de ropa colgada que abundaban por todo el espacio, tampoco están.
Solo queda el armario empotrado con la puerta entreabierta que deja adivinar alguna americana colgada en su interior.
Todo es más impersonal, sin detalles íntimos que identifique a la persona que allí se instala.
Es demasiado pronto y esos detalles seguro que van apareciendo con el tiempo.
O puede que Ángel esté esperando su confirmación en el puesto para dotar de mayor calidez al camerino.
En cualquier caso, ya no es el camerino que yo conocía.
Es curioso, pero estando mucho más vacío de mobiliario parece más pequeño.
—¡Buenos días, Ángel! Qué cambiado está esto .
—Bueno, si de algo tenemos en el estudio es personal de atrezo, se las pintan como nadie para hacer cambios en el mobiliario en un minuto.
Pero dígame, subinspector, ¿qué le trae por aquí?
Supongo que no será una visita de cortesía.
La escena del crimen ya ha sido procesada de sobra.
Hemos tenido parado el plató todos estos días.
Hoy por fin salimos con el programa ya desde su lugar habitual.
—Hablando de lugares, veo que ha asumido el espacio de Sandra en todos los sentidos.
—En realidad, digamos que por fin tengo lo que merecía.
Este puesto era mío antes de que ella llegase.
Iba a ser yo quien, después de muchos años, presentase el programa.
Pero justo cuando estaba a punto de comenzar llegó ella: su bonita y sonriente cara, su desparpajo y, por supuesto, acostándose con todo el que pudiera beneficiarla.
No pude competir. Injustamente me apartaron y le dieron el puesto a ella.
Si espera que ahora pida perdón por tener lo que por derecho me corresponde, no lo haré.
—Ya veo, está eufórico, en realidad.
—Lo estoy por el trabajo, no por el hecho de que ella esté muerta. La odiaba, no lo negaré, era una arpía venenosa, pero me hubiese gustado que esto sucediera de otra forma. No me alegro de su muerte, y menos aún he tenido nada que ver con ella.
—¿Y su esposa? Ella puede haberlo hecho por el bien de su marido .
—¿Gloria? ¡Por favor! Pero si Gloria es incapaz de matar ni a una mosca.
—Pero la noche de la cena la amenazó. Creo recordar que lo que dijo exactamente es que «tendría su merecido».
—Únicamente son palabras dichas en un momento de enfado, no significan nada.
—Pues a mí me da la impresión de que su esposa es capaz de cualquier cosa por usted, Ángel.
De todas formas, la investigación no ha hecho más que empezar; es pronto para sacar conclusiones, aunque vamos avanzando —al decirle esto lo miro a los ojos, con esa mirada que solo los policías y los médicos sabemos poner para intranquilizar a nuestros entrevistados.
—Por mi parte, y seguro que por la de mi mujer, puede estar seguro que colaboraremos en todo lo que podamos.
Y ahora, subinspector, si no desea nada más, le agradecería que me dejase seguir con mi trabajo.
Esta noche debuto, por fin, ante las cámaras como presentador oficial del programa, le recomiendo que no se lo pierda, igual encuentra alguna pista.
—Se lo agradezco, Ángel. —Me marcho y cierro la puerta del camerino tras de mí, pero la abro enseguida de nuevo—. A pesar de todo, le agradecería que no abandone la ciudad sin comunicarlo por el momento.
En realidad, no tengo ningún derecho a decirle eso, pero siempre acojona. Y, además, me gusta ser el que tiene la última palabra. ¡Qué se ha creído este fantoche !
La casa o, mejor dicho, mansión de la familia Gris está a algo más de media hora en coche desde mi ubicación.
Tengo el tiempo justo de ir hasta allí y volver para recoger a Carmen con el fin de acercarnos a ver la obra de la nueva vivienda.
Lo tenemos todo gestionado, solo falta la firma para comprometernos formalmente.
Hemos visto los planos, la zona, hemos hecho mil números hasta cuadrar las cuentas.
Lo hemos hablado o, más bien, discutido con los niños.
Todo parece estar claro. Vamos a realizar una última visita a la obra.
Están acabando la estructura, de hormigón, por supuesto.
Nunca me han gustado las estructuras metálicas para las viviendas, me parecen más frías.
O será porque tengo la cara dura como el cemento.
El momento de acabar con la estructura es importante.
Ya se aprecia todo el esqueleto de lo que será la vivienda.
Con una poca imaginación se pueden calcular espacios andando por él e imaginar cómo sería tu vida entre esas paredes, inexistentes por el momento.
