Sin bragas no hay miedo 22. Síndrome del orfanato #2
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22. Síndrome del orfanato #2

Así, con esta facilidad, me he instalado en la mentira y la infidelidad sin pestañear.

No es cierto que el lunes pasado tuviese una entrevista con el comisario.

Lo que sí es cierto es que no estoy seguro de cuánto tiempo podré seguir con esta farsa.

Nos estamos planteando hipotecarnos de por vida con la compra de la nueva vivienda, no solo en sentido económico, también en el sentimental.

Lo nuestro es una tremenda farsa. Mejor dicho, lo mío es una tremenda farsa.

Carmen está tranquila y feliz pensando que podemos vivir sin sexo como si nada.

Está claro que ella sí puede, pero yo… yo no he follado más en mi vida.

Debe ser como en la guerra, lo que cuesta es matar al primer hombre, pero luego la cosa viene sola.

Tardé en engañarla la primera vez, desde entonces he perdido la cuenta.

No entiendo lo que me ocurre o quizá no quiero entenderlo, estoy bien así.

De hecho, estoy de puta madre. ¿Pero hasta cuándo?

En el fondo el remordimiento me consume por dentro, aunque no quiera verlo.

En estas circunstancias me da miedo seguir esta huida hacia delante.

Ir a ver una nueva vivienda con dos hijos estupendos ajenos a todo esto, seguir construyendo un maravilloso proyecto de vida y engordar la burbuja que nos puede explotar en cualquier momento y que, cuanto más tarde, más grande será la explosión.

He quedado con Gloria y Ángel esta mañana.

Voy acabando las entrevistas con los sospechosos sin avanzar nada por el momento en la investigación.

Antes de ver a la parejita, llamo a Esther.

Quiero estar un rato con ella, pues la pobre debe estar muy afectada y puede que quizá tenga alguna información que me sea de utilidad.

—¡Esther! Soy Fran. Sí, estoy fuera, en la cafetería de enfrente. De acuerdo, aquí te espero.

La noto simpática y serena al teléfono. No estaba seguro de cómo reaccionaría. Parece tan niña, tan frágil, que temía encontrarla destrozada tras la muerte de su jefa .

—¡Hola, Fran! ¿Cómo estás? —Me da dos besos, no ha tardado ni cinco minutos en salir del estudio desde mi llamada.

—Bien, ¿y tú?

—Bueno, la vida sigue y por mucho que quieras a una persona el día a día te consume y, por otra parte, seguir trabajando es la mejor forma de superar la pérdida.

No creas, me acuerdo mucho de ella, ten en cuenta que aquí estábamos todo el día juntas.

Incluso fuera del trabajo hablábamos muy a menudo.

—Lo sé —le digo sorprendido por su entereza, el camarero llega para atendernos.

—Buenos días, ¿qué desea el señor?

—Un solo.

—¿Y para ti? ¿Lo de siempre? —le dice a Esther.

—Sí, gracias —le contesta sonriendo al camarero, que se marcha.

—Dime, ¿recuerdas algo de la noche o la tarde del domingo que te parezca relevante? Algo extraño sin más, que se salga de lo habitual, alguien a quien no conocías, alguna frase o hecho de Sandra que te llamase la atención. No sé, lo que sea.

—Nada en especial, solo me extrañó la presencia por el plató de un tipo un tanto extraño, lo vi merodeando por aquí aquella tarde más de una vez. Pensé en que podría necesitar algo o buscar a alguien, pero en el momento que lo miré se marchó y no pude preguntarle.

—¿Qué aspecto tenía ?

—Era… como antiguo, llevaba un traje de hace tiempo o eso me pareció. No era muy alto y era calvo, sí. Creo que era calvo.

—Sí, creo que sé de quién se trata. De hecho, lo he estado interrogando. ¿Alguna otra cosa?

—Puede ser que notase a Sandra algo más nerviosa de lo habitual minutos antes del comienzo del programa.

Cuando la avisé de que faltaban cinco minutos me dio la impresión de que se despedía de alguien que salía del camerino.

No es normal que Sandra reciba a nadie a punto de comenzar el programa.

Le gusta… le gustaba estar a solas antes de salir ante las cámaras.

—Y ¿no sabes de quien se trataba? —Por su cara me da la impresión de que sí lo sabe.

—Bueno, no quiero culpar a nadie, pero era Diego, el doctor Gris.

—Ya, está bien, Esther, no te preocupes, solo estamos intentando atar cabos. He quedado ahora también con Ángel. Imagino que estará con él su inseparable esposa, Gloria.

—Me parece que no. Ángel ha sido designado, al menos de forma provisional, como el presentador del programa, sustituyendo a Sandra. Gloria, por su parte, continúa con las entrevistas en la calle como cámara. Así que no creo que ambos se encuentren aquí ahora.

—¿Piensas que Gloria o Ángel, juntos o por separado, son capaces de hacer algo así?

—Para nada —me dice Esther cerrando los ojos, como si no quisiera ni pensarlo—. Pero lo cierto es que no me imagino a nadie capaz de hacerlo. ¿Seguro que no ha podido ser un accidente?