El sonido del móvil me saca de estos pensamientos. Es mi compañero de comisaría quien me está llamando.
—Hola, Luis. Dime, ¿qué pasa?
Nunca lo suelo llamar por su nombre, lo cierto es que tenemos una relación mínima.
—Ya han acabado de analizar la sudadera y los alicates que encontramos en el contenedor de basura, junto al estudio de la televisión —me dice.
—¿Y… ?
—Poca cosa, ninguna huella, solo restos de compuestos químicos.
—¿Compuestos químicos?
—Sí, te leo el informe: mentol, mentona, acetato de metilo, cinerol, carvona, pineno, limoneno y timol. Al parecer, todo ello da lugar al aceite de menta. Se usa en aromaterapia; tiene efectos estimulantes, alivia el estrés y las tensiones, además de favorecer la memoria y la concentración.
—¡Vaya! Me vendría de perlas. En fin, que solo tenemos que buscar a alguien que se encuentre estresado —le digo a Luis—. Bueno, muchas gracias, de todas formas, seguimos en contacto.
—No te preocupes, nos vamos a ver enseguida. El comisario me ha dado órdenes de que te localice para que vengas a verle de inmediato.
De inmediato... Si dejo la visita a la obra de Parla con Carmen otra vez, me costará el matrimonio.
Si dejo al comisario plantado, me costará el puesto.
¿Por qué ha de ser todo tan difícil siempre?
De momento voy a entrar a la mansión del señor Gris.
Estoy parado en la imponente puerta exterior de la finca.
Como una vez me dijo alguien, la felicidad está hecha de pequeñas cosas.
Una pequeña mansión es una de esas cosas.
A través de la reja blanca de la entrada se aprecia la casa al fondo de una carretera, rodeada de grandes extensiones de arbolado y césped.
Destaca desde lejos por su tamaño: dos plantas rectangulares, la superior algo más pequeña.
He averiguado que la familia se trasladó aquí hace unos quince años.
Dejó la anterior mansión familiar, un castillo más bien, que ahora se visita como una obra de patrimonio nacional, y se trasladó a esta de nueva construcción.
Llamo a la puerta de la finca, me identifico y aviso de que la señora de la casa me espera.
Subo de nuevo al coche, la gran reja se abre y atravieso la puerta en dirección a la casa.
Conforme me acerco, se aprecia más imponente.
Seguro que caben cien casas como la que yo estoy viendo para comprar dentro de esta.
Imagino la gente necesaria para mantener esa edificación en condiciones y creo que quizá es demasiado, incluso para el que pueda permitírselo.
Aparco en la zona habilitada para ello. No parece que haya mucha gente en la vivienda.
Tan solo hay dos coches, con toda probabilidad existe otro aparcamiento en la parte posterior para el servicio.
Hasta en las zonas de aparcar hay clases.
De los dos coches, uno es un BMW de alta gama, parece que eléctrico.
El otro, un Ferrari rojo, el del doctor Gris.
¡Maldita sea! No esperaba encontrarlo aquí.
Mi intención era poder charlar a solas con su madre.
Voy hacia la puerta, no sin antes detenerme a echar otro vistazo a la casa, una vez ya fuera del coche.
Doy una vuelta con la mirada en todas direcciones.
Es un auténtico vergel. Multitud de pinos, carrascas y otras especies de árboles abundan por toda la finca.
Todos ellos sobre enormes zonas de césped bien cuidado.
Es como vivir en medio de un campo de golf.
Odio el golf. No entiendo un deporte que se puede hacer fumando y en coche, pero me encantan los campos de golf.
Una persona del servicio me abre la puerta cuando todavía estoy buscando el timbre para llamar.
—Pase, por favor, acompáñeme. Si es tan amable de esperar aquí en el salón, la señora bajará enseguida. ¿Desea tomar algo?
—No, gracias, estoy bien así.
No me siento, mi curiosidad policial me lleva a caminar por el salón viendo todos los detalles.
Las pistas están a veces en los sitios más insospechados.
Un enorme conjunto de modernos sofás blancos, donde deben caber al menos veinte personas, preside el centro del salón.
Si uno se sienta en ellos, puede observar un estanque en el jardín a través de las grandes cristaleras que dan al exterior.
Paso junto a los sofás y me voy a la parte izquierda del salón.
Allí hay un precioso piano, como no, también blanco.
Las paredes no tienen muchos cuadros. Esperaba ver las fotos de todos los señores Gris que la familia había tenido, en su lugar, hay grandes murales de colores.
Supongo que de algún pintor famoso. Me acerco a ver de quién son, pero no reconozco su firma.