—El cable tiene un corte limpio, realizado con alguna herramienta.

La policía científica todavía está analizando esa y otras pruebas que se encontraron.

De todas formas, no hace falta ser un especialista para observar que el cable presenta un tipo de corte realizado de forma intencionada por alguien —se lo digo en un tono profesional, me cae bien la chica y disfruto haciendo de policía e impresionándola.

—¿No has pensado en la posibilidad de que el objetivo no fuese Sandra? ¿Que tan solo diese la casualidad de que ella estaba allí en ese momento? Podría ser un acto de sabotaje a instancias de alguien que no quisiera matarla.

La estoy oyendo y además de espabilada me parece atractiva. Todo en ella es demasiado juvenil. Su cara, su pelo, su olor, su vestimenta, su voz, sus curvas, todo su aspecto en general. Justo cuando mi mente comienza a irse por los derroteros de costumbre aparece de nuevo el camarero.

—Aquí tiene su solo y tu café con leche sin lactosa y la tostada. ¿Alguna novedad? —le pregunta el camarero a Esther.

—Nada, trabajando todos como si no hubiese ocurrido nada.

—Desde luego no somos nadie. Yo apreciaba mucho a la señora Ricci, solía dejar buenas propinas. Pero vamos, que mi aprecio hacia ella no era por eso, claro.

—Claro —le contesto yo al camarero, que me mira y se marcha un poco avergonzado—. Esto se está convirtiendo en un entretenimiento para mucha gente y el programa no ayuda. Al final, Sandra ha logrado la fama que deseaba, aunque no de la forma que se había propuesto.

—La intención de Ángel es seguir en esa línea —corrobora Esther—. Los programas de estos días se podrían convertir en un monográfico sobre la muerte de Sandra y la acusación a los doctores.

Mientras hablamos se ha movido algo de aire y una pequeña hoja ha ido a parar al pelo de Esther.

Una corta melena negra que suele taparle los ojos a menudo.

Me sigue hablando mientras observo la hoja seca en su pelo.

Sin dudarlo, se la aparto con la mano y, al terminar el movimiento, le recojo el pelo, dejándolo tras la oreja para destaparle los ojos.

Unos enormes ojos negros que me miran con sorpresa ante mi espontáneo gesto.

—¡Hola! —Esther levanta el brazo y saluda a alguien, yo me vuelvo también para ver de quién se trata—. Es la doctora Alegría, pensaba que iba al estudio, pero ha dado la vuelta y se marcha. ¡Qué guapa va! Con ese vestido negro ajustado. Es tan alta que llama la atención.

—Lo cierto es que sí. Me hubiese gustado hablar con ella, pero lo dejaremos para otra ocasión. Bien, si has acabado, nos vamos juntos al estudio. Como te digo, he quedado con Ángel ahora.

Nos levantamos y dejo un billete de diez euros en el plato bajo la taza de mi café .

La cuenta era de siete euros y ochenta céntimos. No sé si la propina superará a las que Sandra le dejaba. Tampoco me importa.

Cruzamos la calle y llegamos a las dependencias de Tele Tú.

Ya no hay policías en la puerta. Apenas han transcurrido unos días y nadie diría lo que allí ha ocurrido.

Todo el mundo trabaja con la mayor normalidad.

Las prisas, las voces y el personal son los habituales de un día cualquiera.

El plató en el que ocurrió el homicidio está vacío en este momento.

Miro hacia arriba y observo que la hilera de focos caídos está de nuevo en su lugar.

Imagino que los habrán asegurado bien. Viendo la altura, recuerdo que fue necesaria una escalera para poder llegar hasta los cables.

Hay varias escaleras por el plató. Todas ellas han sido analizadas por la policía, pero las huellas encontradas no han aportado nada en especial.

Multitud de personas tocan todos los días esas escaleras.

Ahora todo el mundo viene y va con la normalidad de siempre.

Una vez más la principal arma del ser humano contra la desgracia ha actuado en la mente de la gente.

Me refiero a la memoria o, mejor dicho, a la desmemoria.

Gracias a la capacidad de olvido podemos superar las desgracias que de forma inevitable nos toca vivir en nuestro paso por la vida.

Pero yo no olvido, tengo que dar con el asesino de Sandra, se lo debo.

—Ven por aquí —me dice Esther—. Aunque conoces el sitio de sobra, Ángel tiene el camerino que usaba Sandra.

Sí, lo conozco, ya lo creo. Entrar en él hará que recuerde los momentos íntimos que allí hemos vivido juntos, aunque al parecer no hemos sido los únicos.

Estoy pensando, sin ir más lejos, en la fatídica noche.

Esther ve salir al doctor Gris del camerino de Sandra y esa misma noche este aparece con sus bragas en el bolsillo.

Desde luego, es evidente que yo no era el único que pasaba por este camerino.

—¡Buenos días, subinspector, pase por favor! —me dice Ángel desde el interior del camerino de Sandra